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Reflexión
LA RELACION
DE JÖRG HAIDER CON LAS ARTES Y LAS LETRAS
Los anarquistas de la cultura
Para comprender
cabalmente el proyecto de "verdadera democracia" que defiende
el nuevo canciller austríaco Jörg Haider, hay que tomar
el camino del arte y escucharle enumerar los calificativos con los
que acusa a los intelectuales: "anarquistas", "parásitos
sociales", a quienes, como refiere Thomas Assheuer y traduce
Verónica Jaffé, augura poco o ningún futuro,
incluso desde su programa de gobierno La libertad que yo digo
(1993), en el que convoca a una "guerra cultural" que
ha de librar el pueblo, luego de reconocerle como su "líder
espiritual y moral"

Mario
Abreu / Angel de la creación
En Austria existen personas
liberales que saludan el triunfo del nuevo "canciller secreto"
como truco de un juego dialéctico de la evolución
democrática: contra toda racionalidad es justamente un antiliberal
quien logra serle útil a la república democrática
destruyendo el bipartidismo con sus paralizantes sistemas de cuotas,
patronazgos y comisiones, convirtiéndose así en una
suerte de rompehielos para los gélidos mares de la democracia
austríaca. (
)
Quien quiera
saber lo que el doctor Haider entiende por "verdadera
democracia" y "Tercera República" tiene que
tomar el camino del arte y analizar el slogan de su Partido
Liberal de Austria "Libertad de las artes sí, artistas
oficiales y socialistas no". Pues no hay otra cosa que despierte
más odio en Haider que la izquierda intelectual, esos
"anarquistas de la cultura", esos "mafiosos culturosos",
esos "parásitos sociales" que, alimentados por
generosas subvenciones, se dedican a producir ideologías
políticas trasnochadas. Habla de "inútiles pseudo-intelectuales,
pedantes, fatuos, arrogantes y flojos" y les augura un futuro
difícil y afónico: "Chillen no más, que
cuando esté en el poder ya no tendrán voz para hacerlo".
Y lo que Haider no dice lo dice su asesor cultural, ideólogo
jefe y compañero Andreas Mölzer, editor de la
revista de derecha Zur Zeit, que declara: "El arte se
ha convertido en la prostituta de la política cultural socialista".
Los ataques
tienen sentido, pues Haider y su asesor están obsesionados
por la idea de que la modernidad estética y el liberalismo
occidental sean las dos caras de una sola medalla. Tal como el arte
habría desaparecido en la nada de la abstracción,
"el sistema partidista occidental es destruido por las leyes
de la Historia", opina Mölzer, y en el escrito
programático de Haider titulado La libertad que
yo digo (1993) la primera frase proclama lo siguiente: "Las
ideas y los sistemas sociales más importantes para Europa
surgidos de la Ilustración son hoy en día anacrónicos,
están acabados, o han fracasado. Este es el caso tanto del
socialismo como del liberalismo". Y la culpa en la caída
del Estado, en su debilidad amorfa, es de la emancipación
de las artes. Del reino de lo bello escapa la peste de la autonomía
estética y los venenos de la libertad de las ideas que corroen
y corrompen las barreras protectoras de la moralidad y de la autoridad
del Estado. Desde esta perspectiva las artes modernas son un virus
asesino en el cuerpo del poder y de la economía. "En
la economía lo importante es el orden, la disciplina, la
producción eficiente (
) mientras que en la esfera cultural
dominan la expresividad, la independencia y la espontaneidad".
Al final la cultura se libera completamente de "las ataduras
religiosas y sociales de la sociedad burguesa" y se convierte
en "contracultura". El destino de la política sería
la subversión de lo bello, o como lo formula otro slogan
del Partido Libre de Austria de Haider: "El futuro de Austria
es nuestro arte".
No es que Haider
quiera proteger el arte de su instrumentalización en manos
de políticos y propagandistas. Más bien habla en La
libertad que yo digo de una "guerra cultural" que se dirige
contra un modernismo que habría comenzado en Viena por equivocación
histórica y deberá terminar allí. "No
es posible superar el fascismo cultural de la izquierda sin una
guerra cultural y una defensa activa de los valores", dice,
y Mölzer habla en consecuencia del triunfo de Haider
como "de un proceso de importancia capital en la evolución
dogmática de la Historia de toda Europa", como victoria
sobre el "nihilismo" moderno y su "entorno izquierdo-fascista".
Haider
no esconde sus intenciones de declarar en su "Tercera República"
el fin de la separación entre cultura y Estado. Sobre las
ruinas del liberalismo construiría una "política
social total y completa". Sus principios, presentados hace
años en la revista radical de derecha Aula se reflejan
en "una política de la comunidad social del pueblo.
Importancia destacada tiene la declaración de pertenencia
a esta co-munidad que expresa la relación y atadura orgánica
y ética del ser humano dentro de una comunidad, desde la
comunidad de la familia hasta la del pueblo".
La comunidad
homogénea y etnocultural del pueblo, tal es el núcleo
oculto de esta "totalidad" de la que habla Haider. Ni
Haider ni Mölzer se refieren a la Constitución
sino a un Estado comprometido con la homogénea "comunidad
del pueblo y la cultura alemana". Tampoco hablan mucho de los
derechos del individuo, sino de los derechos del pueblo de defenderse
de ataques liberales a su substancia etnocultural. Por eso en la
"Tercera República" no existen ciudadanos sino
hermanos de un solo pueblo que luchan juntos contra "transculturizaciones"
y "extranjeros". Quien siga insistiendo en la diferencia
entre demos y etnos, nación de ciudadanos y nación
cultural, propicia el ocaso de Occidente: "Si la política
no se construye sobre principios étnicos la humanidad no
tiene futuro".
El argumento
liberal del inicio contra la partidización y politización
del arte se ha convertido en su despótico contrario. Haider
construye con una cultura étnica homogénea una forma
de "democracia del líder", con una élite
de "liderazgos", donde el bien común ya está
definido. El nuevo canciller presidencialista se entiende como ejecutor
del verdadero espíritu del pueblo y encuentra allí
su legitimación como "líder espiritual y moral".
Y es legítimo porque el propuesto canciller-presidente solo
querría del pueblo lo que este siempre ha deseado como "espíritu
cultural del pueblo". Así, puede distanciarse de la
Constitución y recurrir a la tradición, imponiendo
de tal forma un sistema de valores que no está a disposición
de las clases "discutientes", de la discusión general,
de los artistas pendientes de su autorrealización hedonista.
En consecuencia la discusión y educación política
podría limitarse a una aclamación plebiscitaria. Y
en efecto, las primeras medidas anunciadas por Haider buscan
garantizar que "se mienta menos en los medios". (
)
(Versión parcial y traducción
de Verónica Jaffé del artículo de Thomas
Assheuer, "Volksgemeinschaft", publicado en Die
Zeit, N0. 7, 10 de febrero de 2000).
Thomas
Assheuer. Periodista
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N°
55 Aņo III
Caracas, sábado 20 de mayo de 2000
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