Buenos Aires.- El Monumental de River Plate, con sus
casi 30 mil almas, explicó en 90 minutos cómo se puede
pasar de la euforia a la incredulidad, de la celebración
otra vez al escepticismo y de allá a tener la cara tan
larga como para esconder las manos y caerse a silencios.
Los argentinos vieron a una Venezuela que no conocían
y la disfrutaron un poco, pero también la sufrieron,
sobre todo por el marcador y por ver que su equipo jugaba
a conservar el resultado.
"Jamás defendimos un resultado ante Venezuela, eso
no existe, ese técnico está loco", gritó
un hincha en la tribuna entre miles de fanáticos que,
con amargura en sus rostros, abandonaban el estadio.
Cuando el primer gol avisó que habría más,
los espacios vacíos en el estadio se llenaron de
euforia. El uno a uno fue una celebración de pocos,
pues un sector de la tribuna ocupada por un nutrido grupo
de venezolanos fue una fiesta que fue arropada después
por el ¡ole!, ¡ole!, que coreaban los albiceleste cuando
la pizarra indicaba 3-1 era la emoción total y esperaban
una goleada.
Entonces Vielma con el 3-2 generó la incertidumbre
y desesperó a la gran mayoría.
Argentina no barría a nadie y por el contrario
pedía tiempo, pedía la hora y la gente no
brincaba en el Monumental, al final la multitud dejó
el estadio sin mucho alarido, preocupada y con su
cara larga, porque la vinotinto los hizo sudar.