Creación

EUGENIO DE ANDRADE EXCLAMA ANTE LAS MUJERES VESTIDAS DE NEGRO HASTA EL ALMA

"Sé que estoy vivo,
vivo sobre tu pecho, sobre tu costado
"

Prefiere el poeta, hijo de la lengua portuguesa, las sílabas de la aflicción, las palabras maceradas
en el puerto de su infancia (Póvoa da Atalaia/1923), desde donde intuía la existencia de "un camino / para volver de la muerte", y ante el cual se interrogaba al ver las sombras de las mujeres de su tierra: "Con qué palabras / o besos o lágrimas / se despiertan a los muertos sin herirlos?" La clave
la halla y la traduce al castellano en esta ocasión y como prólogo a la celebración del Día Nacional
de Portugal (10 de junio), Nidia Hernández


Foto: Darío Gonçalvez

Sobre la Tierra

Sé que estoy vivo y crezco sobre la Tierra.
No porque tenga más poder,
ni más saber ni más haber.
Como labio que ruega otro labio,
como pequeña y blanca llama
de silencio,
como soplo oscuro del primer crepúsculo,
sé que estoy vivo, vivo
sobre tu pecho, sobre tu costado,
y crezco para ti.

 

 

Mujeres de negro

Muchas son viejas, vestidas
de negro hasta el alma.

Contra el muro
se defienden del sol de piedra;
al fuego
se esconden del frío del mundo.

¿Aún tienen nombre? Nadie
pregunta, nadie responde.
La lengua, piedra también.

 

 

Pequeña elegía de septiembre

No sé como verla,
mas, debe haber un camino
para volver de la muerte.

Estás sentada en el jardín,
las manos en el regazo llenas de dulzura
los ojos posados en las últimas rosas
de los extensos y calmos días de septiembre.

¿Qué música escuchas tan atenta
que no das conmigo?
¿Qué bosque, o río, o mar?
¿O es dentro de ti
que todo canta aún?

Quería hablar contigo,
decirte apenas que estoy aquí,
mas tengo miedo,
miedo que toda la música cese
y tú no puedas más ver las rosas.
Miedo de romper el hilo
con que tejes los días sin memoria.

¿Con qué palabras
o besos o lágrimas
se despiertan a los muertos sin herirlos,
sin traerlos a esta espuma negra
donde cuerpos y cuerpos se repiten,
parsimoniosamente, en medio de sombras?

Quédate así,
oh llena de dulzura,
sentada, viendo las rosas,
y tan ajena
que ni das conmigo.

 

 

Canción para mi madre

Una mujer cantando
de cabello despeinado.

(Era el tiempo de las gaviotas
pero el mar se había secado)

De sus brazos caían
frutos maduros del otoño,

Por sus piernas resbalaban
aguas muertas de abandono.

(Un niño enlazaba
el cabello destrenzado)

No había gaviotas
y el mar estaba seco.

 

 

Los trabajos de la mano

Comienzo a darme cuenta: la mano
que escribe los versos
envejeció. Dejó de amar las arenas
de las dunas, las tardes de lluvia
menuda, el rocío matinal
de los cardos. Prefiere ahora las sílabas
de su aflicción.
Siempre trabajó más que su hermana,
un poco mimada, un poco
indolente, más bonita.
Así cumplió siempre
la tarea más dura: sembrar, coger,
coser, fregar. Pero también
acariciar, es cierto. La exigencia,
el rigor, acabaron por fatigarla,
El fin no debe tardar: ojalá
tenga en cuenta su nobleza.

 

 

Interminablemente

Entre las cuatro paredes de la memoria acuden al patio los dorados relinchos de las yeguas. Oh mañana, mañana, interminablemente en mi sangre.
Pocas, muy pocas, casi ninguna palabra es necesaria para traer ese aroma los labios se incendian, era un muchacho que se despedía, agonía breve.
Después como si el sol naciese allí, no volveremos a hablar en desierto a propósito del cuerpo.

 

 

Poema a la madre

En lo más hondo de ti,
sé que te traicioné, mamá

Todo porque ya no soy
el niño adormecido
en el fondo de tus ojos.

Todo porque ignoras
que hay lechos donde el frío no se demora
y hay noches rumorosas de aguas matinales.

Por eso a veces, las palabras que te digo
son duras, mamá
y nuestro amor es infeliz.

Todo porque perdí las rosas blancas
que apretaba junto al corazón
en el retrato enmarcado.

Si supieses cómo aún amo las rosas
tal vez no ocuparas las horas de pesadillas.

Mas tú olvidaste muchas cosas;
olvidaste
que mis piernas crecieron,
que todo mi cuerpo creció,
y hasta mi corazón se hizo enorme, mamá.

Mira ¿quieres oírme?
a veces aún soy el niño
que se adormeció en tus ojos;

aún aprieto contra el corazón
rosas tan blancas
como las que tienes en el retrato;

aún oigo tu voz:
            Era una vez una princesa
            en medio del naranjal…

pero tú sabes, la noche es enorme,
y todo mi cuerpo creció.
Y salí del retrato,
di a beber mis ojos a las aves.

No me olvidé de nada, mamá.
Guardo tu voz dentro de mí.
Y te dejo rosas.

Buenas noches, me voy con la aves.



Foto: Darío Gonçalvez

 

 

 

N° 57 Aņo III
Caracas, sábado 03 de junio de 2000
 
 
LA SUERTE DEL ALMA EN SU VIAJE AL MAS ALLA
Epitafios: la poesía de los muertos

(Alejandro Oliveros)
 

Creación
EUGENIO DE ANDRADE EXCLAMA ANTE LAS MUJERES VESTIDAS DE NEGRO HASTA EL ALMA
"Sé que estoy vivo, vivo sobre tu pecho, sobre tu costado"

(poemas)

Apuntes
CARLOS FUENTES LEMUS
Retrato del artista adolescente
(María Ramírez Ribes)
Ultimo Sábado
Un tal A. E. Housman
(Rafael Castillo Zapata)

Libros, Lecturas y Lectores
SILDA CORDOLIANI

La mujer por la ventana
(Sael Ibáñez)

 
 
 
 

 

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