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Tributo
UNA
OBRA FECUNDA Y FECUNDADA EN UN SIGLO
Las matrices culturales de
Luis Buñuel
El catedrático catalán
Román Gubern vierte el súmmum de la filmografía
de Luis Buñuel, previa advertencia de la marca que distingue
el destino del maestro aragonés: el exilio.
Un exilio diríase fructífero, recompensado con el
cúmulo de climas y clímax que signaron
su "movilidad transcontinental" y que, a la par, fueron
signados por Buñuel. De la cultura española cultivó
"la tradición del humor negro" que luego amplificaría
en México dada su "adicción
al melodrama desmelenado"; se tornó íntimo de
Sade y Breton,
y a Hollywood le hurtó "la funcionalidad narrativa"

Foto: archivo
Luis Buñuel: entre la generación
poéticas del 27 y el amour fou
La obra de Buñuel
ha estado marcada por el destino del exilio permanente. Su itinerario
se inicia en la Residencia de Estudiantes de Madrid, sigue en el
París surrealista, continua en la España tercermundista
de Las Hurdes y como productor de cine comercial en Filmófono;
se instala en la Embajada española en París durante
la Guerra Civil, continúa en Nueva York, en Hollywood y en
México desde 1946, y en Francia desde 1955, con alguna incursión
en el cine español desde Viridiana (1961). Esta movilidad
transcontinental ha permitido a Buñuel fecundar a
lo largo de un siglo las diferentes culturas que ha atravesado,
a la vez que su obra era fecundada por ellas.
De la cultura
española integró Buñuel una cierta poética
de la violencia y la tradición del humor negro que va de
Quevedo a Goya, rasgos que fueron exportados a la
cultura mexicana por la conquista, lo que favorecería su
amplificación ulterior en la producción azteca del
director aragonés. De la Generación poética
del 27, en la que se formó en Madrid, adoptó las asociaciones
sensoriales y figurativas que ya se advierten en Un perro andaluz,
como la mano con hormigas para expresar el hormigueo del deseo masturbatorio.
De la mejor cultura española heredó Buñuel
también la tradición de la novela realista y progresista,
representada por Benito Pérez Galdós, el autor
de Nazarín y Tristana, y por Pío Baroja,
autor que Buñuel pensaba adaptar en su etapa de Filmófono,
truncada por la Guerra Civil. Y no puede ignorarse que su Belle
de jour debe tanto a la novela de Joseph Kessel como
a sus recuerdos encantados de los burdeles de Madrid en su época
de estudiante, que evocó también en sus memorias.
Es bien sabido, en efecto, que los mejores burdeles del mundo se
encuentran precisamente en los países de tradición
católica, que poseen por ello el sentido del pecado.
Francia aportó
a Buñuel la gran revelación del Surrealismo
y su sólida tradición intelectual materialista, que
para un español de los años veinte tenía que
percibirse como ilustrada modernidad. El gran eje buñuelesco
de la pasión erótica y del amour fou como formas
de liberación personal recorre en la cultura francesa, en
efecto, una trayectoria desde Sade a André Breton,
visible también en la persistente atracción de Buñuel
por las grandes pasiones eróticas de la cultura romántica
(Cumbres borrascosas de Emily Brontë, Tristán
e Isolda de Wagner en sus bandas sonoras, etcétera).
La experiencia
difícil de Buñuel en Estados Unidos -cuyos
únicos frutos tardíos fueron Robinson Crusoe
(1952) y La joven (The Young One, 1960)- aportó
a Buñuel el sentido de la eficacia, de la economía
y de la funcionalidad narrativas, que son el gran patrimonio de
Hollywood. Finalmente, México ofreció a la filmografía
de Buñuel su adicción al melodrama desmelenado,
que es también una gran especialidad de los países
de cultura latina y católica. El encuentro entre el melodrama
popular y el humor negro resultó explosivo para Buñuel,
que fue capaz de adoptar los códigos y convenciones del melodrama
y de la comedia ranchera de consumo comercial para subvertir y destruir
su significación moral y social originarias, de carácter
muy conservador. En el panorama plebeyo y comercialista del cine
mexicano de la época, Buñuel ofreció
un caso ejemplar de supervivencia artística sin renegar de
las fórmulas del cine comercial de su país de adopción.
Es bien sabido que la crítica oficial mexicana, deslumbrada
ante los films preciosistas de Emilio Fernández,
no apreciaba las cintas de Buñuel y, tal como había
ocurrido antes con el Expresionismo alemán y con el Neorrealismo
italiano, tuvo que ser la crítica de París la que
descubriera y valorara cabalmente las obras maestras ocultas, por
no escribir clandestinas, del Buñuel mexicano, tales como
Susana o Subida al cielo. A diferencia de lo que ocurre
con la escritura, a veces en el campo del arte, lo que parece escrito
con minúsculas, visto desde lejos, es percibido con mayúsculas.
Román
Gubern. Ensayista catalán
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N°
52 Aņo III
Caracas, sábado 29 de abril de 2000
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