Apuntes

75 años de The New Yorker

La revista más importante de la lengua inglesa, The New Yorker, cumple 75 años y su nuevo equipo editor no deja de recordarnos que ésta ya no es sólo una revista sino, al menos en Estados Unidos, uno de los últimos bastiones de civilidad. Es un hecho que el mejor inglés (la prosa más sensata y elocuente) sigue estando en esta revista, a pesar de que los nuevos y más jóvenes editores le han dado espacio a distintas voces regionales del archipiélago étnico norteamericano. Más aún, el mejor inglés incluye ahora el más callejero y menos purista. De hecho, la revista celebra hoy su ilustre pasado pero está decidida a reescribir su propia mitología.

El secreto de The New Yorker no es un misterio. Se basa en la distancia desapegada con que ha contemplado el espectáculo de la vida cotidiana. Como si Nueva York fuese la capital del siglo XX, observó con el mismo humor mundano la feria de las vanidades políticas, el paisaje urbano cambiante, las estrellas momentáneas y los astros pasajeros. Le dio una cierta intimidad al punto de vista del newyorkino, testigo del mundo y paseante anónimo. La extraordinaria lista de "lugares a dónde ir en la ciudad", recomienda tántos que el lector ideal de la revista tendría que dedicarle la vida al consumo de una cultura animada por los valores de la novedad. De hecho, The New Yorker es como una guía de turismo profundo, y la semana que uno no la lee se siente ligeramente anacrónico.

Pero su estilo impecablemente newyorkino es esa civilidad imparcial de abarcar en una mirada lo mejor y lo peor de una ciudad. Después de todo, en Nueva York la realidad puede cambiar de una calle a otra. Pero ese estilo no es dramático sino irónico. Recuerdo una nota en que el anónimo cronista (los comentarios son ahora rotundamente firmados) salía temprano por su periódico y contemplaba la paz urbana como un orden poético: el vaho del metro, los vagabundos dormidos, las bolsas de basura apiladas...Esa intimidad de Nueva York puede ser una epifanía.

Algunos lectores se han escandalizado porque la nueva The New Yorker ha publicado cuentos del dominicano-americano Junot Díaz, probablemente el mejor escritor "latino" actual, cuyo inglés tiene la sintaxis y hasta el regusto del español. Esos cuentos son de una violencia verbal inquietante porque suman giros raciales y sexuales nunca leídos en una revista "políticamente correcta". Pero son parte de un idioma vivo (aunque marginal) y tienen una carga emotiva cierta (aunque autoderogativa). Sin embargo, la primera vez que apareció una "mala palabra" en este bastión del inglés elegante fue cuando se publicó un capítulo de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Gregory Rabassa, el gran traductor de la novela, cuenta que los directores de la revista tuvieron una sesión especial para debatir si aceptaban un texto que incluía la palabra "shit". Al final, el español de Gabriel García Márquez contribuyó con la liberación del inglés.

Hoy la revista está tan alerta a los cambios del arte internacional, que el número del 13 de marzo demuestra ya la influencia de la última película de Almodóvar. El narrador Dagoberto Gilb, de origen mexicano, hace la historia de su propia madre. Esperemos que Almodóvar no sea ahora culpable de un nuevo género literario, la apología materna, que puede terminar en la ignominia o la indulgencia de no pocos hijos reputados.

La biografía ha sido una de las especialidades mejor cultivadas por la revista. Para The New Yorker escribió Jorge Luis Borges su único relato autobiográfico. Y las crónicas de la mexicana Alma Guillermo Prieto son vívidos documentos sobre la biografía urbana de México o Río de Janeiro. Algunas biografías han terminado en la Corte y, probablemente, han cambiado la definición del género en inglés.

Claro que la gran The New Yorker está hecha también de grandes distracciones y olvidos. No le dedicó atención a uno de los mayores escritores norteamericanos, John Hawkes. Y tampoco al más interesante de los actuales, Guy Davenport. Quizá porque su estrella ha sido el popular John Updike, de quien se ha dicho siempre que es el novelista que lee la gente que no lee literatura. Pero las revistas no están aquí para hacer justicia. Pertenecen al cambiante paisaje urbano que promedia entre el gusto de hoy y el periódico de ayer. A ese gusto pasajero esta revista le ha dado brío.

Julio Ortega. Ensayista

N° 46 Año III
Caracas, sábado 18 de marzo de 2000
 
 
 
 
 
 

 

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