Fotografía

Cuerpo y casa


Sin título (casita)

En la fotografía en blanco y negro de María Elena Alvarez Sin título (casita) de 2000, dos manos sostienen delicadamente una pequeña casa de juguete. En lo que parece una transitoria y aislada representación de una memoria distante y más completa, la imagen nos regresa a la experiencia de la infancia. Mínima y lúdica, la casita de plástico evoca también el mundo físico de la vida temprana. La casa representa para un niño el mundo entero, más aún cuando marca los límites de la experiencia además de protegerlo de la vastedad de la vida, y los peligros que entraña lo desconocido. Sin título (casita) registra esta concepción del hogar al establecer una relación intima entre cuerpo y casa. Las manos no sólo sostienen la casa; ellas son su sedimento mientras el cuerpo es su paisaje. El hecho de que el fondo sobre el que se asienta la casa sea un torso humano, permite hacer un paralelo entre cuerpo y casa; pero no sólo del cuerpo como hogar íntimo, sino de la noción arcaica del cuerpo como hogar prenatal.

Es por ello que no resulta extraño que el trabajo de Alvarez exprese deseo por la domesticidad hogareña, y también por un

Sin título (pétalos)

espacio íntimo y seguro; más aún cuando caemos en cuenta de que en la última década la artista ha llevado una existencia de desplazada. Nacida en Venezuela, vivió hasta hace muy poco tiempo en Nueva York; así su trabajo nos acerca a la experiencia del desplazamiento en un tiempo muy marcado por la pérdida de lugares familiares y seguros. Pero si la idea del desplazamiento es una de las claves de su trabajo, es porque esa condición constituye algo más que un dato de una historia personal. Al contrario de ser una vivencia individual, la experiencia del desarraigo es una de las características mayores que informa nuestro tiempo globalizado. Alvarez se repliega a las memorias personales del hogar -a los espacios y objetos de la niñez- en una época cuando, debido al incremento del turismo, podemos percatarnos de que los lugares públicos, aun aquellos geográficamente distantes, se parecen cada vez más. Como consecuencia, los hogares y las tierras natales ya no resuenan con el sentimiento de permanencia. De una manera similar, el mercado de arte internacional ha amenazado las identidades artísticas regionales, mientras que los medios fotográficos y ahora digitales como el Internet, han acelerado la movilidad de la imagen. Las imágenes fotográficas e instalaciones de Alvarez con sus referencias al hogar, al cuerpo y a un espacio traído del pasado, meditan sobre estos conceptos convergentes.

Como explica Roland Barthes en su libro Cámara lúcida, la fotografía parece sostener a la memoria pero también anuncia

Crinejas

su pérdida irrevocable. Por una parte, tiene la capacidad única de apresar sus complejidades cuando retiene y hace visibles la luminosidad de los rostros gracias a una técnica química, actuando como un sirviente fiel del recuerdo y un fetiche de uso cotidiano contra la muerte de la memoria. Pero, por otra parte, esa capacidad de retener la memoria es un hecho mecánico; la fotografía no puede encarnar una imagen de la misma manera que lo hace la pintura y la escultura. Esta idea nos ayuda a entender cómo la fotografía de Alvarez no es simplemente nostálgica. Su trabajo anuncia, también, la destrucción de una experiencia pasada. Las fotografías de esta artista, entonces, investigan la experiencia del desplazamiento como una condición física y psíquica, constituyendo esa dualidad una característica determinante de su trabajo. Como el cuerpo y la idea de hogar que Alvarez representa en su trabajo, la imagen fotográfica es al mismo tiempo portátil y arraigada.

En muchas de las imágenes de María Elena Alvarez, los cuerpos están fragmentados, reducidos, sacados de su lugar, y ello redunda en una calidad de desarraigo. Por ejemplo, en Sin título (casita), la pequeñez y el que la casa de juguete sea de plástico, nos confirma, en última instancia, la ausencia de un hogar real. En el fotograbado Permanencia de 2000, las flores que crecen en la palma de una mano expresan tanto el deseo de echar raíces, como la certeza de que el único suelo que tiene una persona desplazada es su cuerpo. En esta imagen, el cuerpo sin hogar, el cuerpo que ha perdido su suelo, se ha convertido en la tierra inestable y de turno sobre la cual crece la nostalgia por el hogar.

Mientras que Alvarez fotografía el cuerpo, también dirige su lente hacia los artefactos físicos de la niñez, registrando objetos tales

Juegos

como tacos de madera, casas de juguete, burbujas y flores. Su trabajo, no obstante, no especula tanto acerca de la naturaleza de los objetos sino en cómo los vemos y experimentamos siendo adultos, distanciados de nuestro contexto primigenio, en la infancia. A veces puede ser que los tacos deletreen los pensamientos de los adultos, como en el caso de Juegos de 2000, donde podemos leer escrito en ellos la frase "me duele". O a veces puede ser que la nostalgia de los pétalos que caen de una flor adquiera una calidad melancólica, como en Sin título (pétalos) de 2000. Podemos también apreciar en estas imágenes de qué manera las fotos de Alvarez ocupan un lugar en la herencia de la fotografía surrealista, desde el momento que la artista investiga las imágenes traídas del sueño y los deseos que emanan del inconsciente. Pero a diferencia de los surrealistas que elaboraron un cuerpo de imágenes para producir un shock psíquico, Alvarez examina lo psíquico en relación al desplazamiento geográfico y temporal. Las fotografías de la artista venezolana nos devuelven a las experiencias de la niñez y a las memorias tempranas del cuerpo (vemos close-ups de rodillas, manos y cabello), pero, al mismo tiempo, nos recuerdan la imposibilidad de recuperar el pasado. De igual manera que una imagen fotográfica muestra un objeto sin manifestarlo físicamente, la fotografía de Alvarez resulta una pantalla donde el pasado se proyecta sin necesidad de recrearlo.

Permanencia


Incluida en la exposición Fotografía reciente, en el centro cultural Latin Collector en Nueva York, está la instalación Casa propia donde Alvarez construye con sábanas blancas un refugio temporal para sus memorias fotográficas. También aquí el soporte para estas memorias -sábanas colgantes- tiene la misma calidad, frágil y móvil, que poseen las imágenes. En Casa propia, no obstante, Alvarez intenta insertar su identidad al alterar a mano las fotografías que ya sabemos son un hecho mecánico. Pero su intervención sólo indica el poder de la fotografía en el mundo inestable de hoy para desplazar, reproducir y reducir. La intervención a mano expone la fotografía como una señal, en igual grado, de anhelo y de pérdida. La obra de María Elena Alvarez expresa con elocuencia estos problemas al evocar la experiencia privilegiada de un niño que, mientras juega, reconoce las complejidades del mundo global.

Terri Weissman y TJ Demos. Críticos norteamericanos
Traducción: Tatiana Flores

N° 46 Año IV
Caracas, sábado 18 de agosto de 2001
 
 
 

Autorretrato
Acompañar
la vida
(Alejandro Varderi)

 
Artes Visuales
Los objetos
de Reverón y
el arte popular
(María Ramírez Ribes)
 

Grandes Firmas
Aviones de
ida y vuelta

(Alfredo Bryce Echenique)

Fotografía
Coleccionista de pérdidas
(Yolanda Pantín)
 


Cuerpo y casa
(Terri Weissman y
TJ Demos)

 
 

 

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