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Libros,
Lecturas y Lectores
SILDA
CORDOLIANI
La
mujer por la ventana
Aun cuando los
relatos de Silda Cordoliani revelan una cierta complejidad psicológica,
no se puede decir que hay en ellos oscuridad. Sael Ibáñez advierte
un lenguaje en el que "priva la búsqueda de expresión" más allá
de la intensidad de sus historias. He allí que su más reciente libro,
La mujer por la ventana, "forjado por suspensiones agitadas,
agonía de lo vivido, muerte de personas íntimas, muerte de sueños...",
refleja una "literatura exigente, aguerrida, lúcida, de entreverado
montaje"
Asomarse
a la escritura de Silda Cordoliani permite observar su precisión
narrativa y reconocer la complejidad psicológica de sus ficciones;
complejidad, no oscuridad. A pesar de que en su escritura las historias
resultan intensas, priva la búsqueda de expresión,
el lenguaje moviéndose con inusitado vigor y el ansia de
construir los relatos mediante una legítima estructura, que
al final postulan una forma propia de narrar. Y eso es, justamente,
lo que se espera de alguien que asuma el trabajo literario.
Las narraciones
de Cordoliani brotan como si fueran estertores del espíritu.
Ahí está su último libro para comprobarlo:
La mujer por la ventana. Está forjado por suspensiones
agitadas; agonía de lo vivido; muerte de personas íntimas;
muerte de sueños, que renacen en el recuerdo; muerte del
amor y presencia global de la melancolía en su naturaleza
de ser el único sentimiento que piensa.
Resulta indudable
que las anunciadas narraciones, en este libro de Cordoliani,
son imagen de una literatura exigente, aguerrida, lúcida,
de entreverado montaje. En cuanto a la exposición verbal,
de una literatura limpia, exacta y sutil. Ahora bien, para ser fiel
al título del libro, conviene echar un vistazo sobre cada
una de estas once historias, en busca de mostrar el rostro de las
mismas.
"Mujer
que llora" es un texto doloroso: alguien sufre persistentemente
dentro de él (lástima que muchas palabras hayan perdido
su real carga de significación, como dice el poeta Cadenas;
sufrir es una de ellas). La narración que nos ocupa circunscribe
un excelente y permanente ejercicio de reto al lector, en procura
de levantar una estrategia de comprensión: el sentido último
será producto de una complicidad absoluta, abierta entre
narrador y lector para un texto que no quiere dejarse agarrar. En
todo caso, dicha complicidad está adornada por una frase,
cual rosa negra, donde se busca concentrar todo: "ella no es
ella, ella es puro dolor".
"Adiós"
fija la atención en dos miradas, que pudieron ser una y la
misma, rota esta por el paso del tiempo: la primera, asombrada,
declara su desnudez, desea explicación; la otra, reflexiva,
se apoya en el dolor. El desarrollo de esta historia resulta vehemente,
de doble perspectiva y acucioso; desarrollo montado en vaivén,
tal cual es el movimiento de un río en su desplazamiento.
Es un relato
tan acérrimo, existencialmente hablando, que a un lector
casual serviría para corregir acciones absurdas de la vida
real.
"El jardín
de la amada" invita a pensar en el mito de Ondina. Silda
Cordoliani tiene la virtud, para el lector atento, de lanzar
en cualquier momento una determinada frase (por lo general brillante
y feliz) donde se aquilatan el sentido primario y el impulso que
alimentan sus narraciones. En este relato es por ejemplo: "dos
cosas recuerdo de ella especialmente: el anhelo de mar y su incapacidad
para dar más de una brazada". El mismo, de pronto, adquiere
tonalidades típicas de toda historia maravillosa. Salvo que
ningún cuento de hadas puede ser contado en primera persona,
y el duro psicologismo que agita las ficciones de Cordoliani,
por lo general, requiere que sean contadas en primera persona. También
puede hablarse aquí de una mujer que tiene la necesidad de
expandirse porque le cuesta ser ella misma: una persona que puede
dar amor a todo el mundo, inclusive a su compañero de vida,
del cual se separa misteriosamente, para volverse presencia ausente
que persiste como una música, un rumor, el movimiento del
mar amado y familiar.
"El sonido
de lo alto" recurre a la idea bíblica de que el pecado
o una maldición tiene efecto durante varias generaciones
de descendientes de quien cometió el pecado o recibió
la maldición. Otra idea, cual pilar monolítico, contribuye
a levantar esta narración. Tal es: la vida, para algunas
personas, puede consistir en que en un momento de la misma se cumpla
un oscuro deseo que permanece adormilado en la geografía
de su espíritu. Hay un tercer elemento en este relato: dos
mujeres se ven atraídas por el canto particular de un pájaro:
"el choque repetido y persistente de dos potentes cuerpos de
bronce era lo más parecido a aquel sonido magnífico
e hipnótico". El pájaro se llama campanero y
verlo acarrea la muerte. Este último elemento sirve de enlace
para que las mujeres intimen, para que en una de ellas se cumpla
un deseo fundamental en su existencia, deseo fundamental que también
será la herencia del fruto de una maldición.
"El hijo
de Krauss" es una dura historia sobre la felicidad imaginaria
y la infelicidad brotada de la realidad. Se encuentra centrada en
un embarazo sicológico, consecuencia de un amor casual, que
produce la felicidad imaginaria, espiritual, perenne en una muchacha
de pueblo, y simultáneamente también produce su debacle
física, mientras arrastra un matrimonio con otro hombre,
el cual la hace intencionalmente infeliz. Pero, mientras tanto,
la muchacha sigue soñando, la realidad se le sigue escapando,
dejando tras de sí una estela de hundimiento. Una atmósfera
cargada de ironía arropa esta narración, desprendiendo
humor desde lo trágico.
"El beso
del ángel" resulta ser una historia sobre la amistad.
Dos rostros se pasean por este relato: el de una adolescente con
cara de ángel y el de un adonis trinitario con cara de ébano.
La conjunción de ambos desprende la idea de hermafroditismo.
El resto viene por añadidura: una relación homosexual
se desborda del cuento en dos tiempos: primero delicada, después
sórdida.
"Obituario"
explora la idea de la admiración. La admiración es
uno de los caminos que más fácilmente pueden conducir
al amor. Pero cuando se trata de alguien joven, cuando se trata
de una hermosa muchacha frente a un profesor de teatro, atractivo,
inteligente y lúcido, el resultado está lejos de ser
feliz, el resultado estará urdido por estertores y enigmas.
Eso ocurre también cuando se desea dejar de ser virgen urgentemente.
"Deseada"
es una narración onírica, en el sentido de que hay
sueños en ella y es como si los personajes vivieran en sueño.
El destino amoroso de uno de los personajes adquiere dimensión
fantástica, al estilo de León Bloy, al vincularse
amorosamente a una mujer de rostro hermosísimo y de cuerpo
abrupto, torpe, exageradamente grande y de un blancor demoníaco
que lo anega de placer.
"Recuerdo
de París" nos introduce en una atmósfera densa,
tensa, evocadora. Este relato invoca la idea de que donde hubo amor
florecen ardentías. Y resulta tan difícil calibrar
con exactitud qué cosa es seguir amando. Simula copiar
el pensamiento de Marguerite Yourcenar de que todo constructor,
a la larga, sólo edifica un derrumbamiento.
"Al final
de la cueva" recoge una historia de incesto. Es un relato ambicioso
de ficción. También impone otra vuelta de tuerca,
afincada en la realidad ordinaria: la ley de la sangre recibe una
venganza aleatoria.
"La mujer y la ventana": realidad que también es
sueños, dura realidad que es como despertar de un sueño,
realidad latente, que también es decir un sueño sereno
y realidad que se cierra sobre sí misma como si ya no se
quisiera soñar, alimentan este relato. Igualmente lo puebla
un último desalojo: el asumido ejercicio de la contención
conduce al palacio de la infelicidad. Y el resto es pesadilla más
que sueño.
Once historias
cargadas de tensión, en busca de estructura y de fervor verbal
tal es el norte que guía a este libro. Menesiana, ha dicho
Salvador Garmendia que es la escritura de Silda Cordoliani:
hay en efecto entronques o persistencias que dilucidan ese calificativo
feliz. Menesiana, por explotar temas confesionales y por buscar
plasmar una forma literaria, el propio estilo.
Sael
Ibáñez. Escritor
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N°
57 Año III
Caracas, sábado 03 de junio de 2000
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