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Bienal Mariano Picón-Salas / Honoris Causa
EUGENIO
MONTEJO, VICTORIA DE STEFANO Y JULIO MIRANDA
Vidas,
literalmente, al pie de la letra
Una vez más, la Bienal
de Literatura Mariano Picón-Salas rinde homenaje a destacados
creadores del país. En su V edición han sido reconocidos
el poeta Eugenio Montejo,
figura a la que nos aproximara Antonio López Ortega mediante
fragmentos
de una conversación que dice de sus recuerdos y su necesidad
creativa,
y la narradora Victoria de Stefano, "resistente a los honores",
quien fuera revelada
y celebrada por Sergio Chejfec. Así mismo, Ednodio Quintero
evocó y convocó,
in memoriam, al escritor merideño Julio Miranda. He
aquí sus palabras de tributo
Hacia
la terredad de un diálogo
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Foto:
Esso Alvarez
Montejo: "Para un creador es fundamental
remontar las fuentes, buscarlas
"
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Del
recuerdo más remoto
"El recuerdo más remoto que me viene es el de la nieve
de mi casa, que era la harina. La presencia del blanco en el taller
de panadería de mi padre lo envolvía todo. Ya he descrito
algo de esto en ese ensayo que se llama "El taller blanco".
Pero no hablo allí, por ejemplo, de una impresión,
de cómo los ratones (estamos hablando de una vieja panadería
donde se apilaban los sacos de harina junto a las carretadas de
leña para proceder a la hechura del pan) anidaban y cruzaban
presurosos. Pues bien, un niño ve todo cubierto de ese blanco
que lo persigue por todas partes y cuando algunos ratoncitos cruzan,
los ratoncitos también son blancos. Generalmente, cuando
vienen los grandes aguaceros y se los lleva la corriente, uno ve
que con corriente y todo va un ratón blanco corriendo aguas
abajo. Este sería uno de los recuerdos más definitivos,
uno de los que vuelve siempre con mucha insistencia en mi memoria.
Cuando por primera vez vi la nieve, cosa que ocurrió mucho
más tarde, me refiero a la nieve real que pude ver en mis
veintitantos, todo era como reencontrarme con una amiga. Al tacto,
era todo lo mismo: la misma caída, la misma quietud, esa
condición intemporal que recubre las cosas como para que
ocurran en otro tiempo".
De la
evocación biográfica
"La presencia de los elementos biográficos en la creación
varía de un autor a otro. Hay quienes le dan una importancia
suma y parten conscientemente del dato biográfico para crear;
hay, en el otro polo, quienes lo reprimen hasta reducirlo casi a
cero por entender que la obra no debe darle cabida a los sentimientos.
La famosa frase, por ejemplo, de Jorge Guillén que
decía 'sufrir es un escándalo' viene a sumarse a una
corriente detrás de la cual está Mallarmé
y muchos otros. Se trata de una corriente que elude especialmente
el dato biográfico o sentimental con la intensidad con que
pudieron hacerlo los románticos. Pero todo es cuestión
de matices porque dentro de esa vasta gama se esconden muchas posiciones.
Recuerdo una frase bastante citada de Mallarmé de
una señora que le dice: 'Pero usted no llora en sus versos'.
Y él, un tanto molesto, le responde: 'No, ni tampoco me sueno'.
Es la frase lapidaria de un hombre que persiguió un arte
completamente puro y abstraído de los datos biográficos.
Durante el período romántico sucedió lo opuesto:
el yo en primer lugar, el yo es el que lleva la conducción
de todas las cosas hasta tener una presencia que llega a molestarnos.
Entre la acentuación absoluta y la negación total
se debate la participación personal. Antes de Guillén
está Antonio Machado. La hondura y la palpitación
de Antonio Machado no elude el dato biográfico pero
tampoco lo busca adrede. Cuando su hermano parte hacia Guatemala,
Machado hace un poema precioso que dice 'está en la
sala familiar sentado y entre nosotros el querido hermano'. Allí
está el dato biográfico. Pero no está traído
intencionalmente sino que llegó y bienvenido es a la página
de don Antonio que le da una escritura privilegiada. En mi caso,
guardando todas las proporciones que hay que guardar con estos grandes
creadores, he tratado de buscar una coherencia en lo que he escrito
Por eso he dicho que nunca escribo libros. Los libros son más
bien para mí como cuadernos que he ido entregando. El conjunto,
el todo, sería una tentativa de alguna vez tener un libro.
Dentro de esta tentativa, el dato biográfico ha tomado parte
como una realidad, como una constancia. No sabría decir por
qué pero está allí".
De la
tradición de la lengua
"La lengua castellana tiene quinientos años en nuestro
suelo pero cuando llega a nuestras costas tenía quinientos
años más. Estamos hablando de un patrimonio lingüístico
de mil años. Cuando, de muchacho, uno intenta hacer el aprendizaje
literario de una lengua, lo que tiene ante sí es un inmenso
río. Si el muchacho quiere escribir con las letras de ese
río, tiene que remontarlo y conocerlo lo más profundamente
posible. Eso es válido para el joven que hoy tiene quince
años como lo fue válido para mi generación
en sus comienzos. Y uno asume el reto o no lo asume. ¿De
dónde viene esta lengua? ¿Por qué el romancero
es tan fundamental? ¿Qué hay allí en el romancero
-ese canto que se repite y que hoy lo encontramos acá tanto
en la copla llanera como en toda Hispanoamérica? Esas preguntas
vienen de la tradición de la lengua. Lo que no es tradición
es plagio, decía Eugenio D´Ors. Para un creador
es fundamental remontar las fuentes, buscarlas, identificarse. Una
vez que uno trata de conocerla tanto como puede (porque nunca se
podría conocer ni remotamente lo que uno desearía),
una vez que uno ha tomado una perspectiva de su estructura, de sus
meandros, de sus revoluciones, entonces uno busca su propia filiación,
se identifica con un autor o con una tradición más
que con otra.
Del
papel del poeta
en el mundo contemporáneo
"Pienso que la poesía en el día de hoy está
eclipsada si la comparamos con otras épocas de la historia.
Prefiero la imagen del eclipse porque todos los eclipses son pasajeros.
La poesía ha sido fundamental, esencial, indispensable en
todas las culturas del mundo. No se concibe, no se ha registrado
el dato antropológico de una sociedad cualquiera, que prescindiese
del canto. Se ha podido datar sociedades que han prescindido del
trazo, del dibujo, pero ninguna que haya prescindido del canto.
Si el canto ha tenido tanta importancia, no es mucho ni aventurado
decir o prever que en el futuro volverá a tenerlo; es decir,
que estamos ahora atravesando un vasto cono de sombra donde la poesía
no tiene esa primera y privilegiada atención que tuvo en
el pasado. Aquí mismo en Venezuela, para no ir muy lejos,
a comienzos de siglo, se coleccionaban poemas en álbumes,
se intercambiaban escritos de poetas, libros. Había una devoción,
que es la devoción que genera un poema siempre en el ánimo
de quien lo oye y a quien conmueve. También fue así
en todas las culturas de la tierra, en las grandes culturas. La
devoción de los chinos por la poesía, de los orientales,
para no hablar de aquí mismo, de los aztecas, ha jugado siempre
un rol demasiado importante. ¿De dónde viene este
eclipse? ¿Qué lo genera? Es allí donde está
la pregunta. Yo pienso que con el ascenso de los medios audiovisuales,
todo empieza a cambiar. Ya se escribe de una manera distinta. Toda
la informática moderna, además, introduce un gran
cambio. Eso no lo estoy descubriendo yo; eso ya lo ha dicho mucha
gente. De modo que estamos tal vez en el vértice de una gran
revolución tan importante como las revoluciones del pasado.
Pero si lo meditamos despacio, nosotros podemos decirnos lo siguiente:
¿Cuántos años tiene la televisión? De
inventada, debe tener unos ochenta años, pero de puesta en
funcionamiento público en el mundo quizás sólo
cincuenta. Si esto tiene nada más que cincuenta años
de vida, tenemos que pensar que pronto eso tendrá que ser
tomado como todas las cosas por las universidades, por los institutos,
y que de allí saldrá gente formada para dirigir todas
estas cosas. Una vez que pase esa fascinación y se vuelvan
elementos comunes de la vida nuestra, volverá la poesía
a tomar el mismo sitial que siempre le correspondió en todas
las culturas. Prefiero esa visión del eclipse porque el eclipse,
como dije al comienzo, es pasajero. En cuanto a lo de la religión,
si miramos bien en este fin de milenio, asistimos al radicalismo
de dos religiones: la religión del dinero, por un lado, y
la religión de la poesía y del arte, por el otro.
Por el arte se han hecho cosas como las cantatas de Bach,
como la Virgen de las Rocas de Leonardo, como las
esculturas de Miguel Angel. ¿Por qué entonces
acudimos a satisfacernos únicamente por el dinero? ¿Por
qué ese radicalismo? Ya esto corresponde a pensadores que
dominan un campo de visión mucho más penetrante. Cuando
me preguntan qué veo en el futuro, me hago de una frase de
este pensador que acaba de morir, Ernest Jünger, quien
dijo que todavía nos queda un largo trecho en el siglo XXI
por recorrer de mucho materialismo y de grandes dificultades. Si
bien estamos atravesando lo que él llamaba el desfiladero
atómico, él veía en el siglo XXII el ascenso
de una gran espiritualidad. Me atrevo a repetir eso porque además
es algo que es muy esperanzador".
(Fragmentos de "una
larga conversación que aún no concluye" entre
Antonio López Ortega y Eugenio Montejo).
Antonio
López Ortega. Narrador y ensayista
Carta
a Julio Miranda
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Foto:
Esso Alvarez
Julio Miranda se ocupaba de "revisar y airear y recrear
sucesos del pasado"
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Mérida,
15 de junio de 2001
Querido
Julius:
En estos días le estuve dando vueltas a la idea de escribirte
una carta, y al fin me decido. Me tomo la libertad de hacerla pública,
pues quisiera compartirla con un grupo de personas muy cercanas
a tu corazón, que hoy se han reunido para recordarte. Luego
de tu partida, hace ya treinta y tres meses, han sucedido muchas
cosas en Mérida y en el país, pero son pocas, muy
pocas, las que pudieran tener algún interés para ti.
No es para consolarte, pero, a decir verdad, no te has perdido de
ningún hecho trascendente. Incluso el cambio de siglo y de
milenio, que tantas expectativas había creado entre los débiles
de espíritu, resultó un fraude colosal. Así
que las buenas noticias me las reservaré para el final. Y,
por supuesto, no te hablaré de las malas, ya tú sabes
que la entropía es el sino -y el signo- de estos tiempos.
Por suerte, a ti te tocó vivir una época en la cual
todavía se podía soñar. Una época en
la cual la esperanza aún no se había convertido en
esa perra zalamera que te acompaña hasta las puertas del
infierno y se devuelve justo en el umbral. Ahora entiendo algo que
me confiaste en una de nuestras últimas conversaciones. Nos
solíamos reunir los jueves a las doce en punto (siempre admiré
e imité tu puntualidad) para comer en un restaurante del
centro y charlar, y llamábamos a tales coloquios "almuerzos
de trabajo", pues en ellos pasábamos revista a nuestros
proyectos, hablábamos de libros y películas, de amigos
y amigas, y no eludíamos lo íntimo y personal. Como
escolares, cambiábamos nuestras barajitas, e incluso algunas
baratijas. Me dijiste aquella vez, y tu voz se quedó resonando
en el aire como el sonido de un diapasón, que había
algo que te inquietaba, no hasta el punto de la preocupación,
sino que más bien despertaba tu curiosidad. Y era el hecho
de que tus pensamientos se ocuparan casi en su totalidad de revisar
y airear y recrear sucesos del pasado, parecía como si el
futuro hubiera dejado de interesarte. Debo haberte respondido con
una banalidad, y no voy a decir ahora que tus palabras me parecieron
premonitorias. Sólo registro el recuerdo, y estoy seguro
sí de que al final, mientras aguardábamos la cuenta,
te me quedaste mirando con esa sonrisa tuya de conejo feliz. Te
reías de mí pues sabías que me estabas confiando
un secreto. El secreto. No voy a elaborar una teoría al respecto,
resulta muy fácil caer en el juego de las interpretaciones
a posteriori. Lo que entiendo de aquella confesión
tuya coincide con una idea que he estado desarrollando y repensando
desde hace un tiempo. La coincidencia no me sorprende, ya que pocas
veces he logrado establecer una comunicación tan pura y cristalina
y eficiente como la que tuve -la que tengo- contigo. Vuelvo a la
idea, que es la siguiente: vivimos sólo el presente absoluto,
pero ese vivir en el instante de un parpadeo, en una franja tan
estrecha del tiempo, podría ser insoportable si no estuviera
sostenido por la memoria y el deseo. La simbiosis perfecta entre
el cangrejo y el caracol. La memoria, que nos permite saber de qué
estamos hechos y de lo que somos capaces, y que incluso nos impone
la conciencia del límite. Y el deseo, que nos impulsa hacia
adelante. Y así eso que llamamos futuro no es más
que una pulsión del deseo. Pues sí, Julius, mi amigo
y mi aliado: ahora lo entiendo perfectamente. Hasta el último
momento estuve aprendiendo de ti. Sin embargo, me resisto a llamarte
maestro. Pues si lo hiciera sería blanco de tus burlas.
Continúo
con un flash back. El año de la peste del 82, cuando
vivías en aquella preciosa y mínima cabaña
del Mocotíes, nos habíamos aficionado a la música
brasileña. Y habías adoptado como lema para tu escudo
de armas la frase de una canción de María Bethânia
(¿o era de Chico Buarque, acaso de Caetano Veloso?), que
repetías una y otra vez como un conjuro, y que decía
así: "Me estoy guardando para cuando llegue el carnaval".
Y yo, que conocía la trama de tu historia de esos días
nebulosos, más bien una historieta que culminó en
tu libro más memorable: Anotaciones de otoño,
para equilibrar aquel caudal de pesimismo que amenazaba tu salud
mental, te respondía con la frase de otra canción
(cubana, por cierto): "Dile a Catalina que se compre un guayo
/ que la yuca se me está pasando". Pues bien, si el
carnaval no llegó, Catalina sí que tuvo que emplearse
a fondo en los años que siguieron para colar unas cuantas
toneladas de yuca. Quisiera creer que a partir del final de la historieta,
la fortuna te sonrió. Y no es que te mudaras a vivir en Disney
World, pero algunos elementos sueltos confirman mi intuición.
Me basta con repasar las cartas que me enviaste desde Salerno, en
particular una postal de Amalfi. O recordar las sesiones con vino
y películas de Fassbinder en casa de Mario y Marina.
O una sesión con un brujo brasileño que leía
los caracoles en un apartamento de Caracas. O los nueve años
de vida compartida con esas flores de la amistad: Sonia y José,
viendo crecer a Ionina, y presintiendo la llegada de tu bella y
fiel compañera, Josune, que te amó con calma y furia,
y que te regaló la más grande de las alegrías:
Ainara, tu única hija. Me detengo aquí, pues aún
no me decido a escribir tu biografía. Quería enlazar
el tema de este párrafo con la idea del primero, valiéndome
de una elipsis al revés, para así explicarme las razones
de tu viaje al País del Nunca Más. Creo, ¿qué
digo?, estoy seguro de que decidiste partir porque comprendiste
que la memoria estaba ocupando el lugar del deseo. Y tú no
estabas hecho para vivir como un rumiante. En el horóscopo
chino eras gallo, y cuando presentiste que tu canto enronquecía
y que el sol, que convocabas con tu radiante quiquiriquí,
podría no escuchar el llamado y quedarse varado sobre los
mares del Japón, decidiste callar. Admiro tu coraje y tu
sabiduría, y te agradezco esa postrera lección. Creo,
amigo querido, Julius el gallo bailarín, que aún me
falta mucho por aprender de ti. ¿Te confieso, que a pesar
de mis esfuerzos, aún no sé bailar? Es grave, pero
tiene remedio, dirás. ¿Y si te confesara que aún
no he aprendido, a pesar de mis esfuerzos, el arte de morir? Es
grave, pero tiene remedio, ya lo verás.
Sé que
esta carta puede resultar un tanto críptica, pero no importa.
Me basta con saber que tú sí la entenderás.
Y desde el lugar en que te encuentres, dondequiera que sea, tu sonrisa
de gato de Cheshire destellará. ¿Te fijaste que al
imaginar el sitio donde te encuentras ahora, no dije "el cielo
de los poetas"? ¿Ves cómo aprendo rápido?
Soy un alumno muy aplicado. Pues si hubiera caído en semejante
ridiculez, estoy seguro de que usarías cualquier recurso
para corregirme. En eso sí que eras un experto, y nunca tendré
cómo agradecértelo. Si permaneces, como un dulce tatuaje,
en la memoria de tus amigos y en la piel de tus amantes, a quién
le puede importar dónde te encuentres. Si tu voz está
en los cuarenta libros que escribiste, a quién le importa
que hubieras optado por el silencio. Esto no quiere decir, Julius
del alma, que no te añoremos. Nos haces una falta horrible.
Pero ante la presencia de esa dama distinguida, como la llamaba
Henry James, ¿qué podemos hacer? Por favor,
no me lo preguntes a mí.
Ah, me dirás,
estás eludiendo la palabrita clave. Sí, amigo, te
respondo, reconozco mi pudor, un tanto supersticioso, que por cierto
apego a lo literario suelo confundir con el arte de la evasión.
Y aunque no me gusta refugiarme en las citas, confieso mi debilidad
por Heráclito. Que decía: "Todo lo que
vemos cuando estamos dormidos es sueño, mas lo que vemos
cuando estamos despiertos es muerte". ¿Te parece suficiente?
Al evocarte
convocamos esa imagen tuya por la cual te hiciste tan querido. Y
mientras alguien, aunque sea uno solo de nosotros, te recuerde,
estarás vivo y despierto. Y si en el futuro -ese lugar que
ya en septiembre del 98, cuando hablamos por penúltima vez,
se te estaba haciendo brumoso- un lector anónimo lee ese
poema tuyo que dice: "Más rápido que yo, sólo
una bala", dime, Julius, si la emoción que experimentará
aquel chico, que seguramente será una chica, pues supongo
que alumbrará para él o ella este mismo sol, dime
si no será una manifestación vital, es decir una pulsión
del deseo.
Te prometí
una buena noticia para el final de esta carta. Y estoy seguro de
que no puede ser mejor. Ainara, tu hija tan querida que en enero
cumplió once años, está feliz porque la semana
pasada dio su primer concierto de violín. No me digas que
no te sientes orgulloso. Y como entre tú y yo funcionó
muchas veces eso que llaman transmisión de pensamiento, puedo
ver lo que imaginas cuando recibas la noticia. Si Ainara se distrajo,
sin perder el ritmo, en algunos momentos del concierto, fue porque
estaba pensando muy intensamente en su papá. No creo que
sea necesario preguntárselo. Ella lo sabe y tú también.
Bueno, señor. Hasta aquí me trajo el río, por
hoy.
Un gran abrazo de
Ednodio
P.D.: No quiero
ponerme necio con el tema del lugar donde te encuentras ahora. Te
diré, sin embargo, que lo imagino como un sitio donde no
está prohibido fumar.
Ednodio
Quintero
Narrador y ensayista
Verdad
y experiencia
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Foto: Esso Alvarez
Victoria de Stefano, sencillez que
llama "a silencio antes de terminar de hablar"
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Es
raro asistir a un homenaje a Victoria de Stefano. En primer
lugar, porque si hay una narrativa resistente a los honores es precisamente
la suya; y también porque su misma personalidad, refractaria
a este tipo de eventos, nos coloca a todos en el inseguro lugar
de celebrar lo obvio y lo necesario, lo que está en el mundo
de modo imprescindible pero sin llamar la atención. Quienes
la conocen saben de su voz baja, su tono menor, su conversación
cavilosa y sus razonamientos aproximativos. Debe haber pocas personas
como ella que, en una curiosa mezcla de sencillez, honestidad y
delicadeza, se llaman a silencio antes de terminar de hablar. Por
otra parte, en un país que acostumbra convertir escritores
en funcionarios -y a la inversa, funcionarios en escritores-, y
figuras públicas superlativas, se distingue el caso de esta
autora, que no tiene dificultades en considerar la vida de todos
los días como la medida de su relación con la literatura.
Una vida civil, para contraponerla a literaria, que no le pide prestada
a la experiencia, en ninguno de sus posibles avatares, una convalidación
que debe provenir de los libros.
Esta forma
de ser y de pensar es consistente con el mundo que se presenta en
sus libros. Son historias inacabadas, alucinantes en su definición
alejada de cualquier idea de heroísmo, y de una empeñosa
domesticidad, que se adaptan al vehículo elegido para ser
transmitidas, el relato, pero cuya desavenencia continua con lo
que se dice, y la decepción con lo que ocurre, tiene como
resultado un sentimiento de sosegado fracaso, de un éxito
inútil, alcanzado además a destiempo. Los personajes
de De Stefano tienen un primer objetivo, vencer el profundo
tedio en el que se hallan atrapados y que promete hundirlos. Después,
una serie de complicaciones mundanas, mitos caseros y sentimientos
irreductibles -como culpas del pasado o mandatos morales- los condenan
a la inacción y la desesperanza.
Desde un punto
de vista, es previsible que una compleja y personal propuesta literaria
como esta tienda a ocupar el sitio asignado a lo raro y lo extemporáneo
que las generalizaciones críticas suelen repartir. Pero el
caso es que los libros de De Stefano también demuestran
la inutilidad de tales clasificaciones. Porque su literatura tiene
el mérito, no en último lugar, de advertir que entre
los escritores desplazados existe una asociación más
firme y problemática que la construida por las versiones
generalizadas de la crítica. De un modo sutil, cuando leemos
a De Stefano estamos por ejemplo frente a lo menos necesario
-y quizá por ello más intransigente- de la escritura
de Teresa de la Parra: el acto de escribir proviene de la
interioridad, consecuentemente el mundo se representa en voz baja.
En ese tono menor que distorsiona la propia tarea, ya que busca
sobrevivir gracias a las reglas del secreto, pero para ello debe
invadir el terreno de la convención y la formalidad literarias,
reside un aliento clandestino asociado a la subjetividad que después
distintas escrituras desdibujaron al darle una prolongación
costumbrista. Creo que De Stefano instala también
ese espacio de intimidad, de trabajo que debe disfrazarse de secundario
para no levantar sospechas, pero esta vez como una forma de restaurar
una inocencia literaria ya imposible, último bastión,
sin embargo, de una narrativa concebida como arte.
Es el caso también
de Oswaldo Trejo, cuyos libros, en conjunto una obra tan
enigmática que convive muy problemáticamente consigo
misma, encuentran en la literatura de De Stefano si no un
auxilio para su más cabal o distinta comprensión,
sí una comunidad de preguntas y respuestas asociadas. Por
ejemplo, el umbral que habrá implicado para Trejo
la escritura de Depósito de seres, como expresión
más tensa de la adopción de una estética entonces
radical -y por sobre todo bastante secreta-, en la medida en que
luego incursiona en una opacidad que no haría sino profundizarse,
alcanza con De Stefano una continuidad o una resonancia narrativa
que amplifica su importancia original. De Stefano nos permite
leer a Trejo de otra manera, aislar ese momento con sus rasgos
asociados a Onetti y al objetivismo, para verlo como una
posibilidad que se concretaría años después,
cuando el complejo sistema de representación de la autora
ya estuviera en gran parte bosquejado con La noche llama a la
noche, de 1985; quince años después de la primera
novela.
Es un largo
paréntesis entre primer y segundo libro, que se refleja evidentemente
en los textos (y de un modo ya elocuente en las portadas: la autora
de El desolvido es Victoria Duno). Este apellido,
en sí mismo una célula de significaciones para la
izquierda venezolana, será reemplazado 15 años después,
apartándose también de la propuesta político-testimonial
de aquel relato. Sería interesante preguntarse si desde entonces
De Stefano fue otra escritora respecto de Duno; quiero
decir, si el cambio de nombre producido en algún momento
de esos quince años tuvo un reflejo no solamente en la identidad
literaria, sino en la propia sensibilidad como escritora. Quisiéramos
creer que sí; desde un punto de vista, si los nombres no
fueran importantes todos los personajes de la literatura podrían
llamarse igual.
Pero el hecho
es que las rupturas también traicionan, y en las páginas
de El desolvido puede verse cómo el énfasis
autocrítico respecto de las experiencias guerrilleras se
desliza repetidamente hacia una mirada que prefiere entretenerse
ante la imagen de la vida como alegoría del fracaso, más
allá del origen social, antes que sumarse a las distintas
propuestas revisionistas de esa generación de militantes.
Esa mirada lateral a pesar de sí misma, como cuando alguien
no puede evitar desviar los ojos hacia el verdadero interés,
prefigura, supongo, el cambio de nombre. Una mezcla inevitable,
en el sentido de que puede ser a la vez necesaria o inconsciente,
un desliz particular -uno está tentado de decir una gran
equivocación-, permitieron entonces la evolución de
esta obra insólitamente personal.
La segunda
novela muestra que esta elección fue voluntaria, en La
noche
están ya los elementos a desplegarse en los
libros posteriores. En el estilo de De Stefano se representa
un perturbador cruce de experiencias, a las que la autora se preocupa
por presentar no de manera caótica, aunque sí extrañamente
equivalentes, sucediéndose de manera a primera vista aluvional.
Estamos acostumbrados a que los textos sean selectivos con el tipo
de experiencia que ofrecen y alrededor de la cual se organizan.
En De Stefano tienden a borrarse las jerarquías, la
experiencia subjetiva (emocional, moral, sentimental) es consustancial
a la experiencia práctica y la política; del mismo
modo como las experiencias de lectura son equivalentes a las de
escritura. Es lógico que estos rasgos obtengan un mejor aire
en narraciones de formato suspendido y variable, que se mueven entre
el pensamiento, la remembranza, la digresión, la guía
de lecturas y, por sobre todo, la indecisión respecto del
valor o el sentido de las acciones.
En su "Diario
1988-1989", De Stefano recuerda un hecho del pasado:
"
es de noche, estoy en Zürich, leo La Cartuja
de Parma, paso la noche leyendo. Si no hubiera leído
La Cartuja no hubiera conocido la pasión de escribir".
Claro, esta certeza es de una reveladora ambigüedad: a la autora
no le importa aclarar si conoció la pasión de escribir
al verla inscripta en la novela, o si en realidad ésta le
transmitió la pasión, para asumirla desde entonces
como propia. Las experiencias se desordenan, evidentemente no tanto
debido a una decisión práctica como a una convicción
estética. El "Diario" concluye con una frase de
los Diarios de Musil: "Vivir, vivir
no
desear sino experiencias: con tal disposición de inventar
una novela".
La ausencia
en De Stefano de una regla ecuánime para dirimir las
experiencias pone en la superficie otra sigilosa obra venezolana.
Al sur del Equanil, de Renato Rodríguez, al
igual que algunos libros de De Stefano (Cabo de vida,
El lugar del escritor, Historias de la marcha a pie), son una
actualización ideológica de la literatura: cómo
los escritores venezolanos se ven a sí mismos, qué
destino personal y social les cabe, de qué trata ese discurso
elusivo pero oportunista, transparente pero traicionero con el que
se organizan las novelas. Como pocos, quizá también
La danza del jaguar de Ednodio Quintero, estos libros
ponen en escena cuestiones culturales permanentes (no sólo
la relación con la cultura europea, sino el encuentro físico
-nunca pacífico ni virtuoso- con el continente; la complicada
relación con la alta cultura y los azares y trabajos necesarios
para adquirir una voz; y la siempre difícil construcción
de una idea de realismo que se reconozca en el tiempo en el que
les ha tocado escribir).
En definitiva,
es como si los libros de De Stefano contuvieran el programa
que nos permite leer otras obras cada vez más secretas, pero
sin embargo esenciales por la vigencia de las cuestiones que plantean
y por el insólito grado de resolución formal que tuvieron
para su época. Y esto es una de las mejores cosas que puede
esperarse de los escritores; que escriban lo mejor de sí,
pero que a la vez permitan leer hacia atrás y adelante de
una forma hasta entonces inédita.
He intentado
describir de manera general los momentos y las modalidades de la
literatura de Victoria de Stefano. Sus libros se prolongan
sin repetirse mientras su figura, que tiende al silencio y a la
voz baja, sigue escribiendo en su cuarto de mujer, haciendo verdad
un modelo literario y literaria una forma de verdad.
Sergio
Chejfec. Narrador y ensayista
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N°
37 Aņo IV
Caracas, sábado 16 de junio de 2001
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