|
Reflexión
LA
ESCRITURA LITERARIA
¿Cómo nace la palabra
poética?
¿Puede
el poeta mediante las estructuras sintácticas disponibles
para su ejercicio lírico apropiarse de la realidad que registran
sus sentidos? ¿Es suficiente la palabra poética para
captar esa realidad?
En la búsqueda de respuestas a estas interrogantes, y tomando
en cuenta
que "la obra es un reflejo de las ciclotimias del alma del
escritor", Rafael Rattia
se pronuncia por un "fundamento ético-gnoseológico
que sirva de marco valorativo para la enunciación estética
y sensible"
 |
|
Caligrama
/ G. Apolinare
|
Observo que la escritura
literaria está precedida por inexplicables situaciones psíquicas
donde el sujeto creador hace explícitas sus intuiciones y
certezas sensibles avanzando proposiciones reales o ficticias con
el propósito de "pescar" la atención y el
interés de un hipotético lector que siempre estará
ahí, en todas partes y en ninguna, como una esfera de Pascal,
a la espera de ese evento inexorable que es el poema, el cuento,
la novela o el ensayo.
Al margen de
los mandatos taxativos que ordenan la confección de un relato
o una historia para empresa, institución o corporación
mercantil, están las íntimas e intransferibles necesidades
que despierta en un creador una imagen visualizada en un sueño
o un curioso detalle percibido por él en una febril ensoñación.
Existen escritores
que buscan afanosamente una frase fulminante y definitiva que salve
de la catástrofe a una novela o a un cuento.
Una obra no
puede, por otra parte, ser brillante en todas sus líneas,
pues la obra es un reflejo de las ciclotimias del alma del escritor
y esos altibajos constituyen su sino, sus pro y su contra. La frase
deslumbrante, la idea única e insustituible, la imagen precisa
y certera tiene un tempo exacto para manifestarse y hacerse
concreto objeto de arte y de belleza.
Si un verso
no es una elaboración postiza ni artificial, pese a que siempre
será el resultado de un artificio literario, ese verso expresará
en traducción literal el sosiego o el tormento de un sujeto
supeditado al vértigo estético de la creación
verbal. Poner en palabras una punzante emoción originada
en la regocijante contemplación de un crepúsculo irrepetible,
por ejemplo, es una tarea nada fácil por cierto que puede
acometer el poeta o el narrador. No obstante, me pregunto si el
patrimonio lexicográfico de un escritor basta o es suficiente
para dar cuenta exacta y global de un paisaje natural. ¿Es
suficiente la palabra poética para apropiarse sustantivamente
de la realidad empíricamente registrable por los sentidos
del poeta? Más aún, ¿puede el ojo del poeta
elaborar un registro absoluto de la realidad haciendo uso únicamente
de las estructuras sintácticas disponibles para su ejercicio
lírico? Porque la palabra es un dios bifronte que mira lo
real desde ángulos análogos y simultáneos (contradictorios
y complementarios) al mismo tiempo; en otros términos, la
palabra al nombrar aclara y opaca lo nombrado. Ella, en el despliegue
semántico de su decir, opera como un enigma incesante que
volitivamente niega su resolución definitiva. El poeta es
la entidad mediúmnica que interrelaciona lo que nombra
con lo nombrado. Por la palabra homo poeticus coge por los
vericuetos del extravío del sentido y se devuelve en su nomadismo
indomable hacia los avatares de su infinita búsqueda.
La palabra
poética surge como producto de un hipercomplejo proceso ontogenésico,
pues sabido es que sin sujeto parlante no es posible concebir verbo
accionante. Por lo demás, difícil es imaginar una
actividad, teórica o no, desprovista de alguna axiología.
Así como propone Jacques Monod en El azar y la
necesidad, el imperativo de una ética del conocimiento;
del mismo modo pensamos "que una ars poética
genuina requiere de un fundamento ético-gnoseológico
que sirva de marco valorativo para la enunciación estética
y sensible de una determinada cosmovisión literaria o artística.
Si todo creador que participa de una estética de la creación
verbal es legatario de particulares percepciones sensitivas, y de
específicos formatos lingüísticos, ergo,
sus elaboraciones proposicionales se inscriben en algún canon
ético-literario. No hace falta apellidarlo; esos referentes
estéticos son también, por antonomasia, de naturaleza
ética. Por supuesto que la poética, o poemática
a que hacemos referencia, no es un conjunto de ítems
programados por el sentido común domesticado de la teoría
literaria de raigambre academicista, más bien se refiere
a horizontes intelectivos en construcción sujetos a constantes
objeciones críticas. De allí que en el fragor mismo
del proceso de asignación de sentido de un vocablo, que es
siempre uno y múltiple, el poeta se ve compelido a poner
en juego la representación simbólica de su valoración
ética y consecuencialmente estética.
Llegados a
este punto nos vemos obligados a decir: ninguna poética es
aética; podría ser amoral pero no lo primero. Una
palabra adviene ¿impoluta? a la superficie mundana de la
página en blanco y el lector la tiñe y le imprime
el ritmo y la cadencia que su lectura-interpretación le confiere.
No hay nada que hacer; estamos condenados a escribir una y mil veces
las mismas palabras que pronunció el santo y el asesino,
la virgen y la prostituta, el político y el ciudadano, el
profeta y el legionario. Usted que ahora lee estas líneas
ya debe haber "masticado" varias palabras que llevan siglos
tratando de alcanzar una santidad literalmente imposible.
Rafael
Rattia. Ensayista
|
|
N°
53 Aņo III
Caracas, sábado 06 de mayo de 2000
|
| |
 |
|
|
| |
|
|
|
|
|
|
 |
|
|
|
|
 |
|
|
|
|
| |
|
|
| |
| |
|
|
|