UNA HERENCIA DE IMAGENES

El atlas de la memoria de Aby Warburg

Su condición de primogénito lo comprometía con la conducción de un imperio financiero,
pero Aby Warburg delega en su hermano este "privilegio" y opta por el mundo del arte.
Tal decisión, a ojos de Alejandro Oliveros, le asegura una riqueza, una ganancia distinta:
la inmortalidad que le certifica el haber levantado una invalorable biblioteca, que habría de llevar
su nombre y que desde 1934 pasaría a erigirse como instituto de investigación adscrito
a la Universidad de Londres. Pero es su último proyecto el que, asegura Oliveros, lo catapulta
y lo que más sorprende de "este judío privilegiado por la fortuna y fulminado por la demencia".
Bajo el nombre de Mnemosyne quiso armar un atlas de imágenes que tornara palpable
la reaparición de la antigüedad pagana durante el Renacimiento


Domenico Ghirlandaio: "La Ninfa". Detalle de
El nacimiento de San Juan Bautista


El apellido Warburg es familiar para los lectores de The Financial Times o The Wall Street Journal. Y antes, a todo lo largo del siglo XIX, para los que frecuentaban la sección económica del Times londinense. Como los Rotschild, los Warburg, a través de sus bancos, han protagonizado algunas de las operaciones financieras más importantes de los últimos doscientos años. No obstante, conocemos mejor el apellido a través de su aparición, nada infrecuente, en las páginas culturales de los periódicos más leídos del planeta. Nada más alejado de los intereses de la City o Wall Street, que el protagonista de estas menciones en las notas dedicadas a la cultura.

Se trata de Aby Warburg, hijo mayor del viejo Max Warburg, uno de los continuadores modernos de la dinastía. En su condición de primogénito, le correspondía a Aby, nacido en 1866, dirigir un imperio que contaba con sucursales en los grandes centros financieros de Occidente. Pero el destino de este heredero habría de cumplirse fuera de las sobrias oficinas de la banca Warburg, en Hamburgo. El sueño de sus ojos se dirigía a otra parte. Hacia el Sur, hacia la Italia del Renacimiento. Desde muy temprano, Aby estuvo seguro de su misión entre los hombres. Y cuando decimos temprano, no creemos exagerar. A los trece años, delegó la primogenitura en su hermano Max, a cambio de la promesa de comprarle todos los libros que hubiera menester para sus estudios durante toda la vida. No sabía Max que las escogencias de Aby serían tan costosas, ni que su avidez fuera tan difícil de saciar.

Dos fueron las empresas a las que Aby Warburg dedicó su fortuna, su voluntad y su amenazada lucidez. Una, la más conocida, le aseguró la inmortalidad: la fundación de la Biblioteca Warburg, más tarde convertida en Instituto de Investigación y, desde 1934, cortesía de Adolf Hitler, incorporado a la Universidad de Londres. La otra actividad a la que este estudioso dedicó sus días fue recogida, en 1932, en los tomos de sus obras completas. Son sus escritos sobre historia del arte, los cuales, me temo, son tan mencionados como poco leídos. Varias son las razones de la poca acogida de estos ensayos. Hasta hace relativamente poco no habían sido traducidos del alemán. Por otra parte, sus tesis distan de ser claras y, en ocasiones, no son del todo originales.

A pesar de las limitaciones, pocos historiadores del arte han sido más influyentes que este judío privilegiado por la fortuna y fulminado por la demencia. A su nombre, intuiciones y metodología, están asociados los nombres de pensadores como Ernst Cassirer, Fritz Saxl, Erwin Panofsky, E.H. Gombrich, Michael Podro, Frances Yates, Edgar Wind, Otto Kurz, y la generación más reciente de investigadores del Instituto Warburg: Nicholas Mann, John White, Charles Hope y Michael Baxandall.

Mnemosyne
Mnemosyne fue una palabra preferida de Aby Warburg. A las puertas de la biblioteca, en Hamburgo, el nombre se encontraba inscrito en grandes caracteres. Mnemosyne fue también el último, más querido e improbable de sus proyectos. La idea era elaborar un atlas de imágenes donde se mostrara la reaparición de la antigüedad pagana durante el Renacimiento. En esta "colección de láminas" trabajó hasta su muerte, en 1929. La empresa es una síntesis de las obsesiones de su autor. Y el más influyente de sus aportes a la cultura de nuestro tiempo. Warburg se proponía, y esto es poco menos que inimaginable, contar "un cuento de fantasmas para adultos" sólo con imágenes. Sin textos.

El "cuento de fantasmas" refería, por una parte, la reaparición de los dioses paganos en la plástica del quattrocento. Por la otra, indisociable de la primera, se quería demostrar, con imágenes, el componente dionisíaco en una cultura, la del Renacimiento, que Winckelmann había descrito como un triunfo de la actitud apolínea. Al final de sus días, después de haberse leído "todos los libros", Warburg decide expresarse exclusivamente con imágenes. Sus seis años en los corredores de la locura le enseñaron a desconfiar de la expresión verbal. La cerrazón de la conciencia le permitió acceder a un lenguaje más puro y revelador. No se trata, meramente, de que una imagen diga más que mil palabras. Esa es una reducción favorita de simples. Lo que se proponía era una manera más segura de leer el arte, de verlo más allá de la apariencia encantadora.

En Warburg no era sino una vieja convicción. Desde los lejanos días de su juventud se había convencido de la elocuencia y confiabilidad de las imágenes. Más es lo que sabremos del Renacimiento florentino contemplando las imágenes de sus artistas, que leyendo los tratados de los historiadores. El idioma de las imágenes es más comprometido y fecundo. La "Venus" de Botticelli es Simoneta Vespucci, amante de Lorenzo el Magnífico. La ninfa que corre a cubrir su desnudez nos habla del decoro y belleza espiritual de la joven. El maestro se ha inspirado en un poema para ejecutar la pintura. El autor del texto es Angelo Poliziano, miembro principal del grupo de protegidos que se reunían en el patio trasero del palacio de Lorenzo. Si leemos bien el cuadro, conoceremos cómo vivían aquellos patricios, protagonistas de uno de los mejores momentos de la cultura occidental.

Tal vez el aporte más permanente de Warburg a la historia del arte renacentista, sea también el menos original. Y esto es un signo de su seriedad. Acogiéndose a las observaciones de Taine sobre el arte italiano, y a las opiniones de Nietzsche sobre el arte de los griegos, Warburg llegó a la más apasionante de sus intuiciones. Se trata del descubrimiento del elemento dionisíaco en la pintura de los maestros del siglo quince, como Ghirlandaio o Botticelli. Warburg es un contemporáneo del Expresionismo alemán y uno de sus protagonistas mejor disimulados. No entenderemos nada si no descubrimos al expresionista en Warburg. Y lo fue en las mejores decisiones o aventuras de su vida. Desde su viaje a Nuevo México, que es una versión particular de las fugas arcádicas de los artistas expresionistas, hasta su devoción por la pintura de Franz Marc y su temporada en el infierno de la demencia.

Mnemosyne fue el medio para expresar una convicción brillante: el arte del Renacimiento no se comprenderá si no consideramos sus elementos expresionistas. El único en reconocer esta pulsión, en otro de los grandes momentos del arte, había sido Nietzsche. Todavía faltaba mucho para la aparición de Dodds. Warburg estaba convencido y se dispuso a comunicar su convencimiento a colegas y estudiantes de la manera más natural: a través de su atlas de imágenes.

Más que una convicción, es una obsesión. Todavía joven, había escrito en una carta a su madre: "Winckelmann, chère maman, no ha entendido nada. La serena grandeza de la que habla es de todo menos serena porque está animada por un espíritu dionisíaco, por un pathos que sólo Nietzsche ha entendido… En el Renacimiento, la figura humana se mueve y conmueve, goza; corre, combate, danza, padece, ama… En el Renacimiento regresa aquel pathos clásico que dota al cuerpo humano de un nuevo énfasis gestual" 1. Con su Mnemosyne, Warburg se consagra a desarrollar esta intuición, de acuerdo a esa "obediencia al problema que nos obliga".

Mnemosyne no es un libro, ni un atlas en el sentido convencional. Es un conjunto de ochenta y dos paneles numerados, en cada uno de los cuales se dispone una serie de reproducciones (fotografías) que se refieren a un aspecto del problema, el de la aparición del elemento expresionista, heredado de los griegos, en el arte del Renacimiento.

El panel número 46 es uno de los más reveladores de la colección. Es el de la "Ninfa", al cual Gombrich, en su biografía 2, dedica un capítulo especial. En sus veintiséis ilustraciones, Warburg demuestra, sólo con imágenes, siempre con imágenes, la irrupción de contenidos dionisíacos en una temática cristiana. Warburg llama la atención sobre uno de los frescos de S. María Novella. Se refiere, en especial, a una joven que entra por la derecha, con una cesta en la cabeza, en la pintura que Ghirlandaio dedica al "Nacimiento de San Juan Bautista". ¿Qué hace una figura como esta en la habitación de una parturienta? El personaje ha llegado desde el más profundo y sensual de los paganismos. Todo en ella es inquietante. Todo está en movimiento, todo provoca. Nada tiene que ver con ese espacio reprimido de la leyenda cristiana. Es una epifanía pagana. Una criatura de Dionisos, una ninfa portadora de los dones del dios ebrio. Las restantes imágenes del panel 46 de Mnemosyne refuerzan esta aguda percepción: la cargadora de agua de Rafael, una ninfa de Filippo Lippi, un dibujo clásico de la escuela de Mantegna, cinco páginas manuscritas de Lucrezia Tornabuoni, la madre de Lorenzo; una medalla de Giovanna Tornabuoni, y así.

Después de Warburg y su Mnemosyne no volvemos a ser como antes. Somos como el personaje de Rilke. No sólo vemos lo que se presenta a nuestros ojos. La mirada deja de ser pura percepción y se convierte en ejercicio existencial. Ya no sólo vemos. Con Warburg, estamos invitados a vivir el Renacimiento. A descubrir relaciones y correspondencias en el tejido de lo visual.

No sólo en el espacio iconográfico, sino en el más amplio y fracturado de la existencia. Las analogías se ofrecen a diario y Warburg nos estimula a darnos cuenta de su existencia. De las conexiones que existen entre las madres de Kosovo y las mujeres de Caravaggio. Entre la imagen de la madonna y los grupos escultóricos de Isis y Horus. O, cómo el mito de Apolo y Marsias reaparece todos los días en la humilde siringa de plástico de los amoladores de cuchillos a domicilio.

La de Warburg es la imagen del héroe abatido por la ira de los dioses. Seis años en un manicomio es una manera injusta de compensar la holgada vida de este hijo de banqueros judíos. La gran obra para la cual se sintió destinado nunca se escribió. Sueños fracturados, ruinas de un monumento que nunca existió. A diferencia de Benjamin, ese otro abatido con el cual Warburg mantiene tantas afinidades, los editores de su obra no encontraron mayores cosas para justificar las great expectations: "Sus escritos no pasan de ser un busto", señala el autor de la edición inglesa. No es que un busto sea algo menor en sí mismo. Pero es que los intereses de Warburg tuvieron las dimensiones del "Toro Farnese". Desde las ceremonias religiosas de los indios Pueblo de Nuevo México, hasta los "submarinos y naves aéreas de la imaginación medieval". A los setenta años de su muerte, el legado de Warburg es impecable. Lo fragmentario, lo abierto e inconcluso, el desplazamiento y lo inestable, la línea ondulada, el primum mobile, lo dionisíaco, en fin, son los signos que definen el legado de uno de los críticos de arte más influyentes del siglo veinte. Su gravitación sobre el siglo que comienza parece asegurada. Al menos así lo piensan los investigadores del Instituto de Investigaciones Getty, los cuales se han encargado de la edición de los escritos de Warburg en inglés 3.


Entrada de la biblioteca de Warburg en Hamburgo

Alejandro Oliveros

Notas
1. Francesca Cernia Slovin: Aby Warburg. Gli Specchi Marsilio 1995.
2. E. H. Gombrich: Aby Warburg. An Intellectual Biography. The Warburg Institute. University of London, 1970 (versión castellana en Alianza Editorial).
3. Aby Warburg: The Renewal of Pagan Antiquity. Ed. Kurt Forster. Getty Research Institute, 1999, pp. 859.

N° 43 Año III
Caracas, sábado 26  de febrero de 2000
 
 
 
Creación
 
 
Ultimo Sábado
 
Cine
 
Libros, Lecturas y Lectores
 
 
 

 

http://www.eluniversal.com/verbigracia http://www.eluniversal.com/verbigracia http://www.eluniversal.com