Anotaciones

Dime y doma de la enfermedad

César Seco confía a los lectores una pregunta que le habitó “a diario a partir de la aparición súbita de la epilepsia: ¿por qué ha tenido que ocurrirme? (…) Saberlo (o no saberlo) es el asunto del que me ocupo en mi escritura (…) Escribo desde la enfermedad, no sobre ella”. Así, agrega el joven poeta y ensayista falconiano: “Cuando todo devino en poesía, el ser solitario que era lo pude compartir con los demás. Podía convivir con ella, habitarla, dejarla habitarme sin reparos”


Egon Schiele/Autorretrato, 1912



No me cura mi madre de sus hospitales
nadie quiere salvarme de esta luz
que me da golpes en la frente

Teófilo Tortolero

Una pregunta me habitó a diario a partir de la aparición súbita de la epilepsia: ¿por qué ha tenido que ocurrirme? Como si no bastara el misterio mismo de haber nacido para este cuerpo, para esta mente. Saberlo (o no saberlo) es asunto del que me ocupo en mi escritura, con la discreción única de quien oficia en sí mismo y procura no mentirse. La indagación natural de un enfermo para habitar su ser. Cuando muerdo mi lengua es como si arrebatara al aura que fue propicia a la sacudida, ese algo, esa respuesta inasible.

Haber estado a oscuras y luego volver: alguien aterrando al otro con su instinto, con su espíritu, ¿quién sabe si con nada? ¿Cómo encontrar el camino de la no-oposición a la enfermedad? ¿Cómo hablarle para que ella me hable? Ella, muda, sorpresiva, me ha volatilizado. Ella, de la misma estatura con la que recibo su descarga. Derribado, me levanto y la respuesta es cada vez menos tiza dispersa. La poesía me lo ha hecho saber.

Estos años, creo, he ido como nunca a ofrecerle diálogo. A pesar del dolor, del entumecimiento y el golpe, quiero sepa de mí, que he recibido una voz para hablarle. Escribo desde la enfermedad, no sobre ella. Hacerlo, lo sé, es como soplar vidrio frente a un horno encendido. Cioran decía: “Tertuliano nos enseña que para curarse los epilépticos iban a chupar con avidez la sangre de los criminales degollados en la arena”. Y remataba con proverbial hondura: “Si yo escuchara la voz de mi instinto, esa sería la única forma que adoptaría”. Quien lidia con una enfermedad, a su manera, entiende esto. El diálogo con la enfermedad dura lo que ella quiere y cada quien lidia con ella como es. En la enfermedad uno se abandona a la sombra o se reencuentra con ella.

Todos los personajes de Dostoievski parecieran llevar la misma interrogación que ocupa el rostro del escritor. He querido creer en que es la de quien demanda respuestas a su enfermedad. El ser de la poesía más recóndita acaso; la del enfermo que el príncipe Mischkin hace letra y, de suerte, un anónimo puede leerla.

Temprano tuve consciencia de que la enfermedad era también vía de entendimiento, dura, pero regia. Salud es lo que se desea siempre, pero la enfermedad aparece cuando menos esperas. Se explica por qué hay unas más higiénicas que otras. Lo que no se explica es por qué las sábanas se parecen al enfermo y viceversa. La poesía no se ocupa de explicaciones y suma todo al misterio.

***
La epilepsia es la enfermedad del que estando de pie convulsiona, ese al que las sábanas y los lechos le son momentáneos; ese que consternado por haber ido y vuelto sólo desea regresar a su cabeza, porque allí reside todo avistamiento. Dostoievski dijo convencido que “la enfermedad era la consciencia”.

Las personas míticas Apolo y Dionisios están con sus configuraciones en el pathos de la epilepsia; reconocibles en los síntomas, anteceden a la relación directa: Selene y su poseso Endimión. La Luna y las aguas del caso. Enfermedad del sistema nervioso, no de la mente, ha dicho hasta ahora la ciencia médica. De antiguo se la conjuraba, se temía a veces cuál sería su procedencia. Se le tiene por la sagrada, y también, afectación a la que fueron proclives los faraones de Egipto.

¿Esto qué me dice como uno, como ser? Me anima esto encontrado en un compendio, esto escrito por un tal Lennox: “Han sido mejores un Julio César, un Marco Polo, un Van Gogh, epilépticos, que los don nadie no epilépticos”. Lo supongo a él, a Lennox, un médico del alma, un Jung o un Laing. El trato que se tiene con la epilepsia es duro siempre, como duros son los impactos del golpe. Se espera sólo que en su trato no haya simulación, pues ella misma no lo permite. A la sublimación, enseguida, me digo para resistir esto. El diálogo con la enfermedad durará cuanto ella quiera y cuando ocurra, en el momento que estuve a oscuras, quizá, lo recupere el poema
.
¿Que me ocurría? ¿Qué ocurrió en casa la ocasión primera del ataque? ¿Qué ocurrió posteriormente en mí, en mis padres, en mis hermanos? ¿Asombro? ¿Pena? ¿Recogimiento? No podía ser que eso estuviese ocurriendo en mí… En verdad, la enfermedad nos sorprendió a todos y aunque siempre lo hemos entendido así, todos sabemos quién es el enfermo. Hoy, a los años de ello, me pregunto: ¿acaso puede ser un bien lo que me pierde un instante para devolverme luego? Me lo digo con cuidado. La enfermedad me ha permitido conocerme. En todo caso, me ha librado de complejos.
¿Qué ha hecho que la enfermedad que nada anticipa diga lo que hay en mí? ¿Qué abrazo es el suyo cuando caigo para no caerme del todo? ¿Quién fui de niño antes que ella apareciera? A mi memoria fragmentada acude un talismán cierto, acaso brindado por ella.

***
A mi padre le mortificó; siempre quiso verme como él, me puso su nombre y no tuve su salud. Una tarde cuando regresaba a casa se enteró. Tiempo después mi madre me contó que sólo dijo: “Al muchacho hay que atenderlo”. Y dejando todo a su encargo se escurrió cabizbajo entre unos tabiques tapizados con barajitas de beisbol y de farándula.

¿Locura? No. Mamá siempre supo diferenciar a ésta de lo mío. Por años laboró de camarera en el viejo psiquiátrico de Coro, un caserón antiguo habilitado para una práctica médica que se creía clausurada en el medioevo y que tal vez abismaría al propio Foucault. No, no era igual lo que ella veía desde la cocina (unos hombres encerrando a otro a la fuerza, unos gritos) a esto que desconocía y “largaba” al suelo a su hijo. No estudió mi madre, apenas si la enseñamos a leer; pero tuvo la gracia de poder estar en el sitio que le haría distinguir entre lo que ella nunca querría para mí y lo que realmente me ocurría.
¿Cómo saberlo si entonces era un niño? Lo supe por su dolor de los primeros años, por ése, su correr tras de mí cada vez que llegaba el ataque. Antes que muriera, digna, pude decirle que lo sentía por mí, pero no tenía otra manera de agradecerle sino con unos versos. Ella me previno de todo. Me hizo atento.

***
Al poco de andarme entre las páginas de El idiota de la familia, ese excesivo libro que Sartre escribiera sobre Flaubert, me he detenido en el aparte que dedica a las “crisis epilépticas” que de muchacho padeciera el autor de Madame Bovary. ¿Crisis epilépticas? La ciencia haciendo uso de una terminología que por sí sola hace a la enfermedad más padecible que predecible, y ya ven, contaminando también la apreciación del filósofo. Crisis epilépticas, a pesar de todo un delicado nombre para una enfermedad que te nubla sin que puedas evitarlo.

Lo interesante, me parece, es que Sartre meta en su libro uña a la moral. El no fue nunca un rígido y sin ambages se ocupa de referir la conducta del enfermo y de su entorno, lo demás es fastidio. Con todo, aprecio lo que El idiota de la familia me ha hecho discernir. A los 20 años lo rescaté de un incendio ocurrido en el depósito de la biblioteca pública, a donde llegué a reponerme de las sacudidas y de un fragor juvenil vivido como yo lo viví, con mucho de noche, con súbitos disfrutes y atrevimientos que no lamenté ayer y ni ahora: discotecas, muchachas, todo tipo de sustancias prohibidas y la epilepsia ahí, llegando a sacarme de lo que hubiera sido acaso la “penosa normalidad” de un muchacho.

Sartre hace referencia a la “helada solicitud” de la señora Flaubert, a su ver, “una muestra de lo poco que estimaba a su hijo”. Mi madre en nada podía parecerse a la muy culta señora Flaubert; pero sin sus cuidados, que alguna molestia han debido causar a la hombría de mi padre, no sé qué pudo haber pasado conmigo cuando la enfermedad comenzó a estragarme y la evadía en la dispersión.

Agrega Sartre: “…la idiotez en primer término, la alarma del padre, apaciguada por un momento y luego resucitada cuando Gustave cumplió los 17 años, los años estériles en París y, para terminar, la crisis de Pont’L’Eveque, la epilepsia”. A los 17, mi contento era que la enfermedad estaba a raya, a pesar del desuso que daba a mi cuerpo. Aquello fue como un fermentar de mis sentidos. Sí, a los 17, recuerdo, atravesaba un tubo largo de concreto para encontrar a Nancy y saber que nuestros cuerpos juntos eran uno y nos hacía sentir la resonancia fugaz pero magnífica de que en verdad éramos felices, y salíamos luego a sentarnos en una calle que en nada nos comprendía. Con un temor perdonable inmediatamente, ella me preguntaba: ¿Qué es eso que te da? No le contestaba porque entonces no lo sabía y ella parecía entenderlo, porque con un beso cubría mi pétreo silencio.

Volvamos al libro, Sartre sigue diciendo, agudo: “por último, el secuestro voluntario y la ociosidad: todas estas desgracias le parecían atadas a un hilo secreto: algo se había descompuesto en el cerebro del niño, quizás desde el nacimiento: la epilepsia —tal el nombre que se le daba a la enfermedad de Flaubert, en sumo, la idiotez permanente—…”. Se refiere al juicio o atención de los otros sobre el que padece. A los 17 comencé a recibir respuestas, a saber del comprensible rechazo y del compasible afecto.

La ocasión primera guardé cama unos días y regresé a la calle para entrar en cuenta de que ya no era el que ayer jugaba pelota con estos otros que ahora corrían sanos por las veredas. El cielo estaba arriba igual, pero me era distinto y no había separación entre lo que miraba y ocupaba mi imberbe razonamiento. Por esos días subía al techo de la casa y pasaba horas observando el ir y venir de las nubes. Al tiempo, supe que cuando me daba, una fisura entre ayer y mañana quedaba allí delante de mí, como si algo o alguien hubiese movido la acera.

Cioran dice que “una enfermedad es nuestra a partir del momento en que nos dicen su nombre, en que nos ponen la soga al cuello”. Y nos atempera como para encontrarle unos brazos a la caída: “La enfermedad se nutre de la emoción y el cinismo, esto es lo real, lo demás es talento…” ¿Cómo asirla? ¿Un viaje? Y si lo es, ¿hacia dónde? ¿Por qué algunos sabios como Graves asemejan el choque epiléptico con el samadhi? ¿Encuentro con el absoluto? ¿Tan sólo una sobrecarga en la lámina del cerebro? ¿Un arranque en falso de un móvil extremo? ¿Un irse de lado, caer en lo oscuro y regresar luego con un puño de sol en los ojos?

La ocasión primera fue jugando beisbol. Tomaba turno al bate y me desplomé. El grupo de muchachos con quienes jugaba me trajo a casa en peso. La casa se llenó de curiosos. Una vecina limpió la espuma de mi boca con un pañuelo. El sueño frecuente que me visitaba por ese tiempo era aquel donde atravesaba el corredor de la casa cargando un cuerpo al que miraba a los ojos cerrados y cuando los abría, era yo mismo. ¿Idiotez? ¿Locura? No, de ninguna manera.

***
No hay mayor mentira que llegar a creer que la enfermedad es necesaria. ¿Ella nos tiene sólo para vivir mientras viva? En verdad, saberlo o no me hace bajar de los zancos de cualquier simulación metafórica del engaño. Mi empeño no es hacer poesía de la enfermedad. Es la enfermedad la que se hace escribir con su dictado. La epilepsia no se deja sorprender, quien sorprende es ella; como cuando a un árbol lo filtra una mayor claridad.

Cioran dice: ¿Voy a permanecer de pie? ¿Voy a derrumbarme? Si existe una sensación interesante es sin duda la que nos da el gusto anticipado de la epilepsia”. ¿Tal insolencia y fraguado cinismo pueden llegar a tener algo de místico? La de Cioran, en todo caso, es una afirmación que sobrepasa la moral sartreana y la nuestra. La moral, sabemos hoy, es más corrosiva que la propia enfermedad. Cioran supone, incluso, que de esa sensación del me va a dar están hechas todas las páginas de Dostoievski.

“Entre el monstruo y el loco está el epiléptico”, llegó a decir Sartre, sin dejar de hacer juicio, como todo filósofo. El loco no sabe cuán digna es su locura. El cuerdo cree saber lo que no sabe. El idiota no sabe que es bueno y no tiene esa preocupación de hacerlo parecer. La fisura entre la existencia y el verbo, es unida, como pedazos de una foto rota, de una memoria recuperada.

***
En el libro de Sartre, Flaubert envía una carta a su prima Louise, haciéndose responsable de sus actos: “Comprendo que bien puedo parecerte tonto, a veces malo, loco, egoísta y duro: nada de eso es culpa mía”. De niño recuerdo que si mis hermanos pretendían sacarme de mi ensimismamiento, me apartaba de ellos como si temiera dañarlos por lo que me ocurría. Los epilépticos solemos andar como distraídos, pero en verdad no es esta la definición exacta del estado, ¿es un estado? ¿Estar y no estar al mismo tiempo, y poder entenderlo? Lo que sí es cierto es que no puede ser cualquier trastorno, algo que te hace trascender los planos normales y sospechar una dimensión “otra”.

Indagarlo me llevó un día a Susan Sontag, a su libro La enfermedad y sus metáforas. Aunque no hace clara referencia a la epilepsia, se ocupa sí de una advertencia clave: que el enfermo es proclive a metaforizar la enfermedad. Acaso tuve conciencia de esto, pero me refugié en los mitos cuando llegó la poesía, y la posibilidad otra de hacer hablar a la enfermedad tuvo que aguardar un claro más propicio que llegó con el tiempo.

Cuando todo devino en poesía, el ser solitario que era lo pude compartir con los demás. Podía convivir con ella, habitarla y dejarla habitarme sin reparos. Pude sentirla, ineludible. Saber que a un costado del dolor y de la angustia aparecía la belleza. Pero ¡ay!, Flaubert, por qué dices en la carta a Louise: “Lo mejor que tengo es la poesía, la bestia”. La intensidad instantánea.

César Seco. Poeta

N° 47 Año IV
Caracas, sábado 25 de agosto de 2001
 
 
 

Apuntes
El derecho y el deber de la cultura
(Alfredo Chacón)

 
 
 
 
 

 

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