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Tributo
JUAN
LISCANO, ANTONIA PALACIOS Y ARMANDO ROJAS GUARDIA MAS ALLA DE LOS
GRUPOS LITERARIOS
Presencias tutelares, dioses
a la intemperie
Misión
reciente del Ateneo de Valencia
y de la Universidad de Carabobo fue la de honrar e invitar a discutir
en torno a la herencia de
los grupos y talleres literarios surgidos en la década
de los ochenta. Propicia entonces fue la ocasión para homenajear
a dos tempranos incitadores: Juan Liscano y Antonia Palacios. Y
en esa línea proclive al riesgo en pos de atisbar la imagen
poética,
el nombre de Armando Rojas Guardia concentró gran parte de
la atención. Verbigracia se hace eco del reconocimiento
en las voces de Enrique Arenas, Miguel Márquez y Sonia González
«««
En los espacios
del Ateneo de Valencia los nombres de Juan Liscano y Antonia Palacios
iluminaron el firmamento de la reflexión creadora y recibieron
emocionado reconocimiento.
Se les evocó y se les invocó porque su larga y fructífera
trayectoria les ha forjado un perfil de tutores, de rectores de
la expedición hacia la palabra poética. Cómo
negar que Liscano ha inventado un camino, ha develado "un puente
para llegar a la intimidad, hasta el sueño vegetal o mineral
de los siglos", como adelanta Enrique Arenas. Quién
puede releer si no de una manera febril, tal y como lo hace Sonia
González, la obra de la bella e insomne Antonia Palacios.
Qué hubiese sido del cuerpo sin "el endecasílabo
perfecto del amor" que se engendra
en la poesía de Armando Rojas Guardia y gracias a la cual,
advierte Miguel Márquez,
"avanzamos por las zonas sagradas donde reivindicamos a la
alteridad como sacramento,
signo visible donde el dolor y el canto se demoran y enamoran"
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Foto: Archivo
Juan Liscano, un chamán de la poesía
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Juan
Liscano, peregrino de la materia oscura
Si algo define la búsqueda
poética de Juan Liscano es la noción de sabiduría.
Durante su ya rica y experimentada existencia la literatura ha sido
para él una preocupación, una angustia por las preguntas
esenciales, por recorrer los siempre transitados pero inagotables
caminos de la iluminación y la revelación de las verdades
y los sesgos del ser, de esa senda siempre soterrada y en constante
emergencia de las visiones, las entrevisiones, la otra ladera de
lo real aparente. La senda por la que se ha esforzado por transitar
desemboca en la inquisición, en las obsesiones que más
honda raigambre tienen en algunos hombres de sensibilidad, de espiritualidad
agonística y de vocación por el conocimiento
de la materia oscura. Su atracción por los grandes
enigmas y especulaciones de la filosofía, la ciencia y las
religiones marca gran parte de su paso por ese saber de lo que alguien
ha llamado el uno indual. Atraviesa como un eje imantado,
hechizado, la poética de Juan Liscano la certidumbre
que trata de construir para lo inabordable, lo múltiple,
la vertiente misteriosa de lo aparente, lo que pudiéramos
llamar una lógica de la alucinación coherente, para
decirlo con el nuevo e inédito título de Hesnor
Rivera: "Gramática del alucinado".
La pregunta
por lo que somos, por lo que hemos sido, cómo ha operado
ese proceso, qué es lo que nos diferencia y caracteriza y
al mismo tiempo nos iguala a los demás hombres de la tierra,
nuestro lugar en el mundo y en la cultura universal, lo ha desvelado
y lo desvela tanto en sus textos poéticos como en sus otras
inquisiciones. Es uno de los intelectuales venezolanos, uno de los
más importantes poetas que ha hecho de esa preocupación
su norte, su destino; es entre nuestros escritores quizá
el que con una mayor coherencia ha logrado construir una visión,
opus nigrum, desde la cual vernos, sentirnos, entendernos,
palparnos, explicarnos. Por supuesto, su mirada y su percepción
puede ser, y así tiene que ser, confluente y móvil
para no convertirse en un absoluto, en una ideología mineralizada
y que pretenda erigirse en verdad única, exclusiva. La percepción
poética impide que esto ocurra porque el ámbito de
la poesía es lo relativo, lo cambiante, lo múltiple,
lo plural. Este universo trabaja para la contradicción y
aun cuando sea o pueda ser aspiración última del poeta
elevar una plataforma para la perspectiva absoluta, el juego y el
giro de las palabras, sus precarias certidumbres, su rica e inubicable
danza de las formas, ritmos y emociones hacen del texto poético
un excelente escenario de la fuga, del cambio, de lo dinámico,
del hoy antiguo, de lo arcaico contemporáneo, del futuro
milenario. La posibilidad del poema de situarse en lo insituable,
de concretar lo utópico, de dialogar con los tiempos, el
Tiempo, el Ser y el Devenir simultáneamente, lo revelan como
el topos del diálogo, la tolerancia, la duda, el escepticismo.
Pero también, paradójicamente, al conjugar todos estos
aspectos, hace que resuene en nosotros una vivencia de lo total,
lo cierto, lo absoluto, lo utópico. La poesía logra
por lo menos en el parpadeo de la lectura superar las contradicciones,
visualizar lo imposible, tocar el infinito, habitar el reino de
la imagen. Pero este saber, de sabor tan efímero y precario,
es también la forma más idónea para expresar
lo imponderable, lo que se nos escapa de las manos y de los sentidos,
lo que nos niega obstinadamente lo evidente. Es la crítica
y la alternativa a lo obvio, a la falsa permanencia, al falso cambio.
El poema nos
da constantemente ese asombroso y perplejo tránsito a lo
duradero, a lo efímero y viceversa: "Hambre de eternidad
padece el tiempo", ha dicho Octavio Paz y "Sólo
lo fugitivo permanece y dura", ha dicho Quevedo. Juan Liscano
ha traído a la literatura nacional, aparte de su ya grande
y valioso trabajo de investigador de nuestros mitos, de nuestras
visiones, de nuestras tradiciones populares, la crítica de
la literatura venezolana, sus estudios sobre Rómulo Gallegos
y sus lúcidos acercamientos a nuestra poesía. Nos
ha revelado en su trabajo, en su investigación, en la relación
dialéctica entre experiencia vital y poesía, entre
las preguntas por el amor, lo espiritual, Dios, el universo, el
sentido de la existencia, de la muerte, de la historia que se hace
el hombre Liscano, y la lucha denodada, tenaz, apasionada,
por traducir estas preocupaciones y desconcierto en una obra de
lenguaje de altas tensiones, de honda raigambre y cala en el alma
venezolana. Las mismas angustias, el mismo sentido agónico,
las mismas desgarraduras del ánimo y de la conciencia, se
expresan en los mismos términos, en las mismas obsesiones,
en la misma mitología, en la poesía y sus estudios
históricos, sociales, políticos o culturales.
Los interrogantes
poéticos son los mismos que los de su vocación intelectual,
académica o crítica. Nombrar contra el tiempo
quiso Liscano que se llamara su primera antología.
Y son precisamente los elementos de deshumanización, de destrucción
que ve en la Historia, en el discurso sucesivo, en la razón
y en la dimensión de la escritura, los que revelan, los que
le señalan, los que apuntan a las precariedades, las aporías,
el tema de lo efímero, de lo que se derrumba, el ciclo de
las catástrofes y los apocalipsis de su obra poética.
Nombrar contra el tiempo, contra la Historia, es crítica
de la Historia concebida como guerra, destrucción, explotación,
maquinización de lo humano y negación del hombre por
los dogmas, las esclavitudes, la estupidización; la lucha
entre los demonios de la Historia y de los orígenes. La naturaleza
y el paraíso perdido tejen otra sustancia primordial en los
que se basa el sueño de los poemas de Juan Liscano.
La muerte de la muerte, la muerte de la Historia, la historia de
la muerte, la vida de la muerte, la muerte de la vida, intercambian
sus papeles, sus funciones y amasan otra de las construcciones de
esta lírica de raíz nacional, latinoamericana y universal.
Ha alcanzado
Liscano con su poesía la dimensión verbal e
imaginaria en la que es posible el concierto de voces, de las más
disímiles cosmogonías y alegorías de los buceos
e inmersiones espirituales del hombre. Ha logrado construir una
matriz en la que hierven y se cuecen idénticas persecuciones
de la identidad y/o la alteridad, la iluminación interior,
el descenso o la caída, la aprehensión efímera
y parpadeante de los paraísos perdidos, los viajes del cuerpo
astral, el transporte y el trance chamánicos, la alquimia
de las materias terrenales, la comunión de los infiernos
de Illo Tempore con los siempre vigentes de la Historia y
la actualidad. La idea de lo actual la vislumbra así mismo
Liscano en el corazón de los saberes arcaicos; su idea
de la constante creación, del constante hacerse de las cosas,
de sus metamorfosis, pasa por el meridiano y por las resonancias
y coincidencias de los espacios y los tiempos.
Pienso que el
aporte más importante y fundamental de Juan Liscano
a la poesía venezolana, su contribución más
personal, es precisamente esa arquitectura verbal en la que sin
tener el ojo y el oído atentos exclusivamente a su actualidad,
él descubre en los movimientos secretos y sigilosos de lo
moderno, de la historia actual, una rendija por la que se dejan
colar visiones, experiencias, vivencias, pervivencias que siguen
asediando, rondando, emplazando las estructuras más hondas
de la intimidad mítica y cósmica del hombre. Porque
el poeta inventa un camino, devela un puente para llegar hasta la
intimidad, hasta el sueño vegetal o mineral de los siglos,
y así mismo para abrir las puertas de sentidos dormidos durante
milenios, a los que éste presta una vía para que los
retomemos o descubramos en los ritos, en los gestos, en los pasos,
en los silencios más desprevenidos, la afloración
de nuestro ser tutelar del paleolítico como ha dicho en algunos
de sus versos. El chamán desdoblado en antropólogo,
el mitólogo ampliado en poeta y el poeta irrigando todas
sus exploraciones.
Enrique
Arenas. Investigador
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Foto:
Vasco Szinetar
"El olvido no flota", insiste
Antonia Palacios
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Antonia
Palacios, una doncella fantasmal
Tenía yo 20 años
cuando conocí a Antonia. Su casa y su taller Calicanto se
ofrecían puntualmente cada lunes para los que, como yo, hacíamos
el intento de escribir y bordeábamos la literatura con la
furia y la emoción propias de esa edad. Yo entraba por el
jardín que entonces Antonia cuidaba primorosamente -sobre
todo las flores de loto que flotaban en el estanque- y sentía
que entraba en un gran reino. El suyo.
Detrás
de una pesada puerta de madera estaba Antonia sentada, esperándonos,
vestida con chifones y sedas, llena de collares y joyas extrañas,
flotando en un humo delicado, detrás de un cigarrillo largo
y un vaso de whisky tintineante. Estaba allí, puntual, antes
que nadie y nos ofrecía esa sonrisa sólo suya, cruzando
las piernas que se mantenían extrañamente intactas
como las de una adolescente.
Era parte del
rito esperar en la antesala, admirando los cuadros, el piano de
cola y la belleza de otra época detenida en las esquinas
de aquella casa y hablando de los últimos acontecimientos
literarios, para que, entre una bocanada de humo y un silencio en
el aire, Antonia fuera Antonia -sólo ella podía ser
así- y nos contara de otra época. Nosotros éramos
nosotros, y lastimosamente o para nuestra suerte no éramos
Antonia, y yo intentaba de todo corazón acercarme allí
para aminorar esa carga, esa pesada carga que ella llevaba tan altiva.
Me convertí en una pequeña y delgada confidente, callada,
tímida, de 20 años, que con mi viejo Renault destartalado
la iba a buscar todos los viernes para que cenáramos en el
Country Club. Allí Antonia era también Antonia, y
los mesoneros nos recibían desde la entrada, nos abrían
todas las puertas, nos sentaban en la mejor mesa, el chef
recomendaba el mejor plato, y Antonia era hermosamente Antonia y
disfrutaba como una chiquilla consentida.
Por Calicanto
pasamos casi todos -por no decir que todos-, y era mucho lo que
teníamos y debíamos en agradecimiento a ese singular
personaje. El día que Antonia decidió que era hora
de cerrar su taller porque no oía, y después de intentar
de manera infructuosa y por todos los medios que siguiera oyendo
(gritando nuestros textos, leyendo con micrófonos, sentándonos
a su lado izquierdo o a su lado derecho), no nos percatamos de tan
triste acontecimiento. Simplemente acatamos su decisión,
porque sí, era cierto que ya ella no disfrutaba como antes
de esas reuniones, y era cierto que nosotros estábamos demasiado
ocupados en nosotros, demasiado intensamente interesados en escucharnos
para dejar de ser nosotros y hablar más alto y más
despacio.
Antonia era
Antonia y esperó que continuáramos con nuestras visitas.
Algunos otros miembros del taller y yo continuamos visitándola,
primero puntualmente acatando el ritual, y luego con visitas más
y más esporádicas. La vida de personas ocupadas nos
envolvía, alejándonos de ese gran reino que eran su
jardín y su casa, de su sordera, sus cuadros y su amor prisionero
en una poltrona. Para la vejez más profunda hay que tener
una paciencia profunda también, y nosotros comenzábamos
a ser nosotros apenas, y qué sabíamos de la paciencia
entonces, mucho menos de la vejez que estaba muy lejos para siquiera
preocuparnos.
Ahora que el
taller Calicanto es parte de la historia de otra década y
se le rinde un tributo más que merecido a este gran personaje
que es aún Antonia, increíblemente viva y sostenida
entre sus piernas adolescentes, presa en su casa, su silla y su
cama, hermosa aún como una doncella fantasmal, perdida en
el tiempo, en las horas, en la letanía de su día a
día, me pregunto quién era Antonia más allá
de la máscara del personaje que aparentemente impostaba para
vivir. Quién era, quién, si era tanto ella misma que
nos resultaba de tal modo inaccesible.
Así
que saco todos los libros que tengo de ella, y releo de manera febril
uno y otro, busco entre líneas como si saldara una deuda,
como si tuviera que comprenderla para pagarle algo que le debo,
algo perdido entre mi inocencia y mis veinte años. ¿Quién
era, más allá de la mujer espléndida y erguida,
de voz profunda y melancólica que ella mostraba? ¿Quién,
más que la diva pasada y presente que hacía mohínes
y guiños a sus setenta años para conquistar a los
caballeros y aún era atractiva y aún esa coquetería
podía quedarle bien?
Han tenido que
pasar varios años para que retomando su lectura yo pueda
comprenderla más allá de la apariencia. He sacado
con pinzas lo que proyectaba como una alucinación, visto
que la tengo sólo en mi memoria y no he vuelto penosamente
a verla (y si tal vez lo hiciera de todos modos no la encontraría),
y he logrado sorprenderme de nuevo con su hallazgo.
Antonia, ¡cómo
eras Antonia! Qué muerte te sostuvo tan largamente para que
quedaras así, no sólo prisionera de tu casa y tu cuarto,
sino de algo peor: de tu propio cuerpo.
Tú eras
tú y estabas también ahí. Igual que nosotros
parecías haber sobrevivido a tu manera y con tus píldoras
a la noche anterior, pero no nos sacabas la cuenta de tus fantasmas
sino que leías desde un papel doblado lo que podía
ser un cuento, un poema, una prosa poética o todas esas cosas
juntas. Y como nadie tiene la habilidad de ser el otro, ninguno
nos percatábamos de lo difícil que era ser Antonia.
Atrapada en tu tiempo, con una construcción sólida
de tu cárcel, estabas ahí, victoriosa de ser tú,
pero terriblemente afligida y consternada.
No solamente
afligida por la aflicción que nos toca a todos los que llevamos
la poesía como fardo (esa especie de dolor vivo por la vida),
sino que además tenías sobre tu cuerpo y tu conciencia
desde mucho antes, el peso de lo que sería para siempre tu
propia muerte.
Porque por
alguna razón te quedaste prisionera de tu tiempo, imposibilitada
de dejarlo andar, de dejar que tus piernas te sobrellevaran, atrapada
por la sombra de ti misma (de lo que habías sido alguna remota
vez) y toda esa imagen te postró, te momificó, y te
hizo diosa ante nuestros ojos.
Y mucho más
temible que la muerte era para ti la vida misma, momificada de esa
manera a lo largo de un cuerpo y llena, repleta de fantasmas como
estabas.
Los relatos
de Antonia, sus poemas, sus cartas, están escritos en la
oscuridad de la noche, en estado de vigilia y completamente ausentes
de ella misma. A manotazos, arañando las paredes como bien
la describe Marta Traba, Antonia se debatía con sus
fantasmas. Y por extraño que pueda parecer, por curioso y
hasta irónico, eran sus sueños lo que iba escribiendo
en ese estado de vigilia. Digamos que Antonia no podía dormir
porque temía olvidar lo que soñaba y entonces permanecía
así, atenta y ausente, con un lápiz en la mano y una
pastilla en la otra, para garabatear de manera furiosa cada sueño
que la asaltaba y luchar con la noche por cada minuto que pasaba
.
Así,
"medium de sí misma", como también
diría Marta Traba, Antonia quedó marginada
del mundo. Y no sólo del mundo sino de la misma literatura
y de todos nosotros tras cerrar sus puertas de Calicanto. No porque
alguien se empeñara en marginarla, sino porque esa ha sido
su manera de estar sobre la tierra y su más grande virtud.
Nadie que esté permanentemente en vilo, en espera de su muerte,
separado de su ser, ausente de sí mismo y extrañamente
cuerdo, puede compartir con los otros desde este lado del vivir.
Comparte la grandeza de su ser desde otros espacios y por breves
instantes, y eso es lo que tuvimos de Antonia Palacios los
que con mucha suerte pasamos por Calicanto. Fuimos cómplices
de haberla escuchado y quedamos para siempre bajo el ala de su protección
fantasmal.
Nos queda para
siempre la deuda de haberla conocido, por el simple e insólito
hecho de que Antonia era Antonia y eso es simplemente un hecho irrepetible.
Así, con la paz que dan los treinta y cinco y a la luz de
mis veinte años, puedo rezar por ti y por todos nosotros,
porque hemos acogido en nuestro seno el fruto de la poesía
y debemos temerle a su encanto y al poder de que cada quién
sea como cada quién es. Por esa razón, Antonia, "no
sé qué hacer con tu recuerdo", pero te aseguro
que sigues en pie y viva como entonces en cada uno de nosotros.
Sonia
González. Poeta
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Foto:
Lisbeth Salas-Soto
Armando Rojas Guardia o "la alteridad
como sacramento"
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La poesía
de Armando Rojas Guardia, una fiesta religiosa
y pagana
El contacto con la obra
de Armando Rojas Guardia preserva para mí una zona
a la que vuelvo de continuo para renovar una fuente del espíritu
que desde hace ya varios años me viene como una música
a conmover, a movilizar la atención, la comprensión,
los afectos, con una calidad de lo sonoro, de la voz, donde encuentro,
en ese pozo inmerecido, en ese regalo, una convocatoria a vivir,
a escribir, a ser, que me la convierte en entrañable compañera
del alma, sin la que me sería imposible entender el propio
tránsito por las arenas de la vida y de la poesía.
Lo propio de
ser quienes somos tal vez sea la capacidad de alterar la anotación
indiferente de la aurora, en una suerte de composición sin
desgaste, la que viene a colmar la vacante de sentido, la misma
que reclama su complemento, la que nos pone a andar. Decir es abundar
en el rodeo, rebosar limitados recipientes con el sinfín
de los tanteos, de los falsos cuadernos que se prolongan y se multiplican
ante la fascinación de los bosques. Si cerca del mar de la
abundancia uno encontrara la entonación que recupere lo justo,
la necesaria modulación del énfasis. Si ante la obra
de Rojas Guardia pudiera, puesto ante la situación
de esclarecérmela, avanzar por el sendero de sus hallazgos,
al menos ofrecer una concavidad apta para insinuar la escalada de
las resonancias, ecos que me solicita la gratitud para dar cuenta
de tanto don recibido, le daría, pleno de un entusiasmo acumulado,
con el peso que se merece esta osadía, un mapa nuevo al goce
de contemplar esa misma luz en otra tela, igual de esencial por
lo que tendría de inteligencia, belleza, hondura y conducta.
Alguna vez comenté
que su tema era el amor, el endecasílabo perfecto del amor,
y que brillaban en su obra las contradicciones. Creo no haberme
equivocado, porque en esta poesía avanzamos por las zonas
sagradas donde reivindicamos a la alteridad como sacramento, signo
visible donde el dolor y el canto se demoran y enamoran, atienden
y padecen, surgen y desaparecen para dejarnos en las vacías
tinieblas donde provoca, esa intemperie, ese desamparo, un grito
sordo de total extrañamiento.
Del mismo
amor ardiendo es su primer libro. Un paso iniciático
por las amapolas de la alegría y las dentelladas de la angustia.
El mundo vegetal se enriquece de imágenes y la desolación
busca un cuarto en París para rumiar su estirpe de hombre
del subsuelo. Metáforas donde la riqueza es desbordante y
da cuenta de las aves que cruzan por los montes, y también
las lámparas de estudiante donde el insomnio resplandece
obsesivo, atado a la conciencia del desastre. Desde un comienzo
son estas las caras duales de su presencia, la suntuosa propagación
de los dones de la tierra, y la ascética de quien conoce
a fondo las más ruines razones que puede albergar la belleza
entre su corte.
Poesía
y ensayo van de la mano construyendo su espacio, con el mismo buen
decir que lo caracteriza, con la inteligencia atenta de quien busca
una mirada que pueda unir en un solo cuerpo verbal, ética
y estética, poesía y religión, política
y metafísica. Su sintaxis vigorosa marca el terreno con una
sonoridad quemante, digo, que deja huella indeleble, como si se
propusiera una inscripción sobre la piedra y no un trazado
con el lápiz. En El Dios de la intemperie uno puede
escuchar la voz de alguien que, cosa inusual en la literatura venezolana,
le presta toda la atención a sus preocupaciones más
íntimas, y toma posición sobre las mismas: Dios, el
mundo contemporáneo, la locura, la homosexualidad, la amistad,
la mística, la oración, el jazz. Ensayo éste
donde la valentía no le vuelve a ser extraña, donde
Dios está al lado de los oprimidos, donde la homosexualidad
se dice sin mancha, donde la poesía reclama para sí
el espacio de una espiritualidad en franca contradicción
con este mundo, donde el jazz es la encarnación musical de
la metafísica urbana. Calidoscopio de Hermes le da
continuidad conceptual al primer libro de ensayos y escribe palabras
inolvidables sobre ese arte de pensar y la erótica que entraña
este género al resolverse en cuerpo sinfónico sobre
la página. Pero me refiero a sus ensayos sólo en tanto
que variaciones estilísticas de esta escritura, como fundamentos
necesarios de una reflexión que es unitaria en su vocación
integradora, y no como objetos aislados para el comentario en estas
páginas.
Yo que supe
de la vieja herida avanza en la dirección de una poesía
que explicita el decir homoerótico y pone en cuestión
a la palabra poética, por la desconfianza que experimenta
ante la misma, por la elaboración que distancia, por el engreimiento
banal de quien la escribe. El poema "Casi arte poética"
me resulta especialmente significativo, pues con acentuado, recargado
lirismo, pone frente a sí a su objeto de esta manera enemistado
con su sentir más auténtico, el que le señala,
con sorna, a la querida composición como ajena a la herida
que lo reclama. No la belleza ni la larga secuencia de escenas donde
la pálida decadencia hace sus fiestas y una escenografía
de "ánades, deidades / lluviosas como silbo entre los
álamos, ánforas gigantes con petunias" rubrica
con su nácar la ironía de los detalles. Distancia,
rabia, culto inevitable, el poema es víctima y es también
culpable. Poema que hiere, porque lo más querido, cierta
cadencia voluptuosa hecha luz polivalente en el dorso de las palabras,
viene a resultar la obscena materia del crimen, casi monstruosa
en su atavío de oropeles. Falsedad y olvido que amenazan
muy de cerca con su ráfaga lasciva a quien hace de la sensibilidad
un laboratorio de impresiones. Laboratorio donde el Yo deslumbra
y enceguece, donde el prójimo no existe, pareciera. Quizás
la poesía de Rojas Guardia, entre otras razones, se
distinga por la calidad de su exposición más desnuda,
por no olvidar jamás el jadeo existencial ni el casto voto
de silencio que una y otra vez se ve violado en su intimidad por
una necesidad que le viene desde las raíces más poderosas
y secretas de la expresión.
En Poemas
de Quebrada de la Virgen hay varios epígrafes de la Biblia
que nos acercan bastante al tono de este hermoso libro, transcribo
algunos: "Oyeron al Señor Dios, que se paseaba por el
jardín a la caída de la tarde. El hombre y la mujer
se escondieron (...) Pero el Señor Dios llamó al hombre:
-¿Dónde estás?
El contestó: -Te oí en el jardín, me entró
miedo porque estaba desnudo"; en otro leemos: "
llegó
con un frasco de perfume; se colocó detrás de él,
junto a sus pies, llorando, y empezó a regarle los pies con
sus lágrimas (...) Y El volviéndose a la mujer, dijo
a Simón: '
se le perdonan sus pecados, porque amó
mucho'"; y en otro: "
sal corriendo a las plazas
y calles de la ciudad y tráete a los pobres, a los lisiados,
a los ciegos y a los cojos".
¿Qué
mundo interviene con sus imágenes en esta realidad tan carente
del sentimiento de lo sagrado? ¿A cuál experiencia
nos remite? ¿De qué hablan? ¿Qué nostalgia
del Paraíso en un orden prosaico? ¿Cuál es
el destierro que sienten los avergonzados, lejos de Dios? ¿Por
qué la desnudez da pena y sufrimiento? ¿El pecado
original, la culpa atávica a quién interpela, sino
al poeta, al que reconoce en los signos visibles la tangible huella
de lo divino? Haría falta en verdad abrir nuestra torpe vivencia
religiosa a estas bellas palabras donde un orden nuevo surge con
una delicadeza que apenas intuimos y no logramos asir, por la prisa
amnésica, en la exacta emoción que corresponde.
En Hacia
la noche viva se intensifica la vía mística, se
oscurece el sentido y la imagen de la catedral se impone en la lectura
tal vez a causa de la elaboradísima construcción del
poema. Es un libro donde el orden duele, donde la forma, el rigor
escritural, es trabajo silenciosamente desesperado, trabajo del
alma que intenta sobrevivir en el vacío sin polvo. La experiencia
que aquí se relata sólo podemos intuirla, atisbarla,
desde el abandono sistemático -del color, de la voz, del
atributo-, desde el grado cero de la conciencia. Experiencia límite
y autodestructiva: se trata de llegar al lugar que no tiene sitio;
del envés, nunca del centro; de la conciencia que intenta
ir más allá de sí misma, de franquear el velo
que la sostiene. Una lucidez mineralizada hace del páramo
una geografía rocosa de blancura ciega y cegadora, y del
excremento un símbolo de la materia residual, sobrante, que
somos.
La nada
vigilante genera múltiples equívocos, siendo quizás
el mayor el que ve en esta obra la clásica y ya un poco lejana
angustia del escritor ante la página en blanco, esa como
metafísica de la composición no resuelta aún
en los acordes precisos. Esa nada que vigila en estas páginas
es más literal que metafórica, pues se trata de la
nadificación experimentada por la psique luego de devastadores
estremecimientos, y el deseo de hablar desde allí, desde
ese hueco quizás anhelante de algún rasgo simbólico
que le dé vida al propio imaginario, resonancia donde palparse
de nuevo, cuerpo verbal donde tocar lo que quedó del naufragio.
Libro de los extremos, de la muerte de la psique y del renacimiento.
Crónica
de la memoria, su libro más reciente, es un ensayo autobiográfico
que abre sus páginas con el nacimiento de la conciencia en
un contexto mítico: la Navidad. De nuevo nos sorprenden las
imágenes vegetales: el abeto corpulento, las hojas que se
mueven como labios, prodigando amparo, paz, quietud. Fecundidad
de la memoria y raíces para atar los cabos que conforman
el tesoro inicial de la aventura del sentido. Multiplicidad de caminos
y las imágenes lumínicas fijando los rostros de la
fiesta en Nochebuena. De pronto, un tren en mitad de la escena del
recuerdo infantil, un tren eléctrico para el viaje interior
que ha de fijar las estaciones, que ha de precisar las paradas donde
padre y madre estarán de alguna manera presentes, al igual
que ahora, al amanecer del deslumbramiento, están en el frondoso
árbol que convoca a una celebración universal. También
le adviene otra imagen, la imagen del circo, trapecistas errabundos
que van por el mundo con el mensaje gitano de la carpa, y la belleza
ceremonial del joven domador herido en una suerte donde los signos
de la muerte se avecinan y el látigo resulta doloroso sobre
la piel rayada de los espléndidos Bengala. Esplendor, peligro,
vida y dolor y vísperas de amor, nacimiento y agonía.
Creo que en este libro de Armando, el poeta y el filósofo,
el ensayista y el lírico, el desvelado por las imágenes
y los conceptos, logra una síntesis conmovedora y admirable.
Fe de vida, testimonio, caldo existencial.
Miguel
Márquez. Poeta y ensayista
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N°
53 Aņo III
Caracas, sábado 06 de mayo de 2000
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