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I
Me está mirando por la ventana,
la que he llamado Once
con el párpado semicaído
-¿o Diecisiete?, ¿ojo izquierdo o derecho?-
Igual ninguna de las dos tiene cerebro.
Se posa en el aguacate detrás de la casa,
come hojas y compite con las ardillas
por las frutas verdes.
Pero
sus ojos son penetrantes.
Hoy me acusan y no tengo respuestas,
no fue mi culpa que se interrumpiera la cocción
y enloqueciera el proceso de duplicado.
Al final el horno reventó
y se derramaron en el piso
como una camada prematura de cerdas,
la mitad de ellas (afortunadamente) muertas.
Sólo
una, la más cercana al núcleo,
salió perfecta, es decir, una semejanza perfecta.
Le he mandado lejos, a Dos.
Que viva y encuentre la salida
del callejón ciego de la vejez,
que sea feliz si todavía eso existe.
Ella no tiene por qué cargar con el peso
de este engendro entrópico.
Son mías y yo me ocuparé de ellas.
(
)
Me
levanto de mi escritorio,
luchando con el dolor en las articulaciones
que me hizo decidir conseguir otro cuerpo.
Dios sabe, yo creía entender las consecuencias
pero apenas las había vislumbrado. ¿Seré
perdonada?
Cinco y Seis están sentadas en el patio,
externamente sin desperfectos pero carentes de voluntad,
programables como robots. Ellas se ocupan de la cocina
para las que digerimos lo que yo llamo comida.
"¡Preparen la cena!" grito; entran a zancadas
y abren la
nevera.
Entro
a mi cuarto para buscar una chaqueta.
Es el suplicio de siempre abrir el armario:
Siete cuelga de un gancho, como si fuera un vestido.
No se ha movido desde que llegamos de la clínica
-dos camiones-ambulancias llenos-
y ella fue directo a su lugar entre mi ropa.
Enflaquece más cada día, como tela gastada,
envoltorio con un cascabeleo de huesos,
y hiede a ropa sucia en una cesta.
Todo lo que me pongo y yo misma olemos a rancio.
Pero sus ojos son hermosos, azul profundo aterciopelado,
más oscuros que los míos, cielo al crepúsculo,
puertas hacia un reino aparte. No habla nunca.
VII
Desconfiaba de Quince desde el comienzo,
estaba hinchada y visiblemente incómoda;
si hubiese comido habría pensado en parásitos,
era fácil imaginarlos retorcerse bajo su pellejo.
Pero ahora sé lo que le pasaba.
Ayer explotó y de sus entrañas
voló una tropa aparentemente inagotable de copias,
clones de segunda generación, finas como papel,
apenas móviles por ellas mismas,
vagando como renacuajos ciegos,
flotando a través de la casa y sobre el campo
más pálidas y etéreas con cada minuto
que pasaba
como una tormenta de lana vegetal
o nieve sintética.
Quince
las siguió bombeando hasta desinflarse;
cuando murió las otras también cayeron a tierra
y yacen allí, puntos o montones,
ínfimos recortables victorianos con mi figura,
esperando que el viento las disperse
o la humedad y las pisadas las borren.
VIII
(
)
He debido pedirle prestado o robarle el marido a alguien
y clonarlo también para las que sufren añoranza
viva.
La última vez que vino el jardinero lo rodearon
y se pavoneó como gallo entre gallinas
hasta que cayeron sobre él y lo habrían desgarrado.
No fue fácil pararlas. Por un momento
no supe si era Ocho o yo misma
quien luchaba con su bragueta.
Pero se escapó, con nada más moretones y rasguños.
Desde entonces cultivamos nuestras propias hortalizas
y nuestro único macho es un gato todo cicatrices
que lame los bigotes y se burla
cuando huele nuestras hormonas.
Ocho,
Nueve y Veintiuna han construido un altar,
queman sus deseos y el humo sube como incienso.
Yo les di los íconos, el ángel muy masculino,
el semidiós alado y bien dotado.
A veces en la noche un susurrar de plumas,
un batir de alones fuertes,
vibra en el aire.
XIII
Una figura quieta está sentada en el corredor
llena de imágenes de todos los elementos
y su diálogo interno es de fisuras y sellos
que superan el sí y no.
Más allá del juego mental y el pelo plateado
queda el cielo intacto.
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