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mar
de los sargazos
El Caribe es peligroso como los escorpiones,
como el arco iris gramatical del desamparo.
Los blancos están despiertos esta noche.
Una casa de tablas vacía junto al mar.
Escupo en los espejos azules de los alacranes
y pienso en las burlas,
en el rosario esparcido de las moscas.
Esta mañana el mar despertó envenenado
y prolijo sobre las inscripciones del abandono,
en la sal feroz de la rumia, la que inunda
la voluntad con hongos, pulpos, preguntas.
El mar es un esclavo quejumbroso.
Pregunto por las canciones, por la acabada
sombra de los plátanos bajo el techo del mundo,
por la vieja alegría enamorada que hoy rueda
quemada por el sol salvaje.
Son negro y odio las plantaciones.
Amo la limpia caída del asombro
pero las quemaduras avergüenzan.
Un rincón para dormir, ventilador de aspas,
una radio. Tal vez bastaría un cuarto
para dar por terminada la vigilia,
el sobresalto de las voces, allá fuera.
Razones y chillidos y vísceras oceánicas
que desvarían, plenas de grasa y hediondez,
en las naves que naufragan.
La noche odia Las Antillas. Pronto
es pedir demasiado. Pero cuánto
los barcos dejarán de andar con los ojos
pegados en las paredes, en el techo,
en las escamas que hablan lento y en voz baja.
La maldad tiene los ojos grandes, y las uñas
de los pies son largas como agujas.
La mar está pálida y sin gente.
Escucho los nombres de los náufragos,
las navajas que le dieron muerte implacable
al mediodía. La locura anda con un paño en la cabeza
y se ríe como una autista por la calles
empolvadas de luciérnagas.
El agua finge, simula cautelosamente ser algo
adherido a los cristales. El agua que opaca, ofusca
y perpetúa el fuego. Las lenguas donde hierven
las almejas y se revientan caras ilusiones invertebradas.
Rezo en un hospital de la costa:
caliente, sudoroso, mezquino.
Rezo y pregunto por los huecos en el sueño.
Por qué todo es tan oscuro bajo las estrellas.
Las palabras son terribles.
Pierden sentido, luz y el precipicio de la abundancia.
Está desconchado el pueblo,
los perros no volverán ni el alma que sonaba
en la dulzura del aire.
El mar está enfermo de escoriaciones. Jamaica
es alérgica como Martinica, y en sus ojos
las serpientes se enroscan como los castigos.
Es un lugar extraño este mar, donde pocos
hablan de la fiebre de la fatiga,
de las cuevas podridas de las flores.
Este mar pertenece al disimulo,
al paludismo y al ron blanco.
Lleno mi vaso y bebo en inglés
el dulce ron de los abismos.
Canto detrás de la piel fresca
de los cangrejos, intento
escaramuzas consoladoras:
privilegios de pobre.
El mar amaneció indiferente
y sin respeto por la risa;
el mar de sangre en el tintero,
más blanco que el asco.
Una oleada me marea junto al sueño.
Una ancha irritación en los ojos.
Una vigilia hostil, desconcertante.
Ya no puedo dormir.
Las manos heladas
no son buena señal.
Me apoyo en la pared
y pienso Pienso
en no comer
y en las islas.
Antes me bastaba
el agua fresca
para despertar.
Pero ahora pienso,
ahora pienso y me rindo.
Y no quiero saber más de estas
aguas coloradas, negras,
donde nadie espera por mí.
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