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UN PROYECTO ARQUITECTONICO
QUE PREFIGURA LOS MEJORES CONCEPTOS DEL ARTE MODERNO
Borromini: el barroco, el
ojo y la muerte
Aún hoy en Italia se conmemoran
los cuatrocientos años del natalicio de Francesco Borromini
(1599-1667). Hombre que reconoció tempranamente su destino:
la arquitectura. Borromini
-deja saber Alejandro Oliveros- pensaba arquitectura y vivía
arquitectura, de la misma manera que Poussin, su contemporáneo,
vivía la pintura: "ser arquitecto fue la esencia de
cada uno de sus actos". He allí que se erigiese en el
más grande representante del barroco europeo: período
en el que el mundo es visto como "un gran libro que debe ser
leído y descifrado".
Se imponía entonces privilegiar "el ojo" y diseñar
una obra más para ser contemplada
e interpretada que habitada. Y así lo hizo este artífice
hasta que, movido por la demencia,
"cerrara el paso a su mirada"

San
Carlo alle Quattro Fontane (1634 - 1641). Interior de la cúpula.
Roma
No creo que pueda ser
via Giulia una de las calles más frecuentadas por
los peregrinos y viajeros que visiten Roma durante el Jubileo. En
sus iglesias no se conserva ninguna reliquia memorable y el recorrido
por su rectilíneo trazado no garantiza una cantidad apreciable
de indulgencias. Fue construida por Bramante a principios
del XVI, siguiendo órdenes de Julio II. Su época de
esplendor fue comprometida, a finales del siguiente siglo, cuando
Inocencio X decidió que a ese sector fueran trasladadas algunas
de las cárceles de Roma. Sin embargo, mucho antes de la infortunada
decisión de Inocencio, otro pontífice, esta vez León
X Medici, decidió la edificación de una iglesia, San
Giovanni Battista dei Fiorentini, que sirviera a los intereses
espirituales de la amplia comunidad llegada de Florencia. A tal
efecto, dispuso de un amplio terreno en las postrimerías
de via Giulia, en las vecindades de Lungotevere, y
convocó para la ejecución del proyecto a los mejores
arquitectos de su tiempo. Al final, le correspondió a Jacopo
Sansovino iniciar los trabajos. Y a Carlo Maderno, casi
un siglo después, coronar la nave con la esbelta cúpula.
No conozco las razones de su decisión, pero fue en S.
Giovanni dei Fiorentini, de todas las iglesias que construyó,
donde el gran Carlo Maderno dispuso ser enterrado. Cuatro
décadas más tarde, en 1667, otro arquitecto haría
arreglos para que sus blancos huesos fueran depositados al lado
de los de Maderno, su maestro y protector. Durante los próximos
trescientos años sería del todo improbable conocer,
en una visita a la iglesia, el nombre del devoto cuyos restos hacían
compañía a los del maestro. Se trataba de una tumba
sin nombre. Condición deplorable reservada a los suicidas,
los habitantes del Círculo XIII del Inferno. En un
gesto que habla a favor de su discutida memoria, Pío XII
ordenó la colocación de una placa, en uno de los pilares
a la izquierda de la nave, donde se revela la identidad y condición
del desesperado: Francesco Borromini equs christiano.
Encima de la placa, un retrato del arquitecto en su traje de Caballero
de la Orden de Cristo. Del otro lado de la columna, mirando hacia
el altar esta vez, la placa dedicada a Maderno. Cada una
de las inscripciones enumera los logros más distinguidos
de cada artista. En el caso de Borromini, se comienza con
San Carlo alle Quattro Fontane y se concluye con Sant'Ivo
della Sapienza, "templo supremo de la arquitectura"
(Stefano Borsi).
Francesco Borromini, el más grande representante de
la arquitectura barroca europea (Blunt), había nacido
en las inmediaciones del lago Lugano en 1599. Su padre se distinguió
en el oficio de la albañilería y entre sus parientes
lejanos se encontraban Domenico Fontana y el mismo Maderno.
Borromini se entregó, no sin dificultades, al destino
que le estaba reservado. Lo reconoció tempranamente y le
dedicó todos los días de su vida. Ser arquitecto fue
la esencia de cada uno de sus actos. Pensaba arquitectura. Vivía
arquitectura. De la misma manera que Poussin, su contemporáneo,
vivía la pintura.
De Lugano, Borromini se mudó a la cercana Milán
donde aprendió las artes del albañil, el herrero y
el picapedrero. Es posible que haya trabajado a las órdenes
de arquitectos milaneses como Tibaldi o Ricchino.
También es posible que haya colaborado en las restauraciones
del gigantesco y laberíntico domo milanés. Hacia 1620,
Borromini llega a Roma y es empleado por Maderno,
también lombardo, en las obras de la fachada de San Pedro.
De estos años son sus primeros trabajos conocidos. La elegancia
de su genio se reconoce en las rejas de hierro de la capilla del
Santísimo Sacramento en la basílica vaticana.
Roma,
capital del siglo XVII
Pocos períodos tan apasionados en la historia de Occidente
como el siglo XVII en Roma. Atenas, en tiempos de Pericles.
Florencia durante el Renacimiento. O París en el XIX. La
muerte de Miguel Angel, en 1564, había reducido a
los artistas italianos de finales del "cinquecento"
al estupor y el conformismo. Un par de generaciones serían
necesarias para que, al fin, se asistiera a la aparición
de nuevos ingenios, más libres, menos sumisos a las concepciones
del viejo maestro. Dos formas renovadas de entender el arte aparecen
al mismo tiempo en las inmediaciones del nuevo siglo.
En la lejana Boloña, el talento de la familia Carraci
insiste en las posibilidades todavía inexploradas del estilo
de Rafael. Con no menos intensidad, el genio tránsfuga
de Caravaggio se entrega al proyecto de desacralizar la estética
rafaelesca y plantea una poética diferente, impensada e impensable.
Se trataba de abrir el lienzo, como el lente de una cámara,
y registrar los pliegues de la realidad en toda su extensión.
Una realidad sórdida y sublime, trágica y amena. El
diálogo entre ambas tendencias sobrevivió a sus fundadores
y se prolongó, en aquel XVII envidiable, en la pintura de
los maestros que, en algún momento de sus vidas, realizaron
el viaje iniciático a Roma: Rubens, Van Dyck, Velázquez,
Poussin, Lorrain. Y los propios italianos: Carraci, Guido,
Guercino, Domenicchino, Sachi, Algardi, Rossa, Gentileschi, Lanfranco,
Maratti.
Todos los talentos de la Europa católica son convocados,
o se presentan, a participar en el Gran Teatro Barroco. La sede
es Roma. Los empresarios son los pontífices, los grandes
papas, ambiciosos, brillantes y corruptos, envueltos en enrarecidos
aires de inmortalidad. Nuevos escenarios son una necesidad para
sus sueños e ilusiones. Es bueno ser arquitecto, escultor
o pintor en estos tiempos. Los encargos sobran. Iglesias, villas
y palacios se levantan por doquier. Roma es el Nueva York arquitectónico
del siglo XVII. Todos los estilos se encuentran en el vasto designio
de los príncipes de la Iglesia. Los genios constructores
de la época se apresuran a poner en mármol el discurso
de megalomanías de los herederos de San Pedro.
La Roma de la que hablo es la de Villa Borghese y el palacio Barberini;
plaza Navona y la fachada de San Pedro; el Inocencio X, de
Velázquez y el San Miguel, de Guido;
San Andrea della Valle y San Carlo alle Quattro Fontane;
la columnata de Bernini y San'Ivo della Sapienza,
de Borromini; plaza de España y el Baldaquino; los
palacios Montecitorio y Doria Pamphilij; el claroscuro de Caravaggio
y el clasicismo de los Carraci; Santa Agnese in Agone y Santa
María della Pace; el Extasis de Santa Teresa y
la nueva San Juan de Letrán. No trato de ser exhaustivo,
pero quisiera agregar a la azarosa lista, la obra "romana"
de Nicolás Poussin, la más influyente de las
iconografías realizadas por un artista francés.
A este cultivo de ambiciones, esplendores y miserias, llega, como
hemos dicho, Francesco Borromini a principios de 1620. Difícilmente
una personalidad menos adecuada para adaptarse y participar en aquel
Gran Teatro del Barroco. Sus primeros biógrafos (Baldinucci,
Pascoli) lo describen como un ser austero, negado a las pasiones
cortesanas, doblemente encerrado, en sí mismo y en sus habitaciones
vecinas al Tíber, desprendido y exiguo, católico ferviente
y reducido a necesidades básicas. Obsesivo y meticuloso,
fijo en sus ideas y obsesiones. Desde temprano se le reconoce en
los límites borrosos de la demencia: "Continuamente
se presentaba con una disposición melancólica o, como
alguien muy cercano dijo, hipocondríaca". Los fantasmas
de la paranoia rodearían al artista en su existencia romana.
Lo convirtieron en huraño e hiperestésico, sometido
a delirios persecutorios, acosos reales e imaginarios, insomnios
y desvelos. Víctima de ataques de ira apenas provocados y
de la culpa angustiosa e inevitable. Lo más parecido al anciano
Buonarroti que cabe imaginar. Una especie de santo, si los
males humores fueran compatibles con la santidad. La transgresión
fue uno de los signos recurrentes de su itinerario. Tanto en el
arte como en su comportamiento más cotidiano. Se dice que
acostumbraba vestir un hábito a la española. Una moda
en desuso que proponía, como único ornamento, el negro
cerrado de pies a cabeza. Así, con este aspecto, tan provocador
como la melena verde de Baudelaire, se paseaba Borromini
entre los brillos y ambiciones de las cortes pontificias.
La
arquitectura como escritura
Una de las mejores herencias que recibe el siglo XVII del Renacimiento
es el culto por los libros. Miguel Angel diseña la
Biblioteca Laurenziana para los Medici. Y, en Venecia, Sansovino
se hace cargo de incorporar a la plaza San Marcos la biblioteca
central de la ciudad flotante. El hombre del Barroco entiende que
el mundo es un gran libro que debe ser leído y descifrado.
Es un lector hidrópico, como reconoce la infatigable Sor
Juana. John Donne sólo superó su aversión
a los viajes por mar en contadas ocasiones. En dos de ellas para
participar en los saqueos a Cádiz. A sus espaciosos baúles
fueron a dar incontables volúmenes de las colecciones españolas
en esa población. El signo del Barroco es el ojo. Polifemo
nunca había gozado de tal preferencia por parte de escritores
y artistas. Es el dueño del ojo máximo, el que más
ve, el que más sabe. Los que participaron en la Lección
de anatomía, de Rembrandt, no eran seres humanos.
Eran pares de ojos que descuidaban la observación del cadáver
disecado para fijar la mirada en un libro a la izquierda del doctor
Tulp.
Durante el siglo XVII se confía más en la letra impresa
que en los datos de la realidad ilusoria. La realidad, nos recuerdan,
es un desengaño. A esta circunstancia debemos el desarrollo
y difusión de la emblemática y las iconologías.
Esos tratados en cuyas páginas se despliega una escritura
doble: en imágenes y en versos. La jeroglífica, el
alfabeto definitivo, es objeto de admiración detenida por
los artistas del período. Mientras más se vea más
cerca nos encontraremos de la verdad. En su Criticón,
Gracián hace decir a uno de los protagonistas: "Miraba
el cielo, miraba la tierra, miraba el mar, ya todo junto, ya cada
cosa de por sí, y en cada objeto déstos me transportaba
sin acertar a salir dél, viendo, observando, advirtiendo,
admirando
" Veo, leo, luego existo, dice el hombre del
Barroco desmintiendo al francés.
Francesco
Borromini fue uno de los mejores exponentes de esta poética
del ojo. En su biblioteca particular se contaban más de mil
volúmenes. Una cifra nada despreciable, incluso para un arquitecto
de nuestros días. Borromini leyó mucho y escribió
poco. Si limitamos la escritura al ejercicio de la pluma sobre el
papel o pergamino. Nunca se quiso tratadista como lo fueron, con
brillo, Alberti o Palladio. Pero su conciencia de
escritor no fue menos intensa. Toda su arquitectura es una escritura
donde expone sus ideas y aspiraciones más permanentes. Uno
de los atributos más reconocibles de la literatura barroca
es su oscuridad. Ser oscuro era un criterio para pronunciarse sobre
una obra literaria. Góngora es apenas un ejemplo.
Donne otro. Y Crashaw, Silesius, Grypius o Quevedo.
La escritura de Borromini no es menos difícil. Su
estilo es alegórico y ya sabemos que la alegoría es
hermética.
Rudol Wittkower fue uno de los primeros en precisar el carácter
profundo del arte de Borromini: "su arquitectura tal
vez sea la más rica en elementos simbólicos y emblemáticos
de todos los tiempos". Estudiosos más recientes (Steinberg,
Fagiolo, Battisti) han insistido en esta lectura: "Borromini
se sirve, en orden de frecuencia, de empresas y emblemas sacros
y profanos, de atributos, de divisas heráldicas, de jeroglíficos,
de formas geométricas puras, de números y epígrafes".
Una impresión que se reitera cada vez que nos enfrentamos
a una obra de Borromini es la sensación de que el
arquitecto insiste en que su diseño fue concebido más
para ser contemplado, observado, interpretado que habitado. Algo
semejante ocurre con el Guggenheim de Lloyd Wright o el más
reciente de Gehry. Paolo Portoghesi, uno de los más
devotos estudiosos de Borromini, ha destacado las analogías
incontestables entre la coronación de la cúpula de
Sant'Ivo y conceptos tan modernistas como el Monumento
a la Tercera Internacional, de Van der Rohe. Lo mismo
ha propuesto para otros arquitectos contemporáneos como Giuseppe
Tarragni o Bruno Zevi. Y lo primero que se me ocurre
es el nombre de Borromini cuando me detengo ante la reconstrucción
de la Torre de Einstein, diseñada en 1924 por Erich
Mendelsohn para albergar un telescopio de observación
solar.
La mejor introducción al arte de Borromini, y a la
fisiología menos aparente del Barroco, debe ser San Carlo
alle Quattro Fontane. La diminuta iglesia fue comisionada en
1634 por los Trinitarios Descalzos, tal vez la más pobre
de las órdenes sacerdotales. La aceptación del encargo
revela el carácter del arquitecto. A pocas cuadras, Bernini,
su implacable rival, decoraba profusamente una de las residencias
más espléndidas de Roma, el palacio Barberini.
San Carlo alle Quattro Fontane más que una iglesia
es un texto. Un libro de bolsillo donde Borromini escribe
sobre las bondades de uno de los misterios fundadores del cristianismo:
el de la Santísima Trinidad. Se trata de presentar a los
ojos, con imágenes, no con palabras, la terrible grandeza
de la conjuctio trinitaria. Es una invitación a la
mirada para que penetre la esencia del misterio: tres que son uno,
uno que es tres. Los símbolos de las tres divinas personas
se complementan, entrelazados, en la superficie interna de la cúpula:
el octágono que representa al Padre, la cruz del Hijo y el
hexágono que es el Espíritu Santo. Un techo construido
para ser visto y leído. Un texto escrito por aquel visionario
que confió en la mirada para que fuera entendida la más
inquietante de las arquitecturas. Un proyecto arquitectónico
que prefigura los mejores conceptos del arte moderno. La noche nefanda
en que al gran artífice le fueran negadas las velas, cuando
se le cerró el paso a su mirada, fue, fatalmente, la última
de sus noches. La oscuridad apenas pudo guiarlo hacia la espada
que hundiría en su costado, negándose a la luz para
siempre.
Alejandro
Oliveros. Ensayista y poeta
Sant'Ivo della Sapienza (1643-1652/60). Detalle cúpula
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N°
53 Aņo III
Caracas, sábado 06 de mayo de 2000
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