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Ultimo
Sábado
Un
egoísta sublime
La idea que dejara
Walter Benjamin en uno de sus textos acerca del papel fundamental
que ejerce la práctica de la copia en la escritura, se le
revela a Rafael Castillo Zapata
en el libro de Wallace Stevens, Sur Plusieurs Beaux Sujects
(Pre-Textos, Valencia, 1998).
Una obra hecha de citas -coleccionadas "a lo largo de veintiún
años de paciente
y espaciada vocación de copista"- que dice de su personalidad:
"una manera, indirecta si se quiere, de exponer una poética
o un retrato de sí mismo"
El coleccionista
de citas
En uno de los recodos de su Calle de dirección única,
Walter Benjamin escribió que "la fuerza de un texto
varía según sea leído o copiado" y atribuía
a la copia un papel fundamental para la escritura pues, según
él, "sólo el texto copiado puede dar órdenes
al alma de quien lo está trabajando". De este modo,
si alguien quiere que un texto le dé órdenes, lo conduzca,
lo oriente, debería copiarlo. Es lo que, sin duda, de hecho
hizo siempre Walter Benjamin: copiar textos, no dejar "pasar
de incógnito ningún pensamiento" y llevar escrupulosamente
sus carnets, sus cuadernos de notas, sus ficheros vastísimos,
"con el mismo rigor con que las autoridades llevan el registro
de extranjeros". Por eso llegó a decir que sus trabajos
se veían invadidos constantemente por la presencia de esas
citas que irrumpen como "salteadores de caminos" confundiendo
a los paseantes que los recorren leyéndolos. Y, de hecho,
la gran obra, por supuesto inconclusa, de su vida fue el proyecto
de un libro virtualmente infinito armado con puras citas, con pasajes
de otros textos, propios y ajenos, con la intención, según
recuerda Adorno, de "renunciar a toda interpretación
manifiesta y hacer surgir los significados únicamente mediante
el montaje inesperado del material". Así, su Passagen-Werk
respondía bien a la idea de que "las obras concluidas
tienen menos peso que aquellos fragmentos" en los que se trabaja
toda una vida. La muerte lo sorprendió precisamente en eso,
coleccionando citas con las que intentó escribir libros,
siempre parciales, que son catálogos, mosaicos, caleidoscopios;
de alguna manera commonplace-books virtualmente inagotables.
Sur Plusieurs
Beaux Sujects es, frontalmente, un cuaderno de acopio de fragmentos;
a su manera también, entonces, una obra de pasajes
que el poeta Wallace Stevens llevó a lo largo de veintiún
años de paciente y espaciada vocación de copista,
dejándose dar órdenes por los textos de los otros
(anónimos gacetilleros literarios, mentes famosas como Pascal,
diaristas deliciosos como Jules Renard), saqueando aquí
y allá, con humildad de lector previsivo, trozos de textos
con los cuales iba a trabajar más tarde, repitiéndolos
tal cual o reescribiéndolos modificados, invertidos, recompuestos.
Muchos de los aforismos de sus Adagia (de los cuales hizo
memorable selección y traducción Guillermo Sucre
en un incunable tomito de la Fundarte de otros tiempos, por supuesto
inencontrable) se fraguaron en las páginas de estos cuadernillos,
por lo que podemos decir que el precioso libro que ahora nos regala
la editorial Pre-Textos (Valencia, 1998) -al alcance de algunos
afortunados lectores que se acerquen a la librería Kuai-Mare
de la Casa Rómulo Gallegos- funcionó como campo
de maniobras donde el escritor se ejercitaba, se pertrechaba
paciente de materiales con los que luego armaría, sereno,
su obra ensayística y poética.
La buena
sopa
Si el texto copiado, como planteaba Benjamin, da órdenes
a quien lo copia, es evidente que ese ordenamiento es un ordenamiento
consentido, querido, provocado. Y de esa forma es un síntoma,
por así decirlo, de la personalidad del copista; una manera,
indirecta si se quiere, de exponer una poética o un retrato
de sí mismo. Por ejemplo, cuando Stevens copia sin
otro añadido un fragmento de Molière: "Yo
vivo de buena sopa, y no de bellas palabras", uno no puede
dejar de recordar que buena parte de las anotaciones del libro fueron
hechas durante un período de crisis en el que Stevens
pensó en abandonar la poesía insatisfecho con su desempeño
en la Hartford Accident and Indemnity Company: sólo cuando,
en 1934, logró convertirse en vicepresidente de la empresa,
pudo Stevens, con la sopa asegurada, valga la frase, acometer
la aventura de madurar su segundo libro, Ideas of Order (1935),
a mucha distancia del primero, Harmonium (1923), publicado,
este último, cuando nuestro poeta había cumplido ya
cuarenta y cuatro.
El
egoísta sublime
Al recopilar una crítica sobre un tal Doughty, Stevens
destacó algunos pasajes reveladores: "había algo
en él, llámese fibra moral, sentido de la honestidad
o circunspección elegante, que limitaba su tratamiento de
lo humano en poesía". Y un poco más adelante:
"Era un 'egoísta sublime' porque se complacía
en la creación de un mundo poético para su uso exclusivo
[
], dejando de lado buena parte del conflicto humano [
].
Fue abiertamente al encuentro del ideal de la experiencia sobria
[
]". Todo el que haya leído a nuestro poeta estará
de acuerdo conmigo en que ese sublime egoísta es Stevens
mismo: su poesía se ordena, sin duda, en función
de ese encuentro con un cierto ideal de la experiencia sobria.
Pero basta repasar este sabroso commonplace-book para darse
cuenta de la abundancia de citas que confirman esta voluntad de
la contención, de la sencillez, de la impersonalidad y de
la exactitud característica de la poética stevensiana:
"Pretendo, al ser exacto, ser poeta" (de Jules Renard);
"Yo precisamente, amo lo impersonal, las atmósferas
y los océanos, y sobre todo el principio de orden, y no entiendo
por qué no han de ser para el filósofo la última
inamorata" (replicándole a un tal Richard S. Storrs);
"Esa sencillez debiera ser la gracia consustancial a la Poesía"
(comentando a George Chapman); "El arte es individual,
y el artista, por lo tanto, un individualista que no puede estar
sujeto a exigencias externas" (de un tal Schimanski);
y así por el estilo.
La ficción
suprema
Una cita del Génesis (IX, 13) es toda una declaración
de principios: "Mi arco pondré en las nubes, y será
señal de mi concierto con la tierra". No creo que ninguna
formulación sea tan precisa como ésta para señalar
las peculiaridades del estilo stevensiano. Bien es sabida la importancia
que le atribuía a la imaginación en la operación
artística; e igualmente se conoce su empeño poético
(no hablo ya aquí de la buena sopa) por no despegarse
nunca de la realidad de la tierra: "Al menos en poesía,
la imaginación no debe desligarse de la realidad", reza
uno de sus adagios. Y esto nos lleva (deberá llevarnos aquí,
por falta de espacio) a la idea de la poesía como una ficción
suprema: "La creencia superior es la de creer en una ficción
sabiendo que es ficción, por no haber nada más. La
verdad exquisita es saber que se trata de una ficción y uno
cree voluntariamente en ella" (así expuesto en Adagia);
lo cual me recuerda que, en Sur Plusieurs Beaux Sujects,
ya se cocinaban ideas semejantes: "La poesía crea una
existencia ficticia en un plano exquisito". Y, efectivamente,
¿no son sus prodigiosas Notas para una ficción
suprema (también en Pre-Textos, Valencia, 1996; en traducción
justísima de Javier Marías) la realización
casi perfecta de estas proposiciones? "La poesía es
la ficción suprema" escribía ya, tempranamente,
en Harmonium; y es sin duda a la poesía misma (es
la opinión, al menos, también de Bloom) a la
que interpela en la entrada de las Notas, para exponerla
luego en tres estancias decisivas para la literatura ("Debe
ser abstracta", "Debe cambiar", "Debe dar placer"):
"¿Y por qué, salvo por ti, siento yo amor? /
¿Acaso estrecho el libro más excelso / del hombre
más sabio, noche y día oculto en mí? / En la
incierta luz de la verdad única, cierta, / igual en viva
capacidad de cambio a la luz / en que te encuentro, en que nos sentamos
quietos, / en la central de nuestro ser durante un instante, / la
intensa transparencia que tú traes es la paz".
Rafael
Castillo Zapata. Ensayista y poeta
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N°
52 Aņo III
Caracas, sábado 29 de abril de 2000
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