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Sobre
la Tierra
Sé
que estoy vivo y crezco sobre la Tierra.
No porque tenga más poder,
ni más saber ni más haber.
Como labio que ruega otro labio,
como pequeña y blanca llama
de silencio,
como soplo oscuro del primer crepúsculo,
sé que estoy vivo, vivo
sobre tu pecho, sobre tu costado,
y crezco para ti.
Mujeres
de negro
Muchas
son viejas, vestidas
de negro hasta el alma.
Contra
el muro
se defienden del sol de piedra;
al fuego
se esconden del frío del mundo.
¿Aún
tienen nombre? Nadie
pregunta, nadie responde.
La lengua, piedra también.
Pequeña
elegía de septiembre
No
sé como verla,
mas, debe haber un camino
para volver de la muerte.
Estás
sentada en el jardín,
las manos en el regazo llenas de dulzura
los ojos posados en las últimas rosas
de los extensos y calmos días de septiembre.
¿Qué
música escuchas tan atenta
que no das conmigo?
¿Qué bosque, o río, o mar?
¿O es dentro de ti
que todo canta aún?
Quería
hablar contigo,
decirte apenas que estoy aquí,
mas tengo miedo,
miedo que toda la música cese
y tú no puedas más ver las rosas.
Miedo de romper el hilo
con que tejes los días sin memoria.
¿Con
qué palabras
o besos o lágrimas
se despiertan a los muertos sin herirlos,
sin traerlos a esta espuma negra
donde cuerpos y cuerpos se repiten,
parsimoniosamente, en medio de sombras?
Quédate
así,
oh llena de dulzura,
sentada, viendo las rosas,
y tan ajena
que ni das conmigo.
Canción
para mi madre
Una
mujer cantando
de cabello despeinado.
(Era
el tiempo de las gaviotas
pero el mar se había secado)
De
sus brazos caían
frutos maduros del otoño,
Por
sus piernas resbalaban
aguas muertas de abandono.
(Un
niño enlazaba
el cabello destrenzado)
No
había gaviotas
y el mar estaba seco.
Los
trabajos de la mano
Comienzo
a darme cuenta: la mano
que escribe los versos
envejeció. Dejó de amar las arenas
de las dunas, las tardes de lluvia
menuda, el rocío matinal
de los cardos. Prefiere ahora las sílabas
de su aflicción.
Siempre trabajó más que su hermana,
un poco mimada, un poco
indolente, más bonita.
Así cumplió siempre
la tarea más dura: sembrar, coger,
coser, fregar. Pero también
acariciar, es cierto. La exigencia,
el rigor, acabaron por fatigarla,
El fin no debe tardar: ojalá
tenga en cuenta su nobleza.
Interminablemente
Entre
las cuatro paredes de la memoria acuden al patio los dorados
relinchos de las yeguas. Oh mañana, mañana,
interminablemente en mi sangre.
Pocas, muy pocas, casi ninguna palabra es necesaria para traer
ese aroma los labios se incendian, era un muchacho que se
despedía, agonía breve.
Después como si el sol naciese allí, no volveremos
a hablar en desierto a propósito del cuerpo.
Poema
a la madre
En
lo más hondo de ti,
sé que te traicioné, mamá
Todo
porque ya no soy
el niño adormecido
en el fondo de tus ojos.
Todo
porque ignoras
que hay lechos donde el frío no se demora
y hay noches rumorosas de aguas matinales.
Por
eso a veces, las palabras que te digo
son duras, mamá
y nuestro amor es infeliz.
Todo
porque perdí las rosas blancas
que apretaba junto al corazón
en el retrato enmarcado.
Si
supieses cómo aún amo las rosas
tal vez no ocuparas las horas de pesadillas.
Mas
tú olvidaste muchas cosas;
olvidaste
que mis piernas crecieron,
que todo mi cuerpo creció,
y hasta mi corazón se hizo enorme, mamá.
Mira
¿quieres oírme?
a veces aún soy el niño
que se adormeció en tus ojos;
aún
aprieto contra el corazón
rosas tan blancas
como las que tienes en el retrato;
aún
oigo tu voz:
Era
una vez una princesa
en
medio del naranjal
pero
tú sabes, la noche es enorme,
y todo mi cuerpo creció.
Y salí del retrato,
di a beber mis ojos a las aves.
No
me olvidé de nada, mamá.
Guardo tu voz dentro de mí.
Y te dejo rosas.
Buenas
noches, me voy con la aves.
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