País Especular

Si hablamos de pobreza…

Anduve por ahí buscando ese 80 por ciento que dando vueltas en mi cabeza se había convertido en persona: Pobreza. La imaginé con trazos dickensianos: en grises harapos y con largas greñas. Pero a ésa no la encontré.

Hice la vuelta desde el Centro por Oriente hacia el Sur regresando por Occidente.

Saliendo de Caracas encontré a una sin-techo rondando los matorrales que todavía distinguen a Guarenas de los suburbios de la Capital. El encuentro fue sorpresivo y nos asustó a ambas.

—Paz —le dije, y eso le pareció que tenía sentido.

—¿Viene de allá?

—De allá —le respondí, mientras nos observábamos tratando de encontrar códigos comunes.

—Vienen a por nosotros —y aunque más una afirmación que una pregunta, yo respondí:

—No, no llegan hasta aquí.

Chávez nos había dado un lenguaje común. Entonces le pregunté por la libertad y ella me habló del terror a la conscripción.

No, no estaba la "Pobreza" de Dickens. Esta mujer, de piel prieta y huesos corvados en adaptación mínima a nuestra benigna naturaleza, la pasa mejor bajo las estrellas y el sol, a la buena de Dios, sobreviviendo.

¿Que podía estar mejor, sirviendo a la República como profesional incorporada a la civilización? Cierto. Pero por la misma moneda esa civilización podría recluirla en una institución para dementes. O en un hogar-galpón para los sin-techo.

Mientras, esta mujer persigue mariposas y tras una se fue dejándome con la interrogante en la boca por el resto del viaje.

¿Eres tú una del ochenta por ciento?

Busqué deliberadamente en las zonas depauperadas. En el interior de Sucre, ese espacio guindando en la nada entre la costa alegre y el mágico Caripe. Allí encontré ignorancia pero no vi a Pobreza. Tampoco en Apure, donde quien menos tiene cuenta con un bagre o una tortuga. Ni siquiera en el Delta, entre los estados más pobres del país, y donde se observa los desplazamientos humanos provocados por el desarrollismo de gobiernos ricos.

Lo que encontré por doquier fue deterioro respecto a lo que yo conocía. Ríos, antes cristalinos ahora contaminados; niños mostrando nuevamente barrigas prominentes.

A Miseria la encontré donde la había visto siempre, en los estados ricos. En el Zulia y frente a mis narices, en la ciudad capital donde vivo. Y en todos aquellos puntos donde la civilización ha hecho algo por producir riquezas. La villas miseria auspiciadas por los partidos políticos; los desarrollos estériles del Banco Obrero, Vivienda, y Malariología; bares y cloacas drenando heces, latas y envases plásticos sobre la playa; las madres botando pañales desechables entre las rocas del malecón; los hombres tirando botellas y latas al río que los alimenta.

Deterioro por incapacidad para procesar y reciclar los productos de la civilización. Miseria provocada por desear los bienes de la riqueza civilizatoria; esos que no da la tierra ni el mar; pues no basta la yuca, el pescado ni el morrocoy.

Si me dejan silvestre, sobrevivo con el agua del manantial, el cambur y la limosna; hacinada en las ciudades me privan del agua clara y me someto a vivir entre desechos. Cloacas y agua corriente son nuestras primeras necesidades. Demasiada gente, insuficientes servicios.

La perversidad de la riqueza es su promesa de riquezas. ¿Por qué nos hacinamos? Porque la ciudad promete riqueza.

La pobreza es una enfermedad de la riqueza. En los sitios más prósperos del país, se deteriora la calidad de vida. Pero en todos se juega alguna lotería y a todos los confines llega el deterioro.

Parece una dinámica maligna inventada por diosecillos traviesos que han trocado "La dulzura del comercio" que llamara Montesquieu, en desigualdad creciente, apocalíptica. Mientras más ricos se hacen pocos, más pobres se vuelven muchos. La llaman desigualdad; cierta proporción 20:80.

Entonces busqué a Desigualdad, pero tampoco la encontré en esta tierra nuestra; o al menos, no la distinguí del 100 por ciento. No sólo todos carecemos de la primera necesidad: el agua clara; somos además poca cosa, en totalidad.

Si me hablan de desigualdad, he viajado algo y he visto demasiadas películas; y por estas costas no veo los yates de las Bahamas; ni las casas de Tiburón, ni los castillos alemanes, ni las catedrales de Francia. Ni grandes capitales, ni grandes emporios económicos.

Sólo he visto sus efectos; los costos de sus externalidades, en la nueva jerga de los economistas.

Externalidades difusas. La bolsas plásticas naranja y azul colgando de las espinas de los cactus en Falcón. Las vallas publicitarias poniendo vidas en peligro, apropiándose del espacio urbano, escondiéndonos la montaña. Las banderolas de los refrescos, retorcidas por la humedad, formando bóvedas inmundas sobre las calles en todos los pueblos de mi país. Los envases de margarina navegando por el río de mi ciudad.

He pensado algunas veces iniciar un experimento de arqueología urbana. Atravesar una red al curso del Guaire y estudiar los productos plásticos de mayor consumo.

¿Conocen ellos sus externalidades difusas?

¿Conocemos nosotros los costos difusos?

Más: ¿podemos llegar a rescatarlos?

Si vamos a hablar de Pobreza, hablemos primero de Riqueza.

 Ruth Capriles. Historiadora

 

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