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Memoria
LAS
MUJERES DE LA LITERATURA PRESENTADAS EN VISTOSA PELICULA
La
verdad caldeada en el horno de la imaginación poética
de Luis de Oteyza
Su obra calza
entre los paradigmas intelectuales de la Europa de finales del siglo
XIX que le vio nacer y animara esas ansias de aventura que lo harían
aterrizar en Venezuela.
Pero se distingue, no por oficiar así la literatura como
el periodismo, sino por arribar a consumar proyectos como el que
tituló Las mujeres de la literatura, y al que la Condesa
de Pardo Bazán no pudo negarse a prologar subrayando sus
"arremetidas humorísticas contra
lo sagrado" y advirtiendo que éste "arañará
el dorado
de los fetiches, pero no los derroca de su ara secular", como
puede apreciarse en "su" Ofelia.
Otro -pero en resonancia con su tiempo- es el tono de sus poemas

Luis
de Oteyza ha sido visto como una especie de Quijote
Ofelia
(De Shakespeare)
Si hay un tipo
de mujer en la literatura que conmueva de verdad, es, sin duda alguna,
este de Ofelia, la desdichada novia del insensato Hamlet. Ni el
propio maestro Shakespeare, con haber dado vida -y, además,
muerte- a Desdémona, la infeliz; a Julieta, la amable, y
a Cordelia, la abnegada, supo presentar una figura femenina que
tanta compasión inspire. Cuando la huérfana de Polonio
cruza la escena, con su carga de flores, cantando en su desgracia,
no se concibe que puedan existir dolores como los suyos.
Y, sin embargo, Ofelia
No diré yo que lo que le ocurre
a esa pobre muchacha sea una pequeñez; pero tampoco dirá
nadie que es cosa desmedida por lo terrible. La deja el novio y
se le muere asesinado su señor papá, con la circunstancia
agravante de ser el mismo amado quien fiambriza al interfecto.
De esto sólo es grave -¡naturalmente!- la circunstancia
dicha.
Lo de que Hamlet deja a Ofelia le está incluso bien empleado.
¿A quién se le ocurre enamorarse de un ciudadano más
loco que un cencerro?
Porque el amigo del "ser o no ser"
tiene las facultades mentales enajenadas del todo. ¡Y Ofelia
lo sabe desde el primer momento!
Mucho que sí. Su hermano Laertes le dice que el amor de Hamlet
es una locura, e igual le indica Polonio, su padre. "El no
puede elegir mujer por sí mismo, puesto que su elección
ha de responder a las conveniencias del reino. Así, pues,
cuando él te diga que te ama será prudente en ti no
hacerle caso". Tal se expresa el primero. Y el segundo se expresa
de este modo: "En suma, Ofelia, no creas sus palabras, que
son fementidas... Por último, te digo claramente que, de
hoy más, no debes mantener conversación con el príncipe".
Sin contar con que Hamlet mismo hace ver a Ofelia que está
el pobre como una espuerta de gatos. Los versos que le dedica:
Duda lo
cierto, admite lo dudoso;
pero no dudes de mi amor las ansias
son de los que
hacen, en sus jaulas, los locos. Y el discurso que la coloca: "Mira,
vete a un convento. ¿Para qué te has de exponer a
ser madre de hijos pecadores?", tiene caracteres de demencia
perfectamente definidos. Digo, ¿eh?
¡Es todo
un discurso a propósito para ser pronunciado en calidad de
declaración amorosa!
Si Ofelia,
pues, tras de todo eso, continúa discreteando con Hamlet
y permitiéndole que se recueste en sus rodillas, lo que sucede
sólo a ella se puede achacar. Y así, hay que achacar
a Ofelia solamente lo que le ocurre cuando Hamlet prescinde de su
amor, ocupándose no más que de su venganza.
Respecto a
la muerte violenta de Polonio, desde luego que ha de ser muy sensible
para su hija. Los hijos deben siempre querer y venerar a los padres.
Por lo menos, eso dicen los padres, y, claro está, los hijos
no van a desmentirlos. Así, dentro de lo general, su hija
debe sentir el sangriento fin de Polonio.
Pero, particularizando,
no debe ciertamente sufrir Ofelia de manera extraordinaria y fuera
de abono por el asesinato de su padre. Al revés. Debe sufrir
menos que la mayoría de los huérfanos, porque Polonio
era un mal sujeto en toda la extensión de la palabra. ¡Perfectamente
asesinable! Caramba, sí; el papá de Ofelia merecía
morir, como fue muerto, confundido con un ratón.
Queda sólo,
por tanto, para causar esa desesperación, que lleva a Ofelia
hasta el trastorno mental, la circunstancia de que el matador de
Polonio sea Hamlet precisamente. De agravante la califiqué
y no me desdigo. Aunque, eso sí, habré de decir que,
haciendo grave la desdicha de Ofelia circunstancia tal, no la hace
tanto como para conmover todo lo que conmueve.
Sin obligarnos
a ir más lejos, pues están en nuestra literatura y
dentro de ella, al alcance de la más modesta erudición.
Don Juan Tenorio y Don Alvaro o la fuerza del sino nos ofrecen ejemplos
de igual infortunio. En ambas obras, dos enamoradas ven a sus papás
muertos por los amados de ellas. ¿Por qué entonces,
si es el mismo caso el de las tres, Ofelia conmueve mucho más
que Doña Inés Ulloa y que Leonor, la hija del marqués
de Calatrava?
Tampoco la
muerte de Ofelia tiene cosa mayor que la sublime. Se acerca a un
sauce para colgar de sus ramas una guirnalda; cae al agua que por
debajo corre y se ahoga tranquilamente. Nada más. Un modestísimo
accidente, sin prestigio alguno. Ni ejecución, ni crimen,
ni suicidio siquiera. Carece de importancia, periodísticamente
hablando. Bombarda puede dar noticia de esa muerte.
¿A qué obedece, pues, la compasión extremada
que inspira Ofelia?
Este es problema para el cual, lo confieso
humildemente, yo no hubiese sabido encontrar solución. Pero
Bécquer, con la facultad adivinadora que ha dado a los poetas
el nombre de vates, descubrió el misterio. Dice así
el vate de las Rimas:
Como la
brisa que la sangre orea
sobre el obscuro campo de batalla,
cargada de perfumes y armonías,
en el silencio de la noche vaga;
símbolo del dolor y de ternura,
del bardo inglés en el horrible drama,
la dulce Ofelia, la razón perdida,
cogiendo flores y cantando pasa.
¡Ahí
está! Es el Hamlet un drama horrible, donde todos
los personajes son unos verdaderos bandidos, y cuya acción
la constituyen fechorías tan enormes como abundantes. Sólo
Ofelia tiene trazas de persona decente, y no realiza ninguna atrocidad.
Por eso su figura atrae las simpatías completas del público,
y con ellas una grandísima compasión: la de verla
entre tanta bestia sanguinaria.
Eso es todo.
(Luis de Oteyza,
"Las mujeres de la literatura",
Obras selectas. Edit. UCAB / Ex Libris, 2000)
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Crepuscular
Cada tarde, cuando muere,
alguna ilusión me arranca;
por eso al caer el Sol
siempre hay en mis ojos lágrimas.
Las negruras de la noche
tras la luz de la mañana
tras la ilusión venturosa
la desilusión amarga
Hay, cuando agoniza el
día,
una agonía en mi alma;
cada tarde, cuando muere,
alguna ilusión me arranca.
La
pena blanca
Dicen que la pena es
negra
Aquella pena fue blanca.
Eran de marfil sus manos,
era de nieve su cara;
blanca pureza su cuerpo,
blanca inocencia su alma.
Eran nardos y azucenas
las flores que la adornaban;
era blanco el ataúd;
era blanca la mortaja
Dicen que la pena es
negra
Aquella pena fue blanca.
("Versos de los veinte años")
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N°
54 Aņo III
Caracas, sábado 13 de mayo de 2000
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