Creación

MANIPULAR EL VERBO PARA QUE LAS PALABRAS ENGENDREN

Rowena Hill, más allá del juego mental
y debajo del cielo intacto

Más allá de los tópicos, la escritora inglesa, devota de las culturas orientales así como de la montaña merideña en la que reside, extremó su relación, su intimidad con las palabras: las fecundó y se dejó fecundar por éstas hasta dar a luz a Entrópica, poema del que cede algunos fragmentos. Fragmentos tan diversos y múltiples como la práctica genética que Rowena Hill osó intentar, léase la clonación: "Dios sabe, yo creía entender las consecuencias/ pero apenas las había
vislumbrado. ¿Seré perdonada?"


Foto: Vasco Szinetar

 

I
Me está mirando por la ventana,
la que he llamado Once
con el párpado semicaído
-¿o Diecisiete?, ¿ojo izquierdo o derecho?-
Igual ninguna de las dos tiene cerebro.
Se posa en el aguacate detrás de la casa,
come hojas y compite con las ardillas
por las frutas verdes.

Pero sus ojos son penetrantes.
Hoy me acusan y no tengo respuestas,
no fue mi culpa que se interrumpiera la cocción
y enloqueciera el proceso de duplicado.
Al final el horno reventó
y se derramaron en el piso
como una camada prematura de cerdas,
la mitad de ellas (afortunadamente) muertas.

Sólo una, la más cercana al núcleo,
salió perfecta, es decir, una semejanza perfecta.
Le he mandado lejos, a Dos.
Que viva y encuentre la salida
del callejón ciego de la vejez,
que sea feliz si todavía eso existe.
Ella no tiene por qué cargar con el peso
de este engendro entrópico.
Son mías y yo me ocuparé de ellas.
(…)

Me levanto de mi escritorio,
luchando con el dolor en las articulaciones
que me hizo decidir conseguir otro cuerpo.
Dios sabe, yo creía entender las consecuencias
pero apenas las había vislumbrado. ¿Seré perdonada?
Cinco y Seis están sentadas en el patio,
externamente sin desperfectos pero carentes de voluntad,
programables como robots. Ellas se ocupan de la cocina
para las que digerimos lo que yo llamo comida.
"¡Preparen la cena!" grito; entran a zancadas y abren la
nevera.

Entro a mi cuarto para buscar una chaqueta.
Es el suplicio de siempre abrir el armario:
Siete cuelga de un gancho, como si fuera un vestido.
No se ha movido desde que llegamos de la clínica
-dos camiones-ambulancias llenos-
y ella fue directo a su lugar entre mi ropa.
Enflaquece más cada día, como tela gastada,
envoltorio con un cascabeleo de huesos,
y hiede a ropa sucia en una cesta.
Todo lo que me pongo y yo misma olemos a rancio.
Pero sus ojos son hermosos, azul profundo aterciopelado,
más oscuros que los míos, cielo al crepúsculo,
puertas hacia un reino aparte. No habla nunca.

 


VII
Desconfiaba de Quince desde el comienzo,
estaba hinchada y visiblemente incómoda;
si hubiese comido habría pensado en parásitos,
era fácil imaginarlos retorcerse bajo su pellejo.
Pero ahora sé lo que le pasaba.
Ayer explotó y de sus entrañas
voló una tropa aparentemente inagotable de copias,
clones de segunda generación, finas como papel,
apenas móviles por ellas mismas,
vagando como renacuajos ciegos,
flotando a través de la casa y sobre el campo
más pálidas y etéreas con cada minuto que pasaba
como una tormenta de lana vegetal
o nieve sintética.

Quince las siguió bombeando hasta desinflarse;
cuando murió las otras también cayeron a tierra
y yacen allí, puntos o montones,
ínfimos recortables victorianos con mi figura,
esperando que el viento las disperse
o la humedad y las pisadas las borren.

 

 


VIII
(…)
He debido pedirle prestado o robarle el marido a alguien
y clonarlo también para las que sufren añoranza viva.
La última vez que vino el jardinero lo rodearon
y se pavoneó como gallo entre gallinas
hasta que cayeron sobre él y lo habrían desgarrado.
No fue fácil pararlas. Por un momento
no supe si era Ocho o yo misma
quien luchaba con su bragueta.
Pero se escapó, con nada más moretones y rasguños.
Desde entonces cultivamos nuestras propias hortalizas
y nuestro único macho es un gato todo cicatrices
que lame los bigotes y se burla
cuando huele nuestras hormonas.

Ocho, Nueve y Veintiuna han construido un altar,
queman sus deseos y el humo sube como incienso.
Yo les di los íconos, el ángel muy masculino,
el semidiós alado y bien dotado.
A veces en la noche un susurrar de plumas,
un batir de alones fuertes,
vibra en el aire.

 

 


XIII
Una figura quieta está sentada en el corredor
llena de imágenes de todos los elementos
y su diálogo interno es de fisuras y sellos
que superan el sí y no.
Más allá del juego mental y el pelo plateado
queda el cielo intacto.

 

N° 55 Aņo III
Caracas, sábado 20 de mayo de 2000
 
 
CANTAR SOLO EN HONOR DE UN DIOS, DE UNA DIOSA, DEL GURU, DEL LIDER (I/II)
La psicología del sectarismo en tiempos de ansiedad

(Rafael López-Pedraza)
 

Ensayo
PARA QUE SE INICIE EL RELATO
Cambiar de lengua en la misma lengua

(Teódulo López Meléndez)

Creación
MANIPULAR EL VERBO PARA QUE LAS PALABRAS ENGENDREN
Rowena Hill, más allá del juego mental y debajo del cielo intacto
(poemas)
Apuntes
LA EXPRESION ESTETICA DEL ALMA POPULAR
Venezolanidad con otro sentido
(Stefania Mosca)

Crónica
DESPOTISMO Y REINA DE BELLEZA

De entre tantos, un par de mitos
(Milagros Socorro)

 
Reflexión
LA RELACION DE JÖRG HAIDER CON LAS ARTES Y LAS LETRAS

Los anarquistas de la cultura
(Thomas Assheuer)
 
 

 

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