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Banderillas
Adiós
Curro
Toreaba
"como un cante jondo, como un quejido leve e infinito". Así evoca
Luis Pérez Oramas
a Francisco (Curro) Romero, torero retirado del ruedo el año pasado.
Medio siglo ante los toros
y más de treinta años en el cartel del Domingo de Resurrección,
que da inicio a la Feria de Sevilla, hacen de mañana un día de duelo
para los innumerables curristas que con ramilletes de romero,
y como esperando el "cumplimiento de un milagro", asistían a la
corrida para ver a su "Faraón"

Foto:
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Curro
Romero,
Madrid, 28 de mayo de 1966
He
estado buscando en mi memoria, a falta de encontrarlo entre mis
notas, el recuerdo de haber visto a Francisco Romero, Faraón
de Camas, torear en el óvalo de arena antiquísimo
de Nimes. Y sólo tengo dos imágenes: la de un hombre
plantado en el suelo como si la gravedad pesara más en sus
pies que en cualquier otra región del planeta y un mundo
de gentes, en otra ciudad no menos memoriosa, bajando en multitud
con ramilletes de romero como si fuera a ver el esperado cumplimiento
de un milagro. Corrían los últimos días de
septiembre y San Miguel Arcángel estaba de fiestas viendo
desde su minarete altísimo la ciudad que le rinde patronazgo.
Toreaba Romero aquella tarde de domingo en Sevilla y una
dama, viéndome perdido, viéndome tardío, me
espetó con su ofrenda de romero fresco entre las manos: "¡Apurase
chiquillo, que lo mejó de Curro es er paseo!".
Curro Romero -nombre de romance lorquiano, como bien lo dijo
su primer cronista hace medio siglo- se retiró para siempre
de los toros durante el curso del año 2000. Ha logrado, pues,
lo más difícil de su oficio, según lo dijera
una tarde Mazzantini al emperador de los franceses en Bayona,
que es llegar a viejo. De su retirada se han escrito páginas
enteras en todos los grandes periódicos hispánicos
y en algunos de los mejores periódicos del mundo, como el
francés Le Monde, en donde le han dedicado bellísimas
semblanzas. Porque Curro Romero fue, por encima de toda afición
taurina, uno de los grandes ingenios españoles de la segunda
mitad del siglo XX.
Cincuenta años ha estado Romero frente a los toros
y -los entendidos sabrán- sólo recuerda haber hecho
una sola revolera. Quiere esto decir -para los que no son entendidos-
que la fidelidad de Curro a una tauromaquia clásica ha sido
absoluta y que todos sus toros han despertado a la luz de sus verónicas
con un recorte sobrio, como una madera de Martínez Montañés,
que los ha detenido en seco, y así han quedado parados para
siempre, cuando le ha salido a Curro el toro bueno, el toro bravo
y que embiste, el soñado toro. Porque cuando no ha salido
el toro tampoco ha salido Curro, quedándose sonámbulo
oyendo espetar su nombre con rabia a multitudes. Así las
revoleras -tan bonitas, pero en las que el toro se pierde y se le
pierden al animal los ojos- se las dejó Romero a otros
toreros, como también les dejó las manoletinas, las
chicuelinas y todos los pases de acaso, no de dominio; todos los
fuegos de artificio que no son castigo sublime, todas las flores
marchitas.
Pero yo recuerdo, en fin, a falta de detalles de una faena en Nimes
en la que el capote del torero nos hizo ver apariciones, aquel río
de gentes llevando manojos de romero por las calles de Sevilla con
la misma fe absurda y emocionada con la que se va a ver salir el
"cachorro" de Triana en las marismas de la madrugada,
con la misma devoción con la que se amanece a los pies de
la Macarena orando por seguidillas. Yo comprendí entonces
toda la teología del milagro, que es pura emoción
acumulada y también la cercanía que tienen estas cosas
con los asuntos de la desilusión y con la ira. Porque aquel
pueblo devoto a su torero -aquel pueblo que tuvo en su torero a
su propio espejo roto- supo también gritar al aire de sus
decepciones cuando el señor Curro no vio salir a ninguno
de sus toros aquella tarde de San Miguel Arcángel, limitándose
a dar unos pasitos para atrás con la muleta.
Francisco Romero comenzó a torear sin caballos, de
novillero, en 1951. Se puede decir entonces que ha estado ante los
toros durante el más arduo de los medio siglos de la tauromaquia,
durante el medio siglo que vio sustituirse todo espacio ritual por
un sin lugar de imágenes televisadas, satelizadas y virtuales;
durante el medio siglo que vio el mayor número de estilos
internacionales surgir y diseminarse como pandemias formales; durante
el medio siglo menos vernáculo de todos los siglos y sobre
el mismo medio siglo que, desde el duelo de Belmonte y Manolete,
vio surgir una tauromaquia contemporánea, una tauromaquia
"business", de toreros boyantes y tremendistas
cuyo aprendizaje al toreo llevaba por destino lidiar públicos,
más que toros.
Esto quiere decir que no fue Curro Romero un genio, que la
tauromaquia no sufrió con él revoluciones. En un tiempo
de heterodoxias, en días de eclecticismo y de olvido fue
el Faraón de Camas un torero nacido en los suburbios industriales
de una ciudad más antigua que toda memoria, quien vino a
recoger su capote "con dos deditos" y a instrumentar inefables
pases de toda la vida, verónicas de siempre con angelical
perfección, al punto de que más de uno sugirió
cambiarles el nombre, llamarlas en adelante "romerinas".
José Bergamín, que debe haber visto a Curro
algún día, escribió sabidurías enormes
sobre el geométrico arte de lidiar los toros, y entre ellas
algunas hondas reflexiones sobre la despaciosidad, sobre el oficio
de la lentitud, sobre la vital filosofía de la espera. "Todos
andan de cabeza porque hay puesta una trampa en el mundo, que es
la velocidad" -le ha dicho Curro a su confesor literario, Antonio
Burgos, en un emocionante recuento de su vida torera. Y es que
Curro ha sido un torero para esperar. Algunos meses antes de retirarse
de su vocación también decía que "el toro
maravilloso que quiero para torear aún no ha llegado".
Su público, esa "cofradía del silencio",
que no chillaba nunca, supo esperar, a veces años, a que
Curro apareciera en los alberos como otro milagro.
La razón profunda de ese milagro, de esa ilusión milagrosa;
la razón de ser ontológica de tanta aparente maravilla
ante el furor de un toro negro como las honduras de la muerte no
es otra que cierto sentido del desgarramiento interior. Es que sin
haber sido Curro un gitano, fue adoptado por ellos, por Camarón
que lo adoraba, por la Pastora que lo veneraba. Es que toreaba Curro,
cuando salió a torear de veras, como un cante jondo,
como un quejido leve e infinito. Es que Curro sabía -y así
lo ha dicho- que su toreo no es un toreo de grandes recursos, sino
tan sólo de ligerísimas torsiones de muñecas:
"un toreo de muñecas, de las grandes fatigas".
La razón, pues, profunda -filosófica- de esta tauromaquia
de Romero es que viene, como el desgarro de los gitanos,
desde las grandes fatigas a hacerse exterioridad pura, puro cante.
Obviamente el mundo bien hecho de las instituciones, el mundo de
las comidas iguales, de los olores ausentes, de la inmediatez y
de la pulcritud absoluta, el mundo higiénico de la falta
(o de la pérdida) de la experiencia, que espera tener en
la boca siempre el mismo exacto alimento, no entiende nada de esta
teología ni de esta humanidad. Es por ello que Curro ha pasado
amargos tragos en su vida de torero y ha terminado algunas tardes
de miedo y de sabiduría en la comisaría de policía,
arrestado por no matar sus toros. Es por ello que los curristas,
que son una religión moderna, sólo saben balbucear
la plegaria de la espera. Es verdad que a veces esta espera se ha
hecho interminable y los mismos curristas se han dejado llevar por
la ira de los milagros ausentes: ¡Aprende Curro! -le gritan
cuando otros toreros que comparten el mismo cartel han salido al
ruedo. Y es que los curristas, hasta cuando ven a otros toreros
están pensado en Curro, siguen -como dice el mismo Faraón-
"reinando en él".
Inmensas fueron las pasiones que se levantaron alrededor de Curro
Romero. Sevilla se dividió en dos. Nimes se dividió
en dos. Madrid se dividió en dos. Divisiones que duraron
medio siglo y que sólo vino el mismo Curro a apaciguar. Hasta
algún juicio, en Sevilla, tuvo al romerismo por asunto y
es de creer que el magistrado de aquel tribunal no era precisamente
una personalidad neutral, pues sentenció a favor de un "currista",
puesto en la calle por algún patrón anticurrista,
que era "previsible la reacción ardorosamente defensiva
de quien lógica y naturalmente se considera ofendido"
por poseer "sentimiento currista, que es indudable y notoriamente
altruista en favor del diestro, arraigado y profundo como el que
más, creador de una ilusión permanente, de una esperanza
incondicional y de una forma de entender la vida, por lo que exige
el máximo respeto de quienes no -o sí- lo tienen
".
Por mi parte yo trato de buscar una memoria del torero en mis perdidas
imágenes. No lo vi aquella tarde porque los milagros tardan
y a veces nunca llegan. No lo vi porque salió Curro al albero
de la Maestranza y la gente que había venido a ver la Macarena
volar en sus paños, al "cachorro" haciendo inexplicable
lentitud en su muleta, lanzó con furia al suelo todas las
ramas de romero y las pisoteó con gritos de rabia: apenas
pudo Curro garabatear una verónica y echaba hacia atrás
el cuerpo como si el toro fuese un dragón de fuego. Un hijo
de Camino, que fue la sombra de su padre, instrumentó entonces
un desvaído natural. Curro, picado, herido de orgullo, lo
intentó y Sevilla entera se levantó ante tanta falsa,
y breve, esperanza. Yo me fui aquella tarde a Baena, donde toreaba
Córdoba o el Ubrique, Ponce o Litri, o cualquiera de estos
jóvenes que cortan la mar de orejas y salen a hombros de
todos los pueblos. Conservo, sin embargo, la ilusión de haberle
visto una noche en sueños, temblando en mis retinas dormidas.
Y era como ver un ovillo de luz que Velázquez puso,
alguna tarde de verano, con el cielo del Norte murmurándole
en la espalda, sobre el amplio manto de las princesas de España;
era como ver, en aquel capote milagroso, el blanco inmaculado de
los santos de Zurbarán que recibieran la caricia infinita
y prodigiosa de una imagen indeleble, eterna.
El próximo Domingo de Resurrección los sevillanos
irán a la corrida, que siempre fue de Curro, portando manojos
de romero. No apurarán el paso para llegar a tiempo al paseo
majestuoso del torero de Camas, porque no surgirá ese día
la silueta del Faraón por la puerta de cuadrillas. La arena
de oro de Sevilla resplandecerá con otras sombras. Algo faltará:
un vacío en el corazón del mundo. Lejos, Curro estará
en Marbella, en los montes, viendo el mar desde las cumbres, porque
"la soledad es más bonita todavía que los piropos".
Un toro aguardará, en cualquier sitio, el sueño de
un torero. Y cuando las furias del domingo de sol mujan buscando
el paño rojo de la lentitud, la vieja plaza de barroca gracia,
florecida para nadie de ramilletes verdes, dirá en susurros,
como una plegaria virginal, enmudecida: "Adiós Romero".
Luis
Pérez Oramas. Poeta y ensayista
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