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Fotografía
SEBASTIAN
SALGADO, TESTIGO DE LAS MISERIAS DE UNA EPOCA
Crónica
del exilio y la exclusión
Testigos de los
desastres del mundo, víctimas de las guerras, las catástrofes, el
hambre
y la pobreza, habitan durante los últimos siete años el lente del
fotógrafo brasileño Sebastián Salgado. Trabajo recogido en la muestra
Migraciones: la humanidad en transición, que presenta
el Centro Internacional de Fotografía (Nueva York). Un testimonio
que dice a Julio Ortega
de la deshumanización, del fenómeno social que cierra un siglo y
abre otro:
"cuerpos despojados de casa, región, lengua y nación"

Foto: Paco Campos/EFE
El lente de Sebastián Salgado tras las
"olas migratorias" de 35 países
En
el Centro Internacional de Fotografía (Nueva York) la nueva
muestra del brasileño Sebastián Salgado (Minas
Gerais, 1944), "Migraciones: la humanidad en transición",
recoge el producto de su trabajo fotográfico de los últimos
siete años en treinta y cinco países donde las olas
migratorias tuvieron en su arte impecable e implacable el mejor
testimonio del fenómeno social con que termina un siglo y
otro empieza. Estas fotografías siguen las huellas de esas
tribus de la migración, y en ellas vemos cómo los
excluidos huyen de una orilla y pasan a la otra como si remontaran
la historia de la modernidad. Estos cuerpos despojados de casa,
región, lengua y nación, nos miran desde su abismo
con grandes ojos alarmados y desnudos. Son las víctimas de
las guerras, las catástrofes, el hambre y la pobreza; pero
son también los primeros héroes de las fronteras,
que cruzan habiendo salvado la vida, testigos del desastre, hechos
en el relato de su precaria salvación. De ese gran relato
nomádico, estas fotografías son un primer documento
en carne viva.
Lo primero
que el espectador encuentra en esta muestra es lo más inmediato:
la actualidad de estas guerras étnicas, las columnas de víctimas
de Bosnia, los remotos kurdos y los iraquíes refugiados,
los vietnamitas de los botes y los africanos en las pateras
Otros desplazados son menos patentes pero así mismo actuales:
los indios del campo ecuatoriano, los niños africanos, los
campesinos brasileños en sus nuevas tierras, los más
pobres que rodean a Hong Kong. Después de todo, Salgado
es un fotógrafo que ha desarrollado el arte documental del
género "fotoperiodismo", un ensayo visual que descubre
en la actualidad un escándalo moral en la deshumanización
que nos excede. De allí que nos encontremos con la violencia
como noticia, con el desplazamiento como actualidad, con la miseria
como memoria inexhausta. De allí también que, enseguida,
las ampliaciones en blanco y negro de los campesinos pobres, los
rostros de los niños que nos miran, los muertos velados en
Chiapas, se nos impongan excesivamente, porque podemos ser fácilmente
abrumados por la acumulación de las evidencias. El efecto
demostrativo de una foto se convierte en peregrinaje en este laberinto
de agonía.
Nuestras reacciones
a esta multiplicación de la imagen son parte del diálogo
con un arte emotivo, más poderoso cuanto más sobrio,
y más intrigante cuanto más evidente. Porque la agonía
de un grupo puede ser explicable, pero la repetición de la
diáspora, el exilio y la exclusión terminan excediendo
cualquier explicación. En este diálogo, el espectador
busca defenderse: para unos, la fotografía del dolor, en
sí misma, es una elocuencia ambigua; por un lado, denuncia,
pero por otro convierte en estética la penuria del otro.
El límite de la fotografía testimonial es el silencio
del testigo: alguien habla por él, y toda mediación
es un filtro de control. Pero por otro lado, sería peor la
pretensión de una total transparencia; esa ingenuidad reemplazaría
la distancia sutil entre el fotógrafo y su tecnología
de la mirada, y el sujeto y su cuerpo inscrito en nuestra información.
Lo cual querría decir que el fotógrafo y el espectador
saben más que la víctima acerca de su condición
sufriente. Pero esa manipulación forma parte de la naturaleza
del acto fotográfico y cada artista la resuelve a su modo.
Salgado, con una larga experiencia de representar la miseria
contemporánea en varias de sus formas extremas, discurre
con precisión prolija y sensibilidad discreta entre sus sujetos.
Los fotografía en un instante de asombro: en el momento en
que la imagen convierte al tránsito errático en transición
del sentido. Con todo su dolor, estos sujetos sostienen la mirada
desde su propia significación. No son solamente víctimas,
son agentes que denuncian una época y, por eso, los vemos
más vivos en la foto, encendidos en la lucidez de su propia
conciencia.
El arte de
Salgado se define como una implicación en la parte
del sujeto: sus fotografías no ocurren desde nuestro lado
sino desde la orilla del otro. Pero, al mismo tiempo, acorta nuestras
distancias, entiende nuestras defensas y miedos, y nos hace pasar
del escándalo del pensamiento a la emoción moral.
Es imposible no ceder, finalmente, ante la mirada de esos niños
que nos preguntan por ellos mismos.
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| Refugiados
de Kabul en el campo Shamak, Afganistán, 1996 |
La formalidad
severa del artista hace que esa sensibilidad sea sobria pero cierta.
Este es un
arte maduro de ver el desvivir contemporáneo desde la orilla
del otro como si fuese, que lo es, también nuestra.
Pero todavía
aguarda al espectador otro papel: reconocerse en alguna saga de
la muestra. Lo vemos pronto con los grupos de público que
se agolpa frente a las fotos de su propio linaje: no en vano en
Nueva York coinciden todas las tribus de esta épica nomádica.
Es casi un abuso de la mirada detenerse a contemplar a esas pequeñas
damas kosovares observando las fotos de su reciente familia. Pronto
vemos que el público del museo se duplica en las fotografías
y varios grupos ponen a prueba su memoria tribal. La actualidad
del arte de Salgado rebasa ahora el marco de su testimonio.
Desde Walter
Benjamin sabemos que la fotografía es una imitación
tecnológica de la naturaleza, y que su reproducción
mecánica no nos aleja, necesariamente, de lo real sino que
bien puede revelárnoslo en su campo de visión moderno.
Ese momento fluctuante en que el arte fotográfico es una
segunda naturaleza, tan persuasiva como su modelo, no lo condena
necesariamente al artificio sino que traduce las formas de la conciencia
instrumental contemporánea. Roland Barthes y Susan
Sontag, entre otros, han puesto en primer plano el carácter
mitologizante de la fotografía, que al pasar por el mercado
de los medios se convierte en emblema del consumo bien pensante.
Por ello, una foto del otro puede saldar la mala conciencia, en
la misma medida en que la foto de un objeto precioso lo hace nuestro.
Por eso, los grandes fotógrafos siguen demostrando que lo
más misterioso no es lo menos conocido sino lo que puede
hacerse parte de nuestra conciencia. Esa dimensión política
de lo cotidiano aparece, finalmente, en la obra de Salgado
no sólo como denuncia y crítica sino también
como la extraña vecindad de lo más primitivo y lo
más delicado. Los rostros de los niños nos descubren
esa ambigüedad de la condición humana tocada por la
violencia.
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| Sin
tierras, Brasil, 1996 |
Esos niños
nos miran de pie, de frente, suspendidos de nuestra propia mirada.
Con destreza, Salgado los perpetúa no sólo
desde su lente sino desde nuestra presencia. La vulnerabilidad de
lo vivo se hace patente en la luz de esos ojos inmensos. Auscultando
esos rostros que se acrecientan en sus ojos, uno sospecha que el
arte de Salgado ha capturado aquí la actualidad desde la
perspectiva de la historia del arte: estos rostros se nos imponen,
al final, como una galería de máscaras y frescos antiguos,
quizá egipcios, tal vez medievales, donde las miradas se
abren sin tiempo, en puro asombro. Estos niños bien podrían
ser mensajeros de un más allá que empieza aquí
mismo.
Pero no es
preciso ir tan lejos. Mi hija Kara, con quien recorro esta muestra,
se ha detenido más tiempo entre las fotografías de
estos niños de su misma edad. Veo que los mira mirarnos como
si fuese un juego de reconocimientos: los niños, después
de todo, suelen comprobar en la mirada del otro su propio lugar.
Estos niños africanos, mexicanos y brasileños son
sobrevivientes de los capítulos de la modernidad, pero tienen
tiempo por delante para rehacer el espacio de la mirada mutua. Como
ha dicho Salgado: "La idea de Retratos de Niños
del Exodo surgió en Mozambique
Yo ayudaba a fotografiar
grupos de personas para reencontrar a sus familias".
De ese reencuentro
esta muestra da testimonio de fe.
Julio
Ortega. Escritor peruano
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