DURANTE LA DECADA de los setenta y la primera mitad de los ochenta, el mundo en vías de desarrollo dio una importante batalla en los foros multilaterales por hacer sentir sus demandas en materia económica y comercial. A partir de esa última fecha todo comenzó a cambiar. La conjunción entre la crisis de la deuda y el colapso en el precio de las materias primas, incluyendo allí la pérdida del poder negociador de la OPEP, quebrantó la solidaridad del mundo en desarrollo. Tanto la estrategia de negociación dura como las propuestas para un Nuevo Orden Económico Internacional, se vinieron abajo. Ello habría de coincidir con la consolidación de un nuevo paradigma económico en el mundo industrializado. En el lapso de unos pocos años las economías en desarrollo pasaron de una gran confianza en su poder colectivo al acatamiento complaciente de las exigencias que le formulaban los industrializados.
La Ronda Uruguay del GATT resultó el escenario en el cual las naciones en desarrollo liberalizaron sus regímenes comerciales y económicos y se abrieron a los requerimientos que se les hacían en materia de inversiones, servicios y propiedad intelectual. A todo lo largo de los noventa la tónica prevaleciente en el hemisferio Sur sería de acatamiento. En diciembre de 1999, sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar.
En esta última fecha tuvo lugar la reunión de la Organización Mundial de Comercio en Seattle. Allí las naciones en desarrollo, constatando que los costosos sacrificios hechos en materia de servicios, propiedad intelectual y liberalización de comercio e inversiones, no habían encontrado la reciprocidad debida, endurecieron sus posiciones. Estados Unidos no sólo continuaba haciendo cada vez más estrictas sus leyes comerciales y sus barreras no arancelarias, sino que la mayoría de los industrializados no habían honrado su compromiso de reducir los subsidios agrícolas. Esa nueva actitud del mundo en desarrollo habría de consolidarse a partir de las dos reuniones subsiguientes de la OMC en Doha, Qatar y Cancún, México.
El ingreso de China a la OMC en 2001 y el poder combinado de esta nación con la de las otras dos grandes economías emergentes, India y Brasil, reconfiguraron la correlación de poder al interior de este foro. La llamada Ronda Doha de negociaciones habría de evidenciar la confrontación entre el llamado G20, liderado por las tres naciones anteriores, y los industrializados. En la actualidad el bloqueo de posiciones entre Estados Unidos, la Unión Europea, Japón y los países en desarrollo parece definitivo. El multilateralismo económico ha entrado en un callejón sin salida.
Para Estados Unidos la opción es clara. Si el multilateralismo económico no se adapta a sus intereses, hay que seguir adelante por la vía bilateral. Es decir, celebrando tratados de libre comercio con tantos países como posible. Para abril 2006 Washington había instrumentado o completado negociaciones, iniciadas durante los últimos 6 años, con 14 países y tenía pendiente negociaciones con 11 más. Desde luego que en las mismas las contrapartes no gozan del poder de bloque que se genera al interior de la Ronda Doha. Aquí la asimetría económica se hace sentir en toda su magnitud. A Singapur y Chile, Washington les impuso la renuncia al uso de controles de capital, a Australia le impuso extender la vigencia de las patentes norteamericanas más allá del plazo aceptado internacionalmente. Y así sucesivamente.
La entrada de Venezuela al Mercosur habrá de protegerla de la ley de la selva a la que conducirá el colapso del multilateralismo económico, así como de los dictados del poderoso Tiranosauro Rex.