Desde febrero de 2003 cuando el Gobierno sumó al control
cambiario la medida del control de precios máximos de
los alimentos básicos, estos son del todo discrecionales,
inconsultos, sin mayor basamento costo-económico y fijados
de acuerdo al interés populista. De allí que el
resultado sea la disminución que sucede de la oferta
de alimentos básicos al no ser posible su producción
o importación privada para ser vendidos a precios controlados
por debajo de costos.
En adición, la pérdida de libertad económica
ha significado para el sector privado de alimentos una escalada
de requisitos, inspecciones, peajes y abusivas multas o cierres,
que además de elevar los costos, aumentan el tiempo de
la producción, la importación o la distribución
final hasta los consumidores, imposibilitando su abastecimiento
normal.
Esto sin redundar aquí sobre la caída de la producción
nacional por causa del terror agrario de la Ley de Tierras
como de la violencia criminal que ahuyenta la inversión
privada en el campo.
La corrupción existente tras las importaciones oficiales
subsidiadas de alimentos que en forma directa y sin ninguna
transparencia se autorizan inclusive para el mayor provecho
de gobiernos y empresas extranjeras, ha devenido en la distorsión
total de la administración gubernamental que debe estimular
la producción nacional y no lo contrario.
En estas circunstancias el Gobierno debe decidir entre posibilitar
la mayor oferta de alimentos o insistir con los controles
de precios. De mantenerlos, más agudo será el desabastecimiento
como el descontento popular por la escasez. En cuanto al aumento
de precios que resulta, su contraparte es el subsidio alimentario
social que deberá mantenerse, incluyendo la diferencia
del ajuste cambiario que se ve venir. El fracaso de los controles
es ya una realidad.
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