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Apuntes
JULIO
ORTEGA SIGUE EL TRAZO DE UNA SOCIEDAD PLURINACIONAL Y MULTILINGÜE
Diálogos del español
y el inglés
Hoy la lengua
española pareciera ganar terreno en una geografía
que hasta hace relativamente poco pertenecía al inglés.
Días atrás en foro realizado en la Casa de América
de Madrid: "El español en Estados Unidos: prácticas
culturales de la migración hispana", Julio Ortega
-latinoamericano residenciado en Norteamérica - aseveró
que el español media
y promedia como lengua de una próxima civilización:
"estas poblaciones hispánicas
sostienen las claves de una humanización inclusiva"

Ilustración
para la revista Barcarola / Febrero 1988
Al comienzo de este
nuevo siglo todo indica que el español será la lengua
de la intermediación cultural. En el nuevo internacionalismo,
aquel que promueve el modelo democratizador del diálogo,
el principio comunitario de la comunicación, y los derechos
humanos a más y mejor información; el español
media y promedia como la lengua de una próxima civilización.
Hecha
desde las comunidades migrantes, que entre España, Estados
Unidos y América Latina levantan un mapa de la memoria cultural
transatlántica, la población del español traza
también una geografía del porvenir. Se diría
que el mundo recomienza en español, en este mapa de ida y
vuelta donde los hispanos son el trance creativo de una humanidad
puesta a prueba. Contra todos los pronósticos, con inteligencia
y paciencia, estas poblaciones hispánicas sostienen las claves
de una humanización inclusiva.
En España, en América Latina, y dentro de Estados
Unidos, estos hijos multiplicados de la lengua española están
reconvirtiendo a la globalización actual en la producción
de lo particular y distintivo, de las marcas de una diferencia a
la vez regional y panhispánica. Todavía sufren los
migrantes los bajos índices de la distribución y los
altos de la postergación, pero como comunidad ejercen una
memoria operativa capaz de abrir espacios de concurrencia, articulación
y proyección. Esto es, capaz de ampliar el presente. Nadie
tiene, a pesar de tantas malas noticias, más futuro que estos
hispanos o latinos, cuya ética del trabajo, reafirmación
regional y ganas de hacer y rehacer, demuestran su diaria calidad
creativa. No quieren ser representados más como víctimas
perpetuadas, como minorías subalternas, como marginales sin
destino social en un mundo darwiniano de mala fe hegemonista. Estos
migrantes hispanos están haciendo de Estados Unidos una plaza
pública mediada por la diferencia; sin el principio de la
diversidad seríamos todos idénticos; o sea, nadie.
Su
práctica cultural responde por una comunidad de la cultura,
nacida ya adulta, a un siglo cuyas voces primeras son este tránsito
transatlántico de nuevos encuentros desencadenantes de espacios
recientes para estrategias en proceso. Todavía no tienen
los hispanos un discurso autorreflexivo equivalente al pensamiento
crítico elaborado desde la comunidad afro-americana. Pero,
por lo pronto, sabemos que ese relato hispánico empieza en
el radicalismo de lo nuevo: no se aísla pero tampoco se asimila;
busca, en cambio, negociar lugares de acceso y espacios de mediación.
Si los negros, como ha dicho Toni Morrison, están
más presentes cuando más ausentes están, porque
su exclusión es una autonegación; los hispanos, añadiríamos,
son interlocutores pródigos, que instauran una ciudad del
habla elocuente, donde el espacio exterior se hace íntimo
y la ajenidad del otro se torna familiar. Ese poder reconvertor
del español terminará conquistando a Estados Unidos
con el verbo conjugado. Como decía el novelista John Hawkes:
"¡Estoy perdiendo mi inglés, porque no hablo español!".
La buena conciencia liberal convirtió a los "latinos"
(puertorriqueños y mexico-americanos, por ejemplo) en "minorías"
desfavorecidas y merecedoras, por tanto, de trato especial, subsidios,
becas y puestos sin competencia. Es evidente que los más
pobres requieren de ayuda para tener mejor acceso educativo, pero
también que esa política paternalista perpetuó
la condición excluida que se atribuye a las minorías,
su condición de ciudadanos de segunda clase. Eximir a alguien
de su derecho a competir es otra forma burocrática de discriminación,
que hace del apellido hispano una carencia.
Ahora
bien, aunque el español y el inglés se encuentran
con buen ánimo imaginativo, también ocurre que se
desencuentran cuando más se aproximan. Todos hemos visto
con júbilo a Pedro Almodóvar recibir el Oscar
por su utopía de la feminidad, Todo sobre mi madre.
Pero, hay que reconocerlo, ese reconocimiento propicio del español
terminó como otro episodio de la saga de nuestros desencuentros.
El maestro de ceremonias, el comediante Billy Crystal, hizo
una broma de pésimo gusto sobre el inglés de Almodóvar
cuando dijo que a su lado el italiano Roberto Benigni "era
un profesor de inglés". No sería extraño
que los padres migrantes de Billy Crystal hablasen un inglés
imposible; y de su español no sabemos nada.
Es
un hecho que el inglés y el español protagonizarán
el más intenso, problemático y a la vez decisivo encuentro
cultural del nuevo siglo. Se trata, en efecto, de un diálogo
sin paralelos en la historia moderna, porque definirá el
sentido de la comunidad plurinacional y multilingüe que habitará
buena parte de un futuro que en tanto interlocutores estamos haciendo.
Ahora mismo, seis millones de hispanos votarán en las elecciones
presidenciales en Estados Unidos, y en estados tan importantes como
California, Illinois, Texas, Nueva York y Florida ese voto decidirá
los resultados nacionales. Se ha dicho que el voto hispano eventualmente
salvaría a Estados Unidos de un gobierno de extrema derecha.
Pronto, uno de cada cuatro norteamericanos será hispano.
Ya la mayoría de la población escolar es de origen
hispánico. Y los hispanos son la minoría de crecimiento
económico más rápido en el país. También
son los que tienen menos seguridad médica, abandonan más
pronto la escuela, y reciben los salarios más bajos.
De
cualquier modo, los que nacimos en español no acabamos de
renacer en inglés. El torero Cagancho, famosamente exageró:
"Hablar inglé yo, no lo permita Dió". Lo
cierto es que el pueblo del español, más que ningún
otro grupo migrante, ha sido reacio al proceso de "americanización".
Se llamó así desde el siglo XIX a la asimilación
de los migrantes, que al pasar por un melting pot dejaban
sus rasgos nativos y adquirían el modicum de identidad
colectiva que Estados Unidos, más que ningún otro
país, consagraba como prueba de nacionalidad. El uso del
inglés, por lo tanto, puede ser un capital simbólico
que borra el pasado y afirma el porvenir. Pero los nuevos migrantes
están demostrando que su ciudadanía no implica la
pérdida de su cultura y que, más bien, las filiaciones
regionales reafirman la reserva de una identidad hispánica
saludable. La memoria, que se descubre comunitaria, rehace un presente
operativo, híbrido y bilingüe, y pone a trabajar al
inglés como si le fuese propio.
Una
pronunciación dudosa del español no escandaliza al
hispanohablante; en cambio, el inglés es una lengua con muy
poco margen de tolerancia a la pronunciación diferente. Tal
vez sea porque en español la diversidad de normas regionales
es mucho mayor; tanto, que se puede decir que todos hablamos español
con acento. En la reciente película El camino a El dorado,
todos, más bien, hablan perfectamente el inglés, incluso
los mayas; pero hasta los españoles hablan mal el español.
En cambio, cuando se doble al español todos hablarán
como madrileños.
En
la campaña presidencial estadounidense los candidatos recitan
un español mal aprendido. George W. Bush reitera errores
gramaticales sin inmutarse; Gore pronuncia con tanto relieve que
su español suena a un examen de español. Hablar español,
para los políticos, se ha convertido en una prueba de su
visión de futuro. Por fin, ser bilingüe es más
valioso que ser monolingüe, aun si ese idioma sea el inevitable,
ubicuo, improbable inglés.
Elián González, el niño cubano balsero, y toda
su familia de Miami, son también náufragos del español
en el inglés. Cuando los agentes de inmigración irrumpieron
en la casa de los tíos, tan conmocionante como la operación
armada fue tener que ver la pobreza de esa familia cubana. Se habían
aferrado al pequeño náufrago para recobrar el capital
simbólico que habían perdido en la travesía.
Elián es un ejemplo elocuente de la complejidad cultural
y política de los hispanos en Estados Unidos. Demostró
la precariedad de las mediaciones y la necesidad de mejores mediadores;
cuando ello falta, las alternativas son todas policiales. Irónicamente,
ninguno de los mediadores hablaba español, ni siquiera la
monja laica que naufragó en sus emociones monolingües.
Casi invariablemente, no hablar la lengua del otro ha terminado
en la violencia.
Una literatura a flor de piel, bilingüe e híbrida, empieza
a dar cuenta de estas sagas hispánicas, tan vulnerables como
poderosas. También, una cultura popular mixta que en la música
impone hoy la mitología latina donde tanto la "Vida
loca" como la "Mona Lisa del Harlem español",
celebran un nuevo idioma bilingüe.
La
perspectiva transatlántica nos permite explorar la historia
cultural de estas prácticas sociales en su creatividad política,
calidad comunitaria y red productiva. Así mismo, esta perspectiva
nos hace ver a los objetos del arte como procesos abiertos, construidos
en la interacción entre sus fuentes europeas, tramas latinoamericanas
y recorridos norteamericanos; en esa interacción, el mapa
histórico se hace actual y los objetos trazan su dinámica
innovativa con mayor libertad y fluidez. Por ello mismo, la visión
transatlántica no es normativa ni canónica, y mucho
menos otra teoría con vocación de verdad única
y voluntad de poder. En esta época post-teórica el
modelo es dialógico, y los monólogos de autoridad
se nos han vuelto anacrónicos.
En
la memoria transatlántica vive la promesa del español:
la de promediar entre el viejo y el nuevo mundo como si ambos fueran
otro mundo y nos pertenecieran, palabra por palabra, a todos.
Julio
Ortega. Ensayista
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N°
54 Aņo III
Caracas, sábado 13 de mayo de 2000
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