Foto. Vasco Szinetar
Antonia Palacios avizoró la incertidumbre del ser

"Y de pronto parece que la muerte alumbra"
y espanta el dolor con el que ofició el vivir,
íngrima, en medio del jardín en el que,
embalsamada de belleza, se fue enterrando
siempre al golpe de las horas, tras el silencio
del poema que no cesó de escribir nunca, aun
cuando convocaba a la mesa para ensordecerse
con la voz de los tantos que integraron el Taller
Calicanto, el taller y la revista que tornaban más
largo su desvelo. No le temió sino a sí misma,
a ese vértigo, a ese temblor incandescente
llamado Antonia Palacios (1904-2001), la misma
y muy distinta a Ana Isabel, una niña decente,
la de la prosa y la narrativa exhumada
de la palabra poética absoluta, la confinada
al fondo de las tantas páginas, que fueron libros,
que son títulos, escritos mientras divisaba
el infortunio, y fatigada ya de alzar tanta memoria,
trataba de olvidar la eternidad del día. "Y recojo
mis gestos, y repliego mi aliento, amordazo mi
voz y toda yo soy silencio oculta entre lo oscuro".
Oscuridad audible por nadie con sed de anécdotas,
oscuridad audible apenas entre los helechos
y la cristalería de la casa de Altamira, en la que
"No hay espacios ni columnas ni aleros donde
aniden pájaros inquietos", allí donde a lo largo
de sus boquillas y entre las cuentas de sus collares
se afanaba en tapar sus hendiduras

N° 24 Año IV
Caracas, sábado 17 de marzo de 2001
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

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