Creación
FEDERICO VEGAS ARRIBO A LA NOVELA
Metido hasta las rodillas en el mar, en busca de una prima
No se piense en incesto, pero sí en deseo y en pasiones. Pasiones por la lengua, por el verbo hecho carne en boca de un hermano que lo inició en el goce, en la búsqueda del paraíso que en ciertos días, que a ciertas horas, deja traslucir la silueta de una prima no tan cercana. Pasados algunos años, esa aventura y otras tantas las relata el protagonista con voz de autor que se ha adueñado, a más de los artificios de su maestro filial, de las pócimas encantatorias de los relatos policiales, de los relámpagos de lucidez que engendra la práctica del ensayo. Y fiel a su sangre, Federico Vegas titula su primera novela Prima lejana, con la complicidad de John Lange, como diseñador y como editor
Foto: Ana Luisa FigueredoIV
Nada le conté a mi hermano de aquella primera incursión más geográfica que histórica en el regazo de la tía Jane. Mis confesiones eran entonces silentes; me limitaba a escuchar, a comparar la magnitud de sus pecados con los míos. Siempre me absolvió esta proporción; sus habilidades fueron por mucho tiempo mi redención; me definía por retruque.
Poco después de marcharse la tía, él me explicaría cómo había encontrado la posición y el horario para verla desnudarse dos veces por día. Incluyó en sus meticulosas descripciones los pasos previos de tumbar el avispero y limpiar las telarañas que impedían contemplar con nitidez desde la pequeña y olvidada ventana en el borde del techo. Y luego, cuando ya lograba imaginarlo ascendiendo hasta su observatorio, cuando yo también sentía que estaba a punto de mirar, él paraba en seco su cuento y se iniciaban sus hermetismos: largos períodos en que, callando, jugaba conmigo. Sin una sola palabra, tan sólo con gestos y sonrisas meditabundas, me sugería que se había llevado una insólita sorpresa en sus turnos de vigilancia. Algo que no se podía contar, ni siquiera a un hermano. Cuando después de rogarle, de hartarlo con mis olfateadas serviles, él me respondía que no había visto nada, y aunque repitiera y repitiera que no había visto más nada que a la tía desnudarse y vestirse mil veces pelitos incluidos, ya la semilla del misterio estaba sembrada y sus frutos crecerían intactos por años. La nada no existe cuando la imaginación se desata.
Mi hermano me inició en esa virtuosa maldad que labra en el pecado un paraíso justo y desmedido. El se encargaba de inventar los cuentos que le daban perspectiva, referencia y algo de paz a mis malos pensamientos. Yo lo dejaba explayarse en sus embustes sin interrumpirlo, aguardando a que se colara alguna verdad. Pronto no le hizo falta exagerar ni mentir, llegó a tener secretos espléndidos que administraba torciendo la boca y mordiéndose la uña del pulgar. Lo que él contaba en medio de bostezos, a mí me dejaba sin respiración.
Al principio eran historias del colegio. De cuando agarraron en el foso de las gradas a dos de sexto grado que jugaban a Adán y Eva envueltos en ramas de trinitaria y con los interiores al revés para que parecieran pantaletas, de las cacerías de arañas con desodorante y yesquero, del sádico del túnel de El Cafetal, de la purga de los sirvienteros, de haber visto a un gargajo rebotar. Y así, hasta llegar a los temas centrales que todos queríamos escuchar.
Los niños de las riberas al sureste del Guaire formábamos un auditorio insaciable. En aquellos tiempos era forzoso que se grabaran en nuestro interior emociones indelebles. Reunidos en un terreno baldío lleno de gamelote y sentados en un tractor abandonado, siempre nos sentíamos al acecho, hablando de lo que estábamos a punto de traspasar, de palpar. Nuestras almas eran furtivas, aladas, ligeras, soñadoras, y, al mismo tiempo, vivían presas en zonas infranqueables. Teníamos energía de sobra para sobrevivir en el tenso ámbito de lo intangible, en un continuo vaivén insatisfecho. Podíamos aguardar por meses rondando fronteras de centímetros.
El fue el primero en avanzar y traernos noticias de la tierra prometida. Como un vigía generoso nos regalaba sus informes de exploración y alegría. Sabía darle a sus historias detalles que daba gusto repetir. En cada episodio había siempre una peculiaridad que era símbolo inolvidable y eje de lo verosímil. Era imposible que algo no fuera cierto si venía acompañado de un autoritario: "Déjelo que se salga solo", o un sumiso: "Ahora por qué no llega y me da un besito". Antes que nadie, él fue dueño de rochelas con nalgas de ballena y sórdidas parábolas con fragancia de anchoa, aureolas de talco y demostradoras de automercado. Con aquel arsenal de aventuras era capaz de guiar nuestros sueños. La belleza y el amor no eran el alimento de sus cuentos; él sabía bien que estos temas no pueden transformarse en palabras apetitosas. Donde hurgaba con acierto era en lo insólito, en lo cómico, en la fealdad simpática.
Con el tiempo comenzó a dominarlo un impulso irreprimible de contar, deseo que llegó a predominar sobre la experiencia misma. Fabricaba escenas que, antes de disfrutar o padecer, ya había transformado en palabras para ofrecerlas a nosotros. Después de oírlo hablar parecía cada vez más inevitable, y cada vez más imposible, que alguna vez nos sucedieran las mismas cosas.
Ahora, cuando por fin ha terminado nuestro espeso viaje a Paraguaná, comienzo a comprender que la unión con mi hermano se fundamentó en una exagerada promoción, casi vernácula, de la mujer como víctima a sacrificar, basada en el principio: mujer tiende a individuo, hombre tiende a especie. No fue tanto una vocación propia, sino más bien una intuición mutua de que aquél era el último reducto donde podíamos tener algún interés común. Mi madre advirtió ese proceso, y se retiró contenta, o al menos resignada, a observar desde lejos. Lo que más le importaba a mi madre era verme incorporado a esa extraña maraña llamada "los demás", y por fin me veía animado con algo, perteneciendo, entregado a una causa ordinaria.
Pero volviendo a aquellos años del tractor inmóvil, lo cierto es que, por demasiado tiempo, a mí nada me sucedía. Me sentía abrumado, enfrentado a un mapa de pistas incomprensibles. Había tardes completas en que la virginidad me parecía aceptable y natural; otras veces se convertía en una radioactividad por entre las coyunturas. Una vez, al ver en el cine una pareja de novios que hacía el amor en una casa abandonada, donde estaba por aparecer un tipo con careta y la clásica hacha castradora, mi cuerpo y mi mente tomaron caminos distintos. Por un lado, aquello me parecía tan fantasioso como volar o ser invisible; pero, al mismo tiempo, sentía que mi estremecimiento debía tener alguna justificación, algún desenlace.
Desde entonces han pasado muchos años, pero no importa lo que haga o me suceda, siempre me sentiré dividido, escéptico ante los placeres más obvios; y lo peor es que comienzan a gustarme estos aprensivos estiramientos.
Federico Vegas
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