MENSAJE AL PEZ
NOTAS CONTRA-AMBIENTALES

Los venezolanos y las ideas

"No se necesita una guerra civil ni un golpe
de Estado para instaurar valores que a final
de cuentas terminarán prevaleciendo:
instituciones independientes, promoción
del crecimiento económico…"


En Vargas puede medirse el costo de ciertas ideas

La crisis nacional, que en verdad no es otra cosa que un gran fracaso cultural, debe llevarnos a revisar la relación que guardamos los venezolanos con las ideas, pues son éstas las que informan acciones concretas y las que a fin de cuentas acaban por determinar la vida práctica. En ese sentido, vienen a nuestro auxilio las tesis de un conjunto notable de intelectuales estadounidenses que justamente, por reexaminar de un modo tan agudo y original las ideas que tenemos sobre las ideas, produjeron lo que con justicia constituye el primer movimiento filosófico de cuño propio engendrado en suelo americano, el pragmatismo.

Los pragmatistas se propusieron diseñar una filosofía que se acercara decididamente al sentido común y que ayudara al ciudadano a lidiar con los problemas de la vida en democracia. Para ello, no acudieron ni al idealismo ni al materialismo europeos sino a la indagación sobre el poder de las creencias y la voluntad de elaborar hábitos de conducta apoyados en la racionalidad.

El pragmatismo surgió en Boston, liderado por un grupo de jóvenes intelectuales, licenciados todos de Harvard. Allí destacaban los nombres de William James, Charles S. Peirce, John Dewey y Oliver Wendell Holmes, Jr. Entre sí existían importantes diferencias, pero todos compartían una visión común respecto de lo que significan las ideas. Para ellos, éstas son herramientas, como destornilladores, cuchillos o microchips, que la gente produce para lidiar con el mundo en que se encuentra. Los pragmatistas se empeñaron además en demostrar que las ideas son respuestas provisionales que damos a circunstancias únicas y que su supervivencia depende de su adaptabilidad para dar cuenta de las eventualidades.

Estos señores llegaron a estas conclusiones de una manera cruel; es decir, experimentando en carne propia lo que la guerra civil americana había hecho con su país. Para ellos, la guerra separatista del sur (1861-65) fue una lucha inútil, que desmembró familias y arruinó a la economía. En su visión, no se necesitaba un conflicto armado para demostrar que la abolición de la esclavitud y la garantía de derechos civiles igualitarios eran el camino hacia la democracia y la industrialización. Dicho de otro modo, la guerra les enseñó a los pragmatistas que las creencias tienen consecuencias y que por lo tanto lo primero que debíamos hacer antes de adoptar una idea era examinar con cuidado sus implicaciones futuras, algo que no hicieron, según ellos, las élites separatistas sureñas.

Los pragmatistas descubrieron cosas fundamentales para el ejercicio democrático, por ejemplo, el hecho de que no puede haber democracia sin verdad, sin la búsqueda de la verdad, ya que ésta siempre será útil para la democracia, independientemente de a quién afecte. Es más, es interesante observar los conceptos de verdad a los que arribaron estos pensadores ilustres injustamente acusados de "utilitarios ramplones" por varios filósofos europeos. "La verdad -aseguraba William James- es algo que le sucede a una idea. Esta se vuelve cierta, se hace cierta por los eventos". Y es que incluso, decía James, "una idea no tiene más estatura moral que, digamos, un tenedor. Cuando se comprueba que un tenedor es inadecuado para tomarnos una sopa, tiene poco sentido ponernos a discutir si existe algo inherente a la naturaleza de los tenedores o a la naturaleza de las sopas que no nos permite completar la tarea. Simplemente, lo que debemos hacer es buscarnos una cuchara".

Armados de este concepto, por ejemplo, podríamos retrotraernos cuatro años aquí en Venezuela, y recordar el debate político de entonces. Unos, por un lado, proponían la reforma de la constitución, la profundización de la descentralización y del proceso institucional y la continuidad civilista en el manejo del poder. Mientras otros insistían en la necesidad de llevar a Miraflores a un militar golpista que amenazaba simultáneamente con freír cabezas venezolanas y con reescribir las leyes. Buena parte de las élites apoyó el último camino, unos por desesperación respecto del bipartidismo, otros por ingenuidad, los hubo también por oportunismo y otros tantos por indiferencia. El caso es que ninguno de los que apoyaron esa aventura parece haberse paseado por las consecuencias a las que llevarían esas ideas. Ninguno se preguntó por el verdadero significado de esos conceptos. Porque este es otro asunto que nos enseñan los pragmatistas, que el significado de una idea reside en sus implicaciones.

Total que aquí estamos, delante de la posibilidad de que se produzca un golpe militar, al que ya algunos están llamando, o de que se desencadene una guerra civil, y muy concretamente, hambreados y a punto de perder otra década. Y si a alguno todo esto todavía le parece muy hipotético, le recomendamos simplemente que baje a Vargas y se pare delante de uno de esos grandes peñones que alcanzan el tamaño de una casa. Allí, en medio de la desolación, es posible certificar a dónde nos han llevado estas ideas. Digo, para que este asunto no se vuelva tan abstracto, porque tal vez, muchachos, sea hora de adoptar otras ideas. No se necesita una guerra civil ni un golpe de Estado para instaurar valores que a final de cuentas terminarán prevaleciendo: instituciones independientes, promoción del crecimiento económico, igualdad de oportunidades e inserción estratégica en el proceso globalizador.

Aquiles Esté. Semiólogo y publicista

 
N 30 Año VI
Caracas, sábado
25 de enero
de 2003
 
 

Susan Sontag
y el pensamiento utópico

"América representa muchas fantasías"
(Doménico Chiappe)

 
 

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Un 23 de enero
(María Ramírez Ribes)

 

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La esperanza hermenéutica
y el diálogo

(Rafael Castillo Zapata)

 
 

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la fugacidad
de lo efímero

(poemas)