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Cine
La
colonización estética
de América Latina (I)
Maurizio Fantoni
Minnella está convencido de la necesidad de "establecer la verdadera
naturaleza del estereotipo cinematográfico a través del cual se
sustituye la visión 'latinoamericana' de esa misma realidad por
una que podríamos llamar 'foránea'". Y en consecuencia agudiza su
mirada sobre filmes de cineastas como Scott, Jaffé y Saura, entre
otros, que terminan por proyectar una estética colonizada de la
realidad física, histórica y política de este continente

Warner Bros. Pictures, 1997
Roland Joffé / La Misión
Para
Europa, Latinoamérica
es folklore sociopolítico.
Luis Puenzo, de La peste
El espacio
físico y político
de la Conquista
Existe una especie de colonización estética norteamericana
y europea del imaginario latinoamericano en la concepción
de la realidad física, histórica y política.
Ciertamente lo creemos. Es necesario, entonces, establecer la verdadera
naturaleza del estereotipo cinematográfico a través
del cual se sustituye la visión "latinoamericana"
de esa misma realidad por una que podríamos llamar "foránea",
comparable quizás a la mirada del viajero en el acto de reconstruir
una realidad o una verdad que no le pertenece y de la cual está,
en todo caso, excluido. Sin embargo, siempre es interesante tomar
el punto de vista del otro, cuya existencia en el mercado de las
ideas y de las imágenes se vuelve, precisamente, un sustituto
(independientemente de una valoración específica)
de las fuentes cinematográficas "originales"; en
otras palabras, lo que se describe en algunas obras de autores europeos
o norteamericanos acerca de la realidad latinoamericana se impone
al público occidental con una indudable fuerza iconográfica.
Esto ocurre por la sencilla razón de que nuestro mercado
no permite el acceso a las salas de cine de la inmensa mayoría
de las películas latinoamericanas, salvo unas pocas obras
privilegiadas, y éstas por un motivo relacionado fundamentalmente
por la dimensión espectacular de tales propuestas. Además,
debido a la crónica debilidad en cuanto a producción
y distribución de los países de origen, no es posible
ver esa cinematografía y los valores que les son asociados.
En determinados
casos, el conocimiento de algunas temáticas se convierte
en un conocimiento masivo sólo mediante la interpretación
occidental euronorteamericana: un punto de vista que se caracteriza
por la ambigüedad, aunque no privado totalmente de interés
crítico y estético. El sentido de ambigüedad
consiste en el principio de apropiación crítica de
un continente, que se expresa como práctica común
de algunos cineastas, tales como Werner Herzog, Roland Joffé
o Carlos Saura, aunque más en autores como Costa
Gavras, Elia Kazan, Ken Loach, Barbet Schroeder y Julian
Schnabel, cuyas contribuciones cinematográficas al conocimiento
o desconocimiento de América Latina -en asuntos como la Conquista,
historia política, aventura o literatura- se pueden ordenar
en al menos tres unidades temáticas: la idea de la Conquista
y de la aventura en el vasto territorio latinoamericano (Herzog,
Joffé, Saura), la dimensión política contemporánea
(Costa Gavras, Kazan, Pontecorvo, Loach) y finalmente el
ámbito literario (Schroeder, Polanski, Schnabel, Rosi).
Si
partimos del acontecimiento trascendental de la Conquista a través
de la aventura colombina, un filme como 1492: La conquista del
paraíso, de Ridley Scott, ciertamente no nos ayuda
desde el punto de vista de la otra verdad; es decir, la de los vencidos.
El propio concepto de Descubrimiento no es más que un punto
de vista relativo al punto desde el cual se observa el problema
y está estrechamente relacionado con la noción de
Conquista, que a su vez presupone la presencia de la violencia,
de las armas y de la sangre, verdadero teatro de la historia europea-española
en el fresco barroco de Carlos Saura inspirado en la "aventura
del loco" don Lope de Aguirre, El Dorado (1988). Incluso
la idea de la Conquista pacífica, propuesta por la Compañía
de Jesús, siempre incluyó las señales de una
violencia que nacía de la ignorancia y de la voluntad de
imponer el Dios de los blancos. Colón es un ícono
sagrado para todo Occidente de esta parte del océano, con
la típica mezcla de orgullo genovés, de cálculo
y de espíritu aventurero: el navegante no puede pertenecer
al imaginario latinoamericano. El problema de Colón se relaciona,
en todo caso, con su consciencia de ser humano y de toda una nación.
El filme de Scott no logra aprehender ninguna de las dos
dimensiones del individuo y de la historia. Por otra parte, el éxtasis
por la belleza del Nuevo Mundo que experimentó Colón
se convierte en una especie de manierismo estético, un verbo
naturalista que puede conmover "turísticamente"
al espectador y producir imágenes de una presunta belleza
estereotipada. Colón también es el arquetipo de la
figura del extranjero que se maravilla por aquello que puede poseer
ostensiblemente. Y en lo sucesivo la cultura occidental, tanto la
de matriz culta como la masiva, aspirará al ideal del "poseído
por la belleza". Si éste es el destino de un cineasta
de origen inglés inmerso en el sistema hollywoodiano como
Ridley Scott, muy distinta parece la actitud de dos cineastas
europeos como Saura y Werner Herzog, quienes relatan
desde dos puntos de vista diferentes la trágica empresa de
Lope de Aguirre, narrada en forma de crónica a partir del
"testimonio ocular" de Francisco Vásquez
entre 1560-1561 en su relación de viaje1.
Más
cercano a la verdad histórica, el personaje del filme de
Saura, interpretado espléndidamente por Omero Antonutti,
está inmerso en una luz débil y lúgubre que
huele a traición y muerte. Saura, sumamente alejado
de la cultura alemana y del pensamiento irracionalista de un Herzog,
insiste de una manera natural y con una aspereza inusitada en los
mecanismos de representación de la violencia fratricida y
de la locura, que por tanto no se identifica ni se concreta exclusivamente
a la figura de Aguirre, sino a todos los miembros de la expedición,
todos hombres de armas, salvo las dos figuras femeninas, ambas víctimas
de la furia de los hombres: la esposa mestiza de Don Pedro de Ursúa
y la hija de Aguirre, asesinada por él mismo. La acusación
de Saura, aunque enfocada desde un punto de vista europeo,
se dirige por consiguiente a la mentalidad española, a su
alma católica-militar; por esto, su aporte al desarrollo
de un discurso "político" a través de imágenes
de locura colectiva es indudable, aunque tiene que ver justamente
con la dialéctica del poder en un reino europeo.
En la película
de Herzog, Aguirre, la ira de Dios (Aguirre, der Zorn
Gottes-1972), asistimos en cambio a una suerte de enmascaramiento:
detrás de la locura del personaje histórico del vasco
Lope de Aguirre, se esconde la del teutón Klaus Kinski, incluso
es la propia máscara del actor herzogiano la que sepulta
el respeto filológico que el relato exigiría. Quizás
justamente en esta contradicción yace la fuerza de la película.
En la cinta, la presencia de la naturaleza, al igual que en El
Dorado, es percibida desde el inicio como hostil y amenazadora,
pero Aguirre se percata de la solemnidad rica de presagios y de
la inmensa fuerza (la presencia inquietante y fatal de los indios)
que será la causa de su muerte. Incluso en la escogencia
del epílogo, Herzog no respeta la verdad histórica.
Aguirre no muere a manos de los indios, sino de sus propios subalternos
en un clima de venganza. No debemos olvidar que la figura de Aguirre
es el arquetipo de toda figura de aventurero moderno, siempre portador
de una falsa civilización.
También
es curioso observar cómo en la llamada "geografía
herzogiana" de América Latina el personaje de Aguirre-Kinski
experimenta dos metamorfosis (o, si se prefiere, una migración
iconográfica) que van del aventurero en la Amazonia (Fitzcarraldo)
al bandido del Sertao (Cobra verde). Este último sueña
con la nieve, el hielo, pero se ve obligado a embarcarse a Africa,
el otro mundo infeliz que será escenario tanto de su ascenso
como de su final. Por el contrario, la figura "moderna"
de Fitzcarraldo en su obstinación optimista e incluso en
la total indiferencia hacia la naturaleza sumergida y hacia los
hombres, ya prefigura en la era industrial ese gusto por la empresa
capaz de someter a sus propios propósitos incluso las circunstancias
más extremas. El noble intento de celebración (el
teatro en la selva en honor del gran Caruso) va siendo sustituido
por iniciativas nuevas y más calculadas, casi siempre vinculadas
con la explotación del lugar, de los recursos y de los seres
humanos. De hecho, por la absoluta voluntad de Fitzcarraldo-Kinski,
se talan árboles, se explota a los indios, se sacrifican
vidas humanas. El sueño de la "nave sobre la montaña"
se convierte en realidad, pero no el del teatro, que existe en la
realidad, aunque en otro lugar. Fitzcarraldo encarna, sin embargo,
una paradoja: la unión del elemento irracional (el sueño
del teatro y del canto) con una metodología que sea propia
de los modelos de explotación colonialista.
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Compañía
Iberoamericana de TV, S.A.
/ Cine español, 1988
Carlos Saura / El Dorado |
En obras como
La Misión (1986), de Roland Joffé, el
público difícilmente logra ver lo que se sitúa
más allá de las imágenes eficazmente construidas;
no ve la historia dialéctica, las razones de la presencia
de los jesuitas en las tierras guaraníes ni los motivos de
la derrota, sea la de los indios o la de los propios jesuitas. Una
vez más, sin embargo, la historia de la penetración
externa en el "otro" mundo, visto exclusivamente como
tierra de conquista, es interpretada desde el punto de vista de
la justicia y de la necesidad de las misiones en Suramérica.
La mirada del indio es reducida a un puro residuo de víctima,
en una perspectiva de un cristianismo que lucha entre un orgullo
ignaciano (expresado en la confrontación entre las dos figuras
de jesuitas) y caridad evangélica. Pero la fuerza del relato
se encuentra en la conversión del brutal tratante de esclavos
Mendoza-De Niro y en el viaje de expiación a través
del peligroso sendero que lo conducirá finalmente "sobre
la cascada"; es decir, al paraíso sin conquistar de
la utopía jesuítica, que el doble poder de la Corona
española y la Corona portuguesa se encargan de destruir.
Joffé, cineasta progresista, aunque desigual desde un
punto de vista artístico, intenta representar la idea socialista
del colectivo agrario, contexto en el cual se cuelan sólo
algunos elementos exteriores: la majestuosidad de la naturaleza,
las grandes dotes melodiosas y la dulzura de los indios. Todo dentro
del dominio de la Iglesia española. A la pasividad de los
indios le sirve de contrapunto la energía de los dos sacerdotes-divos
(De Niro y Irons, uno pacifista; el otro, guerrero), colocados en
posiciones antagonistas, aunque ambos destinados a un martirio heroico.
En todo el relato emerge la potencia inexorable de una naturaleza
suntuosa de la cual, en la secuencia final, surge una nueva esperanza
en los hijos de aquellos que murieron defendiendo la tierra propia.
Epílogo lírico y pesimista que sin embargo no logra
disipar la sospecha de una escenificación viciada por un
excesivo espíritu catártico, pasivo y por lo tanto
inútil. Finalmente, parece evidente que la figura clave de
esta experiencia cinematográfica de apropiación del
imaginario latinoamericano, en su componente primario, aquel mítico
binomio estratégico Descubrimiento-Conquista, es precisamente
el extranjero, el que observa la realidad de otro mundo y se apropia
del mismo, aunque sin meterle raíces reales, salvo el arraigamiento
de los jesuitas, dando así a la propia empresa un valor más
simbólico que concreto, quizás a la par de los cineastas
europeos y norteamericanos y de sus obras.
Nota
1. Francisco Vásquez, Aguirre alla ricerca dell'Eldorado.
Relazione sul viaggio del conquistador folle nella giungla amazzonica
(1560-1561), Savelli Editori, Roma 1981.
Traducción: José
Peralta
Maurizio
Fantoni Minnella. Ensayista y novelista italiano
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