Las carreteras de la Iglesia
Nadie afirma que el mal estado de las carreteras o el asalto a los hogares, se deben a que la Iglesia Católica no ha "tomado cartas" en el asunto. No ha tomado cartas, porque eso no es un problema religioso, no le compete.
Es un problema de justicia, y por tanto un problema moral, porque los ciudadanos pagan impuestos para que los respectivos mantenimientos se realicen. Y si no se cumplen, no es porque la Iglesia no intervenga, sino porque se descuidan los organismos competentes de la administración pública.
Traigo este ejemplo porque a veces se dice: "La Iglesia no está de acuerdo con el aborto o rechaza como mala la conducta homosexual". Pareciera que esos asuntos son malos por decreto del Papa. Y se le llama retrógrada a la Iglesia, cuando permanece firme en su posición.
Nunca decimos que el robo es malo porque las leyes lo prohíben. Es al revés: las leyes lo prohíben porque es malo. El ladrón atenta contra el derecho que todos tenemos a la propiedad privada.
Tanto el aborto como el homosexualismo son dañinos en sí mismos y por eso la Iglesia los reprueba. Pero la maldad intrínseca de esos actos no se la confiere ninguna institución, ni la Iglesia, ni ninguna otra, como la ONU, por ejemplo. Esas dos acciones son malas porque dañan al hombre como persona. Se desafía a la naturaleza.
Siguiendo con el ejemplo anterior, la Iglesia censura las calles agujereadas porque es una injusticia: Tiene su origen en la negligencia de quienes deberían ocuparse de mantenerlas transitables y no lo hacen. Pero nunca dirá nada sobre el asfalto que se debe utilizar o la empresa que ejecutará el trabajo.
Hay que aclarar que la Iglesia Católica no censura a los homosexuales, sino al homosexualismo, que no es lo mismo. Un asunto es el error, otra la persona que yerra. Tanto es así, que la Iglesia tiene una pastoral -o estrategia de atención-, para lograr que esas personas no se alejen de Dios. Cualquier católico actuaría mal si discriminara o tratara mal a los homosexuales por su condición.
El asunto cambia bastante cuando se trata del aborto. Aquí lo que está en juego es una vida humana, no una enfermedad por grave que pueda parecer. El problema del aborto no es religioso sino moral. Le estamos quitando al nonato su derecho a vivir. Ponemos por delante el deseo de unas personas, por encima de un derecho humano.
Las mujeres que abortan suelen argumentar que no podrían mantener una criatura más. A un médico brasileño le llegó a la consulta una indiecita embarazada que quería abortar y alegaba razones económicas.
El médico le preguntó cuántos hijos tenía -eran varios- y cuántos años tenía el hijo mayor y ella respondió que quince. Y con gran sentido común, le dijo el doctor: "Tráeme al de 15 y te lo mato, puesto que el que va a nacer no comerá y el de 15 sí". Horrorizada, la mujer se llevó las manos a la cabeza: ¡Jamás mataré a un hijo mío!
El aborto no enfrenta a los católicos con los que no lo son. Enfrenta más bien a posiciones divergentes en cuanto a la naturaleza y los límites de la protección de la vida humana. Es algo que afecta al cimiento moral de la entera sociedad.
Cuando una sociedad no tiene resortes morales, irá irremediablemente al fracaso, aunque sea ejemplo de progreso. Nunca la técnica está por encima de la ética. No puede haber auténtico progreso, si no se considera el trasfondo moral que tiene todo acto humano. El hombre es libre, pero también por eso mismo, responsable.
opulgarprez6@gmail.com
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