Ultimo Sábado

Un nombre vano

Frente a la amenaza que se cierne hoy sobre la sociedad civil venezolana, incapaz "de dar con el hilo maestro que recomponga el tejido roto de la convivencia", Rafael Castillo Zapata convoca, entre otros, el pensamiento del filósofo inglés Thomas Hobbes y el del abogado, político e historiador venezolano, firmante del Acta de la Independencia de Venezuela en 1811, Francisco Javier Yanes, quien diría que cuando la patria no cumple sus deberes "no es más que un nombre vano, una tierra ingrata"


Firma del acta de la Independencia
/ Juan Lovera (1830)
A casi doscientos años de vida republicana no somos capaces de "reconocer la virtud
de una sociedad fundada en la fe y el mutuo acuerdo"

En el primer capítulo de su libro de 1642, De Cive, Thomas Hobbes escribió que "las sociedades civiles no son meras reuniones, sino vínculos para los que se necesita fe y acuerdos mutuos. La virtud de dichas sociedades les es desconocida a los niños, a los insensatos y a quienes todavía no han experimentado los sufrimientos que tienen lugar cuando las sociedades faltan". Ahora que se habla tanto de sociedad civil entre nosotros, y que tantos desmanes se cometen desde todos los sectores de esta comunidad revuelta en que nadie es capaz de dar con el hilo maestro que recomponga el tejido roto de la convivencia, la frase de Hobbes me pareció, de pronto, reveladora; reveladora de, al menos, un aspecto inquietante de nuestra actual condición ciudadana. Al leerla y releerla me puse a pensar que, tal vez, estamos viviendo los efectos de una gran incapacidad histórica: la de no haber aprendido todavía, después de casi doscientos años de vida republicana, a reconocer la virtud de una sociedad fundada en la fe y el mutuo acuerdo. Y no porque seamos todavía demasiado infantes en cuestiones de civismo y civilidad; y mucho menos, creo, porque seamos insensatos; sino porque, acaso, no hemos experimentado los sufrimientos característicos que deben soportar los seres humanos cuando tal sociedad civil se hace impracticable, obstaculizada y torcida por todo lo que de más salvaje anida en el corazón del hombre. Quizás estemos comenzando a experimentar estos sufrimientos precisamente ahora, y quizás tengamos que sufrirlos hasta el fondo, hasta el exceso suicida que pone en riesgo la propia integridad de la nación, para darnos cuenta de lo que perdemos cuando no somos capaces de salir de ese estado elementalísimo de guerra de todos contra todos hacia el que parecemos retroceder con irresponsable velocidad involutiva. El propio Hobbes, en su Leviatán (1651), describió ese estado con elocuentes imágenes: "todo aquello que es consustancial a un tiempo de guerra, durante el cual cada hombre es enemigo de los demás, es natural también en el tiempo en que los hombres viven sin otra seguridad que la que su propia fuerza y su propia invención pueden proporcionarles. En una situación semejante -prosigue Hobbes- no existe oportunidad para la industria, ya que su fruto es incierto; por consiguiente, no hay cultivo de la tierra, ni navegación, ni uso de los artículos que pueden ser importados por mar, ni construcciones confortables, ni instrumentos para mover y remover las cosas que requieren mucha fuerza, ni conocimiento de la faz de la tierra, ni cómputo del tiempo, ni artes, ni letras, ni sociedad; y, lo que es peor de todo, existe continuo temor y peligro de muerte violenta; y la vida del hombre es solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve". Guardando las debidas distancias, no podrá negarse que algo muy familiar, muy cercano a nuestra propia experiencia cotidiana contemporánea, resuena en estas antiguas y, sin embargo, tan vigentes como inquietantes palabras. Una resonancia que percute y repercute en las palabras de otro pensador, más cercano y nuestro, venezolano, Francisco Javier Yanes, quien, en 1842, podía escribir lo siguiente: "Cuando la patria no cumple sus deberes, cuando quebranta la fe de los pactos más sagrados, cuando se hacen ilusorios los derechos y los objetos que compraron los ciudadanos a muy alto precio, cuando por el mal gobierno no hay unión civil, benevolencia y fraternidad; entonces la patria no es más que un nombre vano, una tierra ingrata, y aun enemiga, pues que no sólo no provee la subsistencia y seguridad, sino que mantiene en desorden la administración y apoya la comisión e impunidad de los delitos más contrarios a la sociedad".

Hace muy poco, Elías Pino Iturrieta se quejaba de la constancia con la cual los venezolanos, a lo largo de nuestra corta como cruenta y loca historia republicana, nos hemos resistido siempre al compromiso y a la obligación que entraña el mantenimiento y la defensa del bien común; compromiso y obligación sin los cuales no hay ciudadanía ni nación alguna que valga. Como si la noción misma de bien común, de cosa compartida, de res publica, no hubiera terminado de ser asimilada entre nosotros como una conquista de la inteligencia y de la sagacidad del hombre sensato que trabaja para su propio bien y el de sus semejantes. Como si, a lo largo de todos estos años de experimentación política, no hubiéramos podido coincidir colectivamente en la creencia de que un Estado construido a partir de los pactos y de su obediencia, a partir de las transferencias de poder y de las concesiones mutuas voluntaria y soberanamente otorgadas, es la única forma de que el hombre, racionalmente inspirado, pueda exorcizar las amenazas de la destrucción a la que lo empuja inevitablemente su incesante como implacable sed de poder.

Refiriéndose al álgido caso colombiano, William Ospina apuntó recientemente, en estas mismas páginas, algo que tiene, sin duda, mucho que ver con lo que también a nosotros nos inquieta. En Colombia, dijo, "si las cosas funcionan es menos porque el Estado sea eficaz que porque la gente ha aprendido a vivir por su cuenta, a no esperar nada, a no necesitar nada. Evidentemente, eso constituye una sociedad muy precaria, porque cada quien lucha por su supervivencia y termina siendo insolidario, ya que no está en condiciones de brindarle mucho a los demás". En alguna parte de la Enciclopedia, Diderot escribió que "el nombre de ciudadano no le conviene ni a aquellos que viven subyugados, ni a aquellos que viven aislados". ¿En qué condiciones, hoy, podemos nosotros, los venezolanos, refundar una ciudadanía que supere la condición de sometimiento y de exclusión tanto como la de aislamiento y soledad en medio de las cuales ninguna coincidencia en el bien común puede prosperar, ese bien común hacia el cual, todos, deberíamos poder desarrollar la misma clase de fe y sin cuya existencia la patria no es más que un nombre vano? Hasta los prisioneros del campo de concentración donde Robert Antelme estuvo recluido reconocían que una mínima legalidad era necesaria para sobrevivir en medio del infierno que les había tocado en suerte. Como escribe en las primeras páginas de La especie humana, entre los presos políticos y los presos comunes reunidos en Gandersheim se produjo una lucha entre aquellos "cuya finalidad era instaurar una legalidad, en la medida en que una legalidad fuera todavía posible en una sociedad concebida como un infierno" y aquellos "cuya finalidad era evitar a cualquier precio la instauración de dicha legalidad, porque solamente podían prevalecer en una sociedad sin leyes".

Rafael Castillo Zapata. Ensayista y poeta

 
N 30 Año VI
Caracas, sábado
25 de enero
de 2003
 
 

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