El Presidente ha contestado, pero no ha respondido cabalmente.
Ha vociferado, pero se ha olvidado de los argumentos. Le ha
subido el volumen a los insultos y le ha puesto el botón
de mute al sonido de las ideas. Nada extraño. Estamos
ante una costumbre de salirse por la tangente que ya va a
cumplir una década, ante una manera de referirse al prójimo
que habita en la otra orilla y en cuyo avasallamiento no discrimina.
Se trate de un ciudadano común que levanta la voz, de
un jefe de Estado, de un prelado de la Iglesia, de un laureado
escritor, de un empresario, de un cantante, de un partido
político, de un periódico, de una estación
televisora o del movimiento estudiantil, a todos apunta con
una andanada de vulgaridades.
Quiere borrarlos de la faz de la tierra, tal es el propósito
de quien pretende erigirse en mandón exclusivo y excluyente.
La mayoría de sus adversarios saben que sus puyas no
matan, que apenas causan un estrago menor mientras salen de
una lengua capaz de atribuirse un poder que no tiene. De allí
que los muertos que ha matado continúen sus rutinas como
si cual cosa, viendo cómo toca a otros vecinos el turno
en la ruleta de las escaramuzas inútiles y esperando
que, algún día, el bálsamo del silencio compense
el tiempo gastado en escuchar el atropello de una voz monocorde.
Seguramente cause miedo entre los pobres de espíritu,
pero cada vez menos. En todo caso, le hemos permitido ese
tipo de arrebatos que desdicen de nuestra condición de
republicanos y en esas andamos, sin cobrar lo que no deja
de ser una ofensa desmedida y ventajista.
El método Chaz de los insultos se ha puesto de nuevo
en marcha frente al desafío de las computadoras de Raúl
Reyes. Gritos, en lugar de explicaciones; agravios, en vez
de pensamientos, las hojas sustituyendo al rábano. Pero
no será suficiente, por fin. No sólo porque el destinatario
de la procacidad sea distinto, esto es, un sujeto desacostumbrado
a recibir vejaciones y habituado a diálogos razonables;
sino especialmente por la calidad de las evidencias que el
interlocutor coloca sobre la mesa con el peso de una lápida.
Los materiales extraídos de los ordenadores de un ordenado
cabecilla de las FARC permiten la documentación de un
delito en términos excepcionales, si se relaciona con
casos similares a los cuales se han enfrentado las policías
del mundo en los últimos cien años. Jamás habían
topado los cuerpos de seguridad con un conjunto de datos susceptibles
de permitir la reconstrucción del desarrollo de un movimiento
subversivo en los últimas décadas, de dar con el
paradero cierto de sus contingentes y con la ubicación
de sus recursos materiales, de identificar con exactitud a
los miembros de la comandancia y a los cómplices en su
país de origen y en el extranjero. Una vez certificada
por la Interpol la legitimidad de los testimonios recopilados
por Reyes, sobre cuyo origen no caben ahora las dudas debido
a la seriedad de quien produce el certificado, apenas queda
la tarea de calificar sus contenidos para la selección
de los que se consideren verosímiles y proceder en consecuencia.
Ya hubiesen querido los agentes de la CIA, o lo sabuesos israelitas
del Mossad, por ejemplo, un cúmulo tan contundente de
pistas para capturar a los fanáticos de Al Qaida. Estarían
celebrando en las plazas de Washington y Tel Aviv, seguramente.
Pero, ¿qué significa proceder en consecuencia?
Enfrentarse a la realidad en atención a la estatura de
su desafío, actuar con seriedad ante aquello que parece
un arrollamiento devastador, lo cual significa el estudio
de cada una de las piezas extraídas de la computadora
para demostrar que mienten o exageran, que distorsionan de
manera flagrante los hechos a los cuales remiten; que son
inexactos sus datos en torno a los individuos, a los gobiernos
y a los dineros mezclados en un asunto tan deleznable como
la violencia y el tráfico de drogas, en un trato de los
bajos fondos que incumbe al mundo entero. Para Chávez
se trata, en otras palabras, de buscar la verdad y ventilarla
ante los demás desde su trinchera, de batir a sus acusadores
con un cúmulo de pruebas que lo conviertan en el héroe
de una batalla campal que no sólo le incumbe a él
personalmente, ni tampoco a Venezuela como nación soberana,
sino a toda la humanidad amenazada por el narcoterrorismo.
Son las armas lícitas a las que puede acudir. Es el derecho
que le asiste. Pero, ¿lo cambiará por el negocio
de los vituperios? Debería, si se detiene a pensar que
no está frente a quienes trata como súbditos sumisos.
Le espera ardua faena en el camino de la insolencia desbocada,
o en la parcela de los argumentos solventes, según sea
la estrategia que por fin escoja para salirse del apuro mayor
que se le atraviesa desde su advenimiento al poder.
eliaspinoitu@hotmail.com