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Bienal Mariano Picón-Salas
Meditación
de Europa

Iconografía de Mariano Picón-Salas / Biblioteca
Ayacucho
Don Mariano Picón-Salas tras una
aventura intelectual en Europa
Como
otros latinoamericanos de su generación, Picón-Salas
fue a Europa a encontrarse consigo mismo y con sus raíces.
Al contrario de buena parte de los modernistas, sus inmediatos antecesores
en el tiempo, para quienes ese mundo antiguo, raro para ellos, en
exceso civilizado y en trance de decadencia, significó más
bien la evasión. Escribirá: "Los europeos que
nacieron en el regazo de civilizaciones viejas, ya ordenadas y sistematizadas,
no pueden comprender esta intuitiva errancia del hombre criollo,
la continua aventura de argonautas que debemos cumplir aún
para esclarecer nuestras propias realidades". Las estancias
europeas de coetáneos como Miguel Angel Asturias, Uslar
Pietri o Alejo Carpentier certifican un cambio de posturas
respecto, por ejemplo, a Gómez Carrillo. El escritor
merideño irrumpe muy mozo en el mundo de la cultura, justamente
cuando el modernismo ha muerto. De ser estrictos en la cronología,
se diría que sale a la luz pública en el momento del
llamado posmodernismo. De esta manera, en el plano de la historia
literaria venezolana, puede fácilmente ser un autor de la
Generación del 18. Mientras, en el ámbito hispanoamericano,
no desentona afirmar, como ha argumentado Miguel Gomes, que
pertenece a la esfera del nuevomundismo. Pronto madura y es entonces
la época en la que emergen los nuevos nacionalismos en las
artes plásticas, la música, la literatura, capaces
de superar los conatos de las fracasadas por regionalistas artes
del criollismo y lo puramente vernáculo. Vendrá como
marca dominante de la cultura de ese tiempo una nueva exploración
de las almas nacionales de cada país mediante el filtro de
lo universal. Dirá: "de un americanismo cerrado surgían
frecuentemente en nuestra producción intelectual aquellos
pesados mazacotes de quienes suponen que pueden escribir historia
del Perú o de Chile sin conocer la historia universal".
De América; es decir, de Latinoamérica, afirmará
frecuentemente en sus trabajos históricos de conjunto, que
es una "provincia" o "parcela" de la cultura
occidental. No deja de leer por ello la originalidad de nuestro
barroco o el movimiento de ideas que llevó y trajo la Independencia
como momentos del largo proceso de civilización y de refinamiento
cultural del ser humano en su totalidad. Su postura "humanista"
será entonces una manera de ser americano y una forma de
ser hombre en su sentido total y abarcador de cuanto exista. Sin
embargo, no será "orientalista", visión
del mundo que no percibió su sensibilidad ni siquiera como
hecho curioso puesto que está excluida de su obra. En este
sentido será fundamentalmente "occidentalista"
como cifra de lo más alto que puede ambicionar lo humano.
Pero fue sólo
casi en la cuarentena de su vida cuando Picón-Salas
pudo viajar por primera vez a Europa a la que va a buscar, sostiene,
primero, "la gramática de los estilos", esto es,
"un arte de pensar y construir y hasta de hacer más
amable por la aceptación de ciertas fórmulas que acaso
eran convencionales, el trato entre los hombres". En segundo
término, y casi tan importante, va a Europa movido por el
ansia de ordenar lógica, estética y emocionalmente
sus peculiares categorías de valores. Orden mental y emocional
en contraposición con el desequilibrio que encuentra en el
ser sudamericano: "los sudamericanos -sentencia cuando se plantea
el dilema entre cultura y naturaleza- queremos aplacar el instinto
y la pasión ciega en el orden de la cultura". Habla
por sí mismo más que por sus connacionales en general.
De los pocos
y cortos viajes que Picón-Salas hizo a Europa -en
l936 y 37, el 57 a España, en l960 y l964- vale la pena destacar
el tiempo fundamental de dos de ellos. Uno, el año l937,
cuando ese soñado mundo de orden estaba suficientemente descompuesto
como para que muy pronto estallara en su seno la carnicería
de la Segunda Guerra Mundial. Recorre entonces aprisa varios países
y paisajes, encuentra la esencialidad que atribuye a lo europeo,
pero verifica asimismo cómo las condiciones están
dadas para que irrumpa el desorden malo: los horrores del nazismo
que acaso observa como parte de los horrores de una época,
enfrentados como una crisis del hombre. Unos años más
tarde afirmará, cuando todavía Hitler no había
sido derrotado, que lo peor de tal tendencia fue haberse erigido
contra la tradición de la cultura occidental y ser una corriente
fundamentalmente irracional, anticristiana, pagana. No la mira entonces
sólo como una postura política, una de las peores
fórmulas del totalitarismo, sino como la negación
de los pilares de esa civilización occidental universal que
fue buscando: "en la ruptura con la tradición clásico-cristiana
que le daba forma, y cuya conciliación dentro de lo germánico
fue el gran sueño de los grandes poetas -un Goethe,
un Hölderlin- se patentiza el presente desamparo del
alma alemana".
El viaje, por
supuesto, lo lleva también a su admirada Francia, país
que entonces parecía todavía la nación del
equilibrio entre la razón y las emociones y hará su
elogio en los conocidos términos: "entre los pueblos
modernos es, precisamente, Francia el que más se aproxima
a esta prudencia vital, como la concibió la antigüedad
clásica". Añade: "los verdaderos plaisirs
de France se hacen de otra cosa: son la inteligencia dirigiendo
el instinto, analizando y fijando formas". Para él la
aventura intelectual que se debe buscar allá, consiste en
encontrar que el pensamiento es como otra forma de sensación.
Se detiene
por un momento en Italia y en los restos palpables de las artes
renacentistas se siente latino, ciudadano de la Roma ideal, de la
latinidad en la que se moldeó Occidente. Profesor de arte,
amante de cuadros y libros, tal vez la Italia que ven sus ojos en
ese momento no es la del fascismo sino la de la cultura renacentista
que estudió su admirado Burckhardt a quien quiso imitar
en sus galantes análisis de lo histórico: "Europa
es esencialmente un problema de forma. Sobre lo particular y lo
nacional (...) existe lo universal humano. Y una cultura es verdaderamente
grande cuando, remontándose sobre las imágenes particulares,
llega como los griegos, los franceses, los italianos del Renacimiento,
la edad de oro de la filosofía alemana, a descubrir las normas
universales".
Es en esta
misma época cuando Picón-Salas toma contacto
con la muy distinta cultura norteamericana, la de la salud física
y la neurosis literaria. Tal conocimiento explicita su sentimiento
de la latinidad y en sintonía con la herencia rodosiana,
se niega rotundamente al concepto del progreso entendido únicamente
como asunto material, traducido en términos de confort moderno.
Igualmente se resiste al utilitarismo, al pragmatismo de los negocios
y a cuanto niegue los valores espirituales, que coloca por encima
de otros fines y medios. No acepta el calvinismo, que le parece
inhumano como el puritanismo. Su reacción es, pues, la de
un viejo caballero latino, católico, que celebra la inclinación
de su sociedad hacia la literatura y no el deporte, una herencia
modernista. En el dilema de optar entre lo norteamericano o lo europeo,
no vacila en lo segundo: ahí encuentra, quintaesenciado,
los más altos valores humanitarios y humanísticos.
Pero hay un
segundo gran viaje de Picón-Salas a Europa. Se produce
en los años sesenta cuando él es ya un sexagenario
y su aparato cardíaco está amenazado. Encuentra entonces
una Europa todavía de posguerra, sumergida en la guerra fría
y a Berlín, pese a las diferencias entre la parte occidental
y oriental, aún lacerado por la marca de los bombardeos que
destruyeron los edificios del último Reich. Es la oportunidad
para volver a medir las consecuencias de aquella herejía
civilizatoria capaz de haber conmovido la esencia de Occidente.
Visita Francia en donde quedan residuos de las poses existencialistas
en melenudos drogadictos. Resulta curioso al respecto comprobar
cómo los grandes escritores venezolanos de los años
cuarenta y cincuenta del siglo XX encontraron en el famoso existencialismo
la cifra de algunos de los mayores males actuales. No males temporales,
históricos, circunstanciales, sino males que comprometen
seriamente la existencia de la cultura que se venía conociendo
como la mejor: la cultura clásica, la gran aspiración
humana. Así coinciden Augusto Mijares, Briceño-Iragorry,
Ramón Díaz Sánchez y Picón-Salas.
Horrores que se trasladarán hacia las artes plásticas
abstraccionistas del momento. Lo mismo que hacia la música
estridente, que todos concuerdan en percibir como chabacana. No
se diga del cine. Picón-Salas reserva sus dardos contra
la nouvelle vague y compara a Brigitte Bardot con la Ofelia
de Shakespeare, porque por esa época la tentadora
actriz de entonces intentó el suicidio, conducida seguramente
por el hastío de verse transformada en una vedette sin derecho
a la vida privada. La llama, a la manera dariana, una "calipédica
muchacha"; es decir, alguien formado por el arte de procrear
hijos hermosos. Muchacha hermosa, reprocha, "cuyo esplendor
erótico no sólo enciende el entusiasmo de las multitudes,
sino gravita sobre las finanzas francesas y merece inmortalizarse
en los billetes de banco, con más legítimo derecho
que Victor Hugo o el Cardenal Richelieu". Los
motivos de escándalo de Picón-Salas son sin
embargo más graves. Se concentran, espantados, en ver cómo
los jóvenes, hijos privilegiados de la cultura occidental,
los que han saboreado sus mejores frutos y en el mejor lugar, reniegan
de lo recibido, practican el nihilismo y el vacío.
El contacto
de Picón-Salas no fue, de esta manera, con la Europa
real, tal cual, sino con la Europa leída que acaso ya no
existía desde hacía muchos años. Hombre de
cultura, quiere encontrar un or-den intelectual y emocional incluso
para lo europeo degenerado. Esta desconcertante crisis civilizatoria
le permite, como ciudadano del mundo, con todo el legítimo
derecho, meditar acerca de los alcances de esos tiempos revueltos
y oponer al espectro del desorden y el caos, una referencia suprema.
Su visión, en este sentido, recuerda la de Stefan Zweig
en El mundo de ayer: un universo ordenado, entre más
o menos l875 y la Gran Guerra, a partir de la cual todo se estropeó.
Para su generación,
de hecho, lo repite una y otra vez, lo europeo pasa por el refinamiento
en el trato que es un síntoma de la higiene del alma para
su espíritu clásico. A Europa fue buscando también
su poesía, lo eterno, lo que le enseñaba la mejor
educación de su tiempo: que la vida puede ser entendida como
una obra de arte. De manera que su visión no es la del turista
sino la mirada de un intelectual que, con angustia pero con esperanza,
se asoma a la acumulación de energías negativas sobre
una civilización. Y lo lamenta. Detecta entonces el flagelo
y lo hace sensible mediante un conjunto de imágenes de la
que vale la pena retener un mínimo repertorio. Habla así
del microcosmos de la angustia, de la nocturna aventura, del lodo
subterráneo, de la épica apocalíptica, de los
primitivos estados mentales, del frágil destino de la cultura,
de la autonomía del deseo, una confusión antropológica,
un mundo babélico, una fauna antropológica, todo lo
cual se resumirá en el pecado contra el espíritu que
palpita en la moderna exasperación de los sentidos, en el
caos emocional, en la libido dominandi. A ellos querrá oponer
como medicina otro repertorio: tolerancia, libertad, convivencia,
equilibrio, economía, control de las pasiones, conciencia
individual, vida interior, valores metafísicos, goce de las
formas, ley del ritmo. Su sorpresa de humanista es ver que luego
de tantos siglos de civilización en Occidente, por debajo
de los faldones de lo educado se asomen las patas de un animal y
los hedores del instinto no controlado. Si Europa quiere sanar,
dice, debe volver a lo de antes. Si el hombre en crisis quiere salir
de ella tiene los modelos de la antigüedad.
Los trece ensayos
del presente volumen pretenden dar la imagen concentrada de lo más
fuerte que Picón-Salas pensó sobre Europa,
pretexto para su meditación sobre la crisis de su tiempo.
(Prólogo al libro de
Mariano Picón-Salas, Meditación de Europa,
Biblioteca Ayacucho, colección "La expresión
americana", 2001, presentado en el marco de la V Bienal de
Literatura en Mérida).
Oscar
Rodríguez Ortiz. Ensayista
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N°
37 Aņo IV
Caracas, sábado 16 de junio de 2001
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