Ejercicio Literario

PERIODISMO Y LITERATURA

La voz del personaje

"…desde mí, el lector debía sentir al personaje", tal el mandato que se impuso Blanca Elena Pantin para oficiar el periodismo, y tal el mandato que honra cuando se erige en personaje que nos hace ver el trayecto que la condujo y que conduce el ejercicio del periodismo, entendido como una revelación de voces a través de la urdimbre de la escritura. Mucho le adeuda -asevera- al encuentro, entre otros, con Miyó Vestrini, Ida Gramcko y Adriana Borghero

Foto: Carolina Jiménez
Adriana Borghero

 

A Efraín Eduardo,
estudiante de periodismo

"El portero abría la puerta del diario
y la redacción,hasta la madrugada, era un
infernal tecleo de máquinas sobre escritorios
iluminados con viejas lámparas de contabilistas"

Fanor Díaz, de un reportaje, enero 1999
El Nacional

 

En el periodismo como en la poesía o la narrativa, o el ensayo o la dramaturgia, la escritura pasa por las lecturas y lo vivido. En ese sentido es un continuo diálogo entre voces que van y vienen. También media en todo esto el tallado de una sensibilidad. No podría decir exactamente cuándo y cómo se definió mi inclinación hacia el periodismo. Hubo, sí, siempre en casa, algún periódico dando vuelta y a partir de un domingo ese día fue también, además de panquecas, misa, juegos con los primos, almuerzos en San Pablo, el recogido placer de la lectura.

Seguramente en esos días -mi memoria todavía no es exacta para las impresiones de mi adolescencia, como sí lo es para los días de la infancia- debí leer algunas entrevistas de Miyó Vestrini y con ellas la irrupción de personajes que yo veía Al filo de la medianoche en esas tabernas que quedaron para siempre registradas en los trabajos y los días de la autora de Pocas Virtudes. También debí leer seguramente desde el papel, poesía y crónicas, notas, relatos, cuentos, de Elisa Lerner, Salvador Garmendia, Rafael Pineda, Adriano González León, Eugenio Montejo, Ana Enriqueta Terán, Alfredo Armas Alfonzo, Antonia Palacios. Y más acá, las entrevistas y reportajes de Luis Alberto Crespo (quien abrió generoso páginas de El Nacional a nosotros, quienes nos iniciábamos en el oficio) Nabor Zambrano, José Pulido, Pablo Antillano y después a voces contemporáneas a la mía como Maritza Jiménez, Carmen Teresa Valdez y Patricia Guzmán, Blanca Strepponi, Rafael Castillo Zapata, también Yolanda, mi hermana (poetas y autores, Blanca, Rafael y Yolanda, de crónicas de pulcra belleza), y más recientemente (Maracaibo y Caracas fueron -o son- absurdamente distantes) a Milagros Socorro. Hablaba, decía, del tallado de una sensibilidad. Con ellos fueron también otras voces y otras lecturas, débitos que estarán siempre en mí. Puedo nombrar a dulces ángeles de la guarda: Djuna Barnes, Jean Rhys, Marguerite Yourcenar, Truman Capote, Ray Bradbury, Francisco Massiani, Jack London y soy injusta con los arcángeles. Con ellos y en ellos fue formándose mi voz.

Revelaciones
Alguna vez (tampoco recuerdo con precisión el momento) alguien debió pedirme entrevistar a algún personaje. Y debí hacerlo. Sin poder identificarlo, tengo presente lo que en mí se impuso como un mandato interior: yo debía revelar al lector. Es decir, desde mí, el lector debía sentir al personaje. Acaso también pesó en mí la fascinación que profesé siempre hacia la fotografía y, particularmente, hacia el retrato como género. No bastaba realizar una impecable impresión, inobjetable a nivel técnico, del personaje. El obturador, el ojo, debía apuntar al interior y ver lo que no le está dado ver a la cámara. Si mi retrato lograba conmover a un solo lector consideraba que había tenido sentido.

Siempre vi con indiferencia el ejercicio de esgrima verbal entre entrevistado y entrevistador y con esto estoy desdiciendo de la entrevista entendida como el diálogo lúcido y coherente entre ambas partes. No me sedujo jamás esa competencia de inteligencia a inteligencia que no deja nada salvo la evidente tensión entre dos personas que compiten entre ellas con el solo y único placer de vencer al otro.

Foto: Archivo
Ida Gramcko

Hablo de la entrevista que se permite la construcción de un personaje, un ejercicio literario. Un tropiezo, para mí definitivo, fue el que tuve con Ana Mercedes Pérez. Un día cayó en mis manos el volumen de Memorias de Rafael de Nogales Méndez, de cuya existencia no tenía noticias (nadie me la había revelado y, de más está decirlo, creo en las revelaciones de este oficio, más todavía: la revelación es su esencia). Si me asombró la aventura de vida de ese personaje, tanto o más me maravilló el prólogo de ese libro editado por Biblioteca Ayacucho, firmado por Ana Mercedes Pérez. Mi primera y única pregunta después de leer aquella pieza maestra fue: ¿Quién es Ana Mercedes Pérez? Para entonces, en broma o en serio, varios colegas me respondieron: "¿Ana Mercedes Pérez?, pero si ella es pavosísima, Blanca Elena"; "¿Ana Mercedes Pérez?, está muerta", me dijo otro en tono triunfal, creyendo que pronunciaba la metáfora del mundo. Yo no me conformé. Otro, que entendió mi conmoción, me sugirió: "Pero llama a Oswaldo Trejo, él te puede decir". Y lo llamé. En el acto. Y Oswaldo, maravilloso como era, se sorprendió de que alguien lo llamara no por Nogales Méndez, que era lo que correspondía, sino por la periodista que reinó en las redacciones de los años cuarenta con toda su "cursilería" encima: guantes blancos y sombreros, "que así se hacían las entrevistas antes". Y encontré a Ana Mercedes en su pequeño, vital, apartamento de San Bernardino, atestado de libros, papeles, hermosas fotografías en blanco y negro y máquinas de escribir Remington, negras, que brillaban como locomotoras inglesas. Allí me recibió. Y allí me dijo:

"Yo no busco la figuración como periodista. No busco la cosa. Yo no vivo de esa gloria. Responsable sí he sido. He sentido el periodismo en la sangre. Los reportajes uno los hace, ¿cómo decirte?, uno hace los reportajes como una escultura. Uno esculpe al personaje. Y lo hace con cierta ética, cierta elegancia. A mí me mandaron varias veces a buscar noticias y no quise. No es lo mío. Lo mío son las entrevistas y los reportajes. Yo me enamoro del personaje: no como, no duermo, siempre con la idea de hacer un calco exacto, interpretar lo que esos personajes tienen por dentro. Hago las entrevistas a quienes me llegan. Si no es así, prefiero no escribirlas. No pierdo mi tiempo con los que no tienen nada que decir".

También actuó en mí como revelación el descubrimiento de la Ida Gramcko periodista, costado al que accedí gracias también a Luis Alberto Crespo, quien me encargó un día ese trabajo para la revista Imagen: "Pero, no puedo, Luis Alberto. No conozco nada de Ida Gramcko; no puedo hacer ese trabajo". Pero Luis Alberto insistió, cosa que siempre le agradeceré. Con la encomienda, me metí de cabeza en el archivo de El Nacional y allí me fueron entregando viejos y amarillos sobres con viejos y amarillos reportajes a Rufino Blanco Fombona, Teresa de la Parra, Enrique Bernardo Núñez… yo no lo podía creer. Y de esos papeles amarillos emergió la voz de la Ida Gramcko, periodista y cronista que por ahí, en uno de esos trabajos que algún día me prometió editar, dejó escrito lo que puede ser entendido como su ars periodística: "Hablar sobre cultura en un cuarto de hora, examinar, analizar temas de arte, volver la vista a Europa, retornarla a América mientras interlocutor y reportero se ven asediados por innumerables personajes inquietos, es una ambiciosa pero inútil faena. Generalmente el periodista dispara cinco preguntas y el interlocutor responde cinco respuestas. Luego aparece una entrevista donde la reflexión no ha intervenido, mucho menos la copia fiel y menos aún el estilo correcto".

Una tercera revelación: Miyó Vestrini. Su manera de asumir el periodismo me llegó, ya para quedarse en mí, una vez que investigaba sobre Alfredo Silva Estrada y di con una entrevista que le hizo para esa serie, Al filo de la medianoche. Creo que es de Pasillo de por medio (la conmovedora conversación entre ella y Salvador Garmendia), esta confesión de Miyó:

Foto: Archivo
Miyó Vestrini

"Era todavía una niña cuando tuve una discusión muy fuerte con mi madre. No recuerdo qué la desencadenó, pero sí mi protesta. Le decía: Pero si te digo que estoy segura, segurísima… Y mi madre respondió: Nadie puede estar nunca seguro de nada. Sentí una gran indignación pero esa frase sembró dudas que hoy no vacilo en calificar como sanas. A lo mejor, digo yo, me dediqué al periodismo por eso, para estar 'segura' de que siempre diría la verdad".
Y la verdad no es esa verdad objetiva, fría, mecánica, desangelada, desalmada que se rige y atañe por lo que la objetividad dicta. La verdad es ese personaje que emerge, tallado, esculpido, dicho y escrito por ese periodista que vio y atendió su voz, la voz del personaje.

Conmociones
Desde mi experiencia puedo hablar de las voces de Ana Enriqueta Terán, Lucila Palacios, Elizabeth Burgos, Reynaldo Pérez Só, Armando Rojas Guardia, Antonia Palacios, Francisco Massiani, Alejandro Rossi, Juan Sánchez Peláez, Salvador Garmendia…

Cada una de esas entrevistas supuso conmociones, pausas, silencios, respiraciones, confesiones y el paciente trabajo del tallado encontrando tiempo en el sin tiempo de las redacciones de los diarios. En ellas respeté la entrega del personaje, ese darse que se precipita cuando hay también entrega del periodista.

De todos, sin embargo, hubo una sola, la entrevista que le hice a Adriana Borghero, en la que lloré a medida que Adriana me decía el Sur, la tortura padecida, el dolor y también la rabia, su vida sostenida en credos donde no había lugar para la amargura. Fue una entrevista, además, hecha a una hora insólita en un lugar insólito: la redacción del periódico. Sólo el vigilante del diario fue testigo de ese suceso. A Adriana se lo dije: "Puedes anotarte un récord; primera vez que lloro con un entrevistado". Esa primera vez, debe ocurrir.

Blanca Elena Pantin. Periodista y poeta

N° 15 Año IV
Caracas, sábado 13 de enero de 2001
 
 
 
 

Tributo
Isaac Chocrón
Una vida puesta
al desnudo
(Victoria de Stefano)

 
 
 
 

 

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