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Ficción
FERNANDO LLERAS
DE LA FUENTE
Confeso asesino de remedos
"Las tremendas
armonías que Wozzeck llevaba contenidas en su alma"
no sólo fueron
rescatadas por el compositor austríaco Alben Berg, el drama
del complejo personaje
alcanza hoy todo su espesor en manos de Fernando Lleras, quien opta
por convertirse
en asesino para vengarlo de la mediocridad
a la que lo sometiese la pluma de Büchner. El escritor colombiano
explora con ímpetu
en las entrañas del género y alcanza una obra que
no tardará
en ser advertida: La última muerte de Wozzeck, novela
a ser presentada
el próximo domingo 26

Foto: Oswer Díaz
Mireles
Para
Lleras, venerar y aborrecer son dos palabras que resumen lo humano
Han pasado muchos años
desde el estreno de Wozzeck. Muchos años desde la
muerte de Alban Berg, pero todavía este pobre mundo
que es el nuestro se sigue dividiendo entre quienes veneran su música
y aquellos que la aborrecen. Venerar, aborrecer, dos palabras de
pasiones tan frescas que parecen acabadas de nacer. Dos palabras
que resumen todo lo que mueve nuestras vísceras desde cuando,
quién sabe cómo, nos identificamos como humanos.
Creo que tan
intensos sentimientos provienen, por lo menos en mi caso, de que
Berg a la vez me llena y me deja suspendido, aunque de hilos
tan fuertes y tan finos que nadie más los ha tejido en este
siglo de grandes catástrofes sociales, políticas,
espirituales y
musicales.
Los textos de
Büchner envejecieron tan rápido como esas orquídeas
que ornan el pecho de las jóvenes en los bailes vieneses,
crucifican la música y nos dejan suspendidos a unos clavos
que acabarán por desgarrarnos sin provocar la muerte. Inversamente,
la música de Wozzeck alcanza alturas tan sublimes
que trama y personajes nos parecen simples y trágicas caricaturas,
remedo de grandezas espirituales frustradas e inalcanzables.
Cuando comencé
cierto día a escribir una novela sobre un hombre para el
cual el amor era lo más grande de la existencia, y para el
cual, también, ese amor, el Amor Todo, se había desvanecido,
jamás pensé en una de esas tremendas historias que
nos llegan desde que la memoria humana, ese improbable don de la
naturaleza, nos acompaña, alegra y enloquece. Ninguna imagen,
ni siquiera la de ciertos personajes de Elia Kazan que se
van muriendo como si empezaran a vivir, ninguna imagen digo, pasó
por mi cabeza, que no fuera la del miserable Wozzeck perdiéndose
entre las aguas de un lago inútil, casi idiota, mientras
que la orquesta de Berg le cantaba a su muerte mejor que
jamás lo hizo Wagner a los héroes de sus decadentes
Valhallas: ninguna escena, ninguna palabra, por hermosa que fuese,
podría jamás remplazar la muerte que se metió
delgadamente en los violines y se quebró cuando el telón
acabó por descender sobre el corazón inalcanzable
de Wozzeck, que acabamos de dejar allí, sobre las tablas.
En pocas palabras, la muerte del Wozzeck de Büchner
comenzó a parecerme inaguantable. Tenía, y no hay
otra palabra, que convertirme por algún tiempo en un asesino
profesional, que le diera a la música de Berg una
muerte digna de las tremendas armonías que Wozzeck llevaba
contenidas en su alma.
Todo esto, cómo
negarlo, no eran sino simples impresiones: dado que no sé
porqué ni cómo se escribe un libro, estas ideas no
me instigaron mucho, hasta el día en que Villegas
me dijo: "Lo que pasa es que usted es un perezoso. Quería
matar a alguien en su novela, y escogió a uno ya muerto".
Súbitamente,
mi propósito no podría haberme parecido más
simple: matar a Wozzeck como se mata una tremenda armonía,
como se resuelve un acorde, allí, en el infinito, al igual
que ciertas series matemáticas, para así lograr que
algún orden de belleza funda en la muerte los diversos y
a veces opuestos destinos que buscamos los hombres.
¿Cuál podría ser un puente entre este Wozzeck,
cuya música se encuentra herida por el texto, y mi texto,
irremediablemente herido por el silencio irreparable de Alban
Berg?
Fernando
Lleras de la Fuente. Narrador
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La
última muerte de Wozzeck
Pasaba por el parque,
cuando vio a la paloma coja. Tal vez no hubiera debido darle
una patada. Hubiera sido mejor ignorarla, o incluso matarla,
pero dejarla herida le pareció abominable. Había
hecho con la paloma como las gentes con él: lisiarla
y dejarla en vida. ¡Mutilarlo para que no pudiera volar!
¡Lo que sentía
era arrepentimiento! ¡El, Wozzeck, contrito!
Se acercó a la
paloma, que no hizo ni siquiera un esfuerzo por alejarse.
La tomó entre las manos y entonces recordó la
sempiterna historia humana: la acarició durante unos
minutos, y luego, con un gesto seco, le partió el cuello.
La mujer del coche, quien
aparentemente vivía en el parque, dio un chillido:
-¡Asesino! ¡Criminal!
¡Auxilio! ¡Socorro!
Wozzeck se acercó
a ella y depositó el cuerpo de la paloma junto al bebé,
quien no pareció alterarse en absoluto:
-Le hará mucho
bien crecer con la muerte al lado, señora.
La mujer, horrorizada,
dio otro alarido y trató de desmayarse pero no pudo:
no le quedaba otro remedio sino enfrentar la horrenda situación.
Optó entonces por lanzarse sobre Wozzeck y golpearlo
con la sombrilla.
Wozzeck la despreciaba,
pero sabía que la comprendía, y no hizo ningún
intento por defenderse.
Después de la
primera avalancha de porrazos, se limitó a decir:
-Señora, después
de hoy su vida nunca será la misma. ¡Acabo de
preñarla!
¡Su próximo
hijo será hijo de Wozzeck!
Ella lo miró,
desconcertada:
-¿Qué dice
usted? ¿Cómo se atreve?
-Usted se atrevió.
Acaba de adentrarse por un camino peligroso. Esta noche, cuando
su esposo la toque, usted dará un gemido de dolor.
Ambos terminarán muy tristes.
(Fragmento
de La última muerte de Wozzeck de Fernando
Lleras de la Fuente /
Villegas Editores / Bogotá 2000 / Ilustrado por Manolo
Valdés).
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N°
7 Año IV
Caracas, sábado 18 de noviembre
de 2000
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