Muchos van a buscar el origen de la palabra "populismo" en
los narodniki rusos del siglo XIX: ellos eran, o pretendían
ser, "Amigos del Pueblo". Acaso en ese nombre esté la
mejor definición del populismo: lo de "amigos" lo define
como una especie de paternalismo; lo de "pueblo" por su indefinición:
la palabra "pueblo" es tan inclusiva como aquellos famosos
albergues españoles, donde cada quien comía lo que
llevaba, y acaso sólo eso. Así, lo que caracteriza
a un populismo no es tanto esta o aquella política económica;
sino el hecho de que se pretenda imponerla al pueblo porque
"el pueblo la quiere". En ese sentido, una política de
esas que hoy se llaman neoliberales podría ser tan populista
como su adversaria. Claro, se supone que ellas sólo se
pueden aplicar desde el gobierno.
Y si éste es bastante rico para repartir recursos a
diestra y siniestra, calificando de "pueblo" a todo el que
extienda la mano para recibir el maná estatal, pues mejor.
Lo que define el carácter populista de una medida es
casi siempre menos el beneficio social real, que su popularidad.
Por eso se suele pensar en el populismo como una deformación
de la democracia. La diferencia entre la democracia y el populismo
es que la primera sólo tiene sentido si los derechos
y libertades se conquistan; mientras que en el segundo, ellas
son otorgadas por un líder carismático y/o por una
élite iluminada y ungida por la "voluntad del pueblo".
Un peligroso desprecio
La primera vez en mi vida que me oí llamar "intelectual"
con una punta de desprecio fue en los meses en que terminaba
mi bachillerato y maldecía porque a la hora de la cena
todo el mundo desaparecía en aquella pensión y teníamos
que aguantar hambre hasta que terminase el lacrimógeno
capítulo de El derecho de nacer. "Lo que pasa
es que tú eres un intelectual, y a los intelectuales
no les gusta la radionovela", nos ripostaban mirándonos
de arriba abajo, incomprensibles como eran quienes no se sentían
conmovidos por los esfuerzos de don Rafael para hablar desde
su mudez hemipléjica.
Eso lo considerábamos entonces, y más ahora, como
algo inofensivo. Lo que nos alarmaba en cierto momento no
era la infatuación popular por una figura frívola
o de un azote de barrio, sino el hecho de que rindieran ante
ellas partidos e intelectuales que, y esto es lo más
grave, renuncian y aborrecen la propia condición. Referirse
con un dejo despectivo a "un sector de la intelectualidad
y de los políticos" no es sólo negar la condición
misma de quien eso escribe, sino algo peor: puede sugerir
que determinada posición es buena porque la rechacen
intelectuales y políticos. O sea, la típica propuesta
populista, la misma de todos los demagogos: el pueblo siempre
tiene la razón, así se encapriche y se equivoque.
Rodeos y eufemismos
Al juez ante el cual debió comparecer Gustave Flaubert
le molestó de manera especial que Emma Bovary hablase
de "las desilusiones del adulterio y la suciedad del matrimonio"
cuando debía haber escrito todo lo contrario: "las desilusiones
del matrimonio y la suciedad del adulterio". Pero no era eso
lo que Flaubert quería decir, y no lo dijo.
Hay sin embargo autores a quienes no les molesta en verdad
la censura, pues ven allí una espléndida ocasión
para burlarla: el hambre de libertad, como la física,
aguza el ingenio. Para no hablar del Siglo de Oro, en los
años finales del franquismo floreció como nunca
antes la prensa que cultivaba el género humorístico
"dentro de lo que se puede" como rezaba el lema de Hermano
Lobo. Por ejemplo, nadie se atrevía a hablar de la
próxima muerte de Franco, pero se le daba un rodeo: a
eso se le llamaba "preparar el futuro"; y un Día de los
Difuntos, esa misma publicación ponía a hablar hasta
por los codos a los únicos a quienes "el futuro" no le
iba ni les venía, o para decirlo en lenguaje chorizo,
les "refanfiflaba": los muertos.
Salvador Garmendia contaba que el más sorprendente e
ingenioso eufemismo se lo había escuchado siendo niño
a una tía suya, que conminaba a una nieta a que mirase
para otro lado, pues en la calle por la que pasaban había
un hombre orinando en la calle "con la malacrianza en la mano".
Asesinos y sicarios
Desde que el Viejo de la Montaña comenzó a entrenar
sus huestes para matar a todo sospechoso (y mucho más
si era poderoso) de no seguir al pie de la letra las enseñanzas
del Corán o mejor, su interpretación rigorista,
se extendió por todo el orbe entonces conocido no sólo
su temible fama, sino también su nombre, los haschichins,
de donde derivó nuestra palabra asesinos. Se pensó
que ese nombre era a su vez un derivado de haschichs,
uno de los nombres de la marihuana.
Amin Maalouf no lo cree así, puesto que la capacidad
de disimulo y de self control durante el largo tiempo
en que se vigilaba a la víctima, eran incompatibles con
el empleo de estimulantes. Él piensa que la palabra designa
a los Assasiyoum, aquellos que son fieles al Assa,
o sea a la estricta ortodoxia sunnita.
Como sea, desde entonces se ha tendido a atribuir esa condición
de asesinato y premeditación a los musulmanes. Pero no
eran ellos los únicos. Se conoce también, a través
de cierta literatura colonial inglesa, a los thugs
de la India, y hoy sobre todo el cine ha popularizado a los
ninjas japoneses, lo que parece ser pura fantasía
celuloidal.
Pero antes de que existieran los haschichins, y más
aún, antes de que Mahoma iniciara con la Hégira
la expansión de su imperio religioso, entre los judíos
existía una secta, los zelotes, cuyo argumento
preferido era también el puñal. De hecho, se les
llamaba "portadores de puñal", lo que en su lengua se
decía sicarios. De modo que su origen nada tiene
que hacer con el narcotráfico y sus diferentes "carteles".
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