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Anima Mundi
Entra un demonio
"Yo me pregunto,
y pregunto a mis amigos, a qué responden esos grandes contrastes
en la concepción popular de los demonios. No lo han pensado. Los
demonios son así",
enfatiza Rowena Hill con la intención de hacer partícipe a los lectores
de una función teatral -
"que representa sus verdades", las de los pobladores de la parte
occidental del estado de Karnataka, en la India-, y diríase también
que con ánimo de impregnarnos así del susto
como del júbilo que éstas suscitan

Mahishasura
(gran demonio) / Mysore
Se
dice que el nombre de la ciudad donde estoy viviendo, Maisuru (en
inglés Mysore), se origina en el apelativo del más
terrible demonio de todos, Mahishasura, mitad hombre y mitad búfalo.
El templo que se yergue en el cerro al lado de la ciudad está
dedicado a Chamundi, una forma de Durga o Kali, de muchos brazos
y montada en un león, que pudo vencer a tan terrible manifestación
del mal, y en el cerro también se encuentra una estatua en
concreto, pintada de fuertes colores, del mismo Mahishasura con
figura de hombre bigotudo, machete en la mano, más bandolero
que demonio (aparte la serpiente en la otra mano), al lado de quien
todos los visitantes quieren hacerse la foto. Uno le coge cariño.
La raza de
los demonios en la mitología hindú lleva una vida
paralela a la de los dioses, tan bien organizada y tan apegada a
sus principios y su dignidad. Mahishasura fue hijo de padres demonios
bien casados, pero por obra de la maldición de un santón,
el esposo murió estando Mahishi, la madre, en estado interesante,
y el hijo se formó en su vientre con forma de búfalo.
Tan malo nació que todos los dioses temblaron. Otros demonios
terribles nacidos en el curso del tiempo fueron vencidos por las
varias encarnaciones de Vishnu, el Pez, la Tortuga, el Hombre León,
o por otros de los dioses mayores; pero éste exigía
una fuerza superior a cualquiera existente para acabar con sus matanzas
y destrucciones. Según la tradición más clásica,
los principales dioses masculinos contribuyeron cada uno con un
pedazo del cuerpo para crear a Durga, quien surgió rugiendo
y buscando sangre. Según una tradición más
popular y más matriarcal, ella desde siempre estaba allí
y se ocupó, cuando hizo falta, también de esta hazaña.
La Durga-Chamundi
que vi salir al escenario de una compañía de Yakshagana
(una forma teatral popular de la parte occidental del estado Karnataka)
no era muy imponente, más bien flaca y un poco curvada y
de voz muy baja (todos los papeles son representados por hombres).
Tampoco el león prometía mucho, era viejo y desvencijado.
Pero la entrada de Mahishasura fue algo sobrecogedor.
Alrededor de
dos mil personas están sentadas en un campo bajo la luna
llena. Poquísimas entre ellas tienen televisión en
su casa; este espectáculo, y la cena que lo ha precedido,
ofrecidos en cumplimento de una promesa por el comerciante de licores
del pueblo, serán para ellas la diversión más
grande de estos meses del año. Además, les apasiona
su tradición, que no conocen como 'tradición hindú',
mucho menos 'folklore'. Este teatro representa sus verdades.
Ya son más
de tres horas que los personajes de los varios episodios del mito
de la diosa bailan e improvisan diálogos, narrativos, cómicos,
filosóficos, en el pequeño escenario. Mahishi, con
la barriga bien embojotada, ha recibido, desesperada, la noticia
de la muerte del esposo. Y de repente, lejos del escenario, detrás
del público, al otro lado del campo, se empiezan a escuchar
rugidos y un crepitar de llamas. Vuelan cohetes, el cielo se alumbra
con los fuegos, suben nubes negras de humo de las llamaradas que
salen de la boca del demonio (en realidad, de las antorchas empapadas
en kerosén que él sopla desde muy cerca). Llamas,
humos, cohetes, gritos, la escena es apocalíptica; y desde
ese fondo se acerca un ser monstruoso, embistiendo y retrocediendo,
asustando niños y grandes -el demonio. Su traje, con la ancha
falda de la tradición, es oscura, La cara esta pintada de
rayas blancas y rojas, el enorme tocado tiene largos cuernos, y
los ojos tienen un brillo hondo y rojísimo. Parece gigantesco,
sigue pareciéndolo, aunque cuando se acerca me puedo dar
cuenta de lo pequeño de sus manos y pies, descubiertos. El
público está entre susto y júbilo. Es un momento
de encuentro con otra realidad.
Poco a poco
se calma el alboroto, la gente se vuelve a sentar y Mahishasura
llega al escenario, convirtiéndose en otro personaje de la
obra. La madre le da cariños y él promete vengar a
su padre. Es casi un buen muchacho.
Chanda y Munda,
los demonios gemelos de un episodio anterior, que nacen de un poco
de cera del oído de Vishnu caído en la tierra, también
tienen matices casi enternecedores. Quieren comerse todo lo que
se les pone delante (otro momento de susto para los muchachos del
público, cuando bajan los actores del escenario a agarrarlos),
pero también buscan saber quiénes son sus padres.
En definitiva, son malos y la diosa los mata; como encuentra también
el punto débil de Mahishasura y lo acaba, en su
omento, con
la espada.
Yo me pregunto, y pregunto a los amigos, a qué responden
esos grandes contrastes en la concepción popular de los demonios.
No lo han pensado. Los demonios son así. La necesidad de
rimar las largas piezas teatrales es seguramente una razón
inmediata. Más fuerte será el deseo de domesticar
a estos representantes del caos y la destrucción. También
es como señalar que sabemos que no son completamente "otros",
que participamos de sus accesos de rabia y venganza. Quizás
sobre todo que quisiéramos compartir su absoluta libertad
y falta de escrúpulos en la expresión de sus impulsos.
Como sea, encontrarse en presencia de esas visiones multicolores
y extravagantes, da la sensación de acercarse al borde de
lo real. En momentos se convierten en imaginación pura, fuera
del ámbito de lo simbólico. No son ni animal ni espíritu;
participan de lo humano pero no del lenguaje.
Los cuernos
casi me golpean, el traje me toca. Los ojos brillan a mi lado sin
piedad. Siento una intensa satisfacción.
Rowena
Hill. Poeta y estudiosa de las culturas orientales
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