El derrumbe de los partidos políticos que arrastró
consigo el de la república civil fundada en 1958 se debió
sobre todo a la ignorancia de la propia historia. Cuando decimos
ignorancia no nos referimos a su desconocimiento (aunque también)
sino sobre todo al abandono de la crítica y de la reflexión
por la rutina. Nos referimos al hecho de haber desencadenado
un proceso para oponerse luego a su culminación, asustados
del cuero después de haber matado al tigre, creando así
un cuello de botella que al final terminó por estrangularlos
(no en vano los franceses llaman a eso goulot d'étranglement
o sea gollete de estrangulamiento).
Si en adelante usamos como ejemplo a Acción Democrática
es por haber sido ese, históricamente (no queremos decir
cronológicamente) el primer partido moderno en Venezuela.
El agente, el emblema, el motor
Esa "ignorancia" de que se hablaba más arriba es por
haber desdeñado o incomprendido el significado mayor,
el más profundo, del nacimiento del partido: haber sido
el agente, el emblema, el motor de la descentralización.
Al decir "descentralización" no nos referimos a lo administrativo
(que es una parte de aquella), sino a lo político. El
Estado venezolano, creación del gomecismo, nació
como todos los Estados con una vocación centralizadora,
unificadora, unanimista, autoritaria. Si hemos enhebrado todos
esos adjetivos es para señalar que no sólo los diferentes
matices de una misma realidad, sino para constatar un hecho
antes de valorarlo. A partir de su existencia, hay un combate
permanente de la sociedad por arrancarle espacios a ese Estado
que la domina.
Y el primer agente de esa descentralización, de esa
lucha de la Sociedad por arrancar espacios de autoridad al
Estado, ha sido el partido político. Por razones históricas,
Acción Democrática (y a su vera, quien más
quien menos de los otros partidos) nació como un partido
de corte leninista.
Un caso único
Para ser más precisos, como un caso único en el
mundo: un partido leninista no marxista. Pero el partido leninista
siempre lleva en su seno el germen de su propia destrucción,
porque se basa en lo que podría considerarse un oxímoron
político: el "centralismo democrático" que es
como decir aceite vinagrero. O sea que es un organismo que
combate contra la centralización autoritaria cuando su
propia mitad es autoritaria, centralista.
Todo esto lo hemos desarrollado en varios de nuestros trabajos
históricos. Aquí sólo queremos señalar
un hecho, para entroncar con lo más arriba dicho: al
final, en una sociedad y un partido transformados gracias
a sus obras, AD reaccionó como un ente centralizador.
Recordemos así las expulsiones "por computadora" de Alfaro
Ucero, recordemos el "cogollismo" y todo eso.
Pero no pretendemos con estas notas a un simple ejercicio
historiográfico. ¿Hay una posible lección para
el momento actual? Hay por lo menos una, la misma cuyo reconocimiento
llevó al triunfo al partido político y cuyo desconocimiento
lo llevó a su estruendosa derrota presente.
Arrancar pedazos de autoridad
A saber que la lucha sigue siendo, y tal vez nunca deje de
serlo, por arrancar pedazos de autoridad al Estado para entregarlos
a la Sociedad. Dicho de otra manera, que el combate primero
es y debe ser por la descentralización que es la democracia,
contra la centralización que es el despotismo.
Por fortuna, tal y como las cosas se presentan en el momento
actual, se hace más fácil hacerle comprender a los
electores el significado de ese combate: cuando se estaba
peleando la Presidencia, ellos podían confundirse pensando
o sintiendo que se oponían dos opciones centralizadoras,
dos matices de un autoritarismo lejano: mandar desde Caracas.
Unas elecciones regionales facilitan plantear a los electores
una opción sencilla, comprensible, casi referendaria:
¿quieren Uds, que los manden desde Caracas, o quieren
gobernarse a sí mismos? Y cuando decimos "mandar desde
Caracas" no pretendemos que esta ciudad sea ahora privilegiada,
bendita entre todas las ciudades.
El último lugar posible
Aunque en ella tengan su asiento unas autoridades nacionales
por lo demás centralizadoras hasta el extremo límite,
todos sus habitantes pueden constatar a diario como, en manos
de los actuales gobernantes, ella ha descendido al último
lugar posible en cuanto a calidad y nivel de vida, en cuanto
a poder decisorio sobre su propio destino. Con un gobierno
que de tal maneras le ha dado la espalda, Caracas debe y puede
ser el adalid de esa descentralización de que estamos
hablando.
Con su habitual torpeza de elefante en cristalería,
y su no menos acostumbrada mescolanza de paranoia y fanfarronería,
Chávez ha dejado al descubierto su juego con lo de "¡Vienen
por mí!". Dicho de otra manera, muestra la actitud de
todos los gobernantes autoritarios cuya mayor preocupación
es que sus gobernantes vayan "a él", o sea, que de verdad
y no sólo como una consigna demagógica y electorera,
tomen en serio lo de su participación y su protagonismo,
no los de un mandón que pretenda vitalicia esa condición.
Combatir la inseguridad, la corrupción, el nepotismo,
el odio sectario: con todo eso hay un buen paquete de consignas
para elaborar el mejor programa para los diversos candidatos
de la oposición.
Pero por encima de ellas debe estar la de mayor alcance y
significación históricos: la defensa de la descentralización.
Administrativa, pero sobre todo política.
hemeze@cantv.net