Libros, Lecturas y Lectores

MARIO VARGAS LLOSA NOVELIZA LAS TIRANIAS POPULISTAS DEL SIGLO XX

Con un chivo se hace una fiesta

El ambiente de tensión dramática creado por Mario Vargas Llosa en su último libro,
La fiesta del chivo, "toma prisionero" a Manuel Caballero. En ese "contar verdades haciéndonos creer que son mentiras", encuentra que Vargas Llosa dibuja la realidad opresiva que "tenemos
al alcance de nuestras costas". He allí que el ensayista se pregunta si este texto
no es acaso un testimonio del autor o un manifiesto político contra las tiranías
que hacen cómplices a sus víctimas


Foto: Esso Alvarez


Hace algunos años, escribimos que no nos había gustado la novela de Miguel Otero Silva sobre la pasión de Cristo, porque no nos gustaban las novelas donde el héroe muere. En los cafés de la Sabana Grande de entonces, que era al fundamentalismo literario lo que el bazar de Teherán es al fundamentalismo musulmán, se tomó la frase al pie de la letra, y no faltó quien nos acusara de frivolidad. Con La fiesta del chivo, Mario Vargas Llosa hizo que nos cautivara (en su prístino sentido de tomar prisionero), una novela donde el héroe muere. Aunque tal vez convenga aclarar aquí dos cosas: la primera, que difícilmente pueda considerarse un héroe a Rafael Leonidas Trujillo; la segunda, que uno nunca está seguro de que el tiranuelo dominicano vaya a morir, ni siquiera cuando eso se produce.

Lo cual habla mejor que nada del ambiente de tensión dramática creado por el autor: varias veces nos sorprendimos adelantando páginas para saber si por fin los asesinos-ajusticiadores (como los llama sucesivamente la prensa) van a culminar su acción; y eso incluso después de que lo han hecho. Con lo cual Vargas Llosa logra lo que desde siempre hemos considerado la marca del narrador: contar verdades haciéndonos creer que sean mentiras. Y es situándose en la exacta frontera entre ambas realidades, que es posible acercarse a la última producción del narrador peruano (o español, lo cual es una banalidad aclararlo: su verdadera patria es el idioma).

Lo primero: Vargas Llosa sigue al pie de la letra el consejo de Stendhal, poniendo su espejo a la orilla del camino. Todo lo que allí se refleja acontece en la realidad, y la imagen deformada que vemos no es producto de aberración alguna; su mester "non est de juglaría: escrito lo tenemos, es verdadera historia". Debemos agradecer entonces al narrador que nos permita reconciliarnos con nosotros mismos: no somos tan monstruosos, cuando todo aquello nos parece una monstruosidad.

Pero tampoco debiéramos empavesar tan rápido: todo aquello lo hacen seres humanos exactamente hechos como nosotros mismos: No en vano Hannah Arendt llegó a hablar de la banalidad del mal. Esto podría muy bien sonar a lugar común: es el socorrido tema Nous sommes tous des assassins de aquel viejo film de André Cayatte. No hablamos de eso, sino de algo mucho más concreto: Trujillo no se contentó con tiranizar al pueblo dominicano, con robarlo y martirizarlo, sino que buscaba hacerlo cómplice de sus fechorías.

Esto es tan escandaloso que suena a exageración, pero es así, terriblemente así: si uno vivía en la isla, si no había podido abandonarla en compañía de todos sus parientes, si quería vivir; es decir, respirar el simple aire de todos los días, no podía ser ni siquiera indiferente o apolítico: debía ser trujillista. Y no a disgusto, con tibieza y mucho menos con frialdad, sino con el entusiasmo siempre de un recién converso. Aun así, no bastaba: debía dar la "prueba de lealtad" que en el caso de muchos militares era asesinar a sangre fría a un prisionero, o cometer un crimen equivalente, de esos que jamás podrán olvidarse ni lavarse con el arrepentimiento.

Es el extremo de la relación estricta y estrechamente personalizada entre el caudillo y el pueblo (¿no nos suena familiar?): no basta con que se apruebe, se aplauda un crimen, hay que ayudar a cometerlo. De modo que las tiranías populistas del siglo XX no inventaron nada: la más primitiva, la más inculta de sus predecesoras (no en el tiempo, sino en la dimensión ideológica) había descubierto que más seguros que el viejo y noble bourrage de crâne son los métodos del hampa: hacer de la víctima el cómplice del crimen.

Vargas Llosa nos introduce así en una realidad más opresiva que todos los kafkismos posibles: una sociedad que tenemos al alcance de la mano, a pocos kilómetros de nuestras costas (no estamos, por supuesto, hablando sólo de las venezolanas), la cual no se contenta con oprimirnos con su sola existencia, sino que persigue a cada uno hasta el último rincón para obligarlo a prostituirse. Y como suele suceder, lo peor de todo es que al final, como en la explosión de rabia colectiva que produce la muerte del Benefactor, es un pueblo contaminado hasta los huesos que se lanza a gritar "¡Vivan las cadenas!".

Porque nadie se engañe: quienes así se manifiestan no son criminales comunes, nuestros "esbirros", los caliés pagados por Johnny Abbes García, sino también el bravo e inocente pueblo de todos los días.
¿Es el texto de Vargas Llosa un simple testimonio no por ajeno menos real? ¿Es un manifiesto político contra las tiranías? ¿Por qué buscarle cinco patas al gato? El autor se propuso escribir una novela, y no es otra cosa lo que ha salido de su maquinilla (ya esta expresión suena tan demodé como decir "de su pluma"). Como si presintiera que eso se iba a decir de su libro, Vargas Llosa incorpora un personaje de ficción pura, la desvirgada Urania, frígida para siempre jamás. Pero ninguno es tan vivo, tan presente, tan real: desde Trujillo hasta quienes lo mandan al otro mundo parecen, frente a ella, pura invención del escritor.

Es que Vargas Llosa tampoco estaba aquí trabajando con un personaje que salió completamente armado de su cabeza: el personaje Trujillo, el hombre Trujillo, el tirano Trujillo, estaría incompleto si no se le hubiese ingresado, para completar la salsa, el infaltable machismo estentóreo de ese mono rijoso que tampoco inventó nada en el ámbito donde respiró su mismo aire nuestro Cipriano Castro.

Manuel Caballero. Ensayista

N° 52 Aņo III
Caracas, sábado 29 de abril de 2000
 
 
FRENTE A NUEVAS EDICIONES, RAFAEL REITERA SUS PALABRAS
"El alma siempre está en peligro"

(Entrevistado por Claudia Sierich)
 
Creación
UN NUEVO CICLO NARRATIVO DE ALEJANDRO VARDERI
Amantes y reverentes en la porosidad del papel

(Alejandro Varderi)
Tributo
UNA OBRA FECUNDA Y FECUNDADA EN UN SIGLO
Las matrices culturales de Luis Buñuel
(Román Gubern)
Ultimo Sábado
Un egoísta sublime
(Rafael Castillo Zapata)

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Estantería Barcelona- Madrid
(Raquel Luzárraga/Blanca Estela Domíngez)

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Con un chivo se hace una fiesta

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