CARACAS, miércoles 04 de noviembre, 2009 | Actualizado hace
En nuestro artículo anterior planteábamos la hipótesis acerca del miedo a la metrópoli que marcó la gestión de los gobiernos democráticos venezolanos entre 1958 y 1998 y sus nefastas consecuencias sobre las ciudades, especialmente Caracas. Pero a partir de entonces, con el advenimiento de la plaga chavista, se ha producido un cambio cualitativo, pasando del miedo al odio. Esto no es una exclusividad de nuestro autoritarismo vernáculo: ya Claudio Magris se ha referido al ascenso de una nueva clase "prejuiciadamente hostil a la civilización citadina" en todos los episodios que durante años signaron la trágica historia de los Balcanes, imagen especular de uno de los fenómenos más típicos de la ciudad, y todavía más de la metrópoli, como es la fuerte presencia de una clase intelectual abierta, librepensadora, cosmopolita y, por ende, antiautoritaria.
Decíamos entonces que el miedo a la metrópoli no fue óbice para que los gobiernos democráticos ejecutaran obras de gran impacto urbano, entre las que destacan las relacionadas con el espacio público, el transporte masivo y, en los primeros años, la vivienda popular: se construyeron entonces los últimos tres parques metropolitanos de la ciudad, la segunda y hasta ahora última gran ciudad universitaria pública, dotada de espléndidos jardines, y espacios peatonales de la significación del bulevar de Sabana Grande, además de lo fundamental del sistema Metro. A partir de 1999 la constante es no sólo el estancamiento sino incluso el retroceso: como no ha podido conquistar la universidad pública, la "revolución" se ha dedicado a crear sus propias y discutibles universidades pero embutiéndolas en viejos edificios construidos con otra finalidad; hace varios años el propio Presidente prometió la fácil tarea de convertir el aeropuerto de La Carlota en parque público y sacaron los aviones privados& para sustituirlos por los de la nomenklatura; más allá de lo estrictamente sanitario, el programa Barrio Adentro es una aberración arquitectónica y urbanística y una afrenta al ciudadano; aun liberado de buhoneros, el bulevar de Sabana Grande es hoy tierra yerma; inventaron un proyecto estrambótico que desvirtuaba el Parque del Este y lo convirtieron en un tierrero; Buscaracas, la pobre imitación del Transmilenio bogotano, es hoy una inútil herida abierta en el centro de la ciudad.
macking@cantv.net
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