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Ensayo
LA
PSICOLOGIA DEL SECTARISMO EN TIEMPOS DE ANSIEDAD (Y II)
Esa locura específica
y peculiar del sectario
Mientras estuvo
trabajando en el ensayo que sigue y que incluyera en la reedición
de su libro Ansiedad cultural, Rafael López-Pedraza
confiesa haberse sentido embargado por "una sensación
extraña, difícil de transmitir con palabras",
rayana al sectarismo. Porque el componente arquetipal sectario "está
presente en todos nosotros y hay que reconocerlo", incluso
en la psicología junguiana que, a juicio del autor, "parece
haberse afiliado al colectivo y haber olvidado que la función
de la psicología analítica es la de compensar al colectivo".
Así en el Hipólito que Eurípides dibuja con
una imagen poética del sectario -la del débil y postrado
ante los atributos de Artemisa-, a más de las acciones terroristas
del fundamentalismo de las grandes religiones, ha de reconocerse
el desconocimiento de lo otro y de los otros que signan nuestros
días
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Artemisa
con una antorcha (mármol antiguo)
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El
sectarismo funciona de diversas maneras: conocí a un hombre
joven que, no pudiendo tolerar la aventura de la sombra en el análisis
junguiano, se unió a una secta bastante estricta. Este caso
dio también mucho de qué hablar entre sus amigos y,
personalmente, me dio mucho en qué pensar, tanto que me encontré
a mí mismo especulando que ese joven bien podría no
ser totalmente un hijo arquetipal de Artemisa, por decirlo así,
sino que era más una personalidad adolescente infatuada,
un puer aeternus que se había identificado con un
éxito precoz en la vida. Después, a sus 30 años
de edad, no podía aceptar el fracaso terrenal con su sombra
por lo que su psique parecía no ofrecerle otra opción
para sobrevivir que la de unirse a una secta, cuyas reglas eran
de una severidad tal como prohibirle cualquier acercamiento de sus
amigos de otros tiempos.
Le pido al
lector que tenga en mente este caso porque pudiera darnos la oportunidad
de distinguir entre dos psicologías, que suelen resultar
confusas: la psicología del puer aeternus y la del
sectario. Por ejemplo, Thomas Moore, en su artículo
"Artemis and the Puer" 1 percibe a Hipólito
en el contexto del arquetipo del puer aeternus, del eterno
adolescente. Lo que yo veo semejante al puer en Hipólito
pudiera ser su juventud y también su "
entrega
a la adoración de sus palabras etéreas" (las
emanaciones verbales de los órficos), como en el hippie
de San Francisco. Sin embargo, para mí, esto no es suficiente
para considerar a Hipólito como una figura paradigmática
del puer. Sus rasgos más importantes son su virginidad
y su castidad, lo que yo considero como típico de un hijo
arquetipal de Artemisa.
Eurípides
pinta en Hipólito el retrato de una personalidad básicamente
limitada: adorar solamente a una deidad del panteón griego
de dioses y diosas es evidencia de una personalidad limitada y pobre.
Los estudiosos de los clásicos coinciden con esta afirmación
y describen a Hipólito como una personalidad débil,
de una trágica simplicidad. Incluso Hipólito parece
aún más débil cuando se le estudia en comparación
con otros héroes trágicos -Orestes, por ejemplo, cuya
conciencia trágica y la forma en que asume su destino, muestran
lo que realmente es el héroe trágico-. Hipólito
no muestra una actitud comparable, toda vez que es movido sólo
por fuerzas inconscientes y no tiene conocimiento de su propio destino
trágico. El no es un héroe trágico, con una
conciencia trágica, sino más bien una víctima
trágica.
La imagen poética
del sectario que nos da Eurípides nos permite ver
a la debilidad como un rasgo esencial de la personalidad sectaria.
Y yo considero que es éste el rasgo que mueve al adepto a
unirse a una secta; no hay energía que sostenga al individuo.
Sin embargo, hay una vía más dramática, o incluso
más brutal, de detectar los elementos que mueven la necesidad
de unirse a una secta. Años atrás, leí un libro
de Jean Paul Sartre sobre el judaísmo y el nazismo.
No he podido encontrar de nuevo este libro, de manera que tendré
que confiar en mi memoria. Al tratar de introducirse en la psicología
del nazismo, Sartre trae a colación una analogía
con una secta americana, la del Ku-Klux-Klan, cuyos miembros
desean 'limpiar' el mundo de la gente negra. Para Sartre,
es la mediocridad lo que ha impulsado a esa gente a unirse en una
secta. Así que podemos observar una mezcla de debilidad y
mediocridad en la psicología del sectario. Debemos estar
conscientes de nuestra propia mediocridad porque, de lo contrario,
podría pasar a formar parte de nuestra sombra. A propósito,
tuve una vez un paciente que consideraba que el logro de su psicoterapia
había sido hacerse consciente de su mediocridad.
Al hablar de
mediocridad, comenzamos a aproximarnos a la atemorizante y siniestra
aparición de la maldad en la secta. Podemos ver una manifestación
de ello, con una lente de aumento, en una secta como la de James
Jones, quien condujo a un grupo de adeptos hasta un claro de la
selva de Guyana, donde tendrían una vida pura y sencilla.
Imagino que todos hemos leído los espantosos testimonios
de quienes sobrevivieron a ese holocausto. Muchos de ellos parecen
ser gente sencilla y cuando explican lo que les llevó a la
secta, uno puede tener una evidencia palpable de esa debilidad y
mediocridad, que son el impulso de una forma sectaria de vida. Se
dejaron influir por el aspecto utópico del sectarismo: por
la fantasía de que podrían encontrar la Ciudad de
Dios en la selva guyanesa, aunque en verdad siguieron a un loco
poseso de sectarismo que los condujo a la muerte. El caso de la
secta de Guyana, acompañando al horror, tiene el mayor interés
por el número de víctimas y porque fue la primera
de una serie de inmolaciones suicidas en sectas, a las cuales el
lector ha tenido acceso a través de los media.
En su artículo
"Pain and Punishment", Alfred Ziegler2 se refiere
al aspecto psicosomático de la psicología de la utopía
que está presente en la psicología sectaria y que
se transformó en horror en la secta de Jones. La cruda realidad
de la vida en la selva guyanesa sobrepasó la imaginería
infernal de Gerónimo el Bosco y del Marqués
de Sade, en quienes Ziegler ha basado la imaginería
del opuesto destructivo de lo utópico. Debemos tener en cuenta
esta contribución de Ziegler sobre el dolor y el castigo
psicosomáticos del utópico cuando nos enfrentemos
con casos semejantes, porque creo que nos proporciona un enfoque
muy acertado de su condición psicosomática. Un autocastigo
compensando los vuelos futuristas de la utopía sectaria.
La portada
de la edición del mes de mayo de 1991 de la revista Time
Magazine, tuvo como titular "The Thiriving Cult of Gred
and Power" ("El próspero culto de la avaricia y
del poder"), y remitía a un reportaje sobre una secta
que se autodenomina la Iglesia de -algo así como- la Cienciología,
una secta de la que yo no sabía nada hasta ese momento. La
descripción del Time de esa secta, que reclama ser
una religión, es impresionante. La concepción del
culto es de una demencia difícil de ser catalogada en un
manual sobre psicopatología. Por ejemplo, Hubbard, dentista
y fundador de la secta, "determinó que los seres humanos
están hechos de un conglomerado de espíritus (o 'thetans'
como él los denomina) que desaparecieron de la Tierra hace
unos 75 millones de años a causa del cruel tirano galáctico
Xenu". Dejo a su imaginación adivinar de qué
tipo de enfermedad mental nace esta secta. He hecho referencia a
la debilidad y a la mediocridad en la psicología sectaria,
pero parece que me quedé corto frente a la doctrina básica
de la Cienciología. Sin embargo, se trata de una especie
de sectarismo que vale la pena explorar y demuestra que no es necesario
tener una forma coherente de pensamiento: porque evidentemente mientras
más demencial sean sus principios, más exitosa será
la secta. Con esto, podemos volver -como en el caso de Pablo- a
la observación que hizo Jung a principios de siglo
respecto al hecho de que mientras más sectas existan, menos
necesidad habrá de instituciones psiquiátricas.
Observamos,
a partir del libro de E. R. Dodds Pagan and Christian in an Age
of Anxiety, que la psicología del sectarismo floreció
en una época de ansiedad. Las dos sectas mencionadas, la
de Jim Jones y la Cienciología, revelan la incomparable ansiedad
de los tiempos que vivimos. En esta visión, también
entra el fundamentalismo de las grandes religiones, las cuales expresan
su fanatismo mediante el terrorismo. A esta altura, creo que podemos
ver que el sectarismo, hoy en día, es una expresión
colectiva que no podemos ignorar y que supone un reto para nuestros
estudios.
Ahora bien,
cuando hacemos psicoterapia, deberíamos estar conscientes
de la eventual aparición del sectarismo en el paciente, así
como estar listos para reflexionar sobre su manifestación
en nosotros mismos, porque, de otra manera, existe el riesgo de
que el sectarismo, con su mediocridad, se transforme en la fuerza
que controle la situación terapéutica. Necesitamos
asimismo saber que existen muchas formas mundanas, mediante las
cuales el sectarismo puede introducirse subrepticiamente en nuestras
vidas. He tenido la sensación de que la semántica
junguiana suele darse por sentada en lo que toca a términos
como persona, ego, sombra, ánima, animus, self, etcétera,
que acaban convirtiéndose en contraseñas de una secta.
Un ejemplo pudiera ser el modo en que el término 'individuación'
se ha transformado en una palabra milagrosa. Es necesario aclarar
lo que deseamos significar con 'individuación' o con cualquiera
de esos términos en un contexto determinado y evitar su estereotipación
pues, de otra manera, se corre el peligro de que se convierta en
la jerga de la secta. Los balbuceos etéreos de la secta,
totalmente desasidos de la realidad corporal y terrena, de los cuales
Eurípides era consciente.
Podemos asimismo
percibir el sectarismo en la forma en que la gente habla sobre una
teoría. A veces, da la impresión de que la psicología
está plagada de teorías. Por supuesto que las teorías
son una contribución, pero podemos ver a algunos analistas
tan apegados a ellas, que las literalizan en una forma similar a
lo que hace el sectario con las leyes de su secta. El asunto es
que tanto la semántica como las teorías pueden alimentar
nuestro latente sectarismo de manera tal que llegamos a experimentar
nuestras vidas y practicar nuestra psicoterapia en esos términos.
Muchas
personas acuden al análisis junguiano muy versadas de antemano
en la teoría y semántica de la escuela y predipuestas
a experimentar su terapia y su estudio como una forma de vida sectaria.
Traté a una joven mujer, de unos 30 años, licenciada
en Historia y, un día, hablando sobre historia, el asunto
del sectarismo se coló en la conversación. Me sorprendí
entonces cuando me manifestó que, al iniciar su terapia,
ella había tenido la fantasía de que estaba ingresando
a una secta: ella, yo, el amigo que le había recomendado
venir a verme y el resto de mis pacientes estábamos en lo
'correcto', mientras que el resto de la gente estaba 'equivocada'.
Cuando converso
con mis colegas y con estudiantes de psicología, a menudo
se percibe la presencia de ideas del sectarismo. Siendo el sectarismo
arquetipal, esto es inevitable, especialmente cuando un grupo se
reúne. Durante los últimos años, la psicología
junguiana se ha desarrollado notablemente desde su contexto parroquial
en Zürich, hace unas tres décadas, hacia una expansión
alrededor del mundo, en donde miles de personas están incorporándose
a ella. Sin embargo, ¿se tiene quizás suficiente conciencia
de que una expansión de esa clase supone la manifestación
de un impulso misionero, penetrado por la energía sectaria?
Hoy, es manifiesto
un interés arrollador por la apertura de nuevos institutos,
la formación de asociaciones, la puesta en marcha de programas
de entrenamiento y la publicación de artículos y libros.
Como resultado de ello, la psicología junguiana ha ganado
en presencia académica. Podemos decir que, consciente o inconscientemente,
se está promocionando una imagen que pudiera ser atractiva
para las personas con tendencia al sectarismo, que son débiles
e ignoran su mediocridad. La psicología junguiana parece
haberse afiliado al colectivo y haber olvidado que la función
de la psicología analítica es la de compensar al colectivo.
Ahora bien, mi visión de la psicología junguiana actual
es la de un conglomerado, en el cual es posible ver a cada cual
como individuo. No así cuando aparece como secta.
Se sabe que
la psicología junguiana tiene un fuerte gancho para aquel
con inclinaciones sectarias. Por un lado, en sus inicios, los estudios
de Jung sobre ocultismo en los que fue pionero, y por el
otro, su interés por la cultura oriental vista a través
del inconsciente colectivo y los estudios de religiones comparadas,
que estaban muy en boga antes de la Segunda Guerra Mundial, son
cosas que alimentan las proyecciones al gurú, tan características
del sectario. (Recuerdo al lector el hippie de San Francisco).
Pero también debemos darle crédito al gran sector
junguiano que se ha mantenido reflexivo y crítico respecto
a Jung y, con esto, ha conservado dentro de ciertos límites
las proyecciones que una personalidad tan importante de este siglo
provoca.
Debemos recordar
que la psicología junguiana se basó en una parte olvidada
del alma del hombre occidental -su vida interior-; esto es lo que
la ha hecho única y es posible sólo en el encuentro
terapéutico de dos individuos: terapeuta y paciente. Después
de lo que se ha dicho aquí acerca de la psicología
del sectarismo, esto es lo que está en juego, porque esa
práctica, basada en el individuo, es justamente lo opuesto
al sectarismo. De hecho, ver al 'otro' como un individuo no es tarea
fácil. Más si sabemos que lo que podemos obtener como
movimiento psíquico depende de cómo podamos integrar
la llamada sombra, lo que no sabemos de nosotros mismos. Y en esto
no pueden hacerse promesas de 'felicidad' utópica. Debemos
aprender a diferenciar entre dos individuos que emprenden la aventura
de la psicoterapia y la psicoterapia en la que las teorías
y las reglas de la secta han tomado el control. Al menos, deberíamos
estar conscientes de la diferencia entre estas dos aproximaciones.
Mi propia naturaleza
rehusa verse atada ya sea por teóricas cadenas apolíneas
o por las reglas y leyes de una secta artemisal. Sin embargo, aunque
es posible que no me vea atrapado por la afiliación a sectas
conocidas o a una tendencia determinada, esto no impide la presencia
del componente arquetipal sectario y virginal.
Está
presente en todos nosotros y hay que reconocerlo. Si de hecho mi
naturaleza fuese como lo he manifestado, entonces, ¿por qué
estoy interesado en estudiar el sectarismo? ¿Es posible que
mi psique esté intentando conectarse con algo que está
en oposición a mi naturaleza arquetipal? Creo que tengo cierta
habilidad para detectar el sectarismo en su retórica y, asimismo,
soy capaz de reflexionar su aparición en mi práctica.
Es como si yo tuviera que estar muy alerta frente a algo que temo
tanto.
Pensando sobre el tema del sectarismo, me hice consciente de un
sentimiento en mí. De hecho, ver al sectarismo como una posibilidad
de curación para una personalidad muy débil y vacilante
por un lado y, por el otro, ver el diabólico horror de las
sectas apocalípticas criminales es suficiente para crear
ambivalencias en cualquiera. Pero, hay mucho más al respecto:
mientras estaba trabajando en este escrito, tuve la sensación
de que, probablemente, estaba rozando esa locura específica
y peculiar que es núcleo del sectarismo. Se trata de una
sensación extraña, difícil de transmitir con
palabras. A pesar de todo, como ya hemos dicho, el sectarismo, en
la medida en que lo hemos venido estudiando, crea una ambivalencia
al estar en oposición al énfasis esencial que la psicología
junguiana hace del self (el sí mismo) como meta -aunque
inalcanzable- del vivir íntimo del individuo.
Notas
y referencias bibliográficas:
1 Thomas Moore. 1979. "Artemis and the Puer". En:
Puer Papers. Spring Publications. Dallas, p. 169.
2 Alfred Ziegler. 1982. "Pain and Punishment".
En: Spring: An Annual of Archetypal Psychology and Jungian Thought,
pp. 263-78.
Rafael
López-Pedraza. Analista y ensayista
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N°
56 Aņo III
Caracas, sábado 27 de mayo de 2000
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