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CANTAR
SOLO EN HONOR DE UN DIOS, UNA DIOSA, DEL GURU, DEL LIDER (I/II)
La psicología del
sectarismo en tiempos de ansiedad
Rafael López-Pedraza advierte
en torno a la personalidad sectaria, su "alarmante irrupción
en la actualidad y su interés para la historia de la psicoterapia
moderna". El primer aporte del especialista en este ensayo
que viene a sumarse al índice de su obra Ansiedad cultural
-reeditada con el patrocinio de la Fundación Andrés
Mata y de pronta circulación- es el retrato arquetipal de
la personalidad sectaria esbozado por Eurípides: Hipólito,
paradigma del puritanismo y metáfora
de "la destrucción que acarrea el sectarismo".
Acota el especialista que "los momentos históricos
de profunda perturbación psíquica son propicios para
que el modo de vida de las sectas atrapen
y den forma al exceso de sufrimiento y de ansiedad"

Ilustración
de Godesses / Lanier Graham
Artemisa, culto sectario de Hipólito
Mi
interés en este escrito es apuntar algunos aspectos del sectarismo
tales como su ámbito arquetipal, su importancia a lo largo
de la historia de Occidente, su alarmante irrupción en la
actualidad y su interés para la historia de la psicoterapia
moderna. Estudiar la complejidad de esta materia tanto como podamos
es de suma importancia, porque pareciera que el hombre occidental,
en general, y la psicología, en particular, ignoran la tremenda
fuerza oculta tras el sectarismo.
La premisa básica del sectarismo es la siguiente: Yo y el
grupo de personas al que pertenezco somos mejores y tenemos propósitos
de más valía que las personas que no pertenecen a
este grupo, las cuales están equivocadas y por lo tanto pertenecen
al bando equivocado. Entiendo, por supuesto, que esta es una visión
sumamente simplista y esquemática del sectarismo, pero la
psicología del sectarismo es exactamente así: simplista
y esquemática.
Para comenzar, permítanme aportar un retrato arquetipal de
la personalidad sectaria, según fue esbozado por el poeta
trágico Eurípides en su obra Hipólito.
Hipólito es el paradigma de la personalidad virginal y puritana,
que es proclive al sectarismo. Hipólito hace su primera entrada
en escena, en compañía de un grupo de jóvenes
cazadores amigos, que vienen cantando un himno en honor a Artemisa,
su patrona:
Hipólito (a sus compañeros): "Seguidme,
seguidme cantando a la celestial hija de Zeus, a Artemisa, nuestra
doncella protectora".1
Estas líneas constituyen en sí mismas una imagen que
transmite el entusiasmo y el estado de fascinación de esos
jóvenes adeptos. Una vez cantado el himno coral, Hipólito
recita una plegaria a Artemisa:
Hipólito: "A ti, oh diosa, te traigo, después
de haberla adornado, esta corona trenzada con las flores de un prado
virgen (
), donde el río de la Castidad mana incesante
regando a las flores. La diosa del Pudor [la] cultiva con rocío
de los ríos. Vamos, querida soberana, acepta esta diadema
para tu áureo cabello ofrecida por mi mano piadosa. Yo soy
el único de los mortales que tengo el privilegio de reunirme
contigo e intercambiar palabras, oyendo tu voz aunque no vea tu
rostro. ¡Ojalá que los últimos días de
mi vida sean iguales a estos primeros!".2
El contenido de esta plegaria constituye una expresión de
pureza, derivada del aspecto más incontaminado de lo virginal:
las flores que Hipólito ofrece a Artemisa han sido recogidas
en campos jamás transitados por el hombre; es un ejemplo
explícito de un alma predominantemente virginal, que se expresa
a sí misma mediante la imaginería de un paisaje que
le es afín. La plegaria es un bello ejemplo de la retórica
de lo virginal.
En la escena que sigue, un viejo sirviente, que ha estado escuchando
a Hipólito, le habla ahora con intención de aconsejarlo.
Le pregunta por qué no ha dedicado ninguna oración
a una gran diosa como Afrodita. Pero Hipólito rechaza rendirle
culto: "Desde lejos la saludo, pues yo soy casto".3 El
sirviente le previene diciéndole: "Hay que honrar a
todos los dioses, hijo mío".4 Pero Hipólito,
al tiempo que abandona la escena en compañía de sus
amigos cazadores, se despide con estas desafiantes palabras: "En
cuanto a tu Cipris, le mando mis mejores saludos".5 Más
adelante, en la tragedia, sabremos que Hipólito no sólo
rechaza a Afrodita sino a todos los demás dioses y diosas.
En mi opinión, el viejo sirviente, incluso si no se le considera
como una personificación de Hermes, posee, de hecho, rasgos
herméticos. Es capaz de ver, al vuelo, el fanatismo de Hipólito
e intenta corregirlo. Con mucha persuasión, trata de lograr
que Hipólito reconozca ese lado opuesto de su personalidad,
que rechaza y reprime de una forma tan brutal lo que no venga de
sus formas de vivir.
Mucho después, cuando la tragedia haya tomado su curso, Teseo,
el padre de Hipólito, en un parlamento que siempre ha sido
motivo de especulación y perplejidad para los estudiosos,
acusa a su hijo:
Teseo: "
¿De modo que eres tú el hombre
sin par, el que vive en compañía de los dioses? ¿Tú,
el casto y puro de todo mal? No puedo creer que te jactes hasta
el extremo de llamar, insensatamente, a los dioses ignorantes. ¡Pregona
y vocifera la bondad de tus dietas raras! Adopta a Orfeo como tu
señor y profeta y entrégate a la adoración
de sus palabras etéreas".6
Si se consideran complementarias, estas tres escenas pueden servir
como una descripción de la personalidad virginal y puritana.
La primera, la de Hipólito con sus amigos cazadores, puede
verse como una imagen antropológica primordial del sectario,
la imagen prototípica del culto ritual en el que el puritanismo
domina la psique de los adoradores. La segunda imagen, la del encuentro
con el viejo sirviente, retrata el fanatismo de la personalidad
sectaria: el rechazo de aquello que no pertenezca a la secta. Y
la tercera imagen, la de la reflexión de Eurípides
sobre el sectarismo órfico puesta en boca de Teseo, evidencia
el sectarismo de Hipólito, pues acusa su conexión
con la secta de Orfeo. Nosotros podemos imaginar que, en ese momento,
Hipólito tiene cerca de veinte años de edad y que
las acusaciones de su padre en relación con el orfismo, a
la dieta sin carnes y a los efluvios verbales ("sus palabras
etéreas"), todo ello nos habla de un hombre joven, con
inclinación por la vida sectaria. Esta imagen nos recuerda
al llamado 'sectario civilizado' cuyas manifestaciones modernas
¿acaso no evocan este patrón arquetipal?
Mediante personajes como el viejo sirviente, quien reprende a Hipólito
por su culto único a Artemisa, y como Teseo, quien reacciona
ante el sectarismo órfico, Eurípides expresa
claramente la intolerancia y rigidez en el sectario Hipólito.
Permítanme destacar estas dos características intrínsecas
a la personalidad de Hipólito: su exclusiva lealtad a Artemisa,
junto a la rigidez que ello implica, y su desprecio y brutal repulsión
hacia todo aquello que no pertenezca a su diosa. Hipólito
dice "¡Ojalá que los últimos días
de mi vida sean iguales a estos primeros!". Esta es la expresión
de una naturaleza que no busca ningún movimiento psíquico,
ninguna otra iniciación.
Podemos decir que se trata de una naturaleza sin alquimia, en el
sentido de que no puede mezclarse con otros metales en procura de
algún movimiento psíquico. Y es por esta razón
que las palabras de Hipólito tienen tanta importancia para
aquel psicoterapeuta cuya práctica está concebida
como movimiento psíquico.
E. R. Dodds, en su libro Pagan and Christian in an Age
of Anxiety 7, describe la irrupción del sectarismo en
los tiempos en que nace la cristiandad:
"Poseemos descripciones de cierto número de comunidades
ascéticas que parecen haber surgido independientemente unas
de otras en diversas regiones del Mediterráneo oriental poco
antes de la era cristiana. Esenios en Palestina, terapeutas en torno
al lago Mareotis, los contemplativos egipcios descritos por Queremón
o los neopitagóricos de Roma".
Se ha especulado mucho, si bien a partir de una evidencia poco académica,
acerca de la influencia de los esenios en la vida y enseñanzas
de Jesucristo y de sus seguidores. En unos "tiempos de ansiedad",
esas sectas que florecieron son la señal de que los momentos
históricos de profunda perturbación psíquica
son propicios para que el modo de vida de las sectas atrapen y den
forma al exceso de sufrimiento y de ansiedad. Se hace obvio que,
directa o indirectamente, el espíritu del sectarismo halló
un lugar propio en tiempos del nacimiento del cristianismo, y que,
en una variedad de formas, ha seguido siendo importante a lo largo
de su historia. Hoy, en un tiempo también de ansiedad, ya
sea dentro del espíritu del cristianismo o fuera de él,
el sectarismo irrumpe una vez más para atrapar y tratar de
contener el exceso de sufrimiento.
Como hemos visto, el sectarismo es arquetipal. La principal actividad
de una secta es cantar en honor ya sea de un dios, una diosa, del
gurú o del líder de la secta e incluso de las reglas
que regulan el modo de vida de la secta. Sin embargo, ha sido el
genio de Eurípides el que muestra el reverso de la
moneda: Hipólito reprime todo lo que no sea su idolatría
por Artemisa y luego en la tragedia vemos la venganza de Afrodita
en la muerte de Fedra y del mismo Hipólito. Imágenes
de la tragedia griega que, para nosotros, son metáforas de
la destrucción que acarrea el sectarismo.
La psicoterapia moderna nació bajo el signo del sectarismo,
evento histórico que hizo posible el que su poderosa influencia
haya perdurado hasta nuestros días. Tan pronto como se inició
la psicoterapia moderna, una disciplina destinada a iniciar una
nueva aventura en la psique, el sectarismo se adueñó
de ella.
La primera corriente de psicoanalistas se vio forzada a obedecer
a Freud, el fundador de la Escuela de Viena, cuyos estudios
se habían transformado en las leyes de la secta que el adepto
no debía transgredir. El psicoanálisis clásico
funciona como una ortodoxia: la salud del analista no se cuestiona,
él mismo ya ha sido analizado, ha aprendido una técnica
y pertenece a la 'sociedad'. El psicoanálisis es un ejemplo
de sectarismo en la psicología moderna.
El peligro de una secta, ya sea freudiana o junguiana, consiste
en que pone fin a la aventura interior de la psique. Todo cuanto
tiene lugar en el alma es referido o interpretado fundamentalmente
dentro de la concepción de la secta. Todas las múltiples
posibilidades, las diversas vías de tener relación
con los eventos de la vida de una persona son bloqueadas por la
psicología sectaria.
Si ubicamos en perspectiva histórica al sectarismo dentro
de la psicología moderna, llegaremos a considerar la ruptura
de Jung con Freud como un producto del sectarismo
y como una imagen desde la cual percibir otra de sus primeras apariciones
en la psicología moderna.
En Hermes
y sus hijos 8, reflexiono sobre esa ruptura entre Freud
y Jung como la expresión de una brecha, polarizada
entre la adhesión al poder de Freud y la naturaleza
hermética de Jung. Sin embargo, ahora podemos entender
la insistencia de Freud en su 'autoridad' como el control
vigilante del líder de una secta. El sectarismo, así
visto, está fundamentado en la obediencia al fundador y
a las reglas de la secta.
Jung,
al referirse a las sectas esotéricas, las calificó
como una red en la que queda atrapada la locura de ciertas personas,
que, de otro modo, estarían internadas en instituciones
psiquiátricas. Podría entenderse su famosa observación
de "¡Gracias a Dios que yo soy Jung y no junguiano!",
como una reflexión sobre el sectarismo entre sus seguidores.
A pesar de esta acertada advertencia de Jung, creo que
podemos admitir que la psicología junguiana no ha estudiado
el sectarismo seriamente y no sabemos hasta dónde se ha
hecho sombra, desde dónde hace su aparecer para distorsionar
la visión de la psique como entidad individual única.
Ahora, quisiera
le diéramos una mirada a la imagen de un sectario moderno.
Le llamaré Pablo. Tiene 45 años de edad, es abogado,
alto de estatura, del tipo asténico y enflaquecido, tiene
una cabeza grande y la barba bastante crecida. Se ha divorciado
dos o tres veces y tiene varios hijos. Pero, el pilar de su vida
y su filosofía es su gurú hindú, a quien
visita en la India cada vez que siente que su psique se encuentra
en una profunda crisis o al borde del abatimiento. Durante sus
primeras horas de psicoterapia, Pablo me contó que, en
una ocasión, mientras estaba de visita en México,
se sintió perturbado después de ver una gran cantidad
de imágenes mexicanas. Se encontraba en lo alto del campanario
de una iglesia, cuando comprendió que se sentía
bastante mal y, entonces, recordó que un amigo le había
hablado de un ashram en Los Angeles. Así que tomó
un avión a Los Angeles y participó en el ashram.
De inmediato, comenzó a sentirse más calmado y en
mejor forma. Es obvio que la secta le proporcionó un cierto
balance psíquico. Su contacto con la secta, el elemento
que su psique necesitaba para lograr un equilibrio básico,
activó en Pablo una comunicación ritualista y restableció
su equilibrio.
No fue difícil
comprender que Pablo había venido a verme porque no había
ashrams en Caracas y, en ese entonces, no tenía
dinero para viajar a la India y ver a su gurú. Mi actitud
psicoterapéutica fue la de establecer una simetría
con lo que él estaba aportando a la psicoterapia. Siendo
receptivo a sus conversaciones acerca de su gurú hindú
y animándolo con mi curiosidad, Pablo fue capaz de encontrar
el balance necesario para acometer lo que eran sus conflictos
reales en esa época.
Esta experiencia
analítica con Pablo muestra, en pocas palabras, la rapidez
con que funciona la psicología del sectarismo. De una forma
casi inmediata, atrapa y contiene a la psique que está
al borde de un colapso. Pablo representa para mí al sectario
per se. No puedo imaginar que sea capaz de vivir sin la conexión
con una secta y con todas las gratificaciones que esto provee,
tales como meditación, ejercicios de respiración,
dietas macrobióticas, amuletos y otros, del mismo modo
en que Hipólito decía "
¡Ojalá
que los últimos días de mi vida sean iguales a estos
primeros!".
Si bien Pablo
es un caso típico del sectario moderno, el catálogo
del sectarismo es sumamente variado. Tuve otro paciente, un hombre
joven quien, a los veintidós años de edad, fue sacudido
por una tragedia familiar muy compleja. En medio del torbellino
emocional de ese momento y casi en forma inconsciente, el joven
se unió a una secta con la que permaneció, sufriendo
una culpa enorme y viviendo un conflicto interior, hasta que tuvo
35 años, momento en el que acudió a psicoterapia.
Había estado tan sofocado por la secta que la primera parte
del análisis fue dedicada totalmente a discutir la psicología
del sectarismo. Su experiencia demostraba, una vez más
y acertadamente, lo rápido que el sectarismo puede apoderarse
de una psique que se encuentra bajo la presión de un sufrimiento
extremo. Quiero destacar este importante aspecto del sectarismo
-la curación en el nivel del sectarismo- porque considero
que merece tanto respeto como estudio.
Cuando trabajaba
en la Clínica Zürichberg, en Zürich, entonces
recién fundada, llegó un hombre procedente de Trieste,
en busca de tratamiento. El doctor Heinrich Fierz, director de
la clínica, conversó con él pero, hasta donde
yo recuerdo, no pudo determinar cuál era el trastorno psicológico
del hombre. De hecho, el hombre no daba muestras de tener problema
alguno. Tenía un aspecto decente, el de un hombre que calmada
y lentamente entraba en la vejez. Se condujo con mucha circunspección
durante los pocos días que permaneció en la clínica
y apenas fue notado. En determinado momento, el hombre anunció
que ya se había restablecido y que deseaba regresar a su
casa. Antes de partir, el doctor Fierz mantuvo una última
conversación con él, en la que le preguntó
cómo se había curado. El hombre le explicó
detalladamente que un día, mientras estaba comiendo con
otros pacientes y algunos terapeutas, sintió un flujo de
energía circulando a través de la gente y alrededor
de la mesa -lo que hoy en día se llaman vibraciones-
y esto le devolvió la salud. Desde la perspectiva de la
psicopatología, su fantasía tiene un toque paranoico
y nos recuerda el magnetismo animal de Mesmer. Pero estamos
reflexionando sobre el modo en que el arquetipo funciona en su
aspecto sectario. Al mismo tiempo, este caso puede considerarse
como un ejemplo psiquiátrico de los que nos reporta la
antropología cultural dentro del fenómeno de lo
religioso, y que puede ser visto como un ingrediente de la psicología
sectaria.
También, hay gente que sabe mucho acerca de las ideas y
modo de vida de muchas sectas. Son casi unas enciclopedias vivientes
acerca de las sectas y de sus fundadores. Tengo la impresión
de que, en esta forma, alimentan su necesidad psíquica
de sectarismo, sin tener que literalizar esta necesidad uniéndose
efectivamente a una secta.
Muchas personas
acuden a psicoterapia después de haber pertenecido a diversas
sectas teosóficas, de Gurdieff, subud, sufíes, sin
mencionar las de los muchos gurúes de la India. Es muy
extraño encontrar entre ellas una que opte por su individuación.
Lo común es que psíquicamente se mantenga apegado
a lo sectario y tenga a la psicología junguiana por una
secta más.
A principios
de los años setenta, Zürich se vio inundada por hippies
que acudían al análisis junguiano movidos por una
curiosidad un tanto ingenua y deseosos de escuchar palabras etéreas.
Uno sospecha que cualesquiera fuesen las palabras que el analista
usara, ellas serían escuchadas como sublimes. Yo llegué
a preguntarle a un hippie qué lo había atraído
hacia la psicoterapia junguiana. Me respondió que había
leído la solapa de un libro de Jung, sobre el Bardo
Thödol 9, en una librería de San Francisco y que
eso fue suficiente para llevarlo hasta Zürich. Hay gente
dispuesta a ir hasta el fin del mundo para escuchar de un profeta
las palabras etéreas que su psique necesita: gente que
dedica gran parte del tiempo en la búsqueda de esa suerte
de orfismo que Hipólito practicaba cuando tiene lugar la
tragedia.
Notas
y referencias bibliográficas:
1 Eurípides. (1977). "Hipólito".
En Tragedias. Tomo I. Biblioteca Clásica Gredos, 4.
Introducción, traducción y notas de Alberto Medina
G. y Juan Antonio López F. Madrid: Editorial Gredos.
vv. 59-60, p. 327. Para servir a los fines de este ensayo y para
conservar el sentido de la versión inglesa consultada, hemos
modificado algunas líneas de la traducción de la tragedia
de Eurípides que citamos.
2 Eurípides, 1977, vv. 72-88, p. 328.
3 Eurípides, ob. cit., 102, p. 329.
4 Ibídem. vv. 108, p. 329.
5 Ibíden. vv. 114, p. 329.
6 Ibídem. vv. 948-957, pp. 360-61.
7 E. R. Dodds. 1965. Pagan and Christian in an Age of
Anxiety Cambridge: Cambridge University Press. (Hay traducción
española: 1975. Paganos y cristianos en una época
de angustia. Madrid: Ediciones Cristiandad.
8 Rafael López-Pedraza. 1991. Hermes y sus hijos.
Trad. Iván Rodríguez. Barcelona: Anthropos,
p. 33.
9 Psychological Comentary on The Tibetan Book of the Dead.
En: Ed. W. Y. Evans-Wentz (ed.). 1957. The Tibetan Book of the Dead.
New York & London.

Grabado de una
edición ilustrada de la Metamorfosis de Ovidio, publicada
en 1683 en Amsterdam
Hipólito en pugna con Poseidón
Rafael
López-Pedraza. Analista y ensayista
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N°
55 Aņo III
Caracas, sábado 20 de mayo de 2000
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