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"DEL
PAIS DE LA PENA" EN BREVE DISQUISICIÓN
¿Por dónde transita
Hanni Ossott en su poesía?
Certidumbres
no existen para la poeta. Intuiciones, tanteos, visiones, delirios,
sobresaltos por alcanzar lo invisible, por sumarse al canto oscuro
en el que su amado Rilke
instruyó a los pájaros y a los ángeles y a
los muertos sí abundan en la obra de Hanni Ossott,
en ese Cielo, tu arco grande, en El circo roto, en
El reino donde la noche se abre,
allí donde se sabe Del país de la pena, "pequeña
obra maestra", según la mirada de Esdras Parra: "pues
el desgarramiento interior que le exigió escribir de un tirón,
en una noche,
estas páginas esclarecedoras, no siempre es fácil
encontrar en la historia de nuestra poesía", aseveró
en el V Coloquio Latinoamericano de Literatura (Valencia / 2000)

Foto: Eddy González
Hanni Ossott: "No quiero el horror sino la
tolerancia / la casa..."
I
Pocos poetas, en nuestro medio, viven su poesía como una
prolongación de su existencia, como debería ser. Quizá
como un hito en la lucha que sostienen dentro del mundo de las cosas
y de su lenguaje. Hanni Ossott es uno de ellos. Ella vive
su poesía, o la poesía vive en ella, la habita. Estos
términos pueden ser intercambiables y significan que no se
desprende de sí misma en la hora de escribir sus poemas.
No se pone una máscara diferente a la que lleva su rostro.
Por lo que cuanto dicen sus poemas debemos, con toda certeza, tomar
en consideración con la seguridad de que es su voz y no otra
la que habla, como si sus poemas fueran parcelas dolorosas, punzantes,
que se desglosan de su vida, que ella entrega con la generosidad
de que es capaz.
Qué más demostración que traer aquí
la visión que emana de esa pequeña obra maestra titulada
"Del país de la pena". Poema que se ha convertido
en objeto de culto entre sus más asiduos lectores. Pues el
desgarramiento interior que le exigió escribir de un tirón,
en una noche, estas páginas esclarecedoras, no siempre es
fácil encontrar en la historia de nuestra poesía.
"Desgarramiento", "esclarecedoras", palabras
fuertes que no escapan a los oídos de aquellos que me escuchan.
Aunque sucede que yo quiero decir con ellas lo que significan como
cualidades del poema de Hanni. No se debiera tener miedo a las palabras.
Elaborar conjuntos más o menos discriminados a los que se
les prohíbe su uso. Hanni misma es un ejemplo. En su poema,
ella da rienda suelta al lenguaje y a la imaginación. Ambos
juegan allí, libremente, su propia aventura. Ella arriesga
su verbo, y en ese arriesgarse está su secreto. Sólo
está allí para conducir ese torrente de vocablos,
reveladores de una batalla interior que no con mucha frecuencia
otros han vivido. Si Hanni se pregunta incansablemente: "¿Quién
soy?" -pregunta clave a lo largo del poema-, es su voz la que
habla. Pero habla también la incertidumbre, la seguridad
de saberse mortal, la soledad, la añoranza, la ausencia de
identidad, la fragilidad misma de encontrarse en esta tierra, en
el "país de la pena", y no tener asideros, la impaciencia
honda de no poder reconocerse a sí misma, no saber quién
es ni por qué está aquí. "Yo te he buscado
para saber quién soy, y no sé quién soy".
Se pueden leer esas imágenes que pueblan su poema como si
se leyera el libro de la mente. Pero no se trata de una representación
mental. Hanni se ha visto atrapada por el demonio de la poesía,
lanzada en el trance de vivir lo que dicen sus palabras, cada una
llena con el peso específico de su significado. La pregunta
que se hace constantemente, pregunta que sirve como guía
para adentrarse en el poema y apresarlo en su esencia, es una pregunta
desesperada, porque la poeta está detrás o dentro
de la pregunta misma como otra interrogación y no puede salir
de ella. Hay ira, exasperación que sólo se mitiga
al evocar otras imágenes, pero el sosiego no está
de su parte. Hanni se propone asir para siempre esa esfera dolorosa
de su propia interrogante. Si su poema resulta a veces poco accesible
es porque no permite que la atmósfera del mundo exterior
lo inunde, no la deja circular en su interior para que las visiones
se aireen y ella al fin quede libre.
Es posible imaginarla mientras lucha sintiéndose prisionera
en las redes de la inspiración, inspiración torrentosa
y tiránica. Sentirla frágil e indefensa, intentando
desarticular su desamparo que es, por lo demás, el de una
mujer que sólo aspira a ser ella misma y su poema. En su
impotencia, quizá previniendo su locura, logra afirmar las
imágenes en el suelo del poema. Las va edificando con certera
seguridad, accediendo a que entren en la realidad de su mundo. En
efecto, la primera impresión que causa este poema es su fluidez,
la espontaneidad con que la poeta urde el tejido de sus imágenes,
dejando espacio entre los intersticios para introducir allí
su pregunta. Ese rasgo hace que lo podamos sentir en la propia conciencia,
quizá como lo sintió la poeta que lo compuso, como
si saliera de nuestra propia voz, impregnado con nuestra desnudez
y nuestra indeterminación.
Diálogo consigo misma, interrogación fundamental sobre
sí y sobre su sentir: "¿Quién soy? ¿Soy
los árboles, las plantas? ¿Acaso el mar?". Hanni
busca no una respuesta a estas preguntas sino un espacio donde extender
su voz, hacerla visible y audible. Porque la voz es la afirmación
de la propia persona, y ella pide esa afirmación para estrechar
sus vínculos con el mundo. Está ante el mundo, en
el sentido rilkeano de esta expresión, gracias al rumbo y
elevación de su conciencia. Aspira a experimentar totalmente
lo que dice su poema. Tal aspiración es sólo un camino
entre muchos caminos. Es arrastrada por su vocación de poeta
hacia el abismo de su poesía. En el fondo oscuro y denso
donde su mueve con su carga de vivencias, Hanni se vuelve ajena
a su lenguaje. Necesita desprenderse de las significaciones a fin
de establecer con firmeza su realidad. De ahí que para ocultar
su ansiedad, acaso para anularla, se exige a sí misma una
forma errática en el poema sin descuidar sus grados de intensidad:
lo satura de imágenes. Se aferra a esas imágenes tratando
de encontrar un punto de apoyo, una suerte de iluminación
que puede estar fuera de su poesía. Incorpora su anhelo a
las imágenes para oponerse a ellas y lograr una soberanía
absoluta. Su propósito final es hacerse dueña de su
poema y, a la vez, introducir en él los signos inequívocos
de su mundo: sus inquietudes, sus intuiciones, los misterios para
los cuales no tiene respuesta.
Su poema está dirigido hacia una meta que es, por igual,
un punto de partida: la revelación de un yo sin identidad.
Hanni no se niega a recibir las influencias de las vicisitudes de
su camino. Estas constituyen etapas en el proceso de llegar a su
límite. El yo de Hanni no es un espejo que se refleja estáticamente
a sí mismo. Es, por el contrario, la conciencia activa y
vigilante de querer volcarse hacia los otros y entregar a ellos
su mensaje, establecer una conexión con las voces semejantes
a la suya, los que quieren escucharla y se enfrentan a esa sutil
aventura. El diálogo, pues, no se queda detenido en una sola
presencia, intenta proyectarse en la claridad de su mundo y recoger
su eco. La poeta no sólo habla para sí, habla también
para los demás. No se cree en posesión de verdad alguna,
la única verdad que sostiene es la de la incertidumbre. Cuando
se pregunta: "¿Quién soy?" es porque esa
interrogación anuda el lazo que la lleva al mundo de los
otros. Ellos no son un mero reflejo sino aspectos desconocidos de
su propia persona. Necesita interrogarse, sin esperar una respuesta,
para entrar en su peculiar realidad, en el peligro que significa
ser el centro mismo de su poema.
Hanni
parece incansable en esta búsqueda angustiosa. Se sobrecarga
de confusión, aviva los detalles de sus imágenes para
bajar a la tiniebla de su noche. Persigue su voz, la acorrala, reflexiona
sobre ella. Pretende que esa voz sea la metáfora de todo
lo que la rodea. Quizá por eso requiere escuchas, y se dirige
a reconstruir el presente que la acerque a quienes la oyen. Su voz
tiene la cualidad del grito: "¿Quién soy? ¿Una
ruta? ¿Un camino? ¿Dime quién soy?". Espera
que su voz, su grito la haga reconocerse en su poema. Quiere ver
el esplendor, la belleza, asumir el amor del mar, la melancolía
de la Tierra y apresurarse hacia el "país de la pena":
"¿Adónde, adónde?". Se encamina hacia
la duda. Primero el abismo. Hanni descansa en la profundidad de
la duda. Corre a las vastas distancias que le revelarán,
por fin, el misterio de los ausentes, los seres queridos, el misterio
de la muerte como la única verdad que no le ha sido revelada,
el lado de la vida que no conocemos. La pena que siente es como
una hoja suspendida en el vacío. El aire enrarecido la deja
pasar. Da libre curso a su grito. Hay una abertura en ese cielo
de su sufrimiento: "padezco", "quiero obviar el dolor,
el horror. Olvido. Olvido". Esa hoja debe soportar el peso
de tanta luz, de tanta tiniebla, de tanta invalidez y desazón.
Porque tiene que mantenerse firme en la carencia y en la humildad
y ser ella misma dentro de su poema. ¿Por qué se empeña
en tratar de unir su ser con su poesía? ¿Por qué
ese anhelo de querer llegar al dominio de los otros? El mundo se
mueve a su alrededor, pero ella borra sus huellas. No desea permanecer
en un solo lugar. Los otros, decididamente, no son su reflejo. Pone
en movimiento su deseo de identificarse con los otros, con la Tierra,
el viento, el mar. Los otros son una aventura extraña, un
fatalidad. Asume que su poema debe encarnar en ella misma. Sólo
así puede responder a su eterna pregunta y ser, además,
las colinas, riberas, agua bañada de luz, el pájaro
que enterró en el jardín, y dormir bajo tierra para
que todo pase. Olvido, olvido, grita en medio de la resaca. Por
fin la fusión se realiza: "Estoy extenuada". Indaga
en los otros como si indagara en sí misma. Está frente
al mundo. Camina hacia lo abierto, que no es el espacio ni el cielo
sino todo lo existente: las imágenes que atrapa en la vigilia
e incorpora a su poema. Ve objetos, representaciones. El mar es
un suspiro. Sólo trae barcos llenos de invalidez, barcos
enfermos, antiguos dolientes, con sus luces, sus banderas, los cañones,
las invisibles balas. Significan la llegada, el arribo. "¿Quién
oye? ¿Quién está allí? ¿Quién
habla?". Habla ella porque su voz se aísla. Se amalgama
con la voz de la naturaleza, la voz de la Tierra. Es el enigma,
lo innombrable, para lo cual no hay palabras, ni voluntad de crearlas,
ni imaginación. Ella se ha convertido en un muro. Escucha
el silencio que la rodea. Vuelve sobre sus pasos cerrando su círculo:
"Es la luz de la Luna lo que hoy me ilumina".
II
No sé cuántas veces he vuelto a este poema y en cada
lectura siempre encuentro algo nuevo que me conmueve. Su lenguaje
fluye libremente o tropieza, es dúctil, áspero, fuerte.
Corre como un torrente sobre piedras lavadas, forma remansos o rápidos
en su trayectoria. En mi mente se transforma como si surgiera de
la sombra. De la sombra, de las desdichas, de las penas de la autora,
que no necesitó sino sentarse a su mesa, en su "cuarto
propio", una noche a escribirlo o dejar que la fuerza ciega
de su impulso primigenio y el sonido febril de su voz hicieran el
trabajo.
Hanni parece inspirarse en la idea del ser, en el sentido que Heidegger,
su mentor, su maestro, da a esta palabra: el fundamento de todo
lo existente. Sería interesante investigar hasta qué
punto el pensador alemán ha influido en su poesía.
Ella, que por sus raíces germánicas siempre se ha
sentido cercana a los poetas y pensadores de esta cultura: Goethe,
Hölderlin, Nietzsche. No podemos olvidar que a Hanni debemos
una de las mejores traducciones de las Elegías de Duino
de Rilke. Por su deseo de abarcar la totalidad etimológica
de las palabras, creo que el dominio desde el cual la poeta habla
tiene cierto principio en esa lengua. Ella dilucida su pensamiento
y afirma desde allí su armonía. La estructura de su
poema es sencilla y, a la vez, compleja. Se deja arrastrar por la
presión y el movimiento de las imágenes sin perder
su vigilancia, su control. Su dolor es dosificado. ¿Cómo
intentar una interpretación de este poema? No me creo capacitada
para hacer un análisis. Yo sólo lo leo, una, muchas
veces, intentando en mi lectura dejarme invadir por su agitación
interior, por su tiempo, su sonido, los principios semánticos
que lo unifican. Percibo allí la ansiedad de la poeta, su
desamparo, su sentimiento de inutilidad, su resignación,
el fracaso de su mundo. Siento que ella va a la deriva dentro de
su oscuridad. Tantea las sombras. Ciegamente va hacia la luz, sin
encontrarla. Su pregunta es un grito que surge desde espesas tinieblas,
las del ser que no podrá alcanzar, contra las que lucha.
No busca una identidad, no desea encarnar su propia imagen, a pesar
de que ese impulso es lo que la sostiene. ¿Se identifica
con las cosas que nombra? Primero soy una pena, dice, luego el soportar.
Sobrelleva el peso de su vacío, este es su única certidumbre.
Desde ese vacío toma fuerzas para lanzar su grito: "Soy
un cuerpo cansado de tanta errancia". Intenta al fin encontrar
un descanso, una identidad y olvidar para siempre el dolor, el horror,
los abandonos, las distancias, el llanto.
Con tanteos, venciendo dificultades, vacilaciones, pero al mismo
tiempo dueña de una absoluta seguridad, un manejo consciente
de su lenguaje, Hanni ha avanzado reciamente en su poesía.
Este poema podría ser el clímax de su obra, por su
situación y el vigor de su verbo, situado a medio camino
entre sus primeros y sus últimos libros. Libros que son como
hitos en su ruta hacia la creación de su mundo. La poeta
ha buscado el ascenso, y así como explora la oscuridad de
su pasado, esas "sombras", se hunde también en
la niebla del presente. Su voluntad está dirigida a alcanzar
la plenitud del ser como equilibrio de todo lo que existe. En su
poema, quiere abarcar esa plenitud que es, además, la plenitud
de la Tierra. Canta desde esa instancia, como canta también
desde lo oscuro. Escucha lo oscuro. Oye lo profundo. Al ascender,
se siente bañada de luz, la luz de la revelación que
hasta ese momento no le había sido señalada. Su pregunta
nunca obtendrá respuesta. Tal negativa se incorpora a su
voz. La recibe como si fuera una dádiva. Una dádiva
que viene de la noche. El silencio, el vacío es la única
afirmación. ¿Por dónde transita Hanni en su
poema? Ella no lo sabe. Se aferra a su imploración y se apresura
a llegar al abismo. Va hacia lo invisible. Reconoce en lo invisible,
como Rilke, "una jerarquía más elevada
de la realidad". Es decir, de su salvación.
¿Se ha enriquecido nuestra poesía con este poema?
Ciertamente. Sería absurdo negarlo. Hanni, como poeta ha
hecho allí un surco profundo. Creo, sin embargo, que no se
ha reconocido en verdad lo que hay en él de fundamental,
de revelador. Las visiones agudas que suscita. Las ramificaciones
que parten de sus imágenes. El poema permanece como la voz
de la poeta que nada desvanecerá, que se escucha entre las
líneas del poema. Hanni muestra su rostro. Lo muestra y lo
oculta. Se pone una máscara. Pero deja que el poema siga
solo su camino. Lo abandona para que se encuentre a sí mismo.
Nadie sabe hasta dónde puede avanzar en ese camino. La poeta
es finita, como todo mortal, aun no sabiendo lo que hay en ella
de mortal.
Yo que he pagado un precio muy alto por proteger mi vida, puedo
decir que Hanni ha pagado el suyo, y quizá su precio sea
aún más alto. Ahí está su poesía
para atestiguarlo. Esos libros lanzados como hojas en el viento,
como mensajes cifrados dentro de una botella sin posibilidad de
llegar a destino. Este poema que es una leyenda nos da, justo, la
idea del precio que ha pagado por tratar de proteger su vida. Protegerla
de las penas, de las desgracias, la incertidumbre, la mirada de
los otros, el pensar de la gente. La vida de Hanni ha girado en
torno al círculo concéntrico de sus preocupaciones
más íntimas, que es el objeto de sus poemas: los sentimientos,
los seres queridos, la casa, el amor, la feminidad, el pasado, la
muerte. Todo ello está contenido en este poema. Como el anhelo
de rescatar su vida, protegerla de la desolación para lanzarla
con su pensamiento a la aventura.
La memoria ha poseído a esta poeta desesperada. La memoria
y la acción. La ira, el sosiego. La voluntad de llegar a
su corazón. "Si todo esto ha sido malo
¿entonces?".
Se adelanta en la búsqueda de su poema. ¿Puede ser
atrapado aún? Ella es su poesía, la lleva hasta el
límite de lo oscuro por el solo deseo de hacerla transparente.
Por la desposesión de su ser. Hay perplejidad y asombro en
su lenguaje. El asombro y la perplejidad del niño que hay
en ella. Un viento la empuja. Atónita, se mueve en espiral.
Acuna en sus brazos ese niño que nunca tuvo. Lo acaricia
en su imaginación.
En la tarde, cuando el Sol se ha ocultado tras el horizonte, un
poco cansada, con el libro abierto en la página leída
tiempo atrás, esta mujer menuda, nerviosa e impaciente se
acerca a la ventana y contempla las montañas próximas,
el perfil abrupto de la ciudad erigida sobre colinas boscosas que
le hacen recordar su infancia y le traen el perfume del vestido
de su madre muerta en otro siglo. "No tengo cara", dice,
y sin embargo no puede detener el asomo de una lágrima.

Foto: Eddy González
Hanni Ossott, aferrada a la página en blanco
Esdras
Parra. Poeta
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N°
56 Aņo III
Caracas, sábado 27 de mayo de 2000
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