LA SUERTE DEL ALMA EN SU VIAJE AL MAS ALLA

Epitafios: la poesía de los muertos

La costumbre de adornar con inscripciones las tumbas y monumentos fúnebres remonta al Antiguo Egipto, allí "el culto a los muertos alcanzó un nivel no pensado de sofisticación", y siendo
que, como apunta el poeta Alejandro Oliveros, "se vivía, en buena medida, para la muerte", allí también se gesta "el principio de la escritura funeraria en Occidente". Y esta escritura hizo posible invocar la protección divina, a más de ciertos favores, hasta llegada la hora en que los griegos, dudando de las garantías del Hades, y habiendo elegido "permanecer en la memoria de los hombres", la erigen en género literario: los epitafios, difícil y exigente práctica que se propone "resumir la vida de un hombre, así se trate de uno mismo, en cuatro o seis hexámetros"


Tumba de Milosz. Cementerio de Fontainebleau


En una de las lápidas que se alojan en la iglesia de la Santísima Trinidad, en Stratford-on-Avon, se pueden leer estas líneas:

Buen amigo, por Jesús, abstente
de cavar el polvo aquí encerrado.
Bendito el hombre que respete estas piedras,
y maldito el que remueva mis huesos
.

Se trata del epitafio del dramaturgo William Shakespeare. La leyenda quiere que el mismo bardo haya sido el autor de los versos. De ser así, serían los únicos que escribió desde su retiro de los teatros en 1613. Después de tres años de silencio, el autor de los Sonetos sólo se sintió dispuesto a regresar a la poesía en la oportunidad de su propio epitafio. Difícilmente una ocasión más grave. Y graves son las palabras de la inscripción. El más grande de los ingenios, redactó la más despojada de las inscripciones. Nada se dice de lo que escribió, que fue tanto y tan formidable. Se limita el poeta a rogar y advertir. Más cercano a los egipcios que a griegos y romanos.

La costumbre de adornar con inscripciones las tumbas y monumentos fúnebres tiene su origen, como tantas cosas, en el Antiguo Egipto. La más influyente de las culturas mediterráneas fue, así mismo, la más necrófila. A orillas del anchuroso Nilo, el culto a los muertos alcanzó un nivel no pensado de sofisticación.

Los preparativos para la vida en el más allá ocupaban la mejor parte de la existencia de los egipcios. Se vivía, en buena medida, para la muerte. La literatura funeraria egipcia, el principio de la escritura funeraria en Occidente, se preocupaba por la suerte del alma en su viaje al más allá, ese "undiscovered country" al cual nunca perdieron de vista. Se comenzaba casi siempre con una invocación a Osiris -Hades y Hermes del valle del Nilo-, y se proseguía con las súplicas de rigor: "¡Que no sea rechazado de vuestra puerta, dioses! ¡Que no la encuentre cerrada con cerrojo!… ¡Ojalá pueda contemplar a Tum, mi Padre, establecido en sus dominios del Cielo y de la Tierra!". La epitafía griega, sin embargo, no se detiene en individualizaciones. La fórmula se repite y no hay espacio para sentimentalidades. Para el egipcio, la existencia comenzaba en el momento del deceso. Con sabiduría, consideraban que nuestro tiempo en la Tierra es demasiado breve, nuestra luz demasiado efímera para ser recordados en el momento decisivo. Lo que importa, como la llamarían los cristianos, es la "vida eterna". La muerte, después de todo, no es tan terrible. Así lo reconoció el anónimo poeta de la Dinastía XI:

Hoy la muerte está frente a mí
como la curación frente a un enfermo,
como el salir al aire libre después de una enfermedad.
Hoy la muerte está frente a mí
como el perfume de la mirra.
Hoy la muerte está frente a mí
tentadora como el deseo de la casa propia
para quien haya estado preso muchos años.

Ya Erwin Panofsky destacó las diferencias entre la funeraria egipcia y la griega (Tomb Sculpture. Four lectures on its Changing Aspects from Ancient Egypt to Bernini). La tumba, en Egipto, veía hacia adentro. Estaba al servicio del alma del muerto. era un monumento privado, de espaldas a la vida de todos los días y enfrentada al más allá, distante y dilatado. Todo se disponía para aquel viaje en solitario, incluyendo joyas y objetos valiosos que se acomodaban en el estrecho espacio. En Grecia, la tumba se convirtió en monumento con una función desdoblada. Dar cobijo a los restos de la persona fallecida y llamar la atención de los que siguen con vida. La idea de la fama entre los vivos es una invención griega. Sócrates muere para mantener su nombre en alto ante la opinión ajena. La sabiduría griega no es tan sabia. Distraer la atención en el más allá, en la "vida perdurable", por la consideración de los que nos sobreviven parece cosa de necios.

La inscripción funeraria, que en Egipto era fundamentalmente invocatoria y siempre instrumental, entre los griegos se convierte en género literario. Los epitafios son escritos, en su mayoría, en versos, composiciones poéticas breves, llenas de intimismo y sentimentalidad. De su lectura aprendemos acerca del carácter del difunto. De su oficio, sus años y hasta su forma de morir. Sobre todas estas circunstancias se impone el deseo de permanecer en la memoria de los hombres. El Hades no ofrece ninguna garantía. Es un antro gris y apático. Poco sabemos de él y lo poco que sabemos dista de ser alentador. Mejor ser conocido entre los vivos que en medio de aquellas sombras insomnes y aleladas. Y sedientas, de acuerdo a un epitafio que reproduce R. B. Onians (The Origins of European Thought):

Que Hades te conceda agua fresca, porque
perdiste la dulce flor de la juventud.

El epitafio como género literario está determinado por su brevedad. No es prudente, ni posible, extenderse demasiado sobre la superficie de una tumba. No se trata de una elegía. El lírico de la epitafía se debe a la concisión y parquedad. Es el más difícil de los géneros. Resumir la vida de un hombre, así se trate de uno mismo, en cuatro o seis hexámetros, requiere de sobrados talentos. En Esparta, donde el epitafio estaba reservado a los caídos en combate, fue el primero Simónides, cuyas composiciones, cargadas de elegancia y dramatismo, la posteridad ha sabido reconocer:

Extranjero, ve y dile a Esparta que yacemos
aquí por ser fieles a sus leyes.

La ajustada disciplina, la obediencia y el heroísmo, que pasaron a ser atributos de la ciudad griega, los condensa Simónides en la belleza de sus dos líneas. En otra inscripción inmortal, el mismo poeta se refiere a la desconfianza griega en el más allá. Los cuatro versos están dedicados a los muertos en la batalla de Platea:

Estos hombres, después de cubrir de gloria
a la amada patria, fueron cubiertos por la oscura
nube de la muerte. Y muertos, no han muerto,
pues su valor los devuelve de la morada del Hades.

Al transformarse en género literario, el estremecimiento se mudó en ingenio y la imaginación desplazó a la experiencia. La Antología Griega recoge cantidad de epitafios, más o menos apócrifos, consagrados a los poetas y héroes más ilustres. Muy pocos son los que fueron, efectivamente, grabados en las tumbas. En su mayoría, se trata de ejercicios poéticos, exhibiciones de retórica:

a Homero:
Aquí cubre la tierra el sagrado entre los hombres,
el divino Homero que dio vida a los héroes.

a Sófocles:
Tu luz se ha extinguido, envejecido Sófocles,
flor de los poetas, coronado por los racimos de Baco.

a Safo:
Esta tumba conserva los huesos y el mudo nombre
de Safo, sus palabras, sin embargo, son inmortales.

a Esquilo:
Aquí, lejos de Atenas, honrando a Sicilia,
yace Esquilo, hijo de Euforion,
que, con elocuencia sin par, elevó
la dicción de la tragedia y la belleza de sus cantos.

a Eurípides:
Toda Grecia, oh Eurípides, es tu tumba,
así que no estás mudo, sino que hablas.

a Ayax:
Aquí, al lado de la tumba de Ayax,
me siento yo, la Virtud, llena de miserias,
con el cabello revuelto, agobiada por el dolor,
pues el fraude puede más que yo entre los griegos.

a Heráclito, el oscuro:
Yo soy Heráclito, ¿por qué, ignorantes, me molestan de este modo? No trabajé para ustedes. Para mí,un hombre es igual a treinta mil y muchos hombres a ninguno. Lo afirmo incluso aquí, en casa de Perséfone.

Los epitafios se fueron haciendo cada vez más literarios. Divorciados del espacio funerario y de una longitud que desmentía al original. En tiempos alejandrinos, Calímaco con espíritu crítico, enseñó cómo reincidir en la brevedad primitiva:

Aquí, Filipo enterró su mayor esperanza,
Nicóteles, su hijo de doce años.

Llegó incluso a escribir un "ars poética" del epitafio:

El extranjero fue breve. Así debe ser el poema. No voy a contar una larga historia: "Teris, hijo de Aristo, un cretense". Para mí, es demasiado largo.

En Roma, el epitafio vuelve a ser más fáctico que imaginal. A continuación de las letras D.M. o D.M.S. (Diis Manibus o Diis Manibus Sacrum), se leía el nombre de la persona, su edad al morir y algunos cortos datos biográficos. Alguna variación iba a estar condicionada por razones tipográficas. Antes, y ahora, el viajero se impresiona ante la cantidad de monumentos funerarios dispuestos a lo largo de via Appia. Y es comprensible. El paisaje de la campiña romana es un espacio privilegiado por los dioses. No es fácil encontrar un lugar más espléndido para ir a dar con los blancos huesos. La dorada luz de Roma, la altura abierta de sus cielos, acompañan el descanso de los afortunados.

En las tumbas de via Appia, o cualquier otra via, como la Flaminea, el epitafio introduce una variación en sus expresiones iniciales: "Siste viator", "Aspice viator", el "Detente caminante" de la ulterior epitafía occidental. Aún otra conmovida expresión se puede leer en epitafios romanos: "Sit tibi terra levis" ("Ligera yace la tierra sobre ti"). De Roma, también, la costumbre de advertir a los eventuales violadores de sepulcros. Un rasgo que Shakespeare no descuidó.

Son bien numerosos los epitafios romanos que se conservan. No siempre se trata de inscripciones funerarias. Sin embargo, los dos que hemos escogido estaban destinados para las tumbas de los fallecidos. Son dos de los más divulgados e imitados. El primero fue compuesto por Escipión Africano el Mayor:

Aquí yace Escipión Africano el Mayor, cuyas acciones ni sus compatriotas ni los extranjeros pueden negar.

Para el vencedor de los cartagineses en Zama, el pareado era suficiente. Su genio militar había conducido al retiro de los ejércitos de Aníbal de la península. Y, en Africa, puso fin a la Segunda Guerra Púnica con una victoria decisiva sobre Cartago. Es el epitafio de un soldado y su concisión se corresponde con la escritura funeraria de los espartanos.

Tal vez el más grande de los epitafios escritos en latín lo debamos al más grande de sus poetas. Poco antes de morir, Virgilio habría dictado las líneas que serían destinadas a su tumba:

Mantua me dio la vida
que Calabria me arrebató;
ahora pertenezco a Nápoles,
canté granjas y pastos,
capitanes y sus guerras.

Víctima de un cataclismo anónimo, el sagrado lugar fue sepultado por las aguas procelosas del Golfo. En la actualidad se leen en el monumento al poeta en las alturas de Fuorigruta.

El cristianismo acercará las tumbas a los templos, algo impensable en la antigüedad grecolatina. D. M. pasó a ser Deo Maximus, tal como se lee en las catacumbas. Y de los asuntos en el más allá se encarga el Creador, inaccesible y huraño:

Quietos yacen los huesos entre las piedras
mientras el alma vuela a voluntad de Dios.

A finales del medioevo, las ideas de la fama comparten el imaginario de los europeos con una preocupación obsesiva, casi egipcíaca, con la muerte y el fin del mundo. Un individualismo exacerbado se apodera de intelectuales y escritores. Dice Huizinga: "La visión macabra de la muerte no conoce ni el aspecto elegíaco ni la ternura. Y en el fondo es una actitud sumamente terrenal y egoísta frente a la muerte. No se trata del dolor por la pérdida de personas amadas, sino de deplorar la propia muerte que se acerca y sólo significa mal y espanto" (El otoño de la Edad Media). La pregunta por las "nieves de antaño" es una convención en la obra de poetas como Bernardo de Morlay, Giacopone da Todi, Deschamps y, el más permanente de todos, François Villon. A Villon debemos el más elaborado de los epitafios "literarios" del medioevo:

Aquí duerme y yace quien amor mató
con su dardo, un pequeño y pobre estudiante
que se llamó François Villon.
No tuvo nunca ni un palmo de tierra.
Todo lo dio y eso el mundo lo sabe:
mesas, tablados, cestos y pan.
A Dios rezad por él estos versos:

Concédele reposo eterno, Señor,
y claridad eterna, a quien no tuvo
escudilla ni una brizna de perejil.
Fue rapado, barba, cabeza y cejas,
como un nabo al que se pela.
Concédele reposo eterno.

Tumba de Rilke. Iglesia Rarogne

El individualismo de Villon, que alguien llamaría moderno, va a prefigurar, va a ser uno de los atributos de los "tiempos modernos". A partir del Renacimiento se acude a la escritura de epitafios con los propósitos más diversos. También variados serán los soportes de esta expresión. Miguel Angel supera las limitaciones de la palabra escrita con la última de sus Pietà, pensada para su tumba. Con óleos y tela, Tiziano hará lo mismo con su Piedad de la Academia. Y uno siente que, después de todo, Las meninas es el verdadero epitafio de Velázquez. En Francia, la ironía y el ingenio serán cada vez más frecuentes en las inscripciones funerarias. La de Pirón, donde se refiere a su rechazo por la Academia, es la mejor:

Ci-git Pirón, qui ne fut rien,
Pas même académicien.

La ironía convertida en acertado cinismo se lee en otra:

Ci-git ma femme. Ah! qu'elle est bien,
pour son repos e pour le mien.

El siglo XX, a pesar de su tanatofilia, no fue especialmente pródigo en epitafios memorables. El sensible turista que, en su itinerario parisino, incluye una visita al cementerio de Pêre Lachaise, se decepciona al no encontrar nada escrito sobre las tumbas de escritores y artistas como Rimbaud, Apollinaire, Gertrude Stein, Raymond Roussel, Marcel Proust y tantos otros. Nada, por su parte, encontró Ezra Pound en la de su amigo James Joyce. Varios poetas, sin embargo, salvaron el "honor" de aquel siglo deshonrado en relación a la epitafía. Entre otros, Rilke, O. V. Milosz y Yeats. Del primero es el más conocido. Los irreductibles admiradores de Rilke creen leer una prefiguración de la muerte del poeta en las palabras escurridizas de su epitafio:

Rosa, oh! pura contradicción, alegría de no ser
el sueño de nadie bajo tantos párpados.

La tumba de Rilke se encuentra en el cementerio de montaña de Rarogne, a diez kilómetros de Muzot. Como el del poeta del Malte, el monumento fúnebre de Milosz es lugar de visita obligado para sus menos numerosos devotos y admiradores. En su tumba, estas palabras saludan al viajero:
Entramos en la segunda inocencia, en la
alegría merecida, reconquistada, consciente.

El tercero de estos epitafios del siglo XX es el más distante. Hay que trasladarse hasta el occidente de Irlanda para visitar la tumba que le sirve de apoyo. Es el de W. B. Yeats, el más clásico de los tres en su escritura:

Con una fría mirada
a la vida, a la muerte.
¡Jinete, pasa!

El epitafio, como género literario, tiene reservada la inmortalidad. La vanidad, propia o ajena, seguirá estimulando el ingenio de los poetas. Un epitafio, no obstante, parece universal. Es el que encontramos a la entrada del cementerio marino de Puerto Cabello. Pocos, en todo caso, más estremecedores:

Pasaron todos como sombras,
como viajeros que van en posta.


Tumba de Yeats. Drumcliff

Alejandro Oliveros. Ensayista y poeta

 

N° 57 Año III
Caracas, sábado 03 de junio de 2000
 
 
LA SUERTE DEL ALMA EN SU VIAJE AL MAS ALLA
Epitafios: la poesía de los muertos

(Alejandro Oliveros)
 

Creación
EUGENIO DE ANDRADE EXCLAMA ANTE LAS MUJERES VESTIDAS DE NEGRO HASTA EL ALMA
"Sé que estoy vivo, vivo sobre tu pecho, sobre tu costado"

(poemas)

Apuntes
CARLOS FUENTES LEMUS
Retrato del artista adolescente
(María Ramírez Ribes)
Ultimo Sábado
Un tal A. E. Housman
(Rafael Castillo Zapata)

Libros, Lecturas y Lectores
SILDA CORDOLIANI

La mujer por la ventana
(Sael Ibáñez)

 
 
 
 

 

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