Crónica

LA GRAN GALERIA DE LA EVOLUCION EN EL JARDIN DES PLANTS DE PARIS

Un culto a la naturaleza

El arte de conservar animales muertos -taxidermia- hace posible que Gustavo Valle contemple durante su visita al Jardin des Plants de París "especies en peligro o ya desaparecidas". La Gran Galería de la Evolución, palacio dieciochesco que domina el fondo del parque parisino, "intenta practicar entre sus cuatro gigantescas paredes un desproporcionado simulacro: el de la totalidad de los seres vivos que pueblan el planeta". Una suerte de prolongación fantasmal de la vida


Vista del Jardin des Plants de París

Voy tras la pista del titánico y controversial Jean Louis Buffon, el naturalista francés del siglo XVIII, nombrado intendente de los jardines de Luis XV, y quien dio los primeros pasos para que el Jardin des plants de París sea, hoy en día, un verdadero complejo de historia natural donde las caminerías cartesianas del parque oxigenan las grandes galerías que se encuentran a su alrededor, repletas de esqueletos de saurios prehistóricos, amplios invernaderos ricos en flora de todas partes, minerales expuestos tras amplias vitrinas y todo el orgullo de la taxidermia francesa que ha petrificado para la educación del futuro una gigantesca porción de la fauna del mundo. En la entrada del parque leo con perplejidad y agrado los horarios de apertura y de cierre: "el parque abre al salir el sol y cierra cuando se pone". Esta silvestre programación ya revela el talante del lugar donde estoy entrando: no al imperio de la naturaleza, sino a su culto. Algo me dice en voz muy baja: "a partir de aquí tu reloj es innecesario; las revoluciones planetarias y humor del Dios-Sol marcarán todo fin y todo comienzo". Es invierno. Son las cuatro de la tarde y sólo me queda tiempo para entrar a la Gran Galería de la Evolución que domina el fondo del parque desde su sólido palacio dieciochesco. En el camino observo a un anciano incontinente que, con el pretexto de leer un letrero informativo, hace aguas sobre los tulipanes mustios de diciembre.

En algo se parece esta Gran Galería de la Evolución a la rescatada estación de tren del Musée d'Orsay: una única y amplísima nave de unos 6.000 metros cuadrados y de una altura aproximada de cuatro plantas sostenida por hermosas y oxidadas columnas de hierro forjado que soportan los pasillos laterales en forma de balconadas. Un poco despliegue tecnológico y otro poco imitación de los gabinetes científicos del siglo XIX, esta Gran Galería de la Evolución intenta practicar entre sus cuatro gigantescas paredes un desproporcionado simulacro: el de la totalidad de los seres vivos que pueblan el planeta. Para ello hecha mano de ese arte llamado taxidermia que intenta la prolongación de la vida no como energía vital sino como apariencia fantasma. La taxidermia viene a ser para la fauna de la Tierra lo que los museos de cera son para los seres humanos. Además esta Gran Galería es una suerte de templo del darwinismo, y por lo tanto una bandera ilustrada muy laica y muy francesa que explica de manera didáctica de dónde venimos los seres humanos y cómo la huella del chimpancé coincide con la nuestra.
El lector puede fácilmente imaginar el paisaje que ofrece esta formidable galería: desde los microorganismos submarinos hasta el antílope del ghonrongoro, desde el tiburón martillo hasta la paraulata de las selvas subtropicales. Jirafas, rinocerontes, tucusitos, ciervos, hienas, dantas y todo tipo de coleópteros e insectos minúsculos, todos ellos sumergidos en una escenografía inquietante y algo artificiosa donde la musicalización enigmática y la iluminación sugestiva ponen al visitante en el camino de un falso safari al precio de 30 francos con carnet de estudiante.

Paso de largo las llanuras de Nairobi y los pinares de Yossemite, dejo atrás al mapurite, al oso polar y al mastodonte para montarme en el ascensor de cristal y seguir los pasos extraviados de mi curiosidad en busca de algo, no se si animal o vegetal o mineral, que acabe con cierta sensación de agotamiento, cierta repugnancia producto de la mezcolanza descabellada entre un parque temático, los laboratorios de paleontología y los circuitos de explotación turística.

Un oso panda se aparece en mi camino. La verdad es que este osito, que ha despertado la sensiblería más televisiva y conmovedora resulta un poco blando a mi vista, excesivamente falto de toda característica propia de un oso: ferocidad, barbarie bien entendida y natural. Pareciera que primero fue el oso de peluche y después el oso panda. Y es que hay animales que por su excesivo uso comercial o institucional se han desnaturalizado hasta el punto de ser, simplemente, mascotas civiles; es decir, talismanes sucedáneos de un ser vivo, reproductibilidad del amuleto mamífero.

Más allá, un pajarraco de aspecto amigable, por no decir lerdo, me mira con ojos tristes. Se trata nada más y nada menos que del Dronte, mejor conocido como el Dodó de las islas Mauricio. Elaborado en yeso y cera en los laboratorios del museo en el siglo XIX, esta ave fantasma tiene algo de humano: sus alas son como los hombros de un paltó percudido y sus patas parecen las chanclas de un burócrata jubilado. El pobre desapareció de la faz de la tierra hacia 1660 y las expediciones que quisieron traerlo a Europa y salvarlo de su ruina siempre fracasaron: Dodó no soportaba las agitaciones e histerias propias de los viajes transoceánicos y moría, irremediablemente, a bordo de las naves. Ninguna especie ha logrado ser disecada, y lo que nos queda de este amigo remoto son sólo ejemplares "fabricados" un poco con el recuerdo y otro poco (¿o mucho?) con la imaginación… Acabo de entrar a la "Sala de especies en peligro o ya desaparecidas".

Sospecho que en otra época esta sala fue biblioteca. Las altas puertas de cedro y cristal, el espacio rectangular que ocupa y sobre todo los medios niveles que avanzan lateralmente a lo largo del recinto y a los que se accede a través de sendas escaleras de caracol, revelan que en otra época fueron los libros y no los animales extintos los habitantes de esta sala. Cuando la puerta se cierra tras de mí advierto un frío erizante que se apodera del lugar y el silencio invade la sala pese al sonido rítmico de un reloj que aún no logro ver. Soy, conmigo mismo, el único visitante. Me interno en la sala. Veo el caballo Covagga, mezcla de mula y cebra sin rayas, cuyo último ejemplar desapareció en el zoológico de Amsterdam en 1883. Veo el esbelto ciervo de Schomburgk cuyos cuernos poseían, según los chinos, numerosas propiedades para la farmacopea. Veo el pájaro Moho de Hawai, desaparecido a causa de sus plumas hermosas y amarillas que eran utilizadas para numerosas ceremonias rituales. Veo el Hippotrague blue, especie de antílope, uno de los primeros mamíferos africanos víctima de la colonización europea del Africa austral: su carne la utilizaban para alimentar a los perros de las patrullas de cazadores…

Un estruendo metálico rompe con la armonía de la soledad, el frío y el silencio que me acompañan. Se trata del reloj que ha marcado las ocho en punto y ha ofrecido un verdadero concierto de campanitas, engranajes y agujas metálicos. En medio de tanto muerto y desaparecido la presencia del tiempo mecánico es inquietante, quizás tenebrosa. Fechado en 1785 este reloj monumental perteneció a la mismísima reina María Antonieta durante el tiempo que vivió aislada en su refugio del Petit Trianon. Cuenta la historia que María Antonieta dependía del castillo de Versalles para saber la hora, pero un día todos los péndulos del castillo se detuvieron al mismo tiempo y la Reina solicitó de inmediato la construcción de un nuevo reloj destinado al campanario de la capilla del Petit Trianon, puesto que ella quería tener bajo sus ojos "la hora de Versalles".

El tiempo es una morisqueta del destino en esta sala repleta de seres que ya no existen ni existirán. Haría falta aquí un reloj que devolviera las horas pasadas y pusiera a girar a la inversa sus agujas para ver si la taxidermia retrocede hasta el momento en que estos seres, ahora fantasmales, estaban vivos y se reproducían. Pero en esta sala el tiempo lo es todo, y como dijo alguien, se hace irredimible. Entonces pienso: el frío y el silencio y la soledad de mi visita son, en realidad, producto del tiempo y sus numerosas trampas. Veo el reloj monumental de María Antonieta metido en cristal doble, exhibiendo su complejo mecanismo dentado, su maquinaria inexorable, infalible. Si ahora, en este minuto, se anunciase otro diluvio universal deberíamos incluir en el arca a estos seres de vitrina. La sensación de estar aquí, acompañándolos, puede acercarse a la del astrónomo que visualiza en su telescopio centenares de estrellas que ya no existen. La taxidermia es una ciencia barroca porque toda ella es representación, prodigio y decorado.

Veo el huevo de Aepyornis, llamado también de "Vorompatra", perteneciente a un gran pájaro de Madagascar. Es un gigantesco huevo de unos 35 por 20 cm, apuntalado en viguillas metálicas. El pájaro desapareció a principios del siglo XVII cuando los primeros europeos llegaron a la isla. No existe ningún ejemplar del pájaro disecado y sólo podemos verlo a través de su huevo, es decir, contemplarlo solamente en el instante previo a su nacimiento, como diciéndonos: "En mi principio está mi fin". En medio de todos estos animales extintos el huevo de "Vorompatra" viene a unir los dos cabos sueltos en esta sala: la muerte y la vida. La muerte de Dodó y la vida fantasma de Vorompatra. Esta vida fosilizada y aquella muerte irrecuperable se endurecen en mi mente y se constituyen en objetos tangibles, profundos, verdaderos. Entonces pienso: la soledad, el frío y el silencio de esta sala forman parte importante del universo: su testamento… Guardo mi libreta. Salgo. Es de noche. El parque ha cerrado. Escucho el grito ronco de un cuervo. Volteo y, dirigiéndome hacia la copa del árbol donde se posa, le digo: "tú no eres real porque no estás muerto".

Gustavo Valle. Poeta y ensayista

N° 50 Año IV
Caracas, sábado 15 de septiembre
de 2001
 
 
Tras Borges y frente a coyunturas políticas
La ironía metafísica
en Savater

(María Ramírez Ribes)
 

Creación
Lasse Söderberg, absorto
en la escritura

"Los días corren dentro
de mis ojos"

(poemas)

 

Reseña
Ana Teresa Torres entre los "avatares insólitos" de su oficio
El lugar
del escritor
(Judit Gerendas)

Crónica
La gran galería
de la evolución
en el Jardín des Plants de París

Un culto
a la naturaleza

(Gustavo Valle)
 
Fotografía
Sebastián Salgado, testigo de las miserias de una época
Crónica
del exilio
y la exclusión

(Julio Ortega)
 
 
 

 

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