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Crónica
DESPOTISMO
Y REINA DE BELLEZA
De
entre tantos, un par de mitos
A propósito de
la muestra Miss Venezuela 90 60 90, a inaugurarse mañana
en el Museo Jacobo Borges -propuesta que reúne 24 artistas nacionales
y europeos en torno a una reflexión
gráfica sobre la belleza femenina y el cuerpo-, Milagros Socorro
dirige su mirada a lo que llama "catálogo de las visiones eróticas
nacionales". Allí, "hembra buena y tirano" parecen mezclarse
y formar parte de una constante tentación en la que reina de belleza
y despotismo devienen mitos

Foto: Andrés
Manner. Serie Beautiful / Museo Jacobo Borges
Pese
a haber sido reconocido el infundioso origen de la imagen del dictador
persiguiendo a una reina de belleza en su motoneta, continúa
el país fermentando esa fantasía y preguntándose
cada cierto tiempo si no habrá algo de verdad en aquella
especie. ¿Y por qué no?, susurran algunos, ¿qué
podía impedirle a Pérez Jiménez hacerse llevar
un bombón recién coronado hasta La Orchila para retozar
con ella, obligándola a correr delante de sus anhelos? ¿Y
si fuera verdad?
No existe ningún
documento gráfico ni testimonial que conduzca a dar crédito
al relato según el cual el sátrapa levantó
polvaredas en su isla particular mientras ponía a jadear
a la mujer más bella del mundo. Es una gran mentira... que
hemos decidido admitir en el catálogo de las visiones eróticas
nacionales. Y no se sabe qué resulta más excitante:
si una altanera miss, triunfadora en el exterior, humillada
por los caprichos de un señor omnipotente; o el emblema del
totalitarismo ejerciendo su derecho de pernada sobre una hermosa
muchacha.
Entre los tópicos
del imaginario sexual venezolano deslumbra el del oso (frontino
o, en todo caso, una bestia muy parecida a un hombretón peludo
y sin modales) que se encapricha con una mujer y la rapta para convertirla
en su esclava sexual. En los Andes hay leyendas que se solazan en
la descripción de la descendencia de semejante mancuerna:
algo así como bebés rollizos, de espesa pelambre y
hocico largo. Y no faltan versiones según las cuales las
mujeres terminan adaptándose a este destino y aún
aguardando con ansias el regreso del imponente marido tras una jornada
en la espesura. De más aclarar que la cautiva suele ser una
criatura de finos y múltiples encantos, dueña de un
rostro angelical (lo menos parecido, ciertamente, a una osa). El
oso encaprichado con la moza; el mono que chilla cuando siente acercarse
una vagina humana; el tuqueque (ese machorro azulenco) que se pega
del borde de las faldas apetecidas... la fiera, a veces, gusta de
la carne blanca y dulce.
Hembra buena
y tirano, parecen constituir una mezcla que solivianta la imaginación
erótica venezolana. Ambos forman parte de una constante tentación
nacional: la jovencita que destaca de la yeguada por sus atributos
físicos y su sensualidad; y el autócrata que vendrá
a poner orden donde impera el caos. La belleza física es
la cúspide de la armonía en un cuerpo ofrecido a la
mirada pública, así como los regímenes totalitarios
se promocionan como la simetría perfecta de todas las aspiraciones.
Una y otros
son fallidos. La tersura sin mácula de las reinas de belleza
es apenas un instante en el espectáculo (las hay que comienzan
a engordar desde el desayuno que sigue a la gala final del certamen),
esa estampa de mujer imposible es el resultado de un engranaje de
artificios de tal complejidad que cuando una miss sale por
el tubo de la máquina embellecedora apenas tiene aires de
familia con la liceísta que era al principio, cuando fue
absorbida por la boca voraz de la usina de morbideces. Una reina
de belleza es un mito incluso para ella misma, consciente de la
provisionalidad de los tacones, las pestañas postizas y la
sonrisa de reina. Asimismo, el despotismo, tal como ha quedado demostrado,
es el mayor fraude en que pueda embarcarse una sociedad.
Y lo otro es
que ni las reinas de belleza ni las dictaduras resultan fotogénicas
cuando han sido cogidas de sorpresa y no están posando para
la ocasión.
Milagros
Socorro. Periodista
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N°
55 Año III
Caracas, sábado 20 de mayo de 2000
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