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Huellas
PARA
RESPONDER A UNA CITA
Liscano
y Garmendia, más allá
Toda la vida
que concentraran en sus obras Juan Liscano (1915-2001) y Salvador
Garmendia
(1928-2001) no cesa de irradiar comentarios y torna cita impostergable
volver sobre su gestación.
Así lo encara el escritor colombiano Juan Gustavo Cobo Borda quien,
como rememorando
el interés con los que visitara cada título de estos dos intelectuales
venezolanos,
alude a "la dimensión espiritual e incluso esotérica" de la escritura
con la que Liscano intentara "rasgar el velo de las apariencias",
para proseguir su tributo delatando "el gusto iconoclasta
por mirar lo que no se debe" y el hechizo de la "variopinta humanidad
de seres anómalos
y animales próximos que levitan" en los libros de Garmendia

Foto: Esso Alvarez
Juan Liscano y el misterio
"La
mujer como devoración y enigma (
) Amor
y poesía, bien vale la pena ser justos con su imagen
suscitadora y creativa. La imagen que bien supo Juan Liscano dilucidar
bajo tantos espejismos"
"
varios
de sus libros de relatos (
) nos sorprenden
aun con su, cómo no, estremecimiento nuevo (
)
Sigámoslo oyendo, en sueños, pues Garmendia
no ha terminado aún de cantarnos su cuento"
Juan
Liscano
Luego de una infancia de niño bien pasada en Suiza, Bélgica
y Francia, Juan Liscano volvió a una Venezuela donde
desarrollaría, hasta su muerte, su vasta y controversial
tarea de folklorólogo, animador cultural, periodista, ensayista
y poeta. Si enumero todos sus quehaceres es porque el repaso de
los mismos termina por confluir y marcar su creación poética.
Es evidente
que sus recopilaciones de música, leyendas y fiestas populares
incidiría en ese libro unitario de poesía, Nuevo
Mundo Orinoco (1959), donde su ancho verso se impregna de un
telurismo americano en el cual el pasado indígena y el magma
del mestizaje se funden bajo el sol alucinante del trópico.
Esa tierra muerta de sed, como titularía otro de sus libros,
donde el petróleo, nervio y estigma de Venezuela, determinaría
un enfoque próximo al Neruda del Canto general.
De esa preocupación
nacionalista por un país asolado por las dictaduras, de Juan
Vicente Gómez a Pérez Jiménez, surgiría
también su indeclinable interés por la obra de Rómulo
Gallegos, el efímero Presidente derrumbado por un golpe
militar, cuya narrativa estudiaría en detalle. Lucha política,
exilio, y la solitaria e inerme figura de un intelectual, como Gallegos,
en la vorágine del poder, reforzarían en Liscano
su proseguida y constante defensa del debate democrático.
Generoso y
apasionado, mantendría durante veinte años (1964-1984)
su revista Zona Franca donde se harían visibles sus
obsesiones y sus admiraciones. D. H. Lawrence. Krishnamurti.
La figura de Octavio Paz. La concreción de una poesía
donde cuerpo e intelecto cruzaran sus signos. Todo ello daría
como resultado algunos de sus momentos más puros e intensos,
como Cármenes (1966), surcado de fulgores eróticos.
De otra parte ensayos como los que dedicó a las obras de
autores argentinos como H. A. Murena, Olga Orozco y Alberto
Girri, demuestran su interés en un despojo reflexivo
y en un tono mágico y oracular como el que distinguió
a Eunice Odio y Alejandra Pizarnik, también
estudiadas por él.
Preocupado
luego por una dimensión espiritual e incluso esotérica
su escritura se opuso al horror de la historia, señalando
su distancia crítica con la izquierda armada en su país
y en el continente. Se volcó así en una exploración
interior, de carácter gnómico, que a través
del poema breve y destellante buscaba rasgar el velo de las apariencias.
Por su parte,
en las columnas regulares del periódico El Nacional de
Caracas analizaría los temas álgidos de la época:
comunismo, drogas, sectas, feminismo, rock, consumismo. Siempre,
ligado a la vida cultural de su país dirigió Monte
Avila Editores de 1979 a 1984 y las nuevas generaciones tuvieron
en él un interlocutor vehemente y apasionado. Egocéntrico
y generoso a la vez.
Parecía
no tener reposo y por ello su obra no dibuja una parábola
armónica. Siempre tensa y ansiosa, se abre en una búsqueda
impaciente y llena de altibajos y fracturas. Tradicional, a pesar
suyo, sus innovaciones cambian con frecuencia de rumbo. Quizás
por ello sus últimos poemas, como los recogidos en Resurgencias
(1995), registran la desaparición inexorable del pasado rural
en una ciudad también febril como Caracas. Se había
quedado sin tierra.
Así
las casas de la infancia y su recuerdo evanescente asoman frágiles
a esa casa del ser que el poeta busca edificar con su verbo rememorante
y nostálgico:
"Somos
hoy los inestables transeúntes de las nuevas ciudades brotadas
entre los escombros de los pueblos nativos. Pasamos sin saberlo,
de lo acabado a lo reciente desconocido y malgastado ya".
Esta búsqueda
imposible de un origen sólido se enlaza con su último
y ambicioso libro de ensayos: Los mitos de la sexualidad en Oriente
y Occidente (1988). A partir de la mitología indígena
de su patria se interna en una dilatada exploración de la
sexualidad femenina tanto en Oriente como en Occidente. Orfeo e
Isis, gnósticos y cátaros, sufíes e indígenas
de la Gran Sabana (la misma a partir de la cual Carpentier
trazó Los pasos perdidos) dibujan esa constelación
incandescente bajo la cual también Liscano entregó
su vida. La mujer como devoración y enigma. Como luz terrible.
Rebelión y crítica. Amor y poesía, bien vale
la pena ser justos con su imagen suscitadora y creativa. La imagen
que bien supo Juan Liscano dilucidar bajo tantos espejismos.
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Foto:
Lisbeth Salas-Soto
Salvador Garmendia y el hechizo |
Salvador
Garmendia
He puesto sobre la mesa los 25 libros suyos que tengo y repasando
carátulas, dedicatorias y subrayados he visto emerger, como
en sus relatos, la entrañable figura de mujick de manos pequeñas
y poblada barba, que desplegó una envolvente, inagotable
escritura, para hechizarnos con su magia material. No sólo
la de una ciudad, Caracas, que parece agrietarse bajo su incisiva
mirada, sino una variopinta humanidad de seres anómalos y
animales próximos que levitan, fornican, se expanden o se
desmoronan bajo una ceñida prosa de relojero poético.
Siempre precisa,
siempre a ras de tierra, capaz de captar todas las inflexiones del
habla popular, pero también siempre dispuesta a volar y a
desnudar el reverso de las cosas. No era sólo la asepsia
del "noveau roman", como se dijo en sus comienzos.
Era la impura mezcla de exudaciones, asperezas, tics y smog,
delirios y fantasmagorías, propia de nuestras ciudades latinoamericanas.
El título
de su primera novela: Los pequeños seres (1959) fue
una definición, pero su espacio más propio era el
del cuento, la viñeta, o el perfil que más que ceñirse
queda abierto en su evasiva sugerencia de lector de Rimbaud
y los románticos alemanes. Humor y erotismo tiñen
esas existencias planas y un trasfondo campesino aún alienta
en medio de la modernidad precaria (guerrilla y pobreza) de esa
Venezuela saudita. Pero esa realidad rugosa e hiriente se nos vuelve
vapor fantasmal en sus páginas maestras.
Así
lo sigo viendo, en diciembre de 1970, en Cabimas, una tierra yerma
sobrevolada de zamuros. El basurero que dejan las multinacionales
petroleras luego de haber extraído el negro tuétano
con sus implacables martillos gigantes que ahora golpean en vano
el cielo. De la libérrima aventura surrealista de El techo
de la ballena, en los años sesenta, le quedó un
gusto iconoclasta por mirar lo que no se debe, y su prosa obsesiva
tiene algo del gusto del voyeur. Un homenaje a la necrofilia
(1962) fue el más sonado escándalo del grupo, donde
poetas, pintores, y otros narradores como Adriano González
León descubrían como, bajo el asfalto, late el
infierno de la represión o del desquiciamiento psicológico.
Pero Garmendia
volvió a las fuentes clásicas de Salgari, Conrad
y Melville para rehacer su mundo de esmirriadas prostitutas
y recamadas estrellas de radionovela. Un espléndido mal gusto
de ciudades vertiginosas, con música de Daniel Santos
al fondo, por donde avanza el magma en constante expansión
que no podía ajustarse nunca a las convencionales restricciones
de novela y cuento. Los cuentos fundidos nos dan un relato inagotable,
como en Las mil y una noches, reproduciéndose a sí
mismos en una inagotable invención. Era un narrador nato.
Al final de Los pies de barro (1973) escribía:
"Las cosas que pasan en la vida de uno no tienen por qué
tener un desenlace convincente como si tuviéramos que servirnos
de ellas después para hacer un relato entretenido o sorprendente
y dejar encantado a todo el mundo" (p. 297).
Pero varios
de sus libros de relatos como Doble fondo (1965), Extraños,
difuntos y volátiles (1970), El único lugar
posible (1981), La casa del tiempo (1986) o La media
espada de Amadis (1998) nos sorprenden aun con su, cómo
no, estremecimiento nuevo. El de ser uno de los más fieles
y recursivos narradores latinoamericanos. El de haber convertido
el cuento en arma flexible y certera para alterar el mundo y depararnos
satisfacciones insospechadas. Sigámoslo oyendo, en sueños,
pues Garmendia no ha terminado aún de cantarnos su
cuento.
Juan
Gustavo Cobo Borda. Ensayista y poeta colombiano
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