¿IDENTIDAD SIN SOLIDARIDAD?

Nosotros

Retomar el término "identidad" en esta Era menesterosa al par
que globalizada, no deja de ser una iniciativa audaz. Y necesaria.
Así lo hizo el autor de este texto, entre otras esclarecidas figuras convocadas por la Fundación Bigott y la USB para asistir al II Simposio Venezuela: tradición en la modernidad con el fin de (re)interpretar, denunciar, discutir aquello histórico y cultural que nos distingue.
Quien titula esta página con la primera persona del plural (venezolano), analiza el deber de conquistar la paz que todo afán democrático supone. Pero no olvida que la violencia, vehemente, se ha interpuesto.
Quizá porque ese es nuestro precario rostro


Foto: Esso Alvares

 

¡Qué horrible es vivir en Venezuela!,
está uno expuesto a cometer mil necedades.
Salvador de la Plaza

 

...Famélico u opulento, digno o indigno, dirigido por macheteros o doctores, sindicalistas o intelectuales, en trance de graves negociaciones o mostrándose "práctico" ("Que hagan ellos las leyes, que son los que saben de eso", "En pelea de burros no se meten los pollinos"), o patético ("Los banqueros me engañaron"), el Estado parece ser la única constante en la estructuración de la nación. Aplastada por las permanentes urgencias de aquél, la cultura social deviene en masa inmóvil, todo lo que evolucione fuera del escenario de los intereses estatales se obliga a hacerse su propia biografía, a marcar huella en un desierto barrido por el viento. Si aceptamos que lo definitivamente venezolano arraiga en los últimos sesenta años (Manuel Caballero: La crisis de la Venezuela contemporánea), debemos preguntarnos por el efecto combinado de aquellos procesos anteriores. Preguntarse por aquello que hay en el venezolano de hoy y que corresponde al sedimento de la gens que se estabiliza en la Colonia, parece de interés puramente arqueológico: la mudez de unas maneras de ser pudieran contrastar con la elocuencia de unos artefactos. No parece haber remitencia alguna, todo parece ajeno, desde la voz del sereno en las noches conventuales hasta los chistes de la guerra de Independencia.

Donde el panorama sí empieza a sernos conocido es con la urbanidad de Guzmán Blanco, parece menos un período de gobierno que una mudanza de familia para un lugar mejor ventilado. Podemos rastrear en ese hombre de hoy que se mueve en las ciudades, que busca su oportunidad en la promesa de los últimos sesenta años, las pulsiones que ya movilizan la vida de la civilidad guzmancista. El Estado ha sido el gran educador, los desheredados de la República lo presintieron como el espacio donde los hombres adquirían forma, donde los deseos y aspiraciones eran posibles, y cuando ha faltado o ha sobreactuado, entonces la sociedad tiende a autodestruirse. En Los adolescentes, la novela de un ensayista, Augusto Mijares incluye una imagen que intenta ser acusación y queda sólo como reconocimiento pausado, como constatación que no admite más discurso: los bandidos se llevaban el ganado, la recluta a la gente y las aguas desbordadas arrasaban con la tierra; ése era el Estado de Venezuela al final del siglo XIX. El siglo de la Independencia, la República, el igualitarismo de la Guerra Federal y la civilización por la fuerza de Guzmán Blanco. La gran novedad del siglo XX es la paz y el fin de la guerra de caudillos, sólo que la paz se parece mucho a la venganza de una madre vuelta sobre sí misma, que opta por sobrevivir con lo poco que le queda, renunciando a los sueños de un tiempo fundacional. La situación de ese fin de siglo, contra lo que pudiera creerse, pesa como imágenes en una pesadilla en esa identidad venezolana de los últimos sesenta años. La ciudad crece en prestigio y se convierte en otro mundo, última Thule que pesa ominosa y seductora en las expectativas de los confinados en los lejanos linderos; en ella discurren los encargados de verificar la existencia legal de un país, en ella se ejercitan los candidatos al funcionariado, languidecen los horrorizados que buscan refugio de los tres espantos que cita Mijares. La desesperanza que lleva a Salvador de la Plaza a consignar en unas páginas que él cree íntimas, de circunstancia, la más absoluta renuncia a toda posibilidad que venga del entorno, es el mismo sentimiento, si así puede llamársele, inmovilizador que merodea hasta bien entrado el fin del gomecismo. El Diario de De la Plaza, recientemente conocido, es un programa del pesimismo que empieza con la autodescalificación. Quien concluirá dedicado a redactar olvidables análisis de la economía, se pregunta por el destino de su país, habla de la civilización en términos poco nacionalistas, duda de su inteligencia en un juicio de alcance colectivo. Cuando cumple 22 años se asume como alguien desgastado, fracasado y culpable. "Llevar eternamente esta vida tan mediocre y tan oscura, tan llena de zozobras y tan vacía de fuerzas." Esta incertidumbre es una lápida contra la que unos avizores, muertos-vivos, oponen el acto de fuerza de haber visto m*s all*, Ramos Sucre, digamos, se pone de espaldas, reacciona haciéndose sordo. (...) Arruinada en el esfuerzo independentista continental, la sociedad colonial es un desecho que nada cobija; después la patria es un botín para los libertadores. La Guerra Federal, con su slogan que prometía pasar a cuchillo a todo aquél que supiera leer y escribir, certifica el igualitarismo, que es la negación de la igualdad y el fin de las posibilidades de la justicia en un país que, paradójicamente, alentará la superación a través de la educación y la gestión personal. El espanto se hace familiar, ya no asusta pero queda autorizado, es la herencia de los mejores esfuerzos de unos años de fundación: de Vargas a Zamora, de Fermín Toro a Juan Vicente González, es la ficción de quienes juegan de buena fe a casitas y muñecas.

Según Manuel Caballero, el 14 de febrero de 1936 el pueblo venezolano se libera del miedo y crea la democracia en un acto de taumaturgo. Ese suceso significó una pequeña masacre, y a juicio del autor representa la aparición de las masas en la escena política nacional. Curiosamente, alguien llamó a Boves el primer jefe de la democracia venezolana, sabemos que era un decapitador compulsivo. Al parecer la democracia es una cosa medio tenebrosa (...). Jamás he entendido por qué algunos hagiógrafos sitúan el fin de los estilos caudillistas, el militarismo, el poder personalista y la discrecionalidad del Estado, en 1935, con la muerte de Gómez. ¿Después de esa fecha no hemos tenido ese paradójico 14 de febrero de 1936, el 18 de octubre de 1945, el 24 de noviembre de 1948, el asesinato de Delgado Chalbaud en 1950, el 23 de enero de 1958, El Porteñazo, Cantaura, la matanza de pescadores del Amparo en 1988, los levantamientos de 1992? El pueblo venezolano dizque se hace pacifista y renuncia para siempre a la violencia en 1903 con la batalla de La Victoria, allí "estalla la paz" en otro lindo acto de taumaturgia. Digamos entonces que el 27 de febrero de 1989 es la reafirmación de las masas y de la democracia, todavía están contando los muertos de aquel zafarrancho, cuando se pusieron a un lado las apariencias de las conquistas de la sociedad democrática para ir a buscar comida por la fuerza. "Comedores de arepa", llamó Lope de Aguirre a los primeros pobladores que consiguió por los lados de Margarita; sigue siendo una caracterización que soporta el análisis, objetiva y casi científica, es un atributo real y hasta noble a los efectos de caracterizar a un pueblo, es más de fiar que eso de la vocación pacifista. Comedores de arepa que se hacen matar en el pillaje, y por las arepas. El hábito atraviesa la Colonia sin menoscabo, viene de los ahumados pilones de los cuicas, se instala con autoridad en la tradición mestiza y merece un intento biográfico de Picón Salas.

(...) Por último, la riqueza que adviene con el petróleo debilita las nociones de jerarquía, aunque fortalece el prestigio del contrato. El fin del caudillismo como modelo, no como práctica, y la paz, son así obra directa del petróleo. Todas estas razones constituyen los nada esotéricos estructuradores de una conducta que se intenta mostrar como voluntarista y asociada a míticas virtudes de la gens.

La consecuencia más perdurable del igualitarismo no podía estar, obviamente, en el fortalecimiento de las relaciones comunitarias, ni en la sustentación del sentido de pueblo, ya que se trata de una actitud más que de un valor, se origina en la reacción de unos grupos contra otros. Esa consecuencia pervive y crece en el debilitamiento del individualismo como conducta capaz de amparar elecciones tan variadas como la libertad, el arte, la soledad, el heroísmo, la disensión, todas ellas fuerzas antidemagógicas. El desplante del soldado que entra a la habitación donde Bolívar y Morillo acuerdan, y de espaldas se lava las manos, hace decir a Augusto Mijares, memorador de la escena, que "cuando ya no teníamos libertad teníamos democracia". El gesto automático, falaz, atraviesa el siglo, se adentra en el otro y nos llega hoy en la patanería del analfabeto que adquiere un título universitario y lo primero que hace es llamar colega al maestro Alejandro Fuenmayor. Habrá que acordar que sí hay una identidad: es aquella que viene del inmediatismo, de la cultura de la violencia, del ventajismo y de la destrucción de la solidaridad. Dónde mejor que en el hombre de la calle para identificar ese desgajamiento entre la salvación personal y los haberes comunes. El recelo y la suspicacia son como el jardín florido de donde saltan la ajeneidad, la incomunicación, la descortesía agresiva; es como si las dudosas virtudes del hacer público (reducido este, ya se sabe, a los negocios del Estado) hubieran prendido en el minado ser ciudadano; el resultado, una variante psicológica: la iniquidad. ¿Dónde y en qué momento se engendró este espanto? Más de un extraviado, más de un culpable ha acudido al expediente del petróleo. Al límpido anatema de Narciso Perozo ("Cuando oigáis que ya no suenan estos pitos del carrizo,/ podéis decir que no penan ya los huesos de Narciso"), han sumado los justificadores de la perversión su excusa: el petróleo nos corrompió.

El petróleo sí trajo ese otro bullicio, esa hermandad que ya no es la camaradería recelosa de los campamentos de la Independencia, con él los venezolanos se vuelven a encontrar ya no para matarse sino para recibir la extraña compensación por haber puesto la música y los muertos en la fiesta de la libertad. Lo que el venezolano de hoy sea corresponde íntegramente al prototipo de aquel ser fantasmal acosado por los tres males de Mijares, que logra sobrevivir en el tiempo a fuerza de disimulo, educándose en la obediencia a la autoridad de escritorio, y consagrando con sumisión de ladino los peores vicios de la cultura patriarcal. Las ventajas del petróleo han podido servir para configurar un nuevo estilo social, para oxigenar las relaciones de grupo y así fortalecer el sentido de pueblo, que no se alimenta ni de costumbrismo ni de chauvinismo, como lo aclaró muy bien Mario Briceño Iragorry. Sirvieron, en cambio, para vulcanizar los estilos de la política representada en el impresionante fracaso en construir una nación que es toda la segunda mitad del siglo XIX. (...) Cualquier proyecto de redención deberá enfrentar la disolución de los lazos orgánicos de convivencia, la perspectiva perversa de una sociedad estructurada desde el Estado y cuya identidad descansa menos en valores que en hábitos, que actúa menos por convicciones que por pulsiones. Por lo pronto habrá que darse de frente con un consuelo: por primera vez oímos que alguien en Venezuela recuerda que la democracia no es atributo, ni monopolio, de ninguna forma del Estado, ella es una "voluntad social" (Manuel Caballero dixit). Por supuesto, sería preciso recordar también que ella no corresponde a una conducta política sino cultural, no vocea ni se verifica en las urnas, tampoco se adquiere a balazos ni alcanza dignidad en el formulismo de un Parlamento que llega a la mayoría de edad liberal cuando suspende a un presidente desquiciado, elegido por un pueblo libre, en elecciones libres, pero con el peso de 150 años de extravío.

Miguel Angel Campos. Narrador y ensayista

 

 

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