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Un tal A. E. Housman
Rafael Castillo
Zapata ha oficiado con puntualidad y durante un año el rol de columnista.
Lo conmemora desde hoy, y por todo junio, con entregas especiales.
En ésta, indaga en la personalidad y la obra del poeta inglés Alfred
Edward Housman (1859-1936) quien, herido por una profunda pena amorosa,
decide "dedicarse en cuerpo y alma a la investigación latinista
y al profesorado". Este hecho, sin embargo, no impidió que hiciese
poesía: "poesía de la buena, poesía que hoy puede volver a leerse
y emociona otra vez"
La
aridez elegida
Un rápido retrato de Auden nos permite una primera
aproximación: "De nadie, ni aun en Cambridge, fue la
culpa / -del destino del hombre, si queréis-. / Herido el
corazón en Londres, fue, / en su generación, el
latinista. // Eligió su aridez. Guardó las lágrimas
/ en un cajón, como postales sucias. / Comer fue su amor
público; los pobres / y la violencia fueron el privado".
Un encuentro con Prokosch en Cambridge nos permite una segunda:
"-¿Por qué diablos escogió Manilius,
profesor? Manilius está muy lejos de ser verdaderamente
grande. / -No hablemos de Manilius. Escogí Manilius
debido a que es aburrido. Manilius me aburre horriblemente.
Siempre me ha aburrido y siempre me aburrirá. / -¿Por
qué lo escogió? / -Exactamente, mi querido muchacho.
Es preciso mantener una estricta distinción entre las esferas
del estudio erudito y de la poesía".
¿Por
qué eligió Alfred Edward Housman (1859-1936)
esta aridez, por qué esta condena a cavilar toda una vida
sobre un oscuro poeta latino del que se convirtió en el único
y extravagante erudito, editor de sus obras completas; por qué
este afán de separar la vida atildada, rutinaria, del académico
de Cambridge de la vida atrabiliaria, sardónica, saludablemente
petulante del poeta que también fue? Auden asoma la
posibilidad de una temprana y profunda pena amorosa ("herido
el corazón en Londres"), ante cuyo descalabro, es posible,
el joven Housman decidió cortar por lo sano ("Guardó
las lágrimas en un cajón, como postales sucias"),
y dedicarse en cuerpo y alma a la investigación latinista
y al profesorado. Dicen, sin embargo, que mitigó aquel primer
desamor enorme con menores, pasajeros amores mercenarios. Y de todo
esto, con todo esto (y es lo que realmente importa), hizo poesía;
poesía de la buena, poesía que hoy puede volver a
leerse y emociona otra vez.
El amor
de los muchachos
El primer librito de Housman está dedicado a un muchacho
(From a Shropshire lad, 1896): "No mires en mis ojos
por temor / a que reflejen lo que yo contemplo / y te veas demasiado
claro el rostro / y lo ames y te pierdas como yo. / En largas noches
uno ha de tenderse / suspirando frustrado bajo el cielo. / Pero
¿por qué has de perecer? / No mires en mis ojos fijamente".
Housman estuvo envuelto siempre por este amor, por este amor
infuso y difuso marcado por la quemadura de la fragilidad: epigramático
y sentencioso, irónico de sí mismo, no deja de advertir
a los personajes y a los potenciales lectores de sus poemas acerca
de la brevedad del momento mágico del gozo, del efímero
esplendor de la vida, de la juventud, de la gana que reconoce breve.
Bordó siempre en el bastidor de ese rancio topos: carpe
diem es su máxima; y en cada uno de sus poemas, nunca tristes
y, si acaso melancólicos, en cambio atravesados siempre por
una racha de desdén voluptuoso, de distanciada suficiencia
escéptica, con vetas de cínica (im)piedad, volvemos
a encontrar esa conminación antigua en el escenario recurrente
de los muchachos en flor y su amenaza. Con resonancias pindáricas,
pero sin aspavientos, escribió un hermoso elogio "A
un joven atleta muerto", título elegido por los editores
de su, que yo sepa, primera aparición en español -breve
y luminosa selección traducida por Juan Bonilla (A.
E. Housman, A un joven atleta muerto, Pre-Textos, Valencia,
1995)-, precisamente, pienso, por lo de joven, lo de atleta,
lo de muerto, conjunción preciosa de lo que imantó
la vida y la escritura del rubicundo profesor: "El día
que ganaste la carrera / todos te paseamos por la plaza. / Hombres
y niños coreamos tu nombre / y en hombros te llevamos a tu
casa. // Hoy por la carretera te llevamos / en hombros a la que
es tu nueva casa: / te dejamos en el cementerio / y habitarás
la ciudad más tranquila"; así comienza ese poema
que hace de Housman un compañero de ruta de Kavafis,
por ejemplo, pero sin la turbia melancolía ni la ansiedad
lujuriosa de los poemas tarbernarios del alejandrino. Al Cernuda
de "Birds in the night" recuerdan, tal vez, sus "Leyes
de Dios y leyes de los Hombres": "Leyes de Dios y leyes
de los Hombres / que os cumplan quienes puedan, quienes quieran,
/ pero no yo. / Que Dios y el Hombre / hagan cumplir sus leyes a
sus súbditos, / pero no a mí pues no soy como ellos
/ y siento ajeno todo lo que es suyo". Quizás aquí
se reconoció el propio Auden, el Auden de "Una
vocación"; o el Gil de Biedma de "Pandémica
y celeste", que debe haberlo leído, ya que leyó
a su vez a Auden. Tantos otros podrían volver a verse
allí reconocidos, reconocibles: "Porque te quise más
/ de lo que a un hombre dejan / te molestaste. Y prometí
/ guardarme los deseos. // El mundo se interpuso entre nosotros.
/ Nos separamos firmes, secamente".
Hablar
directamente en lo vernáculo
Así era el poeta: despiadado, seco, sin alardes, directo;
y no tan distinto me parece que ha debido de ser el profesor, el
latinista erudito, a pesar de que haya intentado mantener separadas
ambas escenas de su vida (como si el haberse enclaustrado en la
academia fuera una forma de expiación y, al mismo tiempo,
una forma de heroico -y sin duda pasado de moda- homenaje, fidelidad
sin muda, por el amor primero, por el primer amor). ¿Una
prueba?: este parsimonioso anotador de Manilius dictó
una vez una conferencia en Cambridge, cuando faltaban tres años
para que abandonara este mundo, en la cual, despojándose
de las vestiduras del pulcro connaisseur, habló en
la academia no como profesor sino como poeta, y habló de
la poesía como un poeta puede hablar. Nombre y naturaleza
de la poesía, se tituló, y hoy podemos leer en
español su elocuente defensa de una poética de la
sencillez gracias a la traducción de Octavio G. Barreda,
también en Pre-Textos (Valencia, 1997). En efecto, desmontado
con ironía cierta presuntuosa corrección que Dryden
intenta con Chaucer, el atento lector de poesía que
parece que fue supo recordar entonces (y recordarnos ahora) el valor
que tiene, para el poeta, el hecho de, según dice, sumergir
"su cubeta en el [
] pozo del puro, vigoroso y castizo
inglés"; y el deleite que significa para quien lo lee,
"oírle hablar directamente en lo vernáculo".
Así me parece que escribió él precisamente,
evitando hacer, como Dryden, "ascensiones en globo".
No voló muy alto, tal vez; pero, por eso mismo, nos ha dejado
una poesía casi transparente, un soliloquio sereno acerca
del amor que, todavía en su tiempo (¡todavía
hoy!), no podía decir en alta voz su nombre en alto; una
reflexión sobre la precariedad de la vida y sobre la santidad
del gozo, del aprovechamiento del día, del cuerpo y de su
instante, que en nada contradice la contundente rúbrica de
su epitafio: "No detengas tu viaje / en las tabernas del camino.
/ No quedará más que polvo / de esa sed que te agrieta:
se apagará tu deseo. // No gastes palabras en súplicas
/ al sueño que quisieras te llegara. / No merece la pena
perseguirle, / estarás muerto pronto. / Y al sueño
suplirá la muerte" (de Poemas inéditos,
1937).
Rafael
Castillo Zapata. Ensayista y poeta
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N°
57 Año III
Caracas, sábado 03 de junio de 2000
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