¿Hasta cuando seguirá Hugo Chávez tomando
a los venezolanos por imbéciles? Es falso que la propuesta
de Velásquez Alvaray para extender la posibilidad de
reelegir a Chávez, para amarrarlo al poder "hasta que
la muerte los separe", haya sido inconsulta; que Chávez
no la conociese. ¿Es posible imaginar que en un movimiento
que no por casualidad se llama "chavismo" pueda alguien tomar
una iniciativa de ese tipo sin el conocimiento si no la aprobación
del monócrata?
¿Es posible, además, imaginar a alguien tan inconsistente,
tan insignificante política e intelectualmente como el
novísimo candidato al TSJ, a ese sumiso peón actuando
sin la previa aprobación de su capataz?
De los mismisimos labios. Eso no es todo: la amenaza de permanecer
en el poder "hasta el 2021" proviene de los labios del mismísimo
locatario de Miraflores. Se combinan allí el deseo de
una presidencia vitalicia y el sueño de presidir los
fastos de los doscientos años de Carabobo, acaso para
entonces, por una decisión también "inconsulta"
del Congreso (y quién sabe si a proposición del
propio Velásquez Alvaray), ascendido a Mariscal y Aclamado
por los Pueblos como "el segundo Libertador" (título
que por cierto, ya suele darle en sus artículos la señora
Lina Ron, y es bien sabido que la voz del pueblo es la voz
de Dios).
Todo eso nos trae a la memoria, acaso por deformación
profesional, un episodio histórico. En mayo de 1929,
los congresistas van hasta Maracay para pedirle al general
Gómez, ya "retirado" a cuidar sus negocios, que acepte
de nuevo sacrificarse por la patria y reasuma la Presidencia
de la República. El Benemérito los deja colgados
de la brocha con una respuesta no para ellos sino para la
Historia, para el bronce: "Yo no acepto la Presidencia de
la República".
Comandante en jefe. Semejante desprendimiento de aquel criollísimo
Cincinato lo remataba así el jefe de la Rehabilitación:
"pero sí quiero que me nombren Comandante en Jefe del
Ejército". Los sumisos congresantes, en otra decisión
de seguro inconsulta, separaron (antes o después de esa
declaración) los cargos de Presidente de la República
y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas para reunificarlos
más tarde, cuando, por fin, el Benemérito asuma
de nuevo la Jefatura del Estado.
Ni aquellos mismos que se lo proponían creían en
la sinceridad del general Gómez al rechazarlos. Es más,
no dejaban de aprovechar el aparente desdén del Benemérito
por las zalemas y adulaciones para gritar por los techos,
proclamando a los cuatro vientos "la austeridad republicana
del Jefe de la Nación".
De modo pues, que nada hay nuevo bajo el sol. El insincero
rechazo de Chávez a la "inconsulta" proposición
de reelegirlo hasta "el infinito negro donde nuestra voz no
alcanza" (como no hubiese dejado de decir José Asunción
Silva) tiene letras de nobleza: provienen del más provecto
y absoluto tirano que hayamos conocido.
En el morral. Cuyo ejemplo llevan en el morral todos los
aspirantes al mando incompartido, como el bastón de mariscal
en el morral de los soldados rasos.
El aparente regaño de Chávez a uno de sus más
sumisos perritos falderos trae también a la memoria aquella
máxima de los Donjuanes ingleses: "cuando una dama dice
no, quiere decir tal vez, cuando dice tal vez quiere decir
sí; cuando dice sí no es una dama".
Ya sabemos pues qué quiere decir Chávez cuando
dice "no". Y es frente a esa perspectiva que algunos quieren
que nos crucemos de brazos, esperando del cielo (o del subsuelo,
con la baja de los precios del petróleo) la salvación?
Porque no otra cosa que cruzarse de brazos son los llamados
a la abstención. Es cierto que antes de ser derribados,
los gobierno se caen solos. Pero si tiene enfrente a una sociedad
abúlica, que rehúsa la pelea, ese derrumbe puede
durar más que la caída del Imperio Romano.