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APUNTES
La
generación perdida
Aquiles Esté
bosqueja una paradoja trágica para Venezuela: "la posibilidad de
que los cuarentones seamos una generación perdida", en la que figuran
las personas mejor preparadas y que más han soñado con una modernidad
venezolana. Pero, intuye Esté, pareciera que no será posible llevar
esa aspiración al formato de un proyecto colectivo, y de ser así
"nuestra voz, vista como un conjunto de expectativas comunes, no
habrá dejado una marca determinante y necesaria en el país, más
allá de los logros personales"

Jean
Dubuffet / Barbe des combats, 1959
Los
venezolanos que llegamos hoy a los cuarenta años de edad, estamos
a minutos de pasar a ser una "generación perdida". Se trata de un
asunto que debemos explicar con mucha serenidad, con la cabeza fría,
sin indignarnos. Cuando se intenta comprender fenómenos de este
tipo, la primera reacción de la gente es la indignación moral, e
indignarse ante lo que sucede no tiene el menor sentido pues sólo
sirve para acelerar las tendencias de un proceso.
La posibilidad de que los cuarentones seamos una generación perdida
es una paradoja trágica para Venezuela. En este grupo se cuentan
los compatriotas más y mejor preparados del país, al menos en términos
de acceso a la escolaridad y a la cultura internacional. Estos venezolanos
serán los mejores padres y los ciudadanos más presionados por el
éxito profesional. Somos igualmente, y ésta sí es la gran contradicción,
la gente que más ha soñado con una modernidad venezolana que todavía
no llega, y que más bien no descansa en demorarse. La generación
del Viernes Negro es el grupo social que mejor entiende qué es la
democracia, qué es la civilidad, cuáles son las virtudes de organizarse,
qué significa la riqueza y cómo se produce, qué es un derecho, qué
un deber. Tal parece, sin embargo y hasta el momento, que no seremos
capaces de llevar esas certezas al formato de un proyecto colectivo.
Es apenas una década la que nos queda para decir a qué vinimos.
De no hacerlo en este breve lapso, ya no habrá nada que articular
como generación. Tendremos seguramente grandes individualidades,
siempre las hay, pero nuestra voz, vista como un conjunto mínimamente
ordenado de expectativas comunes, no habrá dejado una marca determinante
y necesaria en el país, más allá de los logros personales.
El pasmo generacional al que nos referimos pareciera producirse
en otros países, con sus necesarias matizaciones, desde luego. Es
lo que sucede, por ejemplo, en Estados Unidos. En esa nación los
cuarentones se perciben como ensanduchados entre las estupendas
originalidades que produjeron, por un lado la juventud de la década
de los sesenta y, por otro, la generación de los noventa. El cuarentón
estima que las cosas que ha inventado no se comparan con la revolución
sexual, los Beatles y los alucinógenos en un extremo y la Internet
y el Napster en la otra acera. No tiene la misma fuerza cultural,
dice uno, el Grupo Sí —léase Yes— que Jimi Hendrix, y el Betamax
no es Yahoo o eBay.
El cuarentón es un esquizofrénico cultural, que se ha visto inadvertidamente
atrapado entre dos portentosas revoluciones. No es ni analógico
ni digital, ni hardware ni software. Hemos pasado la mitad de la
vida escuchando LPs y la otra usando la computadora y el caso es
que no hemos podido desarrollar plenamente ninguno de esos dos modos
de pensar. Uno porque se acabó —ya no existen tecnologías analógicas—,
el otro porque nos agarró ya viejos.
Que eso ocurra en Estados Unidos tiene sus consecuencias, claro,
pero en el caso de Venezuela el asunto es más dramático pues sucede
que la salida del país pasa forzosamente por un relevo generacional
que ya lleva diez años de atraso. Así que cabe preguntarse, ¿por
qué motivos no termina de aparecer un grupo de gente que en principio
prometía tanto, como pocos?
Lo primero que hay que decir es que a la generación de los setenta
le toca vivir una contradicción inmensa. Es un grupo que decide
abandonar por completo la esfera pública para irse a la privada
y después de que cruza la calle se da cuenta de que no existe una
economía que avale esa determinación. Los cuarentones son los venezolanos
que más saben de negocios pero muy paradójicamente no tenemos hasta
el momento a ningún Eugenio Mendoza, a un Blas Lamberti, a un Hans
Neumann, pero tampoco, y consecuentemente, a ningún político importante.
Para entendernos, seremos una generación que no alcanzó ni el poder
político ni el poder económico, o sea, una generación bypasseada.
Otro problema tiene que ver con el tipo de educación al que accedieron
los miembros de este grupo. El cuarentón al que nos referimos habla
al menos dos idiomas y de seguro cuenta con estudios de tercer nivel
realizados en el exterior. Unos hicieron postgrados en las universidades
públicas de Francia, Bélgica o Alemania, otros, en los Estados Unidos.
Los primeros sueñan con el modelo de la socialdemocracia europea,
los demás anhelan la sociedad de mercado. El caso es que en el medio
de esos dos paradigmas, no pareciera haber agendas lo suficientemente
adecuadas como para traducir con efectividad estos modelos al ambiente
venezolano. Algo que quedó demostrado a comienzos de los noventa,
cuando ciertamente un grupo de muchachos intentó impulsar una ideario
generacional, con muy buenas intenciones sí, pero de la mano de
una clase dirigente corrupta y desprestigiada. Le hicieron un daño
involuntario a nuestra generación estos harvardianos que se dieron
el lujo de desconocer la política. Ello, entre otros motivos porque
nunca se leyeron a Marx quien enseña, precisamente, que toda economía
es política, más aún la liberal.
Sin embargo, por sobre todas las cosas, lo que más estimula la posibilidad
de un pasme generacional es la ausencia de un ambiente político
y económico lo suficientemente contradictorio como para generar
una aglutinación de esfuerzos con brazos suficientes en la política,
en la economía o incluso en la ciencia o en las artes, porque esa
es otra, no hemos producido todavía a un científico, a un músico,
a un escritor, a un pintor, o un arquitecto de estatura internacional.
No es nuestro deseo ojo, pero tendemos a pensar que le hubiera hecho
"bien" a esta generación que Frías hubiese optado por un esquema
de poder mucho más autoritario, en cuyo caso, o nos hubiéramos terminado
de ir —lo cual es una forma de decir algo— o hubiéramos reaccionado
políticamente, haciendo frente común en torno a los valores de la
democracia, el estímulo a la producción, al talento y a la búsqueda
de una inserción estratégica en el proceso de globalización.
En su lugar, Frías lo que promovió más bien fue una especie de lusinchismo
decadente, o sea, una manera de ejercer el poder que a los efectos
de movilizar a estos compatriotas, siempre concede respiraderos,
puntos de alivio, en la circulación de las ideas, en la búsqueda
de empleo, etcétera. Es todo un ambiente de mediocridad friendly
que no alcanza hasta ahora para promover una radicalización generacional.
Curioso es también que el primero que haya llamado la atención sobre
estos asuntos haya sido Edmundo Chirinos, una paradoja chocante,
pues a saber, el ex rector es una de las figuras más pavosas de
la Venezuela actual. Es miembro de una generación cagurria que se
aprovechó del país y que muy poco hizo para profundizar la semilla
de modernidad que sembró la gente del 28. Los muchachos del 58 se
dividieron entre el lusinchismo y el marxismo y llenaron al país
de vicios antirrepublicanos. Esta gente nunca supo lo que era una
ciudad, ni cómo se organiza al gobierno para cobrar impuestos o
para darle cédula de identidad a la población. En fin. Los resultados
están a la vista. Con la arcilla de esa generación se moldeó el
muñeco que es Frías, un cuarentón, que muy paradójicamente no promueve
o mejor, no conoce ninguno de los valores de su propia generación.
Ello por un motivo muy concreto: cuando era el momento de acceder
a la cultura mundial, de escuchar a la Fania, al Tropicalismo brasileño,
al Pink Floyd o de leer a Neewsweek o los Cien años de soledad,
Frías andaba encerrado en un cuartel, donde sólo circulaban las
versiones más ensimismadas de la historia nacional. El llamado comandante
no es sino un monigote de ventrílocuo de esa otra generación perdida,
la del 58, es por eso que gusta tanto entre los venezolanos mayores
de sesenta años. Frías no hablará nunca de economía de mercado,
de legalización del aborto, de instituciones autónomas. ¿Por qué?
Porque no se enteró. Cuando salió de la academia militar lo que
encontró a su alcance fueron los manuales de materialismo histórico
que le acercó su hermano, lo que se conjugó más tarde con la guiatura
de un octogenario, Luis Miquilena, que ha hecho lo que ha hecho
por no estar presente otra gente, cuarenta años más joven, que lo
aparte. Con Frías vinieron a su vez otros ventrílocuos, con todos
esos nombres tan sintomáticos que recuerdan marcas de purgantes:
Adina, Diosdado, Blancanieves, Tarek, Willia(n), Yhanett, Clodosvaldo,
Rosendo, Cruz Weffer, Adán, Etanislao, Maduro, Wayne Marín, Jesse
Chacón, Frías.
Ahora, atención. Hay algo que debemos aprender de Frías, algo que
merece nuestro respeto y que lo separa decididamente del resto de
las personas de su edad, una generación que no es exactamente boba,
como sentenció Chirinos hace veinte años, sino más bien cómoda y
miedosa, una generación que ni siquiera ha cometido errores importantes,
descontando claro, el resbalón de CAP II.
Frías tuvo el coraje de arriesgarse y este es un valor que debemos
rescatar a pesar de que el hombre no estuvo a la altura de la oportunidad
que él mismo se forjó. La nuestra es una generación que no asume
riesgos, un rasgo que no deja de agudizarse, ahora que estamos casados,
con hijos y solicitados por una coyuntura económica difícil.
Con todo, es este un momento privilegiado para asomar la cabeza
y para impulsar una agenda generacional con impacto en la política,
en la ciencia, en la industria, en los medios de comunicación, en
el urbanismo. Esto por dos razones. Una de ellas tiene que ver con
el severo recalentamiento que Frías le ha impregnado al modelo populista,
lo que producirá en breve un gigantesco vacío de poder. La otra
se relaciona con el World Trade Center. La situación mundial debería
revalorizar en el futuro próximo regiones como América Latina, países
como Venezuela, por ejemplo, en los que no han prosperado las taras
raciales, religiosas y políticas que dieron espacio para que aquella
desgracia tuviera lugar. Es una oportunidad estupenda para una nación
como la nuestra y para las ideas de muchas personas que avanzan
por allí dispersas. Estamos ante un esquinazo de la historia que
debemos aprovechar, pues no luce previsible que en el breve lapso
que nos resta para actuar a escala nacional e internacional, vuelvan
a conjugarse circunstancias tan propiciadoras.
Aquiles
Esté. Semiólogo
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