Creación

UN NUEVO CICLO NARRATIVO DE ALEJANDRO VARDERI

Amantes y reverentes
en la porosidad del papel

Más que Amantes y reverentes ha habido en la intensa trayectoria de Alejandro Varderi
(Caracas, 1960): más tanteos entre los cuerpos y en el corpus de la literatura; así, hizo públicos
sus apuntes Para repetir una mujer (1987) y su Anatomía de una seducción: reescrituras
de lo femenino
(1996). Ahora y nuevamente desde Nueva York (donde reside desde hace más
de dos décadas y donde hoy convertirá en performance el acto de presentación de su última novela), convoca a los lectores para compartir con ellos, tal y como lo hacen los personajes
que recrea en el fragmento que nos adelanta, un cigarrillo, el bulevar de una ciudad
(vuelta al Gran Café de Sabana Grande), la estereofonía de un bolero
y de un desarraigo -geográfico, amoroso, sexual-


Foto: Archivo

Cuando Nicolás y Camila lo veían en las noches del hueco tomándose una cerveza con el dinero conquistado horas antes, tampoco se acercaban sino quedaban suspendidos, observándolo desde la zona en sombra de las escaleras. Nicolás, dejándose los ojos oscuros, el rostro invisible en la penumbra de unas facciones que esa misma penumbra le permitía conservar borradas a la mirada de quienes reían más abajo, gesticulaban, o bailaban sin hablar, a fin de no romper el aislamiento que el lugar exigía. Uno podía entonces unir mentalmente a la muchacha de minifalda azul y medias rojas caladas sosteniendo un ron, con el tipo de botas vaqueras, chaqueta marrón de cuero y lazo de pajarita, cuyo rostro muy cuidado combinaba perfectamente con la cabellera negra que ella había dejado caer sobre el trago: inclinación natural de los labios, que no oficiarían sin embargo como fogata; pues él sólo querría abrasarse en la boca de quien, apoyándose contra una columna desde un pantalón negro ajustado a la cintura por un pañuelo del mismo color y camisa blanca de seda, también bebía, acariciándose la barba muy cuidada que tampoco haría bosque en el rostro del otro. Allí sólo se bebía o compartía una dosis de cocaína para acelerar la percepción de los gestos, del movimiento continuo de las caderas contra la rockola, la excursión a diferentes mesas pero sin intentar establecer relación alguna, hasta el punto de no saber si había sido el hastío o el temor al Sida lo que canceló entre todos ellos la posibilidad de fundarla.

Camila sentada junto a Nicolás mirando a Alvaro jugar con la fauna, viéndolo provocarla, tentar al conjunto.

-Dónde esos lugares en que se toma conciencia de la vida -le decía a Nicolás- porque aquí uno la pierde; uno no sabe, se desperdicia… y cuando consigues finalmente llevarte a uno de esos pocos tipos bellísimos, que no sea gay, tampoco puedes abandonarte completamente al sexo: ¿estará él limpio?

¿estaré yo arriesgándome a...

-¿La muerte?

-Una isla blanca: Grecia, por ejemplo, porque la muerte es lo único que realmente perfila el contorno de los seres… ¿ves a Alvaro? Si bosquejas su silueta al seguirlo entre las mesas, observarás el placer con que la tienta; pero un placer que no busca seducir a quien pareciera estar dirigido, sino más bien revertirlo en él.

-Como si los demás fuesen el espejo donde suspender un proceso de autoseducción, le he dicho yo muchas veces. Aunque no debemos asombrarnos por ello, pues esa actitud es la misma que adoptan todos. Fíjate cómo se miran y caminan de un lado a otro. Pareciera que ya sólo nos conformamos con dar vueltas alrededor de todos, incluso de nosotros mismos. Se ha neutralizado el deseo, Camila, ¿te das cuenta?

-Y nos ahogamos al no poder alcanzar los bordes de nuestra isla. Perecemos por exceso de humedad, sin poder secarnos siquiera la cerveza, que cae desde los vasos vecinos y nos moja el lado derecho del cuerpo, calándonos hacia adentro. Regresamos entonces solos a casa para que al llegar y desnudarnos, permanezca adherido a la piel el olor de este lugar que nos persigue; pero no el que abandonaremos con la noche sino el que internamente ocupamos, colgándonoslo del pecho como una insignia con la cual distinguirnos del grupo que seguirá bebiendo y haciéndose ficticiamente la corte. Nosotros no participaremos, pero esa abstinencia tampoco nos garantizará la lucidez justa para abrir un claro, unos centímetros de agua tranquila cerca del punto donde el mar rompe contra las costas de nuestra isla.
-Necesitamos luz -le soplaba repentinamente Nicolás muy cerca del oído, a fin de que el flujo del ruido vecino no ascendiera sobre la línea de flotación del malecón de Camila- para distinguir la forma de nuestro desorden íntimo y así no seguir desperdiciándonos.

-Es demasiado ideal eso de desear no malgastarse.

-Todo deseo es utópico. Nada nos garantiza su ejecución; por eso duele cuando el vacío que se forma en el estómago al observar a quien ambicionamos abordar, no desaparece pero se encoge si no hay aceptación ni se da abiertamente el rechazo; te creo cuando hablas de neutralización -añadía Nicolás después de un silencio en que, tomando las dos botellas vacías, se inclinaba para ubicarlas sobre un rincón de la escalera y evitar que alguien las rompiera; acto que Camila compartía desde su lugar, con la complicidad de quien forma parte de las relaciones imprescindibles- a mí me ocurre constantemente. Intento aproximarme a alguien que me gusta, y mi gesto recibe como única respuesta la ausencia de un signo mediante el cual estar seguro de si puedo seguir adelante o debo desistir… ahí el deseo desaparece, me paralizo y yo también empiezo a creer que voy a terminar por neutralizarme.

Para entonces las palabras de ambos acababan de completar la superficie del cuerpo, en que Alvaro había puesto el borde únicamente, hundiéndose entre quienes bailaban circundando la rockola. Alvaro dilataba las aletas de la nariz y abría en una sonrisa la boca a fin de respirar al máximo el hastío del sitio; se detenía con cada tipo durante uno o dos segundos -tiempo suficiente para ofrecerse y recoger cualquier vestigio de sí mismo que hubiera podido quedar en la mirada del otro- pasaba apurado sobre los ojos de todas las mujeres que se desvestían apresuradamente, brindándole el sexo que le mostraban -también con urgencia- a través de las pupilas, y desaparecía escaleras arriba.

***

Ahora, mientras la mañana avanza, Alvaro camina por este bulevar de domingo con la seguridad de quien conoce a fondo el territorio. De ahí que al pasar junto a la tienda de lámparas frente al Gran Café, no se haya sentido extraño ante tantos reflectores alumbrándole el rostro, ayudando al sol a borrarle el cuerpo: desintegración completa de su figura atrapada un instante entre dos resplandores, el de la tienda de lámparas que no se apagan nunca y el del sol de diez.

Alvaro, a medio camino entre una imagen obsesiva de su infancia -el fulgor, un casi intento de cegar, de todas esas lámparas de araña, o con forma de pequeños conos aerodinámicos, colgando del techo, llenando de luz el espacio ubicado tras el cristal de la vitrina- y esta mañana frontal de domingo, en tránsito por un bulevar vacío, pero ocupado por amplias franjas de papel donde horas antes estuvo envuelta una pizza o un sandwich árabe, y que ahora el aire caliente dispersa enredándolas entre las patas de las sillas de las mesas de todos los cafés puestas en fila para ocultarse.

Fragmento de Amantes y reverentes (RiL editores, serie El cruce, 1999).

Alejandro Varderi

 

 

 

 

 

N° 52 Aņo III
Caracas, sábado 29 de abril de 2000
 
 
FRENTE A NUEVAS EDICIONES, RAFAEL REITERA SUS PALABRAS
"El alma siempre está en peligro"

(Entrevistado por Claudia Sierich)
 
Creación
UN NUEVO CICLO NARRATIVO DE ALEJANDRO VARDERI
Amantes y reverentes en la porosidad del papel

(Alejandro Varderi)
Tributo
UNA OBRA FECUNDA Y FECUNDADA EN UN SIGLO
Las matrices culturales de Luis Buñuel
(Román Gubern)
Ultimo Sábado
Un egoísta sublime
(Rafael Castillo Zapata)

Libros, Lecturas y Lectores
Estantería Barcelona- Madrid
(Raquel Luzárraga/Blanca Estela Domíngez)

MARIO VARGAS LLOSA NOVELIZA LAS TIRANIAS POPULISTAS DEL SIGLO XX
Con un chivo se hace una fiesta

(Manuel Caballero)

 
 
 
 

 

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