Tributo

JUAN LISCANO, ANTONIA PALACIOS Y ARMANDO ROJAS GUARDIA MAS ALLA DE LOS GRUPOS LITERARIOS

Presencias tutelares, dioses a la intemperie

Misión reciente del Ateneo de Valencia
y de la Universidad de Carabobo fue la de honrar e invitar a discutir en torno a la herencia de
los grupos y talleres literarios surgidos en la década
de los ochenta. Propicia entonces fue la ocasión para homenajear a dos tempranos incitadores: Juan Liscano y Antonia Palacios. Y en esa línea proclive al riesgo en pos de atisbar la imagen poética,
el nombre de Armando Rojas Guardia concentró gran parte de la atención. Verbigracia se hace eco del reconocimiento en las voces de Enrique Arenas, Miguel Márquez y Sonia González

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En los espacios del Ateneo de Valencia los nombres de Juan Liscano y Antonia Palacios iluminaron el firmamento de la reflexión creadora y recibieron emocionado reconocimiento.
Se les evocó y se les invocó porque su larga y fructífera trayectoria les ha forjado un perfil de tutores, de rectores de la expedición hacia la palabra poética. Cómo negar que Liscano ha inventado un camino, ha develado "un puente para llegar a la intimidad, hasta el sueño vegetal o mineral de los siglos", como adelanta Enrique Arenas. Quién puede releer si no de una manera febril, tal y como lo hace Sonia González, la obra de la bella e insomne Antonia Palacios.
Qué hubiese sido del cuerpo sin "el endecasílabo perfecto del amor" que se engendra
en la poesía de Armando Rojas Guardia y gracias a la cual, advierte Miguel Márquez,
"avanzamos por las zonas sagradas donde reivindicamos a la alteridad como sacramento,
signo visible donde el dolor y el canto se demoran y enamoran"

 

Foto: Archivo
Juan Liscano, un chamán de la poesía

Juan Liscano, peregrino de la materia oscura

Si algo define la búsqueda poética de Juan Liscano es la noción de sabiduría. Durante su ya rica y experimentada existencia la literatura ha sido para él una preocupación, una angustia por las preguntas esenciales, por recorrer los siempre transitados pero inagotables caminos de la iluminación y la revelación de las verdades y los sesgos del ser, de esa senda siempre soterrada y en constante emergencia de las visiones, las entrevisiones, la otra ladera de lo real aparente. La senda por la que se ha esforzado por transitar desemboca en la inquisición, en las obsesiones que más honda raigambre tienen en algunos hombres de sensibilidad, de espiritualidad agonística y de vocación por el conocimiento de la materia oscura. Su atracción por los grandes enigmas y especulaciones de la filosofía, la ciencia y las religiones marca gran parte de su paso por ese saber de lo que alguien ha llamado el uno indual. Atraviesa como un eje imantado, hechizado, la poética de Juan Liscano la certidumbre que trata de construir para lo inabordable, lo múltiple, la vertiente misteriosa de lo aparente, lo que pudiéramos llamar una lógica de la alucinación coherente, para decirlo con el nuevo e inédito título de Hesnor Rivera: "Gramática del alucinado".

La pregunta por lo que somos, por lo que hemos sido, cómo ha operado ese proceso, qué es lo que nos diferencia y caracteriza y al mismo tiempo nos iguala a los demás hombres de la tierra, nuestro lugar en el mundo y en la cultura universal, lo ha desvelado y lo desvela tanto en sus textos poéticos como en sus otras inquisiciones. Es uno de los intelectuales venezolanos, uno de los más importantes poetas que ha hecho de esa preocupación su norte, su destino; es entre nuestros escritores quizá el que con una mayor coherencia ha logrado construir una visión, opus nigrum, desde la cual vernos, sentirnos, entendernos, palparnos, explicarnos. Por supuesto, su mirada y su percepción puede ser, y así tiene que ser, confluente y móvil para no convertirse en un absoluto, en una ideología mineralizada y que pretenda erigirse en verdad única, exclusiva. La percepción poética impide que esto ocurra porque el ámbito de la poesía es lo relativo, lo cambiante, lo múltiple, lo plural. Este universo trabaja para la contradicción y aun cuando sea o pueda ser aspiración última del poeta elevar una plataforma para la perspectiva absoluta, el juego y el giro de las palabras, sus precarias certidumbres, su rica e inubicable danza de las formas, ritmos y emociones hacen del texto poético un excelente escenario de la fuga, del cambio, de lo dinámico, del hoy antiguo, de lo arcaico contemporáneo, del futuro milenario. La posibilidad del poema de situarse en lo insituable, de concretar lo utópico, de dialogar con los tiempos, el Tiempo, el Ser y el Devenir simultáneamente, lo revelan como el topos del diálogo, la tolerancia, la duda, el escepticismo. Pero también, paradójicamente, al conjugar todos estos aspectos, hace que resuene en nosotros una vivencia de lo total, lo cierto, lo absoluto, lo utópico. La poesía logra por lo menos en el parpadeo de la lectura superar las contradicciones, visualizar lo imposible, tocar el infinito, habitar el reino de la imagen. Pero este saber, de sabor tan efímero y precario, es también la forma más idónea para expresar lo imponderable, lo que se nos escapa de las manos y de los sentidos, lo que nos niega obstinadamente lo evidente. Es la crítica y la alternativa a lo obvio, a la falsa permanencia, al falso cambio.

El poema nos da constantemente ese asombroso y perplejo tránsito a lo duradero, a lo efímero y viceversa: "Hambre de eternidad padece el tiempo", ha dicho Octavio Paz y "Sólo lo fugitivo permanece y dura", ha dicho Quevedo. Juan Liscano ha traído a la literatura nacional, aparte de su ya grande y valioso trabajo de investigador de nuestros mitos, de nuestras visiones, de nuestras tradiciones populares, la crítica de la literatura venezolana, sus estudios sobre Rómulo Gallegos y sus lúcidos acercamientos a nuestra poesía. Nos ha revelado en su trabajo, en su investigación, en la relación dialéctica entre experiencia vital y poesía, entre las preguntas por el amor, lo espiritual, Dios, el universo, el sentido de la existencia, de la muerte, de la historia que se hace el hombre Liscano, y la lucha denodada, tenaz, apasionada, por traducir estas preocupaciones y desconcierto en una obra de lenguaje de altas tensiones, de honda raigambre y cala en el alma venezolana. Las mismas angustias, el mismo sentido agónico, las mismas desgarraduras del ánimo y de la conciencia, se expresan en los mismos términos, en las mismas obsesiones, en la misma mitología, en la poesía y sus estudios históricos, sociales, políticos o culturales.

Los interrogantes poéticos son los mismos que los de su vocación intelectual, académica o crítica. Nombrar contra el tiempo quiso Liscano que se llamara su primera antología. Y son precisamente los elementos de deshumanización, de destrucción que ve en la Historia, en el discurso sucesivo, en la razón y en la dimensión de la escritura, los que revelan, los que le señalan, los que apuntan a las precariedades, las aporías, el tema de lo efímero, de lo que se derrumba, el ciclo de las catástrofes y los apocalipsis de su obra poética. Nombrar contra el tiempo, contra la Historia, es crítica de la Historia concebida como guerra, destrucción, explotación, maquinización de lo humano y negación del hombre por los dogmas, las esclavitudes, la estupidización; la lucha entre los demonios de la Historia y de los orígenes. La naturaleza y el paraíso perdido tejen otra sustancia primordial en los que se basa el sueño de los poemas de Juan Liscano. La muerte de la muerte, la muerte de la Historia, la historia de la muerte, la vida de la muerte, la muerte de la vida, intercambian sus papeles, sus funciones y amasan otra de las construcciones de esta lírica de raíz nacional, latinoamericana y universal.

Ha alcanzado Liscano con su poesía la dimensión verbal e imaginaria en la que es posible el concierto de voces, de las más disímiles cosmogonías y alegorías de los buceos e inmersiones espirituales del hombre. Ha logrado construir una matriz en la que hierven y se cuecen idénticas persecuciones de la identidad y/o la alteridad, la iluminación interior, el descenso o la caída, la aprehensión efímera y parpadeante de los paraísos perdidos, los viajes del cuerpo astral, el transporte y el trance chamánicos, la alquimia de las materias terrenales, la comunión de los infiernos de Illo Tempore con los siempre vigentes de la Historia y la actualidad. La idea de lo actual la vislumbra así mismo Liscano en el corazón de los saberes arcaicos; su idea de la constante creación, del constante hacerse de las cosas, de sus metamorfosis, pasa por el meridiano y por las resonancias y coincidencias de los espacios y los tiempos.

Pienso que el aporte más importante y fundamental de Juan Liscano a la poesía venezolana, su contribución más personal, es precisamente esa arquitectura verbal en la que sin tener el ojo y el oído atentos exclusivamente a su actualidad, él descubre en los movimientos secretos y sigilosos de lo moderno, de la historia actual, una rendija por la que se dejan colar visiones, experiencias, vivencias, pervivencias que siguen asediando, rondando, emplazando las estructuras más hondas de la intimidad mítica y cósmica del hombre. Porque el poeta inventa un camino, devela un puente para llegar hasta la intimidad, hasta el sueño vegetal o mineral de los siglos, y así mismo para abrir las puertas de sentidos dormidos durante milenios, a los que éste presta una vía para que los retomemos o descubramos en los ritos, en los gestos, en los pasos, en los silencios más desprevenidos, la afloración de nuestro ser tutelar del paleolítico como ha dicho en algunos de sus versos. El chamán desdoblado en antropólogo, el mitólogo ampliado en poeta y el poeta irrigando todas sus exploraciones.

Enrique Arenas. Investigador

 


 

Foto: Vasco Szinetar
"El olvido no flota", insiste Antonia Palacios

Antonia Palacios, una doncella fantasmal

Tenía yo 20 años cuando conocí a Antonia. Su casa y su taller Calicanto se ofrecían puntualmente cada lunes para los que, como yo, hacíamos el intento de escribir y bordeábamos la literatura con la furia y la emoción propias de esa edad. Yo entraba por el jardín que entonces Antonia cuidaba primorosamente -sobre todo las flores de loto que flotaban en el estanque- y sentía que entraba en un gran reino. El suyo.

Detrás de una pesada puerta de madera estaba Antonia sentada, esperándonos, vestida con chifones y sedas, llena de collares y joyas extrañas, flotando en un humo delicado, detrás de un cigarrillo largo y un vaso de whisky tintineante. Estaba allí, puntual, antes que nadie y nos ofrecía esa sonrisa sólo suya, cruzando las piernas que se mantenían extrañamente intactas como las de una adolescente.

Era parte del rito esperar en la antesala, admirando los cuadros, el piano de cola y la belleza de otra época detenida en las esquinas de aquella casa y hablando de los últimos acontecimientos literarios, para que, entre una bocanada de humo y un silencio en el aire, Antonia fuera Antonia -sólo ella podía ser así- y nos contara de otra época. Nosotros éramos nosotros, y lastimosamente o para nuestra suerte no éramos Antonia, y yo intentaba de todo corazón acercarme allí para aminorar esa carga, esa pesada carga que ella llevaba tan altiva. Me convertí en una pequeña y delgada confidente, callada, tímida, de 20 años, que con mi viejo Renault destartalado la iba a buscar todos los viernes para que cenáramos en el Country Club. Allí Antonia era también Antonia, y los mesoneros nos recibían desde la entrada, nos abrían todas las puertas, nos sentaban en la mejor mesa, el chef recomendaba el mejor plato, y Antonia era hermosamente Antonia y disfrutaba como una chiquilla consentida.

Por Calicanto pasamos casi todos -por no decir que todos-, y era mucho lo que teníamos y debíamos en agradecimiento a ese singular personaje. El día que Antonia decidió que era hora de cerrar su taller porque no oía, y después de intentar de manera infructuosa y por todos los medios que siguiera oyendo (gritando nuestros textos, leyendo con micrófonos, sentándonos a su lado izquierdo o a su lado derecho), no nos percatamos de tan triste acontecimiento. Simplemente acatamos su decisión, porque sí, era cierto que ya ella no disfrutaba como antes de esas reuniones, y era cierto que nosotros estábamos demasiado ocupados en nosotros, demasiado intensamente interesados en escucharnos para dejar de ser nosotros y hablar más alto y más despacio.

Antonia era Antonia y esperó que continuáramos con nuestras visitas. Algunos otros miembros del taller y yo continuamos visitándola, primero puntualmente acatando el ritual, y luego con visitas más y más esporádicas. La vida de personas ocupadas nos envolvía, alejándonos de ese gran reino que eran su jardín y su casa, de su sordera, sus cuadros y su amor prisionero en una poltrona. Para la vejez más profunda hay que tener una paciencia profunda también, y nosotros comenzábamos a ser nosotros apenas, y qué sabíamos de la paciencia entonces, mucho menos de la vejez que estaba muy lejos para siquiera preocuparnos.

Ahora que el taller Calicanto es parte de la historia de otra década y se le rinde un tributo más que merecido a este gran personaje que es aún Antonia, increíblemente viva y sostenida entre sus piernas adolescentes, presa en su casa, su silla y su cama, hermosa aún como una doncella fantasmal, perdida en el tiempo, en las horas, en la letanía de su día a día, me pregunto quién era Antonia más allá de la máscara del personaje que aparentemente impostaba para vivir. Quién era, quién, si era tanto ella misma que nos resultaba de tal modo inaccesible.

Así que saco todos los libros que tengo de ella, y releo de manera febril uno y otro, busco entre líneas como si saldara una deuda, como si tuviera que comprenderla para pagarle algo que le debo, algo perdido entre mi inocencia y mis veinte años. ¿Quién era, más allá de la mujer espléndida y erguida, de voz profunda y melancólica que ella mostraba? ¿Quién, más que la diva pasada y presente que hacía mohínes y guiños a sus setenta años para conquistar a los caballeros y aún era atractiva y aún esa coquetería podía quedarle bien?

Han tenido que pasar varios años para que retomando su lectura yo pueda comprenderla más allá de la apariencia. He sacado con pinzas lo que proyectaba como una alucinación, visto que la tengo sólo en mi memoria y no he vuelto penosamente a verla (y si tal vez lo hiciera de todos modos no la encontraría), y he logrado sorprenderme de nuevo con su hallazgo.

Antonia, ¡cómo eras Antonia! Qué muerte te sostuvo tan largamente para que quedaras así, no sólo prisionera de tu casa y tu cuarto, sino de algo peor: de tu propio cuerpo.

Tú eras tú y estabas también ahí. Igual que nosotros parecías haber sobrevivido a tu manera y con tus píldoras a la noche anterior, pero no nos sacabas la cuenta de tus fantasmas sino que leías desde un papel doblado lo que podía ser un cuento, un poema, una prosa poética o todas esas cosas juntas. Y como nadie tiene la habilidad de ser el otro, ninguno nos percatábamos de lo difícil que era ser Antonia. Atrapada en tu tiempo, con una construcción sólida de tu cárcel, estabas ahí, victoriosa de ser tú, pero terriblemente afligida y consternada.

No solamente afligida por la aflicción que nos toca a todos los que llevamos la poesía como fardo (esa especie de dolor vivo por la vida), sino que además tenías sobre tu cuerpo y tu conciencia desde mucho antes, el peso de lo que sería para siempre tu propia muerte.

Porque por alguna razón te quedaste prisionera de tu tiempo, imposibilitada de dejarlo andar, de dejar que tus piernas te sobrellevaran, atrapada por la sombra de ti misma (de lo que habías sido alguna remota vez) y toda esa imagen te postró, te momificó, y te hizo diosa ante nuestros ojos.

Y mucho más temible que la muerte era para ti la vida misma, momificada de esa manera a lo largo de un cuerpo y llena, repleta de fantasmas como estabas.

Los relatos de Antonia, sus poemas, sus cartas, están escritos en la oscuridad de la noche, en estado de vigilia y completamente ausentes de ella misma. A manotazos, arañando las paredes como bien la describe Marta Traba, Antonia se debatía con sus fantasmas. Y por extraño que pueda parecer, por curioso y hasta irónico, eran sus sueños lo que iba escribiendo en ese estado de vigilia. Digamos que Antonia no podía dormir porque temía olvidar lo que soñaba y entonces permanecía así, atenta y ausente, con un lápiz en la mano y una pastilla en la otra, para garabatear de manera furiosa cada sueño que la asaltaba y luchar con la noche por cada minuto que pasaba .

Así, "medium de sí misma", como también diría Marta Traba, Antonia quedó marginada del mundo. Y no sólo del mundo sino de la misma literatura y de todos nosotros tras cerrar sus puertas de Calicanto. No porque alguien se empeñara en marginarla, sino porque esa ha sido su manera de estar sobre la tierra y su más grande virtud. Nadie que esté permanentemente en vilo, en espera de su muerte, separado de su ser, ausente de sí mismo y extrañamente cuerdo, puede compartir con los otros desde este lado del vivir. Comparte la grandeza de su ser desde otros espacios y por breves instantes, y eso es lo que tuvimos de Antonia Palacios los que con mucha suerte pasamos por Calicanto. Fuimos cómplices de haberla escuchado y quedamos para siempre bajo el ala de su protección fantasmal.

Nos queda para siempre la deuda de haberla conocido, por el simple e insólito hecho de que Antonia era Antonia y eso es simplemente un hecho irrepetible. Así, con la paz que dan los treinta y cinco y a la luz de mis veinte años, puedo rezar por ti y por todos nosotros, porque hemos acogido en nuestro seno el fruto de la poesía y debemos temerle a su encanto y al poder de que cada quién sea como cada quién es. Por esa razón, Antonia, "no sé qué hacer con tu recuerdo", pero te aseguro que sigues en pie y viva como entonces en cada uno de nosotros.

Sonia González. Poeta

 


 

Foto: Lisbeth Salas-Soto
Armando Rojas Guardia o "la alteridad como sacramento"

La poesía de Armando Rojas Guardia, una fiesta religiosa y pagana

El contacto con la obra de Armando Rojas Guardia preserva para mí una zona a la que vuelvo de continuo para renovar una fuente del espíritu que desde hace ya varios años me viene como una música a conmover, a movilizar la atención, la comprensión, los afectos, con una calidad de lo sonoro, de la voz, donde encuentro, en ese pozo inmerecido, en ese regalo, una convocatoria a vivir, a escribir, a ser, que me la convierte en entrañable compañera del alma, sin la que me sería imposible entender el propio tránsito por las arenas de la vida y de la poesía.

Lo propio de ser quienes somos tal vez sea la capacidad de alterar la anotación indiferente de la aurora, en una suerte de composición sin desgaste, la que viene a colmar la vacante de sentido, la misma que reclama su complemento, la que nos pone a andar. Decir es abundar en el rodeo, rebosar limitados recipientes con el sinfín de los tanteos, de los falsos cuadernos que se prolongan y se multiplican ante la fascinación de los bosques. Si cerca del mar de la abundancia uno encontrara la entonación que recupere lo justo, la necesaria modulación del énfasis. Si ante la obra de Rojas Guardia pudiera, puesto ante la situación de esclarecérmela, avanzar por el sendero de sus hallazgos, al menos ofrecer una concavidad apta para insinuar la escalada de las resonancias, ecos que me solicita la gratitud para dar cuenta de tanto don recibido, le daría, pleno de un entusiasmo acumulado, con el peso que se merece esta osadía, un mapa nuevo al goce de contemplar esa misma luz en otra tela, igual de esencial por lo que tendría de inteligencia, belleza, hondura y conducta.

Alguna vez comenté que su tema era el amor, el endecasílabo perfecto del amor, y que brillaban en su obra las contradicciones. Creo no haberme equivocado, porque en esta poesía avanzamos por las zonas sagradas donde reivindicamos a la alteridad como sacramento, signo visible donde el dolor y el canto se demoran y enamoran, atienden y padecen, surgen y desaparecen para dejarnos en las vacías tinieblas donde provoca, esa intemperie, ese desamparo, un grito sordo de total extrañamiento.

Del mismo amor ardiendo es su primer libro. Un paso iniciático por las amapolas de la alegría y las dentelladas de la angustia. El mundo vegetal se enriquece de imágenes y la desolación busca un cuarto en París para rumiar su estirpe de hombre del subsuelo. Metáforas donde la riqueza es desbordante y da cuenta de las aves que cruzan por los montes, y también las lámparas de estudiante donde el insomnio resplandece obsesivo, atado a la conciencia del desastre. Desde un comienzo son estas las caras duales de su presencia, la suntuosa propagación de los dones de la tierra, y la ascética de quien conoce a fondo las más ruines razones que puede albergar la belleza entre su corte.

Poesía y ensayo van de la mano construyendo su espacio, con el mismo buen decir que lo caracteriza, con la inteligencia atenta de quien busca una mirada que pueda unir en un solo cuerpo verbal, ética y estética, poesía y religión, política y metafísica. Su sintaxis vigorosa marca el terreno con una sonoridad quemante, digo, que deja huella indeleble, como si se propusiera una inscripción sobre la piedra y no un trazado con el lápiz. En El Dios de la intemperie uno puede escuchar la voz de alguien que, cosa inusual en la literatura venezolana, le presta toda la atención a sus preocupaciones más íntimas, y toma posición sobre las mismas: Dios, el mundo contemporáneo, la locura, la homosexualidad, la amistad, la mística, la oración, el jazz. Ensayo éste donde la valentía no le vuelve a ser extraña, donde Dios está al lado de los oprimidos, donde la homosexualidad se dice sin mancha, donde la poesía reclama para sí el espacio de una espiritualidad en franca contradicción con este mundo, donde el jazz es la encarnación musical de la metafísica urbana. Calidoscopio de Hermes le da continuidad conceptual al primer libro de ensayos y escribe palabras inolvidables sobre ese arte de pensar y la erótica que entraña este género al resolverse en cuerpo sinfónico sobre la página. Pero me refiero a sus ensayos sólo en tanto que variaciones estilísticas de esta escritura, como fundamentos necesarios de una reflexión que es unitaria en su vocación integradora, y no como objetos aislados para el comentario en estas páginas.

Yo que supe de la vieja herida avanza en la dirección de una poesía que explicita el decir homoerótico y pone en cuestión a la palabra poética, por la desconfianza que experimenta ante la misma, por la elaboración que distancia, por el engreimiento banal de quien la escribe. El poema "Casi arte poética" me resulta especialmente significativo, pues con acentuado, recargado lirismo, pone frente a sí a su objeto de esta manera enemistado con su sentir más auténtico, el que le señala, con sorna, a la querida composición como ajena a la herida que lo reclama. No la belleza ni la larga secuencia de escenas donde la pálida decadencia hace sus fiestas y una escenografía de "ánades, deidades / lluviosas como silbo entre los álamos, ánforas gigantes con petunias" rubrica con su nácar la ironía de los detalles. Distancia, rabia, culto inevitable, el poema es víctima y es también culpable. Poema que hiere, porque lo más querido, cierta cadencia voluptuosa hecha luz polivalente en el dorso de las palabras, viene a resultar la obscena materia del crimen, casi monstruosa en su atavío de oropeles. Falsedad y olvido que amenazan muy de cerca con su ráfaga lasciva a quien hace de la sensibilidad un laboratorio de impresiones. Laboratorio donde el Yo deslumbra y enceguece, donde el prójimo no existe, pareciera. Quizás la poesía de Rojas Guardia, entre otras razones, se distinga por la calidad de su exposición más desnuda, por no olvidar jamás el jadeo existencial ni el casto voto de silencio que una y otra vez se ve violado en su intimidad por una necesidad que le viene desde las raíces más poderosas y secretas de la expresión.

En Poemas de Quebrada de la Virgen hay varios epígrafes de la Biblia que nos acercan bastante al tono de este hermoso libro, transcribo algunos: "Oyeron al Señor Dios, que se paseaba por el jardín a la caída de la tarde. El hombre y la mujer se escondieron (...) Pero el Señor Dios llamó al hombre:
-¿Dónde estás?
El contestó: -Te oí en el jardín, me entró miedo porque estaba desnudo"; en otro leemos: "…llegó con un frasco de perfume; se colocó detrás de él, junto a sus pies, llorando, y empezó a regarle los pies con sus lágrimas (...) Y El volviéndose a la mujer, dijo a Simón: '…se le perdonan sus pecados, porque amó mucho'"; y en otro: "…sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos".

¿Qué mundo interviene con sus imágenes en esta realidad tan carente del sentimiento de lo sagrado? ¿A cuál experiencia nos remite? ¿De qué hablan? ¿Qué nostalgia del Paraíso en un orden prosaico? ¿Cuál es el destierro que sienten los avergonzados, lejos de Dios? ¿Por qué la desnudez da pena y sufrimiento? ¿El pecado original, la culpa atávica a quién interpela, sino al poeta, al que reconoce en los signos visibles la tangible huella de lo divino? Haría falta en verdad abrir nuestra torpe vivencia religiosa a estas bellas palabras donde un orden nuevo surge con una delicadeza que apenas intuimos y no logramos asir, por la prisa amnésica, en la exacta emoción que corresponde.

En Hacia la noche viva se intensifica la vía mística, se oscurece el sentido y la imagen de la catedral se impone en la lectura tal vez a causa de la elaboradísima construcción del poema. Es un libro donde el orden duele, donde la forma, el rigor escritural, es trabajo silenciosamente desesperado, trabajo del alma que intenta sobrevivir en el vacío sin polvo. La experiencia que aquí se relata sólo podemos intuirla, atisbarla, desde el abandono sistemático -del color, de la voz, del atributo-, desde el grado cero de la conciencia. Experiencia límite y autodestructiva: se trata de llegar al lugar que no tiene sitio; del envés, nunca del centro; de la conciencia que intenta ir más allá de sí misma, de franquear el velo que la sostiene. Una lucidez mineralizada hace del páramo una geografía rocosa de blancura ciega y cegadora, y del excremento un símbolo de la materia residual, sobrante, que somos.

La nada vigilante genera múltiples equívocos, siendo quizás el mayor el que ve en esta obra la clásica y ya un poco lejana angustia del escritor ante la página en blanco, esa como metafísica de la composición no resuelta aún en los acordes precisos. Esa nada que vigila en estas páginas es más literal que metafórica, pues se trata de la nadificación experimentada por la psique luego de devastadores estremecimientos, y el deseo de hablar desde allí, desde ese hueco quizás anhelante de algún rasgo simbólico que le dé vida al propio imaginario, resonancia donde palparse de nuevo, cuerpo verbal donde tocar lo que quedó del naufragio. Libro de los extremos, de la muerte de la psique y del renacimiento.

Crónica de la memoria, su libro más reciente, es un ensayo autobiográfico que abre sus páginas con el nacimiento de la conciencia en un contexto mítico: la Navidad. De nuevo nos sorprenden las imágenes vegetales: el abeto corpulento, las hojas que se mueven como labios, prodigando amparo, paz, quietud. Fecundidad de la memoria y raíces para atar los cabos que conforman el tesoro inicial de la aventura del sentido. Multiplicidad de caminos y las imágenes lumínicas fijando los rostros de la fiesta en Nochebuena. De pronto, un tren en mitad de la escena del recuerdo infantil, un tren eléctrico para el viaje interior que ha de fijar las estaciones, que ha de precisar las paradas donde padre y madre estarán de alguna manera presentes, al igual que ahora, al amanecer del deslumbramiento, están en el frondoso árbol que convoca a una celebración universal. También le adviene otra imagen, la imagen del circo, trapecistas errabundos que van por el mundo con el mensaje gitano de la carpa, y la belleza ceremonial del joven domador herido en una suerte donde los signos de la muerte se avecinan y el látigo resulta doloroso sobre la piel rayada de los espléndidos Bengala. Esplendor, peligro, vida y dolor y vísperas de amor, nacimiento y agonía. Creo que en este libro de Armando, el poeta y el filósofo, el ensayista y el lírico, el desvelado por las imágenes y los conceptos, logra una síntesis conmovedora y admirable. Fe de vida, testimonio, caldo existencial.

Miguel Márquez. Poeta y ensayista

 

N° 53 Aņo III
Caracas, sábado 06 de mayo de 2000
 
 
UN PROYECTO ARQUITECTONICO QUE PREFIGURA LOS MEJORES CONCEPTOS DEL ARTE MODERNO
Borromini: el barroco, el ojo y la muerte

(Alejandro Oliveros)
 

Tributo
JUAN LISCANO, ANTONIA PALACIOS Y ARMANDO ROJAS GUARDIA MAS ALLA DE LOS GRUPOS LITERARIOS
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(Miguel Márquez)

Reflexión
LA ESCRITURA LITERARIA
¿Cómo nace la palabra poética?
(Rafael Rattia)
Reseña
EL AUTOR Y SU OBRA RECUPERADOS EN UN CD-ROM Y UN SITE
El museo imaginario de Marcel Proust
(Claudine Canetti)
 
 
 
 
 

 

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